Entre dos hileras de cuartos, cuyo aspecto sórdido denotaba la desidia o la avaricia del propietario, extendíase un espacio de quince metros de ancho por cuarenta de largo, cruzado por alambres y cordeles que sostenían pinzas de ropa de todas formas y colores.
Separadas entre sí por delgados tabiques, las habitaciones carecían de ventanas y sólo tenían una puerta, cuya parte alta ostentaba algunos agujeros para dar paso al aire del exterior.
Obreros y jornaleros ocupaban estos cuartos. En el más grande, con frente a la calle tenía su habitación la portera o mayordoma, encargada de las importantes funciones de cobrar los alquileres, de dar el desahucio a los reacios en el pago y a los que no le rindiesen el acatamiento debido a su alta investidura de representante del propietario.
En una mañana de agosto, fría y nebulosa, mujeres y niños desarrapados asomábanse a las puertas de las habitaciones. Afuera, en el patio, algunas lavanderas inclinadas sobre sus artesas batían la ropa en el agua jabonosa con los brazos desnudos, amoratados por el frio.
De pronto, de una de las piezas salió corriendo y dando chillidos una muchachita de seis a siete años seguida de cerca por una mujer que le gritaba llena de cólera:
—¡Párate chiquilla, no te digo que te pares!
Pero la pequeña, avispada y ágil, se le escabullía fácilmente entre las artesas, barriles, tinas y otros artefactos que llenaban el patio.
Cuando se convenció que la persecución resultaba inútil, la abandonó y se entró al cuarto, no sin antes conminar a la fugitiva:
—No van a ser palos los que te voy a dar cuando te pille, bribona.
La aludida, contorsionando la morena cara, hizole una serie de muecas para significarle que le importaba un ardite la amenaza.
La pieza donde penetrara la mujer estaba llena de trastos. En el centro alzábase una mesa cubierta con un tapete de hule muy viejo. Junto a la pared destacábanse dos catres de fierro con sus camas, y en el suelo, esparcidos aquí y allá, había baldes con lejía, atados de ropas y ollas y cacharros de toda especie. Cerca de la puerta, en una gran jaula dividida en compartimentos, veíanse varios gallos ingleses de pelea.
Apenas entró en la habitación, Sabina, que así se llamaba la mujer, reanudó la tarea del planchado que había interrumpido para castigar a ese demonio de Berta, que le tenía requemada la sangre con sus fechorías. Pero unos gritos articulados y rabiosos, que estallaron a su espalda, la obligaron a volverse y proferir con airado tono:
—Aída, ¿qué le están haciendo a la niña?
—Nada mamita, es ella que no quiere tomar.
En el suelo, sentadas en un saco había dos chicas. La mayor, de nueve años, de ojos grises, pequeños y vivaces, y de redonda y morena cara, tenía a su derecha, sobre un cajón, una taza de leche, de la cual daba cucharadas a la más pequeña, quien, de cuando en cuando, sin causa aparente, rechazaba el alimento, dando manotadas y lanzando gritos de impaciencia y rabia.
La madre, cada vez que esta escena se repetía, no dejaba de observar:
—Estará muy caliente la leche. Enfríala un poco más.
Aída seguía al pie de la letra estas instrucciones. Soplaba en el tiesto y en la cuchara y, antes de dar el líquido, probábalo previamente y aquí, en este detalle que para la mujer pasaba inadvertido, estaba el por qué de las rabietas de la pequeñuela, pues la leche a consecuencia de esta maniobra llegaba a su boca hambrienta disminuida en la mitad, y a veces sólo unas cuantas gotas contenía la cucharilla que ella veía salir rebosante de la taza.
Este fraude, que no podía evitar ni delatar, provocaba las desesperadas protestas de la criatura que, aunque había cumplido los tres años, apenas podía balbucir una que otra palabra. Un raquitismo atroz había hecho presa en su endeble cuerpecillo, que sólo podía moverse arrastrándose por el suelo, sin que los esfuerzos de la madre para hacerla andar diesen resultados, atribuyendo en su ignorancia esta debilidad del organismo a una voluntaria terquedad de la chica.
Por eso, cuando alguien preguntaba:
—¡Vaya! ¿Todavía no anda la Anita?
Ella contestaba invariablemente:
—Si es que no quiere andar esta chiquilla.
—¿No estará tullida, vecina?
—¡No, si usted la viera cómo patalea cuando se enoja! Entonces nadita de tullida que está, pero en cuanto la paran pone las piernas como una lana. Es costumbre que ha agarrado esta pícara. A fuerza de chicote se la tengo que quitar.
Estas palabras, y el tono en que eran pronunciadas, dejaban transparentar una especie de rencor contra la criatura que, a pesar de su edad, daba tanto trabajo como una guagua de meses.
Era Sabina, la lavandera, una mujer joven, veintiocho años a lo sumo, muy morena, de mediana estatura, facciones marchitas y ojos pardos de mirada triste. Trabajadora infatigable, se le veía desde el alba entregada a sus quehaceres. Su marido, de oficio panadero, a pesar de que ganaba cuarenta o más pesos semanales, sólo destinaba a su familia una parte insignificante de su salario.
A consecuencia de esto, la madre y los hijos, tres varones y otras tantas hembras, pasaban una vida de estrechez y de miseria que el trabajo de la mujer apenas podía atenuar.
Cuando Onofre, el marido, no se embriagaba, la familia disfrutaba de cierta relativa holgura. Con los dos pesos, que eran su contribución diaria, había en su casa para matar el hambre. Pero estos períodos de tranquilidad no eran de mucha duración, y cualquier día el mayor de los chicos, que iba por las mañanas a esperar a su padre y traer la provisión de pan, se presentaba en el cuarto con las manos vacías y pronunciaba la frase sacramental:
—Mi taitita anda tomando...
Desde ese momento la madre tenía que multiplicar sus tareas, trabajar de día y de noche en labores extraordinarias y disminuir su propia alimentación para satisfacer el apetito voraz de esas bocas hambrientas que la acosaban sin cesar con la cantinela:
—Mamita, quiero pan, deme pan, mamita.
La tarea del planchado tocaba a su término. La ropa, caliente aún por el contacto de la plancha, formaba un montón encima de la cama de la cual partió, de pronto, el débil llanto de un niño. Algunas piezas se habían deslizado hasta tocarle el rostro, despertándolo con su áspero roce.
En ese instante se dibujó en el umbral de la puerta la alta silueta de un hombre. Dio una ojeada por el cuarto y preguntó:
—¿Dónde está Daniel?
Antes que la mujer respondiese, un niño de doce años, delgado, de semblante moreno y despierto, penetró apresuradamente en el cuarto y dijo con cierta entonación temerosa:
—Aquí estoy, taitita.
La voz varonil interrogó:
—¿Le diste de comer a los gallos?
—Si, taitita.
—¿Agua?
—Agua también.
En tanto hacía las preguntas, examinaba atentamente a las aves, palpándoles el buche, para comprobar si, en realidad, habían comido y bebido, pues en una ocasión sorprendió al chico en flagrante delito de mentira.
Esta vez la inspección pareció dejarlo satisfecho, y mientras Daniel se deslizaba hacia fuera mirando de soslayo a su padre, éste fue a sentarse junto a los reñidores, observando con profundo interés sus idas y venidas dentro de la jaula.
De treinta y cinco años, alto, de complexión robusta, era el panadero un hombre apático y silencioso. Cuando se embriagaba, esta característica parecía acentuarse, y sólo los gallos, su pasión favorita, lograban ponerle locuaz.
Muy ignorante, el problema educacional de los hijos no le preocupaba en manera alguna. Procurarles el alimento y el vestido era ya por sí sola una carga demasiado grande y de la cual se libertaba con una frecuencia amenazadora.
Los chicos, abandonados a sí mismos, crecían como plantas bravías, sin que nada contrarrestase los atávicos impulsos de sus almas infantiles, indisciplinadas y precoces. Los mayores vivían en la calle y sólo venían a casa a dormir. La indiferencia del padre y los crueles castigos que de él recibían, casi siempre desproporcionados con relación a la falta cometida, habían debilitado en ellos el afecto filial. El temor era el sentimiento dominante cuando estaban en su presencia y de la que procuraban huir cada vez que les era posible.
Por lo que toca a la madre, ocupada constantemente en sus quehaceres, muy poca atención podía prestarles. Además su espíritu inculto, lleno de supersticiones y absurdos prejuicios, hacia de ella una perversa educadora. Al revés de su marido, su acción represiva ante las barrabasadas de sus chicos se limitaba a lanzar gritos y proferir amenazas que no se realizaban, con lo cual su autoridad era poco menos que nula. Los rapaces, seguros de la impunidad, contestaban con burlas y aun con insultos a las reprimendas.
Por algunos minutos reinó el silencio en el cuarto. El chico había vuelto a dormirse y la pequeña Anita, apoyándose en las manos, se arrastraba sobre las baldosas del piso acercándose a la mujer que, con el rostro encendido, continuaba su labor sin darse un momento de reposo.
De súbito se precipitó en la pieza, como una tromba, Berta, a quien su hermano Ricardo, un pillete de ocho años, perseguía con un manojo de hierbas. El rapaz, al divisar a su padre se detuvo en seco, y girando sobre sus talones emprendió veloz carrera hacia la calle.
La chica lloraba dando voces;
—¡Mamita, Ricardo me ortigó las piernas!
Onofre se levantó y miró hacia afuera, pero ya el hechor había desaparecido. Sabina soltó la plancha y se acercó a la pequeña, preguntándole:
—¿Por qué ha sido, qué le hiciste tú?
—Nada. Estábamos jugando. Yo era la gallina clueca y para que no me levantara del nido me ortigó las piernas.
—¿Y cómo se le ocurrió esa maldad a ese negro pícaro?
—Es que Pablo dijo que la señora Ignacia les ortigaba la pechuga a las gallinas de ella.
Sabina a pesar de su enojo no pudo menos que sonreírse.
—Déjalo, en cuanto lo pille le voy a ortigar la rabadilla con el chicote.
Luego, acordándose de la escena ocurrida entre ambas, y en tanto le frotaba las morenas y enronchadas piernecillas con un trapo empapado en vinagre, le susurró quedamente:
—Eso te pasa por mala. ¿No ves como Dios te castiga por desobediente?
Pero la chica, atenuado ya el escozor de las picaduras, no la escuchaba, impaciente por reunirse a la turba que alborotaba el patio con sus gritos, lo que hizo apenas la curación hubo terminado.
Después de un instante de silencio, la mujer lo interrumpió para decir:
—Onofre, Ricardo anda descalzo y David luego estará lo mismo. Yo estoy endeudada en el almacén. Sin zapatos no pueden ir a la escuela, porque no los admiten. Si tú no le compras...
La voz de su marido, breve e irónica, le cortó la palabra:
—Tú crees que yo estoy sellando plata.
—No sellarás, pero ganas bastante y lo que das es una miseria.
—Demasiado doy.
—Es que más gastas en diversiones. La otra semana, en la pelea del gallo giro, perdiste cincuenta pesos.
—Mentira, no perdí un centavo porque me cubrí a tiempo.
La mujer contestó, incrédula:
—Siempre dices lo mismo, pero la plata que pones a los gallos no la vuelves a ver más.
—Y aunque así fuese... ¿No soy dueño de gastarla y botarla si se me antoja?
—Claro, como nada te importan la mujer ni los hijos.
—Mira, puedes hablar lo que quieras, pero hay otros que dan menos y nadie les mete bulla por eso.
—Porque la esclava que tienen aguanta todo. Si es para la casa, un centavo les duele, pero para divertirse entonces la plata no vale nada.
Onofre por toda respuesta se puso de pie y abandonó la habitación con el rostro ensombrecido por el enojo.
Sabina lo vio alejarse descorazonada y aunque la experiencia le había demostrado la inutilidad de sus quejas, no podía resignarse y abstenerse de formularlas. Desde tiempo atrás la deficiente cooperación del marido iba haciendo más y más precaria la situación del hogar. A la escasez de alimentos añadíase la carencia de ropas y de calzado. Los chicos, desnudos de pie y pierna, apenas tenían con qué abrigarse y sufrían crueles torturas a causa del frío. Como la madre sólo podía atenuar en parte estas privaciones, la lucha tornábase para ella cada vez más angustiosa. Sin embargo, con ese obstinado y silencioso heroísmo de las mujeres de su clase, su valeroso espíritu no desmayaba en la lucha desigual que sostenía contra la miseria.
Concluida la faena del planchado, Sabina tomó al pequeño para amamantarlo, y mientras el chico exprimía el seno con desgano, la madre contemplaba afligida la carita morena y demacrada. Aunque tenía diez meses, representaba menos de seis. El médico del dispensario había diagnosticado una infección intestinal; mas, las vecinas y comadres, disintiendo de esta opinión, habían resuelto que la enfermedad del infante era un empacho, y toda la farmacopea popular, disparatada y absurda, se puso en práctica para curarlo de la afección. Saturado de unturas y ahíto de infusiones, el niño agonizaba días y semanas aferrándose a la vida con la formidable vitalidad de la raza. Y aquella existencia, lucecilla vacilante que amenazaba extinguirse a cada momento, era motivo de grave preocupación para la madre, quien, sin confesárselo, allá en lo intimo de su pensamiento deseaba que la muerte terminase su obra, lo cual sería para ella una liberación.
Después de colocar al pequeñuelo en la cama, Sabina reanudó sus quehaceres, poniendo un poco de orden en el cuarto, trabajo que tuvo que interrumpir para atender a la tullida que, siguiendo una costumbre en ella inveterada, se llenaba la boca de tierra que extraía de un agujero de la pared. Diole algunas palmadas y la apartó de allí. La chica, a quien el castigo arrancara desaforados gritos, se calló de improviso. Había encontrado en el suelo un recipiente con almidón y azul de Prusia, y se embadurnaba con la mezcla la cabeza y el rostro. La madre acudió de nuevo y dobló la dosis de cachetes y pellizcos. ¡Señor, qué criatura, cuánto daba quehacer!
Y acercándose a la puerta, llamó a Aída, y le ordenó, señalándole a la pequeña:
—Llévatela, entreténla por ahí, no dejes que coma tierra.
La grandullona recibió el mandato de malísima gana, y exteriorizó su descontento tomando a la chica de un brazo y sacudiéndola con aspereza, mientras le decía con enojo:
—¡Párate, mañosa!
Pero como viese que su madre se acercaba en actitud amenazante, huyó con la pequeña en los brazos, profiriendo vengativa:
—¡Voy a tirarte a la acequia, chiquilla del diablo!
Sabina aprovechó esos momentos de tranquilidad para dar fin a los preparativos de la merienda, pues la hora de mediodía estaba ya cerca. En tanto que afanosa fregaba cucharas y platos, los chicos habían invadido el cuarto y rondaban en torno de la olla que borboteaba en el brasero.
La ausencia del padre les había puesto alegres, y dando tregua a sus perpetuas rencillas, reían y bromeaban con gran compostura, sin pelearse.
Cuando el potaje fue retirado del fuego y puesto encima de la mesa, un gran silencio reinó en la estancia. Por algunos instantes sólo se oyó el rumor de las cucharas, chocando con los platos. Daniel y Ricardo comían de pie, afirmados en la mesa, y Aída y Berta, sentadas en el suelo con las piernas cruzadas.
En el extremo de la misma, Sabina, con Anita en los brazos, sorbía en silencio el humeante caldo, del que participaba también la pequeña. Una idea la obsesionaba: ¿Se pondría Onofre a beber? Desde luego, su ausencia no era tranquilizadora, y casi se arrepentía de haber promovido el incidente que lo disgustara. Pero también, si nada decía, si no se quejaba, él podía traducir ese silencio como una tácita aprobación de su conducta, lo cual empeoraría su situación.
Por lo demás, ella sabía que su marido no era malo. Nunca la había maltratado. Eran los amigos, los compañeros, los que lo arrastraban al vicio y al desorden.
La vista del plato vacío que Berta le alargaba cortó el hilo de sus pensamientos.
En tanto lo llenaba de nuevo, decía admirada:
—Qué chiquita ésta. No se demoró ni un Jesús en tomarse el caldo.
La chica sonreía, mostrando los blanquísimos dientes, y empinándose en los desnudos pies, pidió presurosa:
—Carne, también.
—No, la carne la voy a repartir después.
Los demás también repitieron, y cuando el caldo se hubo agotado, Sabina dividió la carne en trozos, reservándose para ella el más pequeño.
Todos, con excepción de Berta, comían con gran parsimonia, prolongando el placer, pues la carne era para ellos un manjar siempre escaso y del que muchas veces carecían en absoluto.
Aída, que masticaba con delicia, vio de pronto entrar en su plato una mano chiquita, sucia, negrísima, y antes que pudiera impedirlo, el pedazo, su precioso pedazo, desapareció como un relámpago. Lanzó un chillido de desesperación y se precipitó sobre la ladrona, a quien alcanzó en el umbral de la puerta, comenzando entre ambas un pugilato encarnizado, con acompañamiento de gritos feroces.
Daniel y Ricardo separaron con gran trabajo a las combatientes, y mientras Aída lloraba pugnando por desasirse y reanudar la batalla, la autora del conflicto, de pie, con las manos por detrás, erguíase impávida en medio del cuarto. A la pregunta que Sabina le hizo respecto a la carne robada, contestó relamiéndose, con los negros ojillos relampagueantes de satisfacción:
—Me lo tragué.
Y en seguida, para atenuar la importancia del hecho, agregó:
—Si era bien chiquitito. Una pizca así.
Y alzaba la diestra mostrando el pulgar y el índice separados por un espacio pequeñísimo.
Aída la contradijo gimoteando:
—No es cierto. Lo había probado no más cuando me lo quitó.
Y la morenilla no habría puesto fin a sus lamentaciones si Sabina no le hubiese cedido el trozo que se había reservado para ella, con gran enojo de Daniel, pues veía a su madre por culpa de esas tragonas quedarse sin comer.
Entretanto Anita se había dormido en el regazo de la madre, quien contemplaba con tristeza su cuerpecillo deforme y sus torcidas piernecillas. Poco a poco la fue invadiendo un sentimiento de honda melancolía, y de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas que rodaban por la inclinada faz, unas tras otra, silenciosas. Lo que la apenaba era ver a la criatura tan inerme, tan indefensa, y el convencimiento de que tal vez la parálisis de sus miembros inferiores fuese ya algo sin remedio, definitivo.
De pronto, una especie de cloqueo ahogado se oyó en la pieza. Eran Berta y Aída, que, con las manos en la boca, trataban de contener la risa que les retozaba en el cuerpo.
La ausencia de sollozos y gemidos las hacía ver, en aquel mudo dolor, una especie de pantomima risible, que procuraban imitar exagerando el gesto doloroso con cómica gravedad.
No pudiendo reprimirse abandonaron el cuarto, fulminadas por la mirada iracunda de Daniel, quien, al revés de sus hermanas, tenía los ojos empañados y el corazón oprimido. Ese callado sufrimiento le producía una penosa impresión.
Su alma infantil conservaba un fondo de buenas cualidades que el ambiente envenenado y corruptor que lo rodeaba no había logrado extirpar aún. Observador atento y sagaz, tenía de los asuntos de la vida una experiencia superior a sus pocos años. Se daba cuenta con bastante exactitud de la situación creada al hogar por la casi deserción del padre, para quien, sin embargo, no tenía reproches. En el fondo, secretamente, lo admiraba. Desde pequeño, viendo y oyendo lo que pasaba a su alrededor, se había formado el concepto de que el varón, por ley natural, estaba exento de trabas y obligaciones. Que el padre gastara el dinero en divertirse, en el juego, que se embriagase, eso nada significaba porque eran cosas de hombre. Y se estremecía de orgullo al pensar que él también lo era y que haría, a su vez, esas hombradas cuando tuviese edad para ello.
Sin embargo, al ver las tribulaciones de su madre, por la que sentía un gran cariño, lamentábase de no ser más crecido para trabajar, ganar dinero y aliviarle la pesada carga.
La conducta de su primogénito era para Sabina una fuente de consuelo, pues, en realidad, el chico le prestaba una valiosa ayuda.
Cuando en ocasiones, por causa de enfermedad había tenido que guardar cama, él la había reemplazado en casi todos sus quehaceres: iba a las compras, condimentaba los alimentos, cuidaba a los pequeños y, para que el lavado no se atrasase, jabonaba y fregaba la ropa con la pericia de una lavandera experimentada.
Y su alma tosca de niño ineducado tenía rasgos de una delicadeza conmovedora, cuando trataba de arrancar a la madre de sus cavilaciones. Aquella vez, deseoso de poner fin a esa crisis de desaliento, púsose con febril actividad a lavar los utensilios que habían servido en la merienda y a poner en orden objetos diseminados por la pieza, pasando y repasando por delante de la mujer y observándola a hurtadillas.
Este método le daba siempre buenos resultados, pues su ir y venir afanoso concluía por sacar a la lavandera de su ensimismamiento, y como adivinaba el móvil que guiaba al chico, su actitud la enternecía, confortándola al mismo tiempo.
Esta vez como siempre, la maniobra produjo su efecto. Sabina secó sus lágrimas, se levantó y fue a depositar la pequeñuela dormida en el cajón que le servía de lecho.
Luego reanudó el trabajo de colocar la ropa planchada en una gran cesta de mimbre. Daniel, que estaba impaciente por romper el silencio, interrogó:
—¿Ahora vamos a dejar la ropa donde misiá Luchita?
La lavandera hizo un signo de asentimiento y el chico continuó:
—¿Llamo entonces a Ricardo para que me ayude a llevarla?
—No, voy a ir yo. Tengo que hacer unos reclamos por el lavado.
Y examinando el traje que tenía puesto, agregó como hablando consigo misma:
—¡Vaya! ¿Y tendré que ir con este vestido?
—Y el negro, mamita, por...
No terminó la frase. Recordó súbitamente que él mismo, días atrás, había llevado la prenda a la casa de préstamos.
Sabina, viendo su turbación y su gesto apesadumbrado y contrariado a la vez, dijo para consolarle:
—Qué le vamos a hacer, hijo. Si tu padre se acordase de que tiene familia, no pasaríamos estas miserias.
Antes de partir, la lavandera encargó a Ricardo y a las dos pequeñas del cuidado de la casa, recomendándole especialmente el cuidado del enfermito y de la tullida. Cada una de estas instrucciones iba acompañada de las amenazas de rigor: azotes si hacían esto, palos si dejaban de hacer aquello.
Los chicos, poniendo una cara adecuada a las circunstancias, simulaban tomar muy en cuenta estas advertencias y protestaban que se conducirían correctísimamente. Sabina, viéndolos tan bien dispuestos, prometió traerles confites y galletas, lo cual los colmó de júbilo.
Apenas Daniel y su madre, llevando entre ambos la cesta de ropa, hubieron dejado el cuarto, cuando los rapaces comenzaron a discutir la elección del entretenimiento que más los divirtiese. Varios fueron propuestos hasta que, por fin, se aceptó el juego del almacén, que les pareció el más apropiado.
La tabla de planchar, colocada entre dos cajones, hizo las veces de mostrador, tras el cual se arrodilló Aída, la propietaria del negocio, quien comenzó inmediatamente a expender la mercadería: unos cuantos puñados de arena contenida en un tarro de hoja de lata.
Los compradores, Berta y Ricardo, fabricaban ellos mismos su moneda con pedacitos de papel, y las transacciones se efectuaban con el obligado cortejo de regateos de parte de los clientes y con la exaltación de la magnífica calidad de la mercadería por parte de la vendedora.
De improviso cesó el parloteo; Anita, la tullida, que se había despertado, llegó deslizándose sin ruido cerca del mostrador, y cogiendo paquetes listos para la venta, los deshizo entre sus dedos. Aída se levantó rabiosa y, tomándola de un brazo, la arrastró sin cuidarse de sus gritos, hasta el rincón más lejano, donde la dejó para volver a ocupar su sitio. Mas la tregua fue brevísima, pues la chica recorrió en un instante aquella distancia, y amenazó nuevamente la libertad de comercio.
Conducida otra vez al rincón, colocáronle delante, a modo de valla, todas las sillas y bancos que había en el cuarto, pero como la reclusa salvara estos obstáculos, la desolación se pintó en todos los semblantes. Mas la vendedora no se desanimó y puso en práctica un nuevo procedimiento. Tomó a la pequeña en brazos y la llevó junto a la pared, y mostrándole el agujero abierto en ella, comenzó a decirle con mimo y zalamería:
—Coma tierrecita, tome, qué rica está.
Pero Anita, rechazando con obstinación este intento de soborno, forcejeaba por acercarse a la tabla mostrador y tomar parte, a su manera, en el juego que divertía a sus hermanos. Esta terquedad exasperó a Aída, quien preparábase a tomar medidas violentas, cuando Ricardo propuso:
—¿Amarrémosla a la pata del catre?
Y mientras buscaba una cuerda u otra cosa semejante que sirviera para el objeto, su mirada tropezó con la jaula de los gallos, en la que había un compartimiento vacío. Verlo y exclamar triunfante: “Metámosla aquí”, fue todo uno.
A pesar de los gritos de la tullida, la introdujeron en el pequeño espacio cerrando y sujetando fuertemente, en seguida, la puertecilla.
Ante los chillidos de la prisionera, los gallos de los compartimentos vecinos comenzaron a lanzar gritos estridentes y a dar terribles aletazos, enloquecidos por el terror, formando tal batahola entre ellos y la pequeña, que los autores se asustaron de su obra y quisieron deshacer lo hecho. Pero al tratar de abrir el compartimiento, la aldaba que lo sujetaba se negó a funcionar, y cuando Ricardo iba hacia el patio, en busca de una piedra para golpearla, retrocedió, diciendo trémulo de espanto:
—¡Mi taitita!
Despavorido, permaneció un instante indeciso, pero al oír el rumor de los pasos que se acercaban, dio un salto hacia la puerta y desapareció por ella como una exhalación.
Segundos después penetraba Onofre en el cuarto y el estupor que le produjo la escena lo dejó un momento paralizado. Pero luego, presa de una violenta cólera, se acercó a la jaula y extrajo de ella a la pequeña, a quien con ademán brusco depositó en el suelo. Suprimida la causa que las inquietaba, las aves comenzaron a tranquilizarse. El panadero las observaba pálido de coraje. Con las plumas arrancadas, las crestas llenas de sangre y el pico abierto, jadeantes, presentaban un lastimoso aspecto.
Onofre, cuyo furor iba en aumento, se encaró con Berta, que atareadísima detrás del mostrador hacía y deshacía paquetes sin que, al parecer, se diese cuenta de la tragedia y le preguntó con voz tonante:
—¿Quién puso a la Anita en la jaula?
La chica contestó al punto:
—Ricardo y la Aída fueron. Ricardo se arrancó y la Aída está debajo catre.
Y para comprobar la denuncia se acercó al lecho y miró debajo:
—Aquí, bien al rincón está, taitita.
Con voz iracunda, dando patadas en el suelo, el panadero ordenó a la culpable que abandonara el escondite, amenazándola con un castigo severísimo. Como la chica no obedeciera, ordenó con imperio:
—Berta, alcánzame un palo.
La chica salió corriendo y volvió casi inmediatamente arrastrando por un extremo un largo bambú.
—Tome taitita, picanéela con esto.
Onofre intentó servirse de la vara, pero la molestia que para él significaba tener que inclinarse hasta el ras del suelo, lo hizo desistir. Soltó el bambú, diciendo:
—Dale tú, Berta.
La morenilla, sorprendida agradablemente, preguntó gozosa:
—¿La picaneo yo, taitita?
—Si, y atrácale fuerte hasta que salga de ahí esa condenada.
No podía habérsele dado a la chica una tarea más de su gusto. Puesta en cuclillas, con el bambú asido por un extremo, comenzó a dirigir furibundas estocadas debajo de la cama.
Mas un fuerte tirón le arrebató la caña y antes que pudiera esquivarlo, recibió en el pecho un puntazo que la arrojó de espaldas con violencia. El choque de la cabeza en el pavimento le arrancó un alarido penetrante.
El padre, que estaba junto a la jaula, examinando uno de los gallos, acudió, diciendo malhumorado:
—¿Qué ha sido, por qué gritas?
—Fue la Aída, me pegó aquí.
Esta nueva fechoría enfureció al panadero, quien apoderándose del bambú iba a emplearlo contra la delincuente, cuando una voz conocida lo llamó desde la puerta.
El visitante era un amigo, gallero de oficio, que venía a proponerle algo relativo a la profesión. Onofre olvidó en el acto lo que tenía entre manos para atender a su compañero.
La conferencia que celebraron junto a las aves no fue de mucha duración, pues, transcurridos algunos minutos, abandonaron la pieza, llevando cada cual un gallo debajo del brazo.
Apenas el panadero y su amigo se hubieron marchado, Aída abandonó su refugio debajo de la cama y se encaminó al almacén, del que se había adueñado la tullida, y en el cual sólo encontró destrozos: los paquetes deshechos y la arena esparcida por el suelo. Propinó a la criatura algunos golpes y quitó la tabla, dejándola arrimada al muro.
Ricardo reapareció en ese instante y sus primeras palabras fueron para inquirir noticias. Aída le refirió brevemente lo que había pasado y, en seguida, ambos, con amenazas y promesas, comprometieron a Berta a guardar silencio, a fin de que la madre ignorase lo sucedido.
Cuando Sabina estuvo de regreso, su primera mirada fue para el pequeñuelo, quien continuaba durmiendo con aquel sueño pesado y letárgico que, desde días atrás, la tenía intranquila. Luego, después de hacer algunas preguntas sobre lo que había pasado en su ausencia, preguntas que Ricardo y Aída contestaron ponderando el buen comportamiento de todos, les repartió los confites y galletas prometidos.
Berta, como premio de su discreción, recibió de sus hermanos una galleta y una pastilla, que devoró incontinenti, y acercándose en seguida a su madre, comenzó a decir, señalando la parte posterior de la cabeza:
—Mamita, tengo un bulto aquí atrás.
Ricardo y Aída le dirigieron miradas furiosas, pero ella continuó quejándose, hasta que Sabina, palpando con la diestra el chichón, preguntó alarmada:
—¿Cómo te hiciste esto?
—La Aída me botó.
Y a pesar de la enérgica negativa de los inculpados, de sus gritos y de sus amenazas, hizo el temido denuncio: el encierro de Anita en la jaula de los gallos. La mujer, como siempre, se desató en vociferaciones y denuestos contra los culpables, quienes, cuidándose de mantenerse a la distancia, buscaban el modo de vengar aquella traición, castigando a la delatora, lo que al fin hicieron, en las mismas marices de la madre. Mientras Ricardo se acercó por la derecha, Aída se aproximó por la izquierda, y con increíble ligereza cada uno suministró un soberbio mojicón a la morenilla, dejándola bañada en lágrimas y berreando estrepitosamente.
La lavandera salió en persecución de los agresores, y regresó al poco rato sin siquiera haberlos visto, tan bien se habían escondido.
La noticia de que Onofre había estado en el cuarto, tranquilizó un tanto a Sabina, pues esa visita indicaba que se le había pasado el enojo y tal vez vendría a la noche a dormir.
Un poco confortada por esta esperanza, comenzó a preparar la tarea del nuevo lavado, trabajo en que se ocupó toda la tarde hasta la puesta del sol.
No pasó mucho tiempo sin que Ricardo y Aída se presentasen a pedir pan. Y al dirigirse a la madre, el tono que empleaban no era ni moderado ni humilde, sino más bien agresivo y regañón:
—Mamita, quiero pan. Deme pan, mamita.
La lavandera, agotada física y moralmente, concluía por ceder a sus exigencias, diciendo:
—Tomen demonios, cómanselo todo.
Cuando llegó la noche, la familia, con excepción del padre, se encontró reunida en el cuarto. Los chicos después de alborotar y pelearse, fatigados y un tanto hambrientos, pues el pan se había acabado temprano, fueron uno por uno retirándose a dormir. Todos, menos Anita que tenía su cama en un cajón, reposaban en un mismo lecho. Daniel y Ricardo se acostaban en un extremo y en el otro Aída y Berta, quienes no se desnudaban como los primeros, y dormían con la ropa puesta.
Sabina, cansada de esperar a su marido, se entregó también al reposo. Una doble inquietud la poseía: esa ausencia, que era para ella bien reveladora, y el estado del pequeño, que parecía haberse agravado considerablemente en las últimas horas del atardecer.
Cuando comenzaba a conciliar el sueño, la despertaron algunos golpes aplicados en la puerta. Se levantó y abrió. El que llegaba, borracho perdido, era Onofre, acompañado de su amigo, el gallero, pues apenas podía mantenerse en pie. Con ímprobo trabajo la lavandera lo desnudó y acostó y, al final de esta tarea, se encontró tan fatigada que, en breve, dormía profundamente al lado del ebrio y con el rostro de la criatura apoyado en el desnudo seno.
Antes del alba despertó sobresaltada bajo la impresión de un frio extraño en su carne. Se sentó en la cama y encendió la vela, pudiendo comprobar a su resplandor, que el pequeño estaba muerto, bien muerto.
Sin una lágrima, sin un gemido, contempló largamente aquel semblante que antes animaba la vida y que ahora aparecía tan quieto, tan tranquilo. Como los ojos estuvieran entreabiertos, frotando con el índice hizo descender los párpados hasta cubrir las inmóviles pupilas. Luego apagó la luz, y en la estancia, sumida en las tinieblas, se oyó el leve rumor de unos sollozos que, bien pronto, los ronquidos del borracho ahogaron con su triunfal orquestación.