Mi íntimo amigo Leiva suele convidarme a comer los jueves y a la hora del café cuenta anécdotas de cuando era pobre… tan pobre, se complace en repetir, [que] recurrió a ese procedimiento que la gente llama «esgrima de sable», y no es sino uno de tantos arbitrios defensivos contra la miseria.
Tales relatos adquieren picante sabor al ser escuchados en la sala donde Leiva manda servir la aromática bebida, y que parece un prodigio de riqueza cara (porque hay decorados ricos baratos); pero el día de la estancia a que me refiero, aparentemente sencillo, es, por el gusto artístico, una maravilla, y, por la magnificencia, un alarde de archimillonario.
Sólo la mesa, alrededor de la cual nos agrupamos para saborear nuestro moka, ha sido solicitada por museos extranjeros en sumas fuertes.
Los bronces y las miniaturas que la adornan valen cualquier precio.
¿Usted cree —me dijo una noche, mientras con gesto distraído aplastaba la ceniza de su cigarro en el cenicero— que soy ahora más feliz que entonces? Estoy por jurar que usted será de las pocas personas capaces de comprender que no.
—¿Era usted soltero en aquellos tiempos? —pregunté.
—Soltero… y huérfano. ¡Ya entiendo, ya! Usted quiere decir que las privaciones no nos importan por nosotros mismos.
—¡Naturalmente!… La pobreza estimuló sus energías: quiso usted triunfar de ella y triunfó. Si oyese usted a su lado llorar de hambre a un ser querido… ni fuerzas le quedarían para la lucha.
—¿Sabe usted —murmuró Leiva reflexivo— que no he dicho verdad al afirmar que estaba solo? Tenía conmigo… va usted a ver… un perro. Y, justamente… aquel perro fue el origen de mi fortuna.
Nada de energía: el Chucho. Era un can feísimo, uno de esos canes golfos que vagan por las calles, famélicos y sucios, con las lanas envedijadas y las patas negruzcas de cieno. No hay perro, por ruin que sea, que no tenga el encanto de la mirada; mi Chucho ni aún eso tenía; era tuerto. ¿En qué riña callejera, en qué lance brutal había perdido el ojo izquierdo y parte de una oreja también? ¡Quién lo sabe!
Ya estaba lisiado cuando se pegó a mí, atrayéndome y confraternizando nuestras miserias. Debo añadir que la sordidez física de Chucho estaba compensada por un admirable desarrollo de inteligencia perruna. Si hay superperros, Chucho fue uno de ellos; pero la infelicidad de su condición impidió que brillasen sus altas dotes… excepto para mí, que las supe apreciar. De veras; yo quise a Chucho como se quiere a un amigo… Y por él, maldije la indigencia.
Deseaba lavarle, perfumarle y que luciera un collar tintinador.
Indigentes éramos los dos: sin embargo, Chucho se defendía; no le hacía falta ropa, y su panza estrecha, su tronco arado por el resalte del costillaje se hartaban cumplidamente con los mendrugos y desperdicios de los polveros.
En realidad, Chucho era flaco porque quería, porque su actividad ardiente no le dejaba engordar, pero comida, le sobraba. ¡No podía su dueño decir lo mismo!
Y aquí entra la parte más difícil de esta confesión y evocación del pasado… Leiva miró alrededor, para cerciorarse de que estábamos solos.
—No es que yo tenga escrúpulo… ni que, en efecto, haya cometido, a mi parecer, delito alguno… Si lo cometí, o, mejor dicho, si fui cómplice de él, involuntariamente, y hasta lo aproveché, he procurado borrarlo; ya le diré a usted cómo… En fin, ¡allá la historia!…
Usted no ignora que los perros, en especial los perros humildes, quieren a su amo, pero, por regla general, son sociales, y menean la cola cuando les halaga un desconocido… Chucho no quería sino a mí, no atendía sino a mi voz, no conocía a nadie más en el mundo. Escarmentado, sin duda, por la crueldad de que era testimonio su ojo tuerto, regañaba sordamente amenazador apenas se le aproximaba alguien.
Para mí, en cambio, tenía actitudes de adoración, miradas con el único ojo, que era un poema de gratitud y de idolatría… una caricia que le hiciese le volvía loco. Entendía mis alabanzas y mis reprensiones, como no suelen entenderlas los servidores bípedos. Cuando yo le susurraba: «¡Buen perro!. ¡Chucho sabio!…» deshacíase de felicidad.
Como suele suceder, las alabanzas desmoralizaron y perdieron a Chucho. Porque el pobre bicho, en su afán de serme grato, en su penetración sutilísima para observar lo que me gustaba, empezó a sustraer objetos para mí. Desaparecía de pronto y a la media hora regresaba corriendo a todo correr con un puro o con una lata de conservas entre los dientes.
Me traía pañuelos, guantes calados; me trajo un sombrero hongo nuevo, una chalina, un puño de camisa, un lapicero… ¡qué sé yo! Desde racimos de uvas y bollos de pan tierno —que respetaba sin hincarles el diente—, hasta cartas de baraja y cajas de fósforos, de todo me surtía el animal; y no se trataba de cosas de valor, yo me reía, celebraba la gracia, y él se lanzaba más afanoso a su extraña pesca…
No ocultemos la verdad: a veces me venían muy bien los insignificantes latrocinios de Chucho. Crujida más negra que aquélla, no la pasé nunca. No tenía literalmente con qué darme el festín de un cocido de a real.
Me arrimaba a las paredes desfallecido, y los transeúntes, viendo mi palidez, me alargaban una moneda que yo no pedía… Chucho, trayendo un queso o un pastel, hurtado sabe Dios dónde, me salvó frecuentemente de las angustias del vacío en el estómago. Yo le abrazaba y le acariciaba, «¡Chuchito, hijo, tesoro!», decíale sinceramente, mientras él, arrebatado de gozo me lamía las manos y me saltaba al pecho…
Una tarde, rondando yo por las cercanías del Café Suizo, sable en alto… —¡qué compasivos debiéramos ser con los desventurados «petardistas»!, nadie petardea por gusto…— vi regresar a escape a mi perro, que había desaparecido dos horas antes, trayendo delicadamente, entre la blanca dentadura, un objetito chato. Alargué la mano… él desapretó la tenaza… ¡Una cartera!
De piel de Rusia, lisa y llana, algo rozada, sin iniciales ni corona. Dentro —aún siento al recordarlo, el vértigo que sentí entonces—, un fajo de billetes. Ni más ni menos. Los billetes ascendían a la suma de ochenta mil y pico de pesetas…
Sudando, frío, temblando, volví a registrar por si la cartera encerraba algún papel indicador de quién fuese el propietario. No había nada. ¡Oh! Eso lo juro: mi instinto fue restituir. Emprendí una serie de investigaciones; recorrí cafés, casinos, restaurantes y hoteles, preguntando si alguien había perdido alguna cosa. Me hablaron de pérdidas de bastones, de manguitos, de alfileres de corbata, de un «caniche» escocés… Nadie nombró una cartera. Leí los diarios; no mencionaban pérdidas ni robo de cartera tampoco.
Se me había ocurrido que pudo ser un carterista el que, apurado, soltó en el arroyo el cuerpo del delito, y contestáronme que no, que ninguna hazaña de carterista constaba aquel día en Madrid…
Usted dirá que debí publicar anuncios, depositar la cartera en la Delegación… Eso no lo hice. ¡Dios me perdone: no lo hice!… Advertía en mí mismo la capacidad y el anhelo de negociar, y la casualidad me ofrecía medios de intentarlo. Al año había doblado mi capital. Entonces fue cuando anuncié la cartera, inútilmente; vinieron algunos a reclamarla, pero ni sabía dar las señas ni precisar la cantidad que contenía. No eran sus dueños.
Para acallar mi conciencia, hago lo siguiente: averiguo cuándo un mísero empleado pierde una suma y no la puede reponer, y se la doy… He salvado a muchos empleados el pan y la honra.
—¿Y Chucho? —pregunté con interés.
—Murió, creo, de tristeza… Andaba limpio, perfumado, bien atendido, con collar de plata… pero mi nueva vida de negociante no me permitía llevarle conmigo a todos lados, y no pudo resistir la separación.
Y Leiva tosió, para disimular que se le humedecían los ojos.