De Mar y Tierra

Arturo Reyes


Cuento


I
II

I

—A ver, tú, Cantinero, á ver si les das un achuchón á esos bigardones, antes de que se nos venga encima el Levante.

Y en tanto dirigíase aquél á dar cumplimiento á la orden recibida, se sentó Adolfo sobre un rollo de cuerdas embreadas, rellenó la pipa con un puñado de legítimo calpense, la encendió, y tras devolver por boca y nariz densas espirales de humo, quedóse como sumergido en graves y hondas meditaciones, mirando sin ver las gentes que bullían alrededor de las abiertas escotillas y sin que lograran sacarlo de su ensimismamiento el enérgico vocear de los capataces, los quejumbrosos silbidos de la máquina, el áspero rechinar de las cadenas, el batir de los remos y los cien brutales vocablos y las cien frases ingeniosas conque amenizaban todos ó casi todos la abrumadora faena.

Descendió ágil y rápido el Cantinero por la renegrida escala, y ya en la bodega exclamó encarándose bruscamente con los hombres de la cuadrilla:

—Vamos á ver si tenemos una miajita de algo y otra miajita de güena voluntá; una miajita de cá cosa, caballeros.

—Si te creerás tú que embotellar estos bombones repúsole Pepe el Maroma al par que ponía en tensión sus poderosos músculos, metiéndole el hombro á uno de los enormes fardos,—es lo mismo que bordar en muselina.

—¡Como que va á ser menester que le diga al mayordomo que te mande un caldisopa ó dos onzas de bizcochos mostachones

—¿Mosta... qué?

—Mostatiros que sus peguen por malitos que seis!

—Y seis catorce!—exclamó en tono de zumba Paco el de la Malagueta.

Le miró al soslayo el Cantinero, y cogiendo de nuevo la escala se dirigió hacia donde el capataz seguía triste y meditabundo, y díjole al llegar junto á él, al par que le colocaba sobre un hombro la encallecida mano.

—¡Pero es que no se puée saber lo que á ti te pasa hoy, que parece que te has alevantao con cólico misererel

—¡Con ganas de mentarle á alguien la familia es como yo me alevanté esta mañana!—repúsole Adolfo bruscamente.

—Algo y más que algo apostaría yo á que tó eso es por mó de alguien que se parece mucho al Niño de la Canela.

—¡Se le parecerá si tú lo dices!

—Vaya, y si no, dime, ¿por qué es agachó no ha venío á trabajar hoy con nosotros?

—¡Pos no ha venío, porque con salú que Dios me dé, ese gachó no trabajará con nosotros, tan y mientras á mí el cuerpo me jaga sombra!

—¡Ves tú, lo que yo me temía, lo que tenía que pasar tarde ó trempano!

—;Y por qué tenía que pasar tarde ó trempano; vamos á ver, por qué tenía que pasar?—y esto io preguntó Adolfo con voz sorda y mirando en casi amenazadora actitud al Cantina o.

—Toma—repúsole éste, encogiéndose de hombros,—porque sí, porque no hay bien ni mal que cien años dure; porque tos nos sabíamos de memoria que el Niño andaba chambeleando en tu badía; ganas de malgastar tiempo y chambeles!, eso ya lo sabíamos tos también, pero es que cuando los hombres perdemos el pesqui se mos empaña la pupila y, en fin, ná, que se emperró en buscarse una cosita guascns, y que se la ha jallao, y ahora se enterará el gachó de lo que es ver encender los faroles sin un chusco en la faltriquera y sin tener con qué llevarle alpiste á los gurripatos; ahora se enterará, porque lo que es el Chino? reí, ni el Jureles, ni el Pollo de les Besugos, ninguno de esos tres gachones es capaz de meterlo en su cuadrilla, como no sea embalsamao.

—¡Pos él lo ha querío; asín es que con su pan se lo coma!; yo he tenío pa con él más pasencia y más galga y más anclaje que nadie en el mundo; yo sabía jace ya mucha tiempo que ese mal falucho le había puesto la proa á mi bergatín goleta; yo lo sabía mu bien, pero como yo sé que la mía no es de las que se pican el embrague, y como además el gachó se contentaba cuando se trompezaba con ella con alargar el moco y agüecar la pluma, pos yo me venía jaciendo el lipendi; pero ayer se o.vió ese mal barquito desarbelao del respeto que se les debe á los hombres y á las jembras de los hombres que son nuestros amigos, y se fué de un ancla y en comenzó á garrear y... na, que yo me enteré y que no pasó naíta porque la Virgen del Carmen se empeñó en que no pasara.

—Pero, ¿quién fué el malita hora que te dió á tí la noticia?

—¡Quién había de serl Uno que daría un ojo de la cara por verme con el otro camino del Batatar en uno de!a tertulia; Joseíto e¡Calabrote!

—Tenía que ser él; si lo parió su madre pa malo y malo tié que ser jasta que arrie la bandera.

—Pos bien, como tú comprenderás, en cuantito me lo dijo, se me acabó la pacencía y me fui en busca del Niño y no lo encontré; y como no lo encontré, se me fué refrescando la sangre; y na, que me he contentao con mandarle á decir con el mismo que me trujo er paquete, que es correo seguro, que no se ponga más elante e mi presona si es que no quiee que le dé más puñalás que dan las costas coquinas.

—Pero es que el de la Canela no es hombre capaz de aguantar esa clase de recaos—murmuró sordamente el Cantinero.

—Eso creo yo también, y me alegraría que no lo aguantara; me alegraría de que viniera á buscarme, que no te puees tú figurar las ganitas que tengo yo ya de enterarme de una vez de si pisa ú no pisa ese gachó tanto como cacarea.

Y al decir esto se incorporó lentamente el capataz y se dirigió hacia la escotilla para ver qué tal se ganaban el salario los que comían de su pan con el sudor de su frente.

II

Era ya anochecido, cuando penetró lenta y gallardamente el Cantinero en la taberna de Cloto, lugar preferido per las gentes de mar y tierra para matar en él el gusanillo, ahogar en vino las desazones de la vida, prepararse para llevar á cabo alguna de sus frecuentes hombradas ó para jugarse tranquilamente al tute ó al dominó cuatro chatos de solera ó cuatro cortadillos del de Jubrique ó del de Farajan ó del de Cazalla de la Sierra.

—Aquí está ya el Cantinero—gritó al ver penetrar á éste en la taberna el Pollo Cacara tusa.

—Pos llega, chavó, que ni llamao por telégrafo—exclamó el Sardinita—porque él sabrá la chipé de lo que ha pasao á bordo entre el capataz y el Aliño de la Canela.

—Vaya si lo sé—exclamó el Cantineroapoyando un codo en el mostrador y echándose el sombrero hacia atrás:—¡como que lo he visto con estos mis ojos que, según dice mi chata, son dos estrellas polares!

—Vamos á ver si te dejas de pamplinas y nos cuentas lo que pasó á bordo entre dambos acorazaos; ya to sabemos lo que pasó ayer y que hoy el de la Canela se fué pa á bordo en busca del que te tiée á tí metió en un puño—exclamó en tono de broma otro de los concurrentes.

—Pos bien; dijo con acento reposado el Cantinero; lo que pasó á bordo fué que llegó el Niño y cue, como Dios le dió á entender, porque ya la marejá le venía larga á cualsiquiera, saltó sobre cubierta y se fué pa c 1 Adolfo y lo miró como si fuera á retratarlo, y asín que se jartó bien de estudiarle el perfil, le dijo que él no iba alí na más que pa decirle que tenía pa él dos copas y dos botellas y dos garrafones y dos puñalás en la ingle ó en el sitio y lugar que más fueren de su gusto.

Naturalmente. Adolfo no se puso ni amarillo ni colorao, y le contestó que se viniera pa tierra, que él, en cuantito arrematara, se vendría pa el muelle en busca de su presona.

El de la Canela no dijo ni pío y se fué pa la escala y llamó al del bote, pero aquello de tomar el bote no estaba mu mollar que digamos, y tan no estaba mu mollar, que cuando el Joseíto quiso saltar á él, llegó una ola, se le resfalaron los pinreles al mozo en las chumaceras, y pataplün, hombre al agua.

Como es natural, al verlo caer se armó á bordo el jollín número uno, y este corre pa acá y el otro corre pa allá, y uno tira al agua un cabo y otro tira un salvavía y otro lo primerito que coge, y tan y mientras, el de la Canela, que había vuelto á sacar la coronilla, volvió á hundirse como si tuviera plomo en los brodequines; y cuando más atosigaos estábamos tos y ya estábamos recetándole los lutos á la familia del Niño, Adolfo, que tan y mientras se había quedao cuasi con el mismo terno de cordobán conque su madre lo echó al mundo, se abre paso á rempujones, salta á la borda, se quea mirando la mar, como si quisiera dragar el puerto con la pu pila, y de pronto pum, al agua de cabezal y... vamos, caballeros, ¡que me río yo de los delfines y de los atunes y de los peces espadas!

—¡Como que nada el gachó más y mejor que una liza!—exclamó con entusiástica entonación el Jureles.

—¡Que si nada! Camará si nada el gachó! Pos bien, como sus diba diciendo, se tira á la mar de cabeza el Adolfo, se hunde, saca á poquito la gaita, toma resuello pa una quincena, se vuelve á hundir, y cuando ya estábamos tos con el corazón encogío y pensando que dambos se habían dio en busca de los del Reina Regente, vimos salir otra vez á cien brazas lo menos al capataz con el de la Canela trincao por el morrillo, y... na, caballeros, que á los cinco minutos estaban los dos á bordo, el uno fumándose su pipa y el otro devolviéndole al puerto to el salitre que el hombre se había btbío.

—¿Pero en qué queó lo de la custión?—preguntóle al Cantinero uno de aquellos proceres de voz ronca, rostro atezado y hercúlea contextura.

—¿Que en qué queó?—repúsole aquel coa aire satisfecho.—Pos queó en lo que debía quear, en una cosa más reonda que una pifia; queó en que el Adolfo, asín que se hubo secao y vestío, se fué pa el otro y le dijo que él se venía pa tierra y que en tierra lo esperaba pa darle remate al negocio que dambos tenían entre manos; y en que el de la Canela, se alevantó al oírlo, se fué pa él, lo miró con cara de niño llorón, le echó los brazos al cuello, pegó su cara contra la cara del otro, y que no sean menos de quince las puñalás que me den si no fueron dos los besos que le soltó al Adolfo el de la Canela en mitá de los carrillos.

Y un prolongado murmullo de aprobación brotó de aquellos pechos varoniles, celebrando todos al unísono aquellos besos conque hubieron de poner fin á sus malas intenciones dos de los más famosos, de los más duros de roer y de los de más tronío de los hombres de mi tierra.


Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.
Leído 2 veces.