La Hora del Triunfo

Arturo Reyes


Cuento


I
II

I

Dolores se dejó caer desfallecida en la vieja poltrona; su rostro aparecía cadavérico; sus ojos, enormes, hundidos, rodeados de anchos círculos violáceos, centelleaban febriles; la negrísima guedeja caíale en revueltos mechones sobre la sudorosa frente; el viejo pañuelo de crespón dejaba ver el principio del seno escuálido, descarnado, anatómico; la contracción de su boca daba á su rostro, de pómulos salientes y encendidos, la expresión de un dolor lento y abrumador.

El sol, penetrando por la ventana, abierta de par en par, daba paso á la luz del día, que amortiguaba, hasta casi esfumarla del todo, la de la mariposa encendida delante de una imagen de la Santísima Virgen, colocada sobre vieja mesa de caoba.

El mobiliario hablaba de modo elocuentísimo del temporal deshecho que la miseria hiciera descargar en aquel nido juvenil; en uno de los extremos veíanse el modestísimo lecho matrimonial, con los jergones cubiertos por un trozo de yute descolorido, que oficiaba de cobertura; varios cuadros de marcos oscuros, algunas sillas de Vitoria, una pequeña mesa de pino, un ropero y varias macetas de bien oliente albahaca que lucian sobre el alféizar de la ventana, en la que, una pequeña roja cortina de percal, defendía el interior de la sala de las miradas curiosas de los transeúntes, componían el menaje, ó mejor dicho, los restos que del naufragio de su bienestar pudiera poner en salvo el, hasta entonces, bien poco afortunado matrimonio.

Pocos momentos permaneció sola Dolores: la señá Rosario la casera, su hija Trini, Dolores la Sopitipando, Petra la de los Rizos y la señá Antonia la Buñolera, las más íntimas amigas de aquélla, poco tardaron en penetrar de nuevo en la habitación, poniendo una nota animada en aquella estancia, en la cual, no obstante los intensos rayos de sol que la invadían, parecía flotar algo triste y amenazador.

—¿Qué, cómo sientes el cuerpo, hija mía?—preguntó á Lola, acercándose á ella, solícita, la casera y pasándole cariñosamente la mano por la frente.

Sonrió con melancólica expresión y

—Regular, señá Rosario—le repuso con voz suave y doliente Dolores.—¡Porque es que el corazón me está pegando cá brinco de espanto!... ¿Qué hora es?... ¿usté lo sabe?

—Entoavía estará seguramente en el corral ensayándose pa salir la mar de pinturero; ¡y á bien que no le cae bien el terno de luces á tu castigo!

—Sí que está la mar de bien con él; como que parece que lo ha llevao toa su vía, ¡y vaya si menea superiormente los brazos!

Y esto lo dijo moviendo los suyos con airoso contoneo la de los Rizos.

Una vaga sonrisa entreabrió los labios exangües de Dolores; la verdad, y verdad reconocida por todos, era que su Paco tenia planta de torero.

—Y es á las cuatro y media cuando encomienza la corria, verdá?—preguntó Lola, por centésima vez desde que Paco saliera, á la señá Rosario.

—A las cuatro y media en punto, pero él lo menos hasta las cinco no se meterá en jarina.

Trini y Petra intentaron distraer á la mujer del torero; pero ésta no oía los saladísimos decires de las que la rodeaban: allí, en la vieja poltrona, no estaba más que aquel pobre cuerpo suyo aniquilado por la fiebre y destrozado por el dolor, su alma y su pensamiento estaban lejos, muy lejos de allí, en la plaza, junto á su Paco, al que veía con su traje cobalto y plata, todo bordado de lentejuelas, traje que á fuerza de súplicas y recomendaciones pudo ella conseguir que le prestara la familia de un difunto banderillero. Durante algunos instantes su imaginación reprodujo tan sólo en su misteriosa lente el cuadro risueño y deslumbrador, la muchedumbre alegre y vocinglera; los palcos desbordantes de mujeres hermosas, lujosamente ataviadas; el vistoso tropel de picadores, jinetes en jacos esqueléticos; el remolino de raso y plata y oro de los toreros, que brillaban al sol como brazadas de flores... De pronto se estremeció Lola y tuvo que hacer un esfuerzo poderoso para que no chocaran sus dientes los unos con los otros, como en los accesos de frío de la calentura, al ver, de modo mental, salir á la arena la fiera, á la que tenía que rendir, en breve, su Paco; y su Paco jamás habíase visto delante de un toro; su Paco jamás había tenido vocación por aquello; su Paco habíase lanzado al toreo terriblemente espoleado por la necesidad, buscando un puñado de oro aunque fuese á cambio de su vida.

Su mal recompensado oficio no le daba lo suficiente para vivir como su espíritu le exigía; él no habia nacido para ahogarse lentamente, para verla á ella morirse, lentamente también, en aquel tugurio, sin ropas apenas conque cubrir sus carnes. No su Paco no había nacido para soportar tan terrible suplicio; Paco soñaba con otras cosas; no con las que estaban fuera de sus aguas, pero si con tener una casita humilde, limpia y soleada, adornada no con lujo, pero sí con todo lo indispensable, donde tenerla á ella, á su mujer, tal como ella había visto deslizarse el albor de su vida en casa de sus padres; teniendo siempre un vestido de gala que ponerse en los dias festivos, con otros conque avalorar, en su rincón y á los ojos de él, sus hechizos; él tenia derecho á que, en su enfermedad, ella no careciese de lo que el médico le prescribía en cumplimiento de un deber implacable: aires puros... los montes... una alimentación restauradora... vida higiénica y distraída... ¡Oh, los médicos!

—Pero, chiquilla, en qué piensas?—le preguntó la casera al advertir su ensimismamiento.

Dolores la miró llena de sobresalto, como si la acabara de despertar bruscamente de un sueño, y de pronto palideció intensamente, sin que la sangre matizara más que sus pómulos, y posó sus ojos en la imagen de la Virgen, iluminada por un rayo de sol y por la pálida luz de la mariposa.

—Pero ¿es que te sientes peor?—le pre guntó Petra con la inquietud retratada en su expresivo semblante.

—¿Quieres que te hagamos algo?

Un golpe de tos, seca y cavernosa, tos que parecía serpear ronca y sibilante por entre hondas oquedades antes de estallar en los labios, impidió contestar durante algunos momentos á la enferma, la cual al toser aferrábase, con ambas manos crispadas, á los brazos de la poltrona. Después, cuando la tos hubo cedido algo en su violencia, necesitó de algunos minutos para abastecer de un poco de aire sus pulmones doloridos.

Todas las allí reunidas la contemplaban con expresión de piedad infinita, y Trini, cogiendo un extremo del delantal, lo pasó por la frente de Lola, bañada por un sudor tan glacial como el de la muerte.

II

Qué, le ha pasao algo á mi Paco?—preguntó, incorporándose rápida, no obstante su debilidad, Dolores, y avanzando hacia Pepillo el tarrido, que acababa de penetrar en la habitación como una bomba.

Todas las que acompañaban á Lola se apresuraron á interponerse entre ella y el recién llegado, al cual guiñaban, desesperadamente, todas, los ojos, como si quisieran amordazarlo con la mirada.

El Carriolo, cuyo rostro brillaba alegremente, exclamó atropellándose por más pronto decir lo que decir quería:

—Qué le ha de pasar ná? chavó! pos si la cosa le ha salió que ni dibujá; ustés, ya saben que Paco era el segundo, porque el Pcnita ha trabajao, como novillero, en yo no sé cuantos reondeles; pos bien, el primero que salió era un bicho más chico que una castaña...

—¡No, los de mi Paco, los de Paco!—exclamó ansiosamente Lola, apoyando una de sus manos contra la pared, y con los ojos llenos de extraña expresión de gozo, de angustia y de impaciencia.

—Sí, los de Paco.

—Y han aplaudió mucho á Paco?

—¡Por vía é Dios! ¡Pos pregunten ustés algo, camará! ¡Pos ni que yo tuviera una boca en cá poro!

—Güeno, vamos á ver, dinos tó lo tocante á Paco.

—Pos bien; el primero que le salió á Paco fué un zaino, mu capaz de llegar con los pitones al lucero matutino; ¡valiente toro! y vaya si achuchaba de verdá!... Como que se cargó tres automóviles en menos que se ice pío.

—Pero ¿y Paco?, acaba por Dios, Carriolo, ¡acaba por Dios y por su Santísima Madre!

Carriolo se puso serio; la voz de Dolores había sido un grito de angustia; su rostro era el de una muerta, y, al notar ésto, se apresuró á decir el muchacho:

—Pos Paco, mu bien en tós; pero que mu requetebién, pero que como los mismísimos ángeles! Como que apenitas salió el primero, se fué pa él, y lo que tos dicían, que dicían: dónde ha aprendió esta criatura á jacer eso? Porque es que jizo un quite que, sigún dicen tós, es de los de canela del Gallo; y aluego, camará y aluego!...Como que cuando llegó la hora de la verdá, se jartó de toro, pero que se jartó; tan se jartó, que sacó toa la mano llena de sangre de puro embraguetarse; como que icen toitos que en cuantito el gachó aprienda una miaja á menear la percalina, le va á quitar la mar de jumo á la mar de acorazaos.

Los ojos de Dolores centelleaban de júbilo; una inmensa laxitud habíase apoderado de ella; sus piernas flaquearon, se tambaleó, y

—Pero, qué es eso?—le preguntaron sus amigas, rodeándola con cariñosa solicitud.

—¿Pero no viene?—preguntó Lola, con voz desmayada, al Carriolo.

—En seguiíta, en cuantito lo dejen; como que lo han sacao en hombros, y si yo ya estoy aquí es porque yo me adelanté pa traerle á usté la notisia.

Dolores fué conducida de nuevo á la vieja poltrona, donde se reclinó; una serenidad luminosa enseñoreábase de su rostro; el triunfo de Paco la acariciaba como con labios de luz. Sin duda su pensamiento enervábase ante el cambio de decoración de su vida; jadiós, horas de miseria y de angustias!, horas en que el alma se retuerce forcejeando por romper los dogales del dolor; ya su Paco no era un desconocido: al siguiente día todo el barrio, alborozado, repetiría su nombre, ensalzando sus proezas; ella sería festejada por todos, porque para eso era la compañera del torero triunfante; para eso ella habíase quitado el pan de la boca, en ella la sonrisa, para que él lo comiera creyéndola ahita; para eso ella no había tenido más ambición que la de verle contento; para eso había pasado tantas noches en vela, quemándose las pestañas, para ayudarle en la fatigosa lucha; para eso no había tenido él una sola amargura que devorar que ella no hubiese compartido.

Verdad que aquella vida que le esperaba era de constantes peligros; pero ella no se apartaría jamás de los pies de la Santa Virgen, que era la que en aquel día había sido su salvaguardia; por algo habíale ella hecho colgarse al cuello, á su Paco, el divino escapulario; por algo teníala encendida ella á su Virgen una mariposa desde el día de la contrata.

—Ya debe llegar de un momento á otro—dijo Trini, que no dejaba de ir y venir á la reja.

Dolores intentó incorporarse, pero sus piernas se negaron á sostenerla; un tropel de mozos del barrio penetró alborozado en la habitación; Dolores les miró con expresión interrogadora.

—¿Y mi Paco?—les preguntó, por fin, con voz apenas perceptible.

La casera, que la miraba con inquieta expresión, se inclinó sobre ella.

—Son sus amigos; y?, debe tardar mú poquito, hija mía, mú poquito—díjole, acariciando suavemente su rostro con su mano.

—Le estoy viendo—musitó dulcemente Dolores clavando sus enormes ojos en el espacio, á la vez que una sonrisa inefable resbalaba por sus labios descoloridos.

—Me paece que Lola se pone mú malita—dijo, asustada, la casera á la de los Rizos.

Los que habían penetrado en la habitación habian enmudecido al ver el rostro de la mujer de Paco, y se miraban los unos á lo otros con grave interrogadora expresión.

—Qué, ¿te sientes mal, hija mía?—volvió á preguntar la señá Rosario á Dolores.

En aquel momento, el rodar de varios carruajes atronó la calle: cien voces vitoreaban al triunfador; éste, embriagado de gfozo, saltó rápido del vehículo, penetró como una centella en la casa y,

—¡Paco! ¡mi Paco!—gritó Lola, incorporándose como un fleje que se desdobla, al verle aparecer en la habitación rodeado de los que le vitoreaban y brillando al sol con su terno cobalto y plata; y

—¡Paco, mi Paco!—susurró dulcemente, dejando caer la cabeza, como flor que se troncha, sobre el homhro del hombre querido.

Y un grito, mitad sollozo, mitad rugido, un grito, estridente de desesperación y espanto, brotó en la garganta del torero viendo, al levantar la cabeza de la amada compañera, los ojos de ésta inmóviles; al notar que su cuerpo se desplomaba entre sus brazos; y al sentir, en la hora del triunfo, en fin, aquel inmenso martillazo que el Destino asestaba en su corazón, un borbotón de lágrimas desbordó en sus ojos, y

—¡Lola, mi Lola!—sollozó más que exclamó, besando con desesperado ahinco aquel rostro demacrado, sobre el que la muerte empezaba á extender sus dulces alas bienhechoras.


Publicado el 24 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.
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