Textos Póstumos

Felisberto Hernández


Cuentos, colección, miscelánea



Úrsula

Úrsula era callada como una vaca. Ya había empezado el verano cuando yo la veía llevar su cuerpo grande por una calle estrecha; a cada paso sus pantorrillas se rozaban y las carnes le quedaban temblando.

A mí me gustaba que se pareciera a una vaca. Una noche que el cielo estaba bajo y se esperaba la lluvia, un auto descargó sus focos sobre el cuerpo de Úrsula. Ella dio vuelta la cabeza y en seguida corrió para un lado de la calle estrecha; parecía una vaca sacudiendo las ubres. El auto se detuvo y alguien, desde adentro, preguntó algo. Úrsula contestó moviendo la cabeza; estaba rodeada del polvo que había levantado y se veía brillar las córneas de sus grandes ojos. Después yo me quedé entre unos árboles bajos hasta que llegó la lluvia. Úrsula volvería a pasar al otro día. Yo oía el ruido de gotas gordas tragadas por el polvo y me había agachado como si los árboles fueran capuchones que me pesaran sobre los hombros. Pensé en mi casa; a cada instante yo elegía en ella lugares y libros que aún no conocía. Y cuando estaba desasosegado subía una escalera de caracol que en vez de baranda tenía colgada en el centro una cuerda gruesa. A veces me quedaba un rato agarrado a ella y me parecía que esperaba el momento de subir un telón. Después entraba a una de las habitaciones y me tiraba en la cama.

Aquella noche yo oía la lluvia desde un sillón acolchado y pensaba en Úrsula. La primera vez que la vi ella estaba sentada a la mesa en el mismo restorán donde comía yo. Su cuerpo parecía haberse desarrollado como los alrededores de un pueblo por los cuales ella no se interesaba.

Ella estaba únicamente en sus ojos azules. Sobre la frente, muy blanca, se abrían dos grandes ondas de su pelo rubio y yo pensaba en los cortinados de una habitación antigua; los ojos se movían debajo de sus párpados como personas dormidas bajo las cobijas. A veces iba a su mesa una mujer pequeña vestida de negro; hablaba agitadamente pero en voz baja; la boca carnosa de Úrsula pertenecía a sus alrededores: comía pero no hablaba; la pequeña enlutada no dejaba de conversar por eso: le bastaba con que los ojos de enfrente levantaran un poco las cobijas y se taparan de nuevo. No sé por qué tuve la idea de que Úrsula entregaría su cuerpo como si él fuese un animal. Y se me ocurrió que si yo entraba en relaciones con él, amaría disimuladamente a una vaca. La primera vez que la vi caminar parecía que los muros estrecharan las calles para tocar su cuerpo. Otra vez pasaba un carro y un techo de dos aguas rozó una cadera de Úrsula con el filo de un ala.

Esa noche yo estaba desasosegado y a último momento decidí ir al restorán; pero cuando llegué ya habían sacado los manteles. Me sorprendió ver, únicamente, a Ursula con un niño de tres años. ¿Sería de ella? Lo había sentado al borde del mostrador; ella estaba de espaldas y no dio vuelta la cabeza para ver quién entraba; le sobresalía una cadera porque estaba apoyada sobre una pierna. El niño me miraba fijo. Ella esperaría al dueño. Me acerqué un poco más y vi que Úrsula se había hundido el borde del mostrador en el vientre. Los ojos del niño me molestaban: se habían quedado tan firmes como un espejo y yo tuve que dar vuelta la cabeza. Por fin vino el dueño; a pesar de ser viejo su voz era como la de un adolescente en el período de cambiarla. Yo no le entendía nada. A mí tenían que hablarme lentamente y separando las palabras. De pronto me di cuenta que Úrsula le contestaría alguna cosa: sería como oír hablar una vaca. El niño estornudó; ella le puso un pañuelo en la nariz y esperó que él se sonara. En ese instante el dueño se dirigió a mí y le pedí una botella de cerveza; empezó a servirme el primer vaso y sonó la voz de Úrsula como un reloj de pared. Era una voz gruesa y un poco afónica; haría mucho que no la usaba; si hubiera tosido como cuando se tiene carraspera, la voz se habría aclarado.

Yo recordaba esto, aquella noche que llovía. Oí golpear en una de las puertas y tuve un sobresalto. Me di cuenta de que en ese momento no llovía. Al levantarme del sillón quedó sonando un elástico y no sé por qué pensé en un instrumento profético y no iba a abrir la puerta.

Después crucé un corredor donde había colgadas armas antiguas en las paredes. La persona que había llamado entró y dirigía sus pasos hacia mí, cuando reconocí al amigo que me había prestado aquella casa.

Él se había desprendido, recién, de un lugar donde había mucha gente encendida –desde París hasta donde estaba yo se tardaba dos horas–, y sacudiéndome por los hombros me decía:

—Pero ¿qué te pasa? ¿Estás dormido? (No me dio tiempo a contestarle.) Yo me quedaré hasta el viernes y después te llevaré por unos días.

Ya tendría tiempo, yo, de convencerlo de que no debía ir. Él se había dado vuelta; fue para las piezas de arriba y yo volví a lo que recordaba antes; encontré un fondo de aguas revueltas; allí estaban las plantas verdosas y la poca luz del restorán; pero no podía ver los alrededores de Úrsula. Mi amigo volvió trayendo la cara alegre y la intención de seguir removiéndome.

—¿Trabajaste?

—Poco.

—¿Qué te pasa? ¿Qué es lo que necesitas?

La palabra necesitas me dio fastidio. ¡Pero él era tan buen amigo! Antes de dormir estuvimos hablando a oscuras y de pronto él me dijo:

—Te resultaría mejor comer aquí; una mujer podría hacer la limpieza y algunas comidas sencillas.

Pensé que había descubierto mi deseo de que viniera Úrsula; y no hice otra cosa que sacar la lengua, en la oscuridad, y guardarla inmediatamente. Al otro día de mañana caminamos por los alrededores; mi amigo detuvo a una anciana que salía del cementerio y le preguntó por alguna mujer que quisiera emplearse. La anciana tenía los ojos llorosos y dijo que no conocía ninguna. Después vimos a la mujer enlutada, amiga de Úrsula. Mi amigo la interrogó y ella se puso a pensar. Entonces yo, con toda naturalidad posible, dije:

—Pregúntale por una mujer gorda que come en el restorán...

No entendí lo que decía la enlutada; pero mi amigo me tradujo:

—Dice que es muy haragana.

—¡Para lo que hay que hacer allí! –le contesté.

La enlutada pensaba en otra y yo perdí la esperanza. Al atardecer me paseaba por el camino de los árboles bajos y mi amigo me llamó.

Al entrar en la casa me encontré con Úrsula, la pequeña enlutada y un hombre bajito. Mi amigo me los presentó; y señalando a Úrsula dijo:

—Ésta es la que va a venir mañana.

Después le preguntó el nombre. Úrsula juntó los labios –se hubiera dicho que se preparaba para besarlo– y contestó “Ursule”.

Al despedirme ella levantó los párpados durante el tiempo de tomar una instantánea y yo apreté su mano como a la bomba de goma de una máquina fotográfica. Después seguí paseando bajo los árboles: deseaba estar solo con la idea de Úrsula. El destino la había traído hasta mi casa y ahora él no dejaría las cosas a medio hacer. Ella se aproximaba a paso lento y su instinto sería seguro. A la mañana siguiente oí subir pesadamente la escalera. Yo todavía estaba en la cama y me pasé las manos por la cabeza para acomodarme el pelo. Ella dio un golpe en la puerta. Sin querer le grité algo en castellano para que entrara. Desde mi cama –que era baja– ella apareció inmensa. Mi amigo me mandaba decir si yo prefería café o té. Entonces, clavando mis ojos en los párpados de Úrsula contesté: “J’aime du lait”. Ella levantó los párpados y me mostró sus ojos desnudos: tenían el asombro de un presentimiento. Yo sentía voluptuosidad en haber empleado el verbo amar para hablarle de la leche. Ella se limitó a decir: “Il n’y a pas de lait”. Pero insistí señalando una valija y haciendo señas para que la abriera. Ella tenía la torpeza de un animal amaestrado. Sacó un tarro de leche desecada y lo daba vuelta entre sus manos para mirar todas las vacas pintadas alrededor. Yo quise destaparlo para ver si era ése el que estaba empezado. Me dolían las yemas de los dedos y Úrsula se quedaba allí, con su gran barriga, esperando. Yo no podía hacer saltar la tapa y pasábamos por uno de esos silencios que se hacen en los circos cuando la prueba es difícil. Por último decidí que ella me trajera otros tarros; tal vez conociera el empezado por el peso. Úrsula me los alcanzaba con una sola mano; no se le ocurría emplear las dos y traer dos tarros por vez. Conocí el empezado al sacudirlo. Ella hizo una sonrisa y empezó a dar vuelta su cuerpo y a irse. Yo temía que se cayera de la escalera. Mi amigo estuvo todo el día de mal humor y a cada momento tropezaba con Úrsula. A la hora de cenar Úrsula venía con una bandeja y tropezó con un aparador oscuro. Algo, dentro de él, quedó sonando: fue como despertar a un dormido que se hubiera puesto a rezongar. Entonces mi amigo soltó una carcajada. Yo me quedé serio; a Úrsula se le llenó la cara de vergüenza y se fue enseguida. Cuando volvió tenía los ojos enrojecidos. Al terminar la cena mi amigo levantó una lámpara para mirar un cuadro en el momento que Úrsula traía el café; entonces le preguntó:

—¿Le gusta este cuadro?

Ella recorrió, con sus ojos azules, todo el paisaje y dijo:

—Sí. Mi abuelo pintaba en las iglesias y hacía cuadros como éste.

—¿En las iglesias pintaba así? ¿Paisajes con vacas?

Entonces Úrsula se rió poniéndose una mano en la boca y repitió:

—¡Vacas en las iglesias!

Mi amigo le tomó de un brazo. Yo sentí, también, la piel de ella en mi mano; pero odié a mi amigo. Antes de dormir pensé en Úrsula; nos habíamos encontrado varias veces en el corredor de las armas y ella se ponía de costado. Me dormí pronto pero me desperté al rato. Creía comprender más a Úrsula cuando ella caminaba por las calles estrechas.

Ahora todo se volvía más simple pero yo lo comprendía menos.

Ni siquiera tenía para Úrsula los pensamientos de costumbre; era como si en la oscuridad no reconociera mi saco ni pudiera calzar las mangas.

Al otro día mi amigo se fue. Aunque Úrsula y yo no hablábamos nunca ahora parecíamos más silenciosos. Al anochecer empecé a mirar un juego de barajas nuevas; pero sin la intención de hacer solitarios.

Pensaba que debía buscar la manera de conversar con Úrsula. Y fue ella la que se acercó para preguntarme si sabía adivinar lo que decían las cartas. Le dije que no y me arrepentí enseguida. Pero cuando ella volvió al comedor se me ocurrió proponerle:

—Puedo adivinar mejor en las manos...

Ella se detuvo sin decirme nada. Me pareció que era supersticiosa y haciendo un esfuerzo le dije:

—Si quiere, después de cenar podríamos ver qué dicen sus manos.

Seguí trabajando en silencio, y antes de irse a su casa yo insistí:

—¿No tiene tiempo ahora?

—¿Y si me sale una desgracia? –contestó.

Se acercaba a la mesa con timidez y traía movimientos raros en el cuerpo; tal vez quería que le perdonaran los alrededores. Se miraba una mano y me hizo pensar que tendría una espina. Entonces le pedí que fuéramos a la lámpara de pie con flecos amarillos. Le tomé la mano y acercamos nuestras cabezas a la pantalla. Yo pasaba mis dedos sobre su palma como si su destino estuviera escrito en un papel arrugado. Ya había pensado lo que le iba a decir. Antes le miré la cara; tenía la seriedad de una novia en el momento de casarse. Cuando volví los ojos a nuestras manos la luz no me pareció suficiente. Entonces separé los flecos con una mano y enseguida hice pasar las otras debajo de la luz. Nuestros ojos miraban la ceremonia detrás de los flecos, mientras las manos tomadas esperaban con la más inocente delicadeza; y de pronto yo, con mi voz más lejana, dije:

—Usted ha tenido, en su vida... preocupaciones...

Me detuve todo el tiempo posible. Después, arrugando las cejas, agregué:

—Hay una persona, sobre todo, que la ha disgustado mucho...

Me detuve de nuevo. Ella aspiró un poco de aire y tuvo un quejido entrecortado, como en medio de un sueño y mientras su cuerpo cambiara de posición. Al rato, con la actitud de estar seguro de todo, le propuse:

—Si le parece mejor abandonamos el pasado y averiguamos el futuro.

Y antes de que se arrepintiera cerré los ojos diciendo:

—Voy a descansar un instante.

Saqué las manos de la luz sin soltar la de ella; la sentía en la mía pero yo no hacía ningún movimiento; temía que la de ella se asustara.

El resplandor me hacía pensar en que estábamos al borde de una hoguera.

A los pocos instantes la mano de ella hizo un movimiento; entonces yo volví a llevar las tres debajo de la luz. Colocamos las frentes junto a la pantalla, que parecía otra cabeza, y su cara vacía pero encendida atendía al mismo acontecimiento.

—Veo llegar, a sus días futuros, un extranjero.

Hubo un silencio demasiado largo. Lo interrumpió ella:

—¿Qué tipo de hombre es él?

Me acerqué a su mano como para observar un insecto. Al fin contesté:

—Parece morocho... y la hará feliz.

Al mismo tiempo pasé mi mano por mi pelo negro.

—¿Qué más?

—Por ahora no me doy cuenta.

Di vuelta la mano de ella para mirar el dorso; pero ella la retiró llevándola a la penumbra con un movimiento de pezuña. Al rato le pregunté:

—¿Qué le pasa? ¿No le gusta estar enamorada?

—Después no se puede dormir ni comer y vienen los disgustos.

—¿Qué disgustos?

Pero ella dio vuelta torpemente su cuerpo y se fue.

Esa noche recordé la ceremonia de las manos y tuve para ellas un sentimiento de futuro lejano y como si dijera: “¡Ah! ¡Cuando nuestras manos eran jóvenes!”. Después pensé en los dedos de ella, siempre juntos y temerosos de separarse; y en los míos que parecían moverse en una pecera iluminada.

A la mañana siguiente Úrsula me dijo que llevaría a su sobrino la cucharada de leche disecada que tomaría en casa. Con la alegría de saber que aquel niño del restorán no era su hijo, fui a mi pieza y traje un tarro. Ella estaba conmovida y quiso llevarlo enseguida a casa del niño. La acompañé hasta el portón y al verla alejarse pensé en los días primeros del verano, cuando no éramos amigos. De pronto ella dio vuelta la cabeza; a mí se me ocurrió hacerle adiós con la mano y ella me contestó levantando la suya. Entonces yo me dije: “Esto va bien: ninguna sirvienta saluda así a su patrón”. Después subí la escalera lentamente y me agarraba de la cuerda lleno de esperanzas.

Ese día, un poco antes de la noche, ella entró en la pieza donde yo trabajaba y con una sonrisa rara, me anunció:

—Lo buscan.

—¿Quién?

—Un señor.

Y al decir esto me mostraba su mano.

—El señor que usted vio en la mano anoche...

—¡Oh! Muy bien. Voy enseguida.

Pero yo no sabía quién sería; de pronto recordé lo del “extranjero morocho” y pensé: “¡Yo no le habré arreglado el destino a otro!”. Y recién al cruzar el corredor de las armas recordé haberle dicho que una persona del pasado le daba disgustos. El visitante era el hombre bajito que había venido con la señora enlutada cuando tomamos a Úrsula.

Yo trataba de comprender su francés y miraba sus pantalones negros muy apretados de donde salían pies tan grandes que parecían guadañas.

Él me hablaba de la leche desecada y me agradecía el tarro. Tal vez fuera cuñado de Úrsula; pero ¿por qué la había hecho sufrir? Él dio vuelta la cabeza hacia un lado y el perfil era tan alargado como una sombra en la pared.

—¿Usted es el papá del niño? ¿Y aquella señora de luto la mamá?

Él miró a Úrsula y ella dijo:

—Él es el abuelo, el padre de mi hermana; y la señora de luto es amiga de él.

Yo me sentí feliz y me prometí estrechar las relaciones con Úrsula.

Al otro día, antes del almuerzo, le propuse:

—En honor a su abuelo, que fue un gran pintor, le ruego que me acompañe a comer.

Ella se quedó perpleja, fue a buscar una fuente y al volver me contestó:

—Yo no puedo... todos mis parientes no son honorables.

—¡Oh! Hágalo por nuestra amistad. Estoy muy solo...

¿Por qué ella habría dicho eso? En la tardecita Úrsula se sentó cerca de la ventana; parecía que estuviera en un palco y mirara la escena donde unos árboles bajos se cubrían con un follaje oscuro. Después encendió las lámparas; y la luz, al salir por la ventana daba sobre troncos grises y parecía que alumbraba pantalones. Ella se quedó inmóvil mucho rato. A la noche, en el instante de sentarse bajo la lámpara de flecos amarillos, Úrsula se acomodaba en la silla como si fuera a tocar el arpa. Y al rato, cuando yo miré de nuevo me pareció que ella y la lámpara me esperaban. Entonces me acerqué y le dije:

—¿Me permite que le hable de algo íntimo?

Levantó los párpados tan rápidamente como si se le hubieran volado; y con los ojos espantados me empezó a decir:

—Mi padre... ya es tarde. Yo esperaba que usted terminara de leer para decirle que mañana no podía venir.

—Muy bien, no se preocupe; yo le iba a hablar de la persona que le daba disgustos.

Ella se había parado; pero después de un instante sus párpados volvieron a posarse sobre los ojos y me preguntó:

—¿Tardará mucho?

—Creo que no; pero si está apurada...

Al descargar su cuerpo en la silla las maderas se quejaron.

—¡Su papá parece un hombre bueno!

—Sí...

—¿En qué se ocupa?

Después de un silencio ella me dijo algo que no entendí.

—¿Cómo?

Entonces levantó la cabeza; y desafiando la verdad repitió:

—De robos.

Y después de otro silencio:

—Ahora hace mucho que no lo llevan preso.

Y empezó a contar detalles. Su padre robaba de día. El año pasado ella le había cosido en el sobretodo unos bolsillos que le llegaban hasta abajo; allí él metía las piezas de género como si envainara espadas. Me contó otras cosas más; y parecía que hablara de la técnica de un cazador que para cada ave se preparara de manera distinta. De pronto vi que Úrsula se pellizcaba un seno; pero en realidad sólo se pellizcaba la bata para decirme:

—Esta seda me la trajo él.

A último momento decidí acompañarla a la casa. En las calles estrechas encontramos algunos vehículos; yo le tomaba el brazo y procuraba quedarme con él; ella se resistía; pero cuando salimos de la aldea fue más condescendiente. Desde ese camino se veía la ciudad y se me ocurrió invitarla al cine. Convinimos en ir el domingo por la tarde y no conversamosmás. Ahora llevábamos el apresuramiento torpe de los que están próximos a un pecado. A veces nuestros pasos no coincidían y los cuerpos chocaban; parecían bestias desiguales prendidas en el mismo carro. Su casa quedaba en la orilla del bosque y antes de llegar ella me dijo:

—Suélteme; papá es muy celoso.

Esa noche no pude dormir. Y a la noche siguiente hicimos la misma carrera; yo quería rodearle el talle pero el brazo no me alcanzaba. El domingo, enseguida de almorzar había sol y fuimos caminando despacio hasta el cine. En el informativo había vacas y yo puse mi brazo en el hombro de Úrsula. La película era triste y cuando un niño huérfano iba solo por un camino polvoriento a Úrsula le salieron lágrimas. Yo se las sequé con mi pañuelo y le di un beso en la cara; la carne de su mejilla era dura, pero estoy seguro que tenía olor a leche. Después le di muchos besos más hasta que se enojó y me dijo cosas que no entendí. Yo también me enojé y no hablamos ni en el camino de vuelta ni en la cena; pero me pidió que la acompañara a la casa y por las calles estrechas empezaron de nuevo los besos; ella no quería detenerse ni un instante; para besarla yo iba saltando a su alrededor: debía parecer un insecto que conservaba el vuelo mientras picaba. Me extrañó que a la noche siguiente ella aceptara otra invitación al cine. Al salir de allí, tarde en la noche y cuando pasábamos por mi casa le propuse que tomáramos una taza de leche. Entonces se me ocurrió decirle:

—¡Es tan tarde! Si su papá no fuera tan celoso usted podría quedarse en mi casa.

En ese momento ella tenía la taza en la boca; la separó apenas de los labios y sintiéndose escondida detrás de ella, me dijo:

—Mi padre está preso.

Hicimos un minuto de silencio para pensar en el padre; pero yo estaba contento.

A la mañana siguiente ella fue un momento a su casa. Yo sentía la libertad de un estudiante después de una temporada de exámenes. Me tiré en un montón de paja que había entre una cochera. Desde allí veía el verano. Los techos eran viejos, les faltaban tejas y se echaban encima de casas que apenas podían soportarlos. Yo me imaginaba que vivía un día de antes, cuando el sol daba de otra manera sobre la tierra. Tal vez el silencio de Úrsula fuera de aquel tiempo. Ella lo habría heredado desde la época en que él fue repartido entre todas las cosas. Y ahora yo deseaba el silencio que se había amontonado en Úrsula.

Durante unos días yo creí saber cómo era Úrsula. Pero una tarde, ya cerca de la noche, yo estaba tirado en el montón de paja con los ojos cerrados; y al abrirlos vi delante de mí una vaca. Me asusté y tuve un instante de ofuscación. Entonces le grité con todas mis fuerzas: “¡Úrsula!”. Los dos nos quedamos quietos; y a los pocos segundos Úrsula vino corriendo, empezó a reírse y se llevó la vaca. Las dos iban sacudiendo sus cuerpos hacia un portoncito del fondo; y yo las miré hasta que una salió y la otra cerró el portón.

El árbol de mamá

En una noche sin ruidos una mujer joven estaba sentada, a oscuras, en medio de su habitación; tenía el busto erguido y la mitad de la cara tapada por un mechón de pelo negro. Cuando la criada pasó cerca de ella y se dirigió a la ventana, la mujer sentada se puso de pie y movió la parte superior de su cuerpo, muy flexible, como si hubiera sido sacudida por el viento. Al caminar –las caderas y las piernas eran muy pesadas– hacía pensar en una planta que anduviera con su maceta. Se acercó a la ventana, puso un codo en el hombro de la criada y escondió la mano bajo el mechón. Las dos mujeres miraban, desde un primer piso, un pedazo de vereda manchada por sombras de árboles.

–¿Los oíste roncar?

–¡Sí, niña!

La mano que había quedado bajo el mechón sentía en el dorso el roce del pelo; los dedos acariciaban la mejilla; y el codo recibía el calor del cuello de la criada.

–Están un poco enojados con usted por lo del señorito Raúl...

–Como me hables otra vez de eso te prometo una cachetada.

Sacó el brazo de encima de la criada y fue hasta una mesita; puso una mano abierta sobre un libro de matemáticas, forrado por el padre con una tela de hule y se entretuvo en ir despegando, lentamente, los dedos del barniz.

–¿Qué horas serán? Ese otro idiota ya tenía tiempo de estar aquí.

Se dirigió hacia la mesa de luz; allí había un termo con café con leche; y al lado una mamadera. Los tocó, por hacer algo, y después dejó caer el cuerpo en la cama, haciendo cimbrar el elástico y empezó a pensar en su compromiso con Raúl Romero. Un día, su padre, agitado por la escalera, con su cuerpo chiquito y el corazón agrandado por la enfermedad, le dijo: “Te conseguí un discípulo”. Hacía mucho tiempo, ella había tenido una pasión fuerte por un muchacho que sabía matemáticas y empezó a estudiar con él. Algunos meses después, la madre anduvo de acá para allá, con su cuerpo inmenso, y supo que Eva –su nombre era Evangelina, pero la llamaban Eva– no pasaba las noches de los viernes “en casa de una amiga paralítica”. Entonces la separaron del matemático; pero ella siguió con los números y su padre estaba orgulloso. Después de algunas clases a Raúl Romero le dijeron que él la pretendía; y hacía dos días él, personalmente, le había propuesto casamiento. Ella tenía esperanza de una libertad muy grande que le llegaría un día sin saber de dónde; pero al lado de Raúl Romero su vida sería mezquina. Además, viendo a la madre contenta, Eva empezó a tener ataques de rabia. Ahora se levantó de la cama y sus piernas la llevaban de un lado para otro, tropezando con todo. De pronto la criada, con una mano en la boca, como para atajar una mala palabra, le dijo: “Ahí está”.

Las dos mujeres miraban al recién llegado en el momento en que él, para ver si venía alguien, se asomó por detrás de un árbol; pero el tronco en que se apoyaba no era el de la ventana de su prima, sino el que estaba bajo el balcón de la madre. Eva hizo una mueca de payaso y se clavó las uñas en la cabeza.

–Este cretino se va a subir al árbol de mamá...

–¡Espérese, niña...!

–Pero ¿no ves cómo lo abraza?

–No, niña; ahora viene para el suyo.

–¡Ah! Lo hace por gusto; ya otra vez le dije... pero te juro que me las pagará.

El joven era alto, traía un violín –venía de tocar en un cine–, y puso la caja en donde se bifurcaban las primeras ramas.

–Ya le dije que cambiara el estuche por otro que tuviera curvas; ese parece un cajoncito de muerto...

El muchacho, después de subir hasta las primeras ramas se puso la manija de la caja en la boca y empezó a trepar en dirección al balcón de su prima. Ellas lo veían moverse en cuatro pies como un animal con la presa en la boca.

–¡Ah! ¡Qué sentirán los hombres cuando están con una!...

–Yo no sé, niña; no les debo gustar...

–¡Sos tan flaca!

A medida que el joven avanzaba las ramas se doblaban más; pero él sabía balancearse hasta alcanzar el borde del balcón.

–Abre la ventana y tómale tú el violín.

En el instante en que la criada se lo sacó de la boca, él con voz de afónico, le preguntó:

–¿Y Eva?

–Está un poco enojada porque usted, antes de subir, tocó el árbol de la señora.

–¡Oh! ¡Cómo me iba a confundir!

Cuando él entró, su prima buscaba una estación de onda corta; sin sacar el cigarrillo de los labios ella le ofreció la mejilla. Y cuando él, con su brazo largo, le enlazó el talle; ella le tomó la manga del saco con dos dedos, como si se tratara de un trapo sucio y la separó de su cuerpo.

–Y ahora, ¿qué te pasa?

–Hoy estoy muy mal y no me extrañaría que tuviera que mandarte al árbol. Hacemos una vida muy poco espiritual...

Él se sentó en la cama, desanimado; y ella dijo:

–Levántate de ahí que me arrugas la colcha.

Él se puso de pie, y al verse obedeciendo tan rápidamente tuvo vergüenza de sí mismo y se le ocurrió –una vez más– romper aquella situación. Su prima le daba la espalda, rabiaba por los silbidos de la radio y golpeaba el piso con el pie; era pequeño y soportaba con elegancia la masa de las piernas. El joven las veía temblar a cada golpe de pie y pensaba: “Si le hago un desplante y me voy, a ella no le importará nada y yo desaprovecharé las pocas oportunidades que todavía me quedan”.

Ella encontró una onda que trasmitía un trozo de ópera.

–Raúl Romero quiere que me case con él, cuanto antes...

Al mismo tiempo miró a su primo. Él se quedó impasible. Ella tuvo la impresión de haber arrojado una piedra a un estanque sin verla ni oírla caer en el agua. Al rato, con voz atragantada, como las burbujas de ranas que aparecen en un lugar inesperado, él dijo:

–Para Romero, tú ya eres una cosa de él; y habla de ti como si te hiciera un favor.

Ella quiso disimular la rabia que le corría por el cuerpo, le dio más fuerza a la radio y aparentaba oírla; pero al mismo tiempo llevaba el compás con el pie y tarareaba una canción que no tenía nada que ver con la ópera. Después a él se le ocurrió decir:

–Debías casarte conmigo.

–Ni en broma debías echarme semejante maldición. ¡Casarme con un pobre violinista de cine! ¡Y más celoso que Otello!

Él se levantó bruscamente, tomó el violín y se dirigía hacia la ventana; pero se detuvo al oír la voz de ella:

–Mándate mudar, si quieres; pero no te perdonaré, ni en el instante de la muerte, que me hayas hecho esperarte hasta más de la una para hacerme esta parada.

Él miraba hacia afuera; no sabía cómo justificar el deseo de quedarse; y al fin, en actitud de ceder, dijo:

–¡Merezco que me cuelguen de un árbol!

Vení para acá –dijo ella, levantando los brazos. Él se acercó, lentamente, y la iba a abrazar.

–No, vamos a bailar.

–¿Cómo? ¿Con música de ópera?

–Haremos movimientos lentos, como en los bailes clásicos...

Se movían balanceándose, y casi sin salirse del mismo sitio; pero de una manera tan torpe como si hubieran obligado a un oso a bailar con una jirafa. En un instante en que él arqueó todo su cuerpo para poder besarla, ella se desprendió de sus brazos y fue hacia la mesa de luz; allí preparó su mamadera –llenándola con el contenido del termo– y echándose en la cama se preparó para tomarla. Él, sin movimientos bruscos, se fue recostando al lado de su prima; ella le dio la espalda, puso la mamadera en la almohada y empezó a chuparla, lentamente, entornando los ojos. Al mismo tiempo, con el índice y el pulgar pellizcaba una frazada de lana y le arrancaba la pelusa. Él quiso abrazarla: pero ella, desprendiendo ruidosamente la boca de la mamadera, le dijo:

–Si no te quedas quieto, te juro que te mandaré al árbol.

Él la dejó, apoyó toda la espalda en la cama, estiró las piernas y soltó el aire de los pulmones como si se hubiera pinchado un neumático.

Tenía pereza de enojarse y de reunir todas las ideas honorables que tendría repartidas por el alma. Además, su prima ya no le inspiraba deseos de estimarse a sí mismo ni de mostrarle, a ella, ninguna dignidad. Eva no reaccionaría, tampoco, como las otras: si él se fuera, ella no sentiría deseos de retenerlo, haría subir a otro al árbol, y nada más. Sin embargo, al principio, cuando pensaba en el cuerpo de ella, y a pesar de conocer la manera de ser de su prima, él imaginó que aquel cuerpo guardaría otro espíritu u otra manera de la intimidad: cierta fineza en la ternura y más seguridad en la pasión. Ahora se daba cuenta que, desde el principio, ella se había portado como ahora. Pero él se había empecinado en soñarla en otra forma y en que ella se pareciera a su sueño. Las cosas habían empezado en una siesta del verano. Cuando él llegó a su casa, ella estaba sola, en el escritorio; lo recibió con pereza que justificara un beso más largo que de costumbre. Después le había dicho:

–Siéntate en aquel sillón y no me hables hasta que termine esta operación.

Fue hasta el escritorio, se sentó con el kimono abierto y como si ignorara que desde aquel sillón, su primo le vería las piernas desnudas.

Él encendió un cigarrillo; con el pretexto del humo entornó los ojos y empezó a revolotear la mirada por el aire, esperando la oportunidad de llevarla debajo del escritorio. Ella se puso la mano ante los ojos, como para concentrarse, y él aprovechó el instante. Pero de pronto se abrió la puerta y apareció el padre; ella se puso de pie, arreglándose el kimono y dijo:

–Hoy no me van a dejar hacer este cálculo.

Mientras el padre saludaba al sobrino, ella sacó unos papeles de una carpeta y se los alargó al padre, para que se fuera más pronto.

–Sí, ya me voy –dijo él, tomando los papeles.

Al salir cerró la puerta con cuidado y los dos primos llevaron al mismo tiempo la mirada al pestillo. Después ella fue hacia la biblioteca y él le advirtió:

–Tienes los zapatos desatados y te vas a caer.

Ella, haciéndole señas con una mano para que se callara tomó el libro; hojeándolo fue hasta donde estaba su primo, levantó un pie y puso el zapato en el asiento de él. Él no comprendió y ella tuvo que decirle: “Átame los zapatos”. Por la abertura del kimono había aparecido una rodilla grande y redonda como una cara sin ojos y sin boca que se hubiera asomado entre cortinas. Él la había mirado un instante; aunque ataba los cordones con los ojos bajos, la tenía presente con una precisión angustiosa. Su prima tenía los ojos en el libro; a él le venían varias ideas y no sabía a cuál atender. Miraba el pie regordete de su prima –tendría que apoyar el nudo en la lengua del zapato: era angosto y no cerraba bien–, y entonces pensó: “Esto puede ser una provocación; pero si realmente está distraída y lo hace pensando en la confianza... sin embargo podría darle un beso en la rodilla... el nudo está terminado y debo decidirme”. Afortunadamente vio el otro zapato, también desabrochado. Calcularía mejor mientras hacía el otro nudo. Al terminar éste, él levantó los ojos hacia ella y con su voz atragantada le dijo: “El otro”. Ella dejó pasar unos instantes; después sacó los ojos del libro, miró el zapato, y le contestó:

–Un poco más apretado el nudo, querido... discúlpame...

Y volvió al libro. Entonces él empezó a decirle: “¡Te voy a lastimar la...”. Iba a decir “la carne”; esta palabra le pareció mal y anduvo buscando otra. “No importa”, dijo ella, con sílabas lentas y poco aliento.

Él volvió a hacer el nudo con la satisfacción de pensar que todavía le quedaba el otro zapato. Ella sintió sobre la rodilla el aliento de él y la movió hacia los lados como si pasara un manjar humeante bajo las narices de un hambriento. Él, casi sin pensar, detuvo el movimiento de la rodilla apoyando, como al descuido, la mejilla. Quedaron trabados unos instantes con el silencio expectante de dos boxeadores en clinch, y él despegó lentamente la mejilla para decirle: “El otro”.

–¿Qué? –preguntó ella.

–El otro pie.

–¡Ah!

Cambió el pie sin sacar la mirada del libro y sin preocuparse de la abertura del kimono. Él pensó en terminar cuanto antes. Pero la otra rodilla recibía un reflejo de luz sobre la piel nacarada y volvió a pensar en darle un beso. Entonces se le ocurrió que eso no sería muy grave; volvió a aceptar las ideas de la provocación: “Cuando ella estaba en el escritorio debía saber que tenía el kimono abierto. La prueba estaba en que se lo cerró apenas oyó que alguien abría la puerta. Además, aquella manera de esperar que el padre se fuera, no era de la persona que sólo desea volver a su trabajo: ella dejó demasiado tiempo los ojos en el pestillo de la puerta; tal vez estaría pensando en cómo lo provocaría. ¿Y todo esto del zapato, ahora?”. Primero suavemente y después aumentando la presión, hundió sus labios en la rodilla y esperó los acontecimientos. Pasaron algunos instantes sin novedad. Tal vez ella esperara, sin darle importancia, a que él terminara con su locura. Pero sintió entre su pelo los dedos de ella, apretándolo contra la rodilla y él la llenó de besos. Ella perdió el equilibrio, por un instante; después se dejó caer pesadamente encima de él y lo besó en la boca pellizcándole las mejillas con los dedos, como se hace con los niños. Era una manera artificial que se le ocurría a una persona de mucha práctica y que desea mostrar una manera original. A los pocos instantes ella corrió sus labios por la mejilla de él con la suavidad de un avión que despega, y le preguntó:

–¿Hace mucho que me quieres?

–¡Uf! –hizo él, como si debiera expresar: “Realmente hacía mucho calor”.

De pronto ella se puso de pie y le habló con una rapidez que él no le conocía:

–Mamita se está levantando de la siesta. Es absolutamente necesario que no desconfíe. Yo me voy a mi pieza; pensaré cómo haremos para vernos y te escribiré. No te quedes mucho rato.

Volvió a tomarle las mejillas con la punta de los dedos para besarlo en los labios. Mientras ella se iba, los ojos de él seguían los pasos difíciles de aquellas piernas pesadas; por último se quedó con los movimientos de la puerta y el pestillo, que su prima hacía girar del lado de afuera. Era una gran comodidad que Eva se encargara de organizar los encuentros; desde ya él los esperaba como si ella le hubiera ofrecido un budín sin decirle cómo sería el relleno. En cambio le parecía incómodo tener que conversar con su tía: prefirió salir a la calle y repasar, en un paseo solitario, los detalles de su dicha. Caminó hasta el oscurecer y después entró, con los ojos entornados, en calles iluminadas; pasaban a su lado mujeres elegantes y él pensaba vagamente que ellas también podrían dispensar placeres. Y esa noche, en el cine, inclinaba la cabeza sobre su violín atolondrado por los sonidos y los recuerdos. Antes de recibir la carta de Eva, él trató de verla en la iglesia; ella iba con su madre los domingos y se sentaban en los últimos bancos. Él las miraba desde alguna distancia, protegido por un confesionario. Eva tenía un paño oscuro en la cabeza y los párpados bajos. No la podía ver bien; le molestaba el gran volumen de la madre. Las rodillas de Eva parecían dos hermanitas juntas: también tenían los párpados bajos y estaban cubiertas por el borde de la pollera oscura. Él alcanzó a su prima y a su tía apenas terminada la misa. Y mientras la madre llevaba todo su cuerpo hacia la pila del agua bendita, Eva dijo a su primo:

–Si serás cretino, vienes a buscarnos aquí para que mamita se dé cuenta.

–No recibí tu carta.

–La puse ayer, desgraciado.

–Si me sigues hablando así no te veré nunca más.

Cuando vino la tía y salieron a la luz del día, Eva dijo, en broma, a su madre:

–¿Qué me dices de éste? El diablo en misa. ¿A qué habrá venido? Con nosotras estás cumplido...

–No vino la persona que esperaba; tal vez llegue para la otra misa –dijo él tratando de seguir la sugerencia de Eva. Y en seguida se despidió y entró de nuevo a la iglesia. Al día siguiente recibió la carta de su prima; tuvo una gran desilusión; pero al mismo tiempo sentía como una necesidad de leerla a cada momento, de comentarla y de angustiarse:

“Amor del alma...”. Él pensó que esas palabras, lo mismo que besar pellizcando las mejillas, era el deseo de mostrar una manera original, escogida entre muchas y en largos años de práctica. “Después de pensar mucho en ti he encontrado la manera de reunirnos. Debes venir después del cine y subir por el árbol que da a mi ventana; pero ¡por el amor de Dios!, no vayas a trepar por el árbol de mamita...”. Ella no debía haber pensado mucho, esta vez: él no habría sido el primero en subir al árbol.

(Él no sabía nada de la vida de su prima; las familias estaban separadas desde muchos años atrás y hacía poco tiempo que él había resuelto olvidar rencores y visitar al hermano de su madre. –Su tía política había dicho que su marido y su cuñada eran unos pobres inocentes sin carácter.) “Te espero el martes después de la una. Fíjate bien en mi árbol y espera a que no haya gente en la calle. Te besa muchas veces, Eva”. Y después volvía a leer “Amor de mi alma” y volvía a pensar: no creo que deba ser muy del alma, ese amor. Pero en la noche recibía con gusto el recuerdo de las rodillas de su prima, con aquellos reflejos, que le hacían pensar en las bolas de cristal de los adivinos que leen destinos, y resolvía entregarse a la aventura sin esperar el amor de ella. Sin embargo, la primera noche que subió al árbol (tuvo miedo de caerse pero se reconfortaba pensando que otros no se habrían caído), su prima había estado muy amorosa y él volvió a tener la ilusión de amor.

Ahora no esperaba nada de ella. Eva había terminado de tomar la mamadera y cuando él la fue a abrazar, ella le dijo:

–Bien podías darte cuenta que tengo café con leche en el estómago.

Después se habían reconciliado y por último se durmieron. Eva se despertó la primera y sacudió desesperadamente a su primo:

–Mira toda la luz que hay. Ándate antes que pase gente por la calle.

Él, asustado, se tiró de la cama y fue descalzo a la ventana. Miró hacia la calle y vio, debajo del árbol, el techo negro de un carro de verdulero rodeado de mujeres y legumbres de todos colores. Aquella animación correspondía a las ocho de la mañana. Eva se acercó a él, en pantuflas y dijo:

–Ándate, de cualquier manera.

–Pero ¿cómo me voy a bajar, con el violín, entre tanta gente?

–No me importa lo que digan. Mamita no habla con ningún vecino.

Pero dándose cuenta de la situación pensó otra cosa.

–Podrías irte por la escalera. Vístete rápido, imbécil. No –agregó en seguida–, mamita está en el patio dándoles de comer a los pájaros.

¡Ah! ¡Dios mío! Ahora vendrá Amanda (otra de las sirvientas) con el desayuno. Métete debajo de mi cama.

Él tomó su ropa y obedeció.

–¡Dejaste el violín afuera! Quédate ahí, yo lo esconderé en mi ropero.

Después se metió de nuevo en la cama y siguió diciendo:

–Cuando vengan a acomodar el cuarto diré que quiero estar sola, que estoy enferma y que por hoy dejen la pieza como está.

Él escuchaba, debajo de la cama, y con la ropa arrollada y apretada al cuerpo. Pero el frío o el polvo del piso lo hizo estornudar.

–Por favor, tápate esas narices... Y ahora cuando venga Amanda, entrará Lulú. (La perrita.)

Él se empezó a poner los pantalones. Apenas entró la sirvienta Eva le gritó:

–Que no pase Lulú; hoy no me siento bien y no quiero fiestas...

–Déjala, pobrecita –dijo en ese instante la madre, que venía detrás de Amanda. Su cuerpo, como una nube de tormenta oscureció el cuarto por un momento. Lulú pasó por entre los pies de Amanda, fue hacia la cama, ladrando, y Eva se apresuró a tomarla en brazos.

–¿Qué tienes? –le preguntó la señora.

Eva, como de costumbre, esperaría que se lo repitiera varias veces.

Entonces se dirigió a Amanda:

–Toma a Lulú; enciérrala en el escritorio.

Aunque la cama era baja y no lo verían, el violinista se alejó del lado que daba a la puerta. Vio llegar los pies de Amanda y por un instante le pareció raro que aquellos pies no lo descubrieran y que fueran una parte de Amanda sólo utilizable para caminar: temía algo así como si tuvieran intuición. Mientras las manos de la criada maniobraban con el desayuno y con la perra, los pies cambiaban de posición como periscopios que insistieran sobre algún lugar del horizonte. Y cuando se fueron, el violinista tuvo una sonrisa y un pensamiento con estas palabras: “Los pies no tienen intuición”. Pero en seguida volvió a quedarse serio: veía venir los pies de la señora; los tobillos parecían atragantados y se movían como focas sobre las piedras.

–¿Me vas a decir lo que tienes?

–Estoy cansada... estos días he trabajado mucho; quiero estar en la cama y que no me molesten...

–Te habrás olvidado que anoche te atracaste de caracoles en grande, no comes como una mujer, pareces un animal...

–No debías tocar ese tema, mamita... Ciérrame la puerta, ¿quieres?

Los pies de la madre, como animales ciegos, ya cerca de la muerte, y moviéndose con dificultad, empezaron a irse.

Los dos primos pasaron un día silenciosos –debían estar atentos a los pasos que andaban por la casa– y tenían hambre; se habían repartido lo poco que le mandaban a Eva, ya que la suponían indigestada de caracoles. A cada instante, los pasos de las sirvientas o los ladridos de la perra obligaban al violinista a meterse debajo de la cama; los cambios de temperatura –el calor de la cama y el frío del piso– lo resfriaron. Sólo a la siesta decidieron trancar la puerta, estar juntos y reposar dos horas. A las nueve de la noche, después de la cena, vino el padre de Eva y hubo una escena, con Lulú, tan peligrosa como en la mañana. Después vino la madre con la costura, dispuesta a acompañar un rato a la hija; al padre se le ocurrió lo mismo y fue a buscar el diario. Lulú entró de nuevo y la señora estaba conmovida ante la desesperación de la perra; Eva la tomaba, para no dejarla pasar por debajo de la cama, como un futbolista que defiende la valla. El primo no podía estornudar ni sonarse las narices y respiraba con la boca abierta. Eva, después de haber atajado la perra llamaba furiosa a Amanda para que se la llevara; la madre también se enojaba por la crueldad de su hija; entre las palabras fuertes de las dos mujeres y los ladridos de la perra, el violinista aprovechaba a sonarse las narices. Después llegó el padre, con el diario, y los cuatro pasaron un rato silenciosos. El violinista miraba los pies de su tío; descansaban apoyados sobre el borde de los zapatos como pequeños botes varados que mostraran la parte exterior del fondo. Sintió ternura al pensar que aquellos pies eran del hermano de su madre; pero al rato, el resfrío y la inmovilidad lo empezaron a incomodar hasta hacérseles insoportables. Entonces se le ocurrió que aquella señora de los pies atragantados tenía razón en decir que su cuñada y su marido eran “pobres inocentes sin carácter”. ¿Y él mismo, el sobrino político, escondiendo su amor debajo de una cama? ¿No sería más digno afrontar el escándalo en vez de humillarse por una mujer que tanto lo despreciaba? Él ahora debía salir de donde estaba, y antes que los padres de Eva volvieran de su asombro, él se iría, malhumorado y sin dar explicaciones.

Sería, además, un buen castigo para su prima. Repasó estas ideas varias veces; y lo ahogaban tanto como el resfrío y la inmovilidad. Eva vio moverse, del lado oscuro de su cama, la forma del pie de su primo.

Desesperada, saltó entre las cobijas y dijo a sus padres:

–Váyanse, por favor... no puedo más de los nervios... quiero estar sola...

Su padre también saltó en la silla haciendo crujir el diario; la madre empezó a rezongar, pero se puso de pie, lo mismo que su marido. La pierna del primo detuvo su movimiento, pero permaneció quieta, fuera de la cama. Ni el padre de Eva, perplejo, ni la madre, enojada, le dieron las buenas noches. Cuando cerraron la puerta ya el violinista había sacado todo el cuerpo de debajo de la cama. Eva, en una crisis nerviosa, apretaba los dientes y se lanzó encima de él para arañarlo y golpearle la cara. Él le tomó los brazos, la tumbó sobre la cama y fue hacia el ropero para sacar el violín: se iría en seguida, por el árbol, aunque pasara alguien y lo viera. En el instante de salir, su prima, afectando tranquilidad, le dijo:

–Anoche te dejé dormir a propósito. Otro día que vengas y toques el árbol de mamá, pasarás una semana debajo de la cama.

Él se fue sin decirle nada. Después ella le escribió varias cartas; pero no supo más nada de él.

Pre-original de El árbol de mamá

No recuerdo bien en qué oportunidad yo había tenido dinero en el bolsillo y había invitado a cenar a un amigo. Él era violinista, habíamos hecho juntos algunas temporadas de orquesta y teníamos muchas cosas de qué acordarnos. Pero la noche de la cena, él me contó algo que los compañeros no habíamos sabido. Después del trabajo –tocábamos en un cine que nunca terminaba antes de medianoche– él, con su violín bajo el brazo, tomaba un tranvía que iba a los suburbios, bajaba en una calle oscura –a esa hora, en las veredas solía haber árboles– y mirando hacia todas partes caminaba hasta la casa de su prima. Ella vivía en un primer piso. Entonces él me contaba cómo se sabía de memoria las ramas de un árbol: primero subía por el tronco mordiendo la manija por donde se toma el estuche del violín; al llegar a las primeras ramas había un lugar donde poder dejar calzado su instrumento; después él subía a la copa del árbol, volvía a tomar el violín y trepaba por una rama hasta el balcón de la prima. Mi amigo visitaba a sus tíos dos veces por semana; ellos le tenían simpatía; y aunque le perdonaban algunas locuras nunca sospecharon lo del árbol. Además habían ubicado el destino de la hija en un novio de porvenir –a quien mi amigo trataba con mucha cordialidad. Y por otra parte, mi amigo y su prima no pensaban en otra cosa que en concertar sus citas.

Una noche ella vio mover la rama del árbol, fue a alcanzar a mi amigo tomándole el violín, y todo ocurría como de costumbre; pero al despertarse vieron que la luz del día había crecido demasiado. Ella corrió hacia el balcón y al mirar hacia la calle se llevó la mano a la boca para no gritar. Él se levantó de un salto y al mirar por la ventana vio, debajo del árbol, el techo negro de un carro y verduras y mujeres que se acercaban a comprar. La prima le había hundido las uñas en el brazo y empezó a decirle:

–Pero ¿no haces nada? ¡Apúrate! Mis padres me van a echar de casa y tú te quedas mirando el verdulero.

–Y ¿qué quieres que haga, ahora? ¿Que baje por el árbol?

Ella lloraba:

–Ahora va a venir la sirvienta.

–Cierra la puerta con llave –dijo él.

–Es peor si la encuentran cerrada...

–Cierra, te digo...

Y cuando ella fue hacia la puerta, él empezó a poner su ropa debajo de la cama y le dio contraorden:

–Deja la puerta sin llave; yo me vestiré debajo de la cama.

Ella obedeció y después de volver a meterse entre las cobijas hizo un corcovo, asomó la cabeza por debajo de la cama y empezó a repetir:

–El violín, el violín...

–Mételo entre el ropero.

A los pocos minutos volvió a lloriquear:

–No sé cómo vas a poder salir... ¡no vamos a pasar todo el día así!

¿Y cuando la sirvienta venga a arreglar la pieza?

Entonces a mi amigo se le ocurrió:

–Diles que estás un poco enferma, que quieres estar tranquila y que no te vas a levantar. Lo mejor es esperar hasta la noche.

–¿Y si llaman al médico?

–¡No! ¡Les dices que es poca cosa!

Oyeron los pasos de la sirvienta; y apenas abrió la puerta la prima dijo con bastante brusquedad:

–Hoy no me traigas el desayuno. Y dile a mamá que no me voy a levantar.

La sirvienta se quedó extrañada; pero en seguida cerró la puerta.

–¡Qué bárbara! –dijo mi amigo.

–¿Por qué?

–Con el hambre que tengo decirle que no trajera...

–¡Ay! No quise que se acercara.

–Mira, si les dices que estás mal del estómago van a traer al médico.

Mejor es decir que no pudiste dormir, que te duele un poco la cabeza y quieres descansar.

La madre se detuvo en la puerta y dio algunas órdenes; mientras tanto el perrito de la casa empezó a ladrar y a arañar la puerta. La señora abrió la puerta y la hija gritó:

–Hoy nada de Pocholo. ¡Que se vaya al cajón!

–¿Qué tienes?

–Absolutamente nada. El dichoso examen de Felipe no me dejó dormir y estoy muy cansada.

Los zapatos de la señora se acercaron hasta casi tocar a mi amigo.

–Pero ¿tienes el estómago mal? No quisiste el desayuno...

–Ahora estoy sintiendo hambre.

Después vino el padre; traía unos zapatos trompudos que dieron vuelta alrededor de la cama.

–Cerrá la puerta, por favor, que el Pocholo se me va a venir encima.

¡Ah! Estoy incomodada. Váyanse, por favor.

Al mediodía volvieron de nuevo y ella les dijo que iba a dormir una gran siesta. Después que los dejaron solos mi amigo trancó la puerta y se acostó; estaban enloquecidos de angustia y de pasión.

A la hora de la cena ella le alcanzó algunos bocados. Él comía brutalmente, encogido entre el sobretodo y con el sombrero encajado hasta las orejas.

–Por favor, cuando venga la sirvienta pídele un vaso grande de agua.

Pero vino la madre con el crochet y el padre con el diario; y se sentaron cerca de la cama muy dispuestos a pasar la velada con ella.

–Tampoco pude dormir la siesta; ¡pero ahora me está viniendo sueño!

–Bueno, bueno, ¡un rato nada más!

Mi amigo tenía ganas de estornudar; se apretaba la nariz, y había hecho un pelotón con la bufanda y se había preparado para todo.

Saldría apurado y ellos no tendrían tiempo de volver del asombro. No volvería nunca más y después la prima que dijera lo que quisiera; él podía haberse refugiado en la policía o cualquier cosa. De pronto el Pocholo empezó a arañar la puerta y a ladrar.

–Déjalo un momento, pobrecito.

–No, no, no, no... Bueno, váyanse que quiero dormir.

Después de un tiempo irresistible, los tíos de mi amigo se fueron. Él bajó del árbol a las dos de la madrugada y vino a este restorán.

–¿Ves a aquel mozo calvo? –me dijo–, bueno, me fió una milanesa y unas papas y huevos fritos inolvidables.

Tal vez un movimiento

Día 1

Hace tiempo que tengo una idea. Y como hace tiempo que tengo una idea, me recluyeron. Ahora estoy mejor. Pero estoy mejor por otra cosa: no porque me vaya curando de esa idea, sino porque ahora voy a poder realizar la idea. Antes tenía que trabajar en cosas que me sostuvieron la vida y no tenía tiempo de realizar la idea. Ahora, como estoy enfermo, me sostienen la vida de tal manera, que puedo realizar la idea. Si un día se me termina la realización de esa idea, es posible que me crean curado y me den de alta. Y si me dejan encerrado, pagaré con gusto entregando la vida –no a la muerte sino al encierro– por la realización de esa idea. Pero lo más posible es que si al terminar la realización no quieren reconocer que la idea se terminó y me dejan encerrado, vuelva a realizar la idea de nuevo, porque esa idea es mi vida, la siento siempre y necesito sentirla siempre. Si alguna vez dejo de sentirla por un momento, es para tenerla mejor de nuevo, como si por un momento dejara de sentir el perfume y los recuerdos arrugados en un pequeño pañuelo, y respirara el aire puro, y mirara la casa de enfrente, y pensara que por la altura del sol deben ser las once de la mañana, y mientras tanto, estuviera vigilando el deseo de volver el pañuelo con los recuerdos y las arrugas.

Esa idea para mí –afortunadamente–, es inmensamente difícil de realizar. Soy dichoso cuando pienso cómo realizar esa aventura; seré dichoso mientras la esté realizando; pero seré desgraciado si al estar por terminarla no siento deseos de empezarla de nuevo.

Tú, mi lector, o sobre todo tú, mi director de clínica, ya te habrás hecho, seguramente, una idea de lo que será la mía. Pero una de las formas que yo utilizaré para exponer mi idea será la de suponer también tus ideas posibles, y decir, precisamente, que la mía no tiene nada que ver con las tuyas. En general, me veré obligado a expresar ideas que no son la mía, para que se comprenda mejor cómo es la mía. Aun en ese caso las ideas de otros que mejor comprendan la mía, han de ser distintas. Y por último diré que esa idea mía la siento distinta en otros instantes del día, y en otros días de la vida. En cada instante del mundo que se diga idea, todo el mundo tiene ideas distintas.

Día 2

Cualquiera de los locos que hay aquí, tienen una idea fija. Pero yo soy un loco que tiene más bien, una idea movida. Pero si como dije ayer, mi idea de cada instante es distinta, ¿cómo reconozco al mismo tiempo que es una misma idea? ¿Tengo que imaginarme algo común en las ideas de cada instante? Sí, a esa cosa común empezaría a llamarle movimiento. ¿Entonces tendría que tener otra idea, la de movimiento? No, yo quiero tener como idea importante, como la que más me preocupa, la idea de movimiento. Realizar esa idea sería realizar un movimiento. ¿Pero qué movimiento? ¿Un movimiento de qué? Realizar un movimiento de una idea. Pero la idea de por sí, ¿no describe un movimiento? Sí, pero yo quiero describirla con otra cosa que no sea la idea, pero que me haga sentir la idea moviéndose. No entiendo. Pues bien, yo quiero ver moverse una idea fuera de mí. Claro que para eso tendré que representármela dentro de mí y entonces parecerían dos ideas simultáneas. ¿Pero otra idea moviéndose fuera de mí con persona y todo? ¿La idea que está fuera de mí no necesita ser producida por otra persona? No señor, yo no sé por qué cosa necesita ser producida, pero quiero que sea producida por lo que fuera, aunque intervinieran pedazos de personas y de cosas para dar el movimiento de una idea; que yo sienta que es una idea que se mueve, que vive, y no ideas muertas; y que esté fuera de mí. Pero que todo eso, lo de adentro y lo de afuera sea una misma cosa, que sea el movimiento de una idea mientras se hace. La idea que yo siento se alimenta de movimiento. Y de una porción de cosas más que no quiero saber del todo, porque cuando las sepa se detiene el movimiento, se muere la idea y viene el pensamiento vestido de negro a hacerle un cajón de medida con agarraderas doradas. Yo sé que hay muertos que han abonado la tierra de una manera especial, y son los muertos que en la vida sufrieron con grandes ideas, que transformaron algo de la tierra con el abono de su cuerpo cansado de sufrir, que esa tierra dio frutos para que los hombres que comieran, soñaran y persiguieran un sueño loco en el que el mundo apareciera lo que llamarían un poco mejor, que ya este sueño le daba al mundo otra calidad, aunque de pronto aparecieran hombres nuevos que no habían sufrido ideas profundas y pisotearan la tierra con frutos y todo. Aquél sería el hombre bueno, o el de mejor calidad, el que especula con la idea para el bien, y que sufre por ella y con ella.

Pero yo soy otra cosa. He dicho que soy otra cosa, y cuando uno dice eso después de haber citado una cosa buena, o la mejor, parece que lo de él, lo nuevo, ha de ser mejor todavía. Pues no señor. Yo me considero, con profunda sinceridad, peor. Y esto es lo que costará creer; en mi sinceridad. Entonces, ¿dónde iré a parar? A ningún lado. Precisamente, lo que no quiero es parar. Yo soy un loco más bien movido y más bien malo. Pero yo soy malo porque no quiero especular para el bien, yo no quiero sufrir con una idea, yo quiero el placer egoísta de gozar con una idea mientras ella se mueve. Si los otros conceptúan, para aprovechar el concepto, yo quiero dejarme conceptuar y sentir el momento en que se me forma el concepto. Si la idea que yo quiero hacer mover, les sirve a los demás y la aprovechan, bien. Pero yo no me propongo otra cosa que perseguir la realización de esa idea, de un movimiento vivo que se realice fuera de mí y que siga viviendo y moviéndose solo. No hay ni qué decir que no ha de ser el caso de un físico que persigue el movimiento continuo. En realidad yo ya he especulado con esta idea aunque todavía ella no haya empezado a moverse fuera de mí. Al menos así lo creo. Cuando yo vine a esta clínica pública, no dije que venía a pedir hospedaje. Vine como hombre malo que aprovecha su sinceridad cuando sabe que no han de creer en ella. Fui al escritorio y le dije al Director: mire señor, yo tengo una idea. Después él tocó un timbre, yo seguí exponiendo la idea y él revisando unos papeles. Cuando vino el médico de guardia el Director dijo: “Este señor tiene una idea, pabellón primero, pieza diez y ocho”. El pabellón primero era el de los paranoicos. Además yo había sido recomendado a él por otros a quienes les había hablado de mi idea.

Día 3

Hablando con muertos conocidos, o expresándome con pensamientos corrientes, diré que encuentro tres muertos que se interponen en la realización de mi idea: primero, la dificultad que existe en dejar vivir una idea, en que ésta no se pare, se termine, se asfixie, se muera, se haga pensamiento conceptual, es decir, otro muerto más. Segundo, que al observar la idea con otra idea no se detengan las dos, en vez de una. Y tercero, que al expresar esa idea con muertos, o pintarlas con letras, o con lo que sea, no se detengan ninguna de las tres. Pero es difícil hacer algo vivo con muertos; tendré que sentir con otra cualidad de ideas, con otra cualidad de pensamiento que sea vivo; que éste no mate a otros: al que observa y al que describe.

¿Cómo cambio tres vivos por tres muertos? Y en caso que de los tres muertos hiciera tres vivos ¿cómo hago un vivo con los tres vivos?, ¿cómo los fundo?, ¿cómo hago un movimiento vivo? Ese movimiento vivo lo tengo que sacar del mientras vivo, del mientras siento, del mientras pienso. Pero ¿cómo? Algunos dicen que eso se hace espontáneamente. Sin embargo yo he visto obras teatrales que para que las escenas hayan quedado con una secuencia espontánea, el autor ha pasado años y años matando ideas. Yo he visto caras, que en el momento en que su dueño sentía ideas, en el mientras las sentía, esas caras han tenido el aspecto de cosas colgadas y muertas. Y han sido espontáneas. Yo he visto fracasar relacionismos, implicancias, deduccionismos y determinismos, en la flor de la juventud. He conocido artificiosidades espontáneas, he conocido naturalidades artificiales; he visto, en personas espontáneas, gestos artificiosos que se les quedaron olvidados en el cuerpo desde la época de la adolescencia; he visto personas que espontáneamente nunca pudieron quedar naturales; y otras que no saben ser naturales y espontáneas.

Así como algunos caminan con movimientos muertos en el cuerpo, otros se han dejado olvidados y tropiezan siempre, con ideas muertas.

Pero hay muertos que ni siquiera abonan la tierra. Y hay muertos que transforman sustancias de la tierra donde nacen y florecen toda clase de plantas misteriosas, del bien y del mal, y de la vida y de la muerte.

Pero esto no es mi idea. Tal vez lo fuera mientras lo estaba pensando. Ahora ya pasó.

Pre-original de Tal vez un movimiento

Novela metafísica

I

Muchas veces me he prometido iniciar la aventura de describir, cierto sentimiento que tengo de la vida y su misterio. Mientras tenía la ilusión de poder siquiera iniciar esa aventura, me lo pasaba pensando, sintiendo, haciendo y deshaciendo formas, estructuras, abstracciones, etc. Pero me duraba muy poco la seguridad de haber empezado. Y en la noche, con los ojos abiertos ante el embrollo y las sombras, algún pájaro intencionado que yo no alcanzaba a ver, debía cruzar todavía, antes que llegara a dormirme. Al otro día, al abrir de nuevo mis ojos al embrollo, volvía a sentir un nuevo ímpetu hacia el no sé dónde y el no sé qué; un nuevo impulso hacia la aventura por describirse, por conocerse y hasta por sentirse del todo. Pero si no lograba siquiera empezar a describir ese sentimiento, él me aguardaba escondido detrás de algún instante; y yo ni siquiera sabía si había estado escondido o si había estado demasiado presente. Yo no sabía si yo jugaba o no jugaba a las escondidas conmigo mismo.

En los días en que además de sentir el sentimiento con fugacidad abstracta –mientras veía moverse hojas con el viento, por ejemplo–, también creía sentirlo con un símbolo más concreto, entonces abandonaba por un momento el símbolo para poder sentirlo de nuevo y mejor, después; como si por un momento dejara de sentir el perfume y los recuerdos arrugados en un pequeño pañuelo y respirara el aire puro, y mirara la casa de enfrente, y pensara que por la altura del sol debían ser las once de la mañana, y mientras tanto estuviera vigilando el deseo de volver al pañuelo con los recuerdos y las arrugas. En total: primero jugaba con el sentimiento de la vida y el misterio; después jugaba, además, con el símbolo que lo representaba en forma más o menos aprehensible. Y cuando venía la desilusión y el cansancio, el símbolo se iba y el sentimiento se escondía. Y entonces quedaban abandonadas muchas palabras en muchos papeles y muchos pensamientos.

Pero al otro día, al sentir de nuevo el sentimiento y al recoger de nuevo el pensamiento, los empezaba a transformar en algo que ya había empezado a transformarse, y me expandía en nuevos movimientos hacia un infinito que ya había empezado a moverse. Y otra vez empezaba el hacer y deshacer y pensar y sentir formas, estructuras y abstracciones, que después volvería a abandonar y que después volverían a transformarse y a hacer durar y persistir, más que nada el sentimiento, y después algunos pensamientos y algunas formas.

Pero un día tuve un símbolo para expresar ese sentimiento, que me duró hasta hoy. La cosa ocurrió así: mientras como de costumbre, estaba entretenido –por así decirlo– en hacer y deshacer, entre-observé algo más, algo distinto que se deslizaba subrepticiamente, mientras yo hacía y deshacía. No supe bien si se deslizaba superpuesto, entre-puesto, o cómo estaba fundido en mi acostumbrada función. Me hizo temblar el corazón y pensar que no sólo con eso simbolizaría, expresaría mi sentimiento de la vida y su misterio, sino que eso era la esencia de mi sentimiento. Pero ¿cómo atraparlo? ¿Debía buscarlo con otra cualidad de pensamiento, con otra actitud de mi espíritu que transformara mi ser en otra sustancia? ¿Ya estaría empezando en mí esa transformación? Pero lo más inmediato era poner manos a la obra. Pero poner manos dónde, ¿a qué obra? Entonces trataba de reducirme a los hechos pasados. Yo creí observar eso cuando estaba ocupado en desarrollar pensamientos, hipótesis, etc. Entonces había que volver a empezar de nuevo, a seguir en lo mismo, a tratar de provocar la misma función, para, a su vez, provocar de nuevo la aparición de eso, aunque fuera fugaz y lejanísima. Eso aparecería dentro o fuera de mí; yo no sabía dónde manotearía mi pensamiento para poder atraparlo. Tarde de la noche, me levantaba, encendía una lámpara que hacía una pequeña isla de luz encima de la mesa, y deslizando las palabras en silencio, con movimientos de mi lapicera hechos como en un cine mudo –tengo una letra muy liviana y mi pluma roza apenas el papel–, y mientras hacía y deshacía pensamientos, yo escuchaba el misterio. Pero no sabía bien cuándo escuchaba atento y cuándo escuchaba distraído.

Sin embargo a veces aparecía aquello; aparecía sobre el movimiento de las ideas replegadas sobre sí mismas. Ahora, por ejemplo, repetiría la pirueta de una idea para que aquello apareciera por encima de ella.

La pirueta tentadora, posible provocadora, podría ser ésta, muy parecida a la que dije antes: cuando escuchaba atento, me daba cuenta de que ya había estado escuchando cuando estaba distraído. Así trataba de cazar, en un espacio, o en un hueco que un instante antes había aparecido, un pájaro que en ese momento, cuando la atención quería ocupar el hueco, él la sorprendía huyendo sin ruido, sin dar tiempo a que la atención lo cazara y sin dejar otra huella que un poco de aire agitado. ¿Pero el pájaro no sería la misma idea? ¿No sería la idea que buscaba hacer nido en algún hueco oscuro, en algún lugar extraño? No, no podía hablar de una idea hecha, aunque ella incubara otras. Se trataba de una idea mientras se hacía, cuando todavía no se sabía qué pájaro le volaba por encima. Eso pasaba mientras una idea se hacía, sin antecedentes definidos, sin el propósito de aprovecharla, cuando yo no quería plantar una idea para que diera frutos, cuando la idea se transformaba y todavía no había terminado de hacerse, tal vez cuando dos o más ideas se criticaban entre sí y se iba formando otra por encima de ellas. Mientras ocurría esto era que aquello aparecía y me daba el sentimiento de la vida y su misterio. Por eso me interesé tanto por el mientras de las ideas, y el mientras de muchas otras cosas después. Aquello se alimentaba de movimiento, y del movimiento que tenía un pensamiento vivo, mientras se transformaba y mientras era libre y desinteresado. Así que todo lo que había descubierto a propósito de aquel posible símbolo del sentimiento de mi vida era esto: que vivía entre otras cosas en el mientras del pensamiento vivo, mientras éste se transformaba; que se alimentaba de movimiento; por eso, si el pensamiento se terminaba, no había movimiento y aquello desaparecía. Y por último había descubierto que el pensamiento tendría que moverse desinteresadamente, sin el previo propósito de especular con él: tendría que tener una generosidad absolutamente libre, no aprovechable, de esas generosidades que se diluyen sin alcanzar nada o que vuelan al infinito. Por eso era tan difícil cazarlo, porque la caza implicaba un interés. Había que dejarse conceptuar sin pretender aprovechar el concepto. Y un día de buen humor, recordando la teoría “El hombre es lo que come” y pensando que mi posible símbolo se alimentaba de movimiento, decidí bautizarlo con el nombre de Movimiento.

Buenos días

Viaje a Farmi

Prólogo

Daré algunas noticias autobiográficas. Jamás se dan todas. Color de pelo negro y 38 años. Mi primer cartel –y casi el único, porque después que el mundo se hace una idea de una persona, le cuesta mucho hacerse una segunda o corregir la primera. Mi primer cartel lo tuve en música. Pero los juicios que más me enorgullecen los he tenido por lo que he escrito. No sé si lo que he escrito es la actitud de un filósofo valiéndose de medios artísticos para dar su conocimiento, o es la de un artista que toma para su arte temas filosóficos. Creo que mi especialidad está en escribir lo que no sé, pues no creo que solamente se debe escribir lo que se sabe. Y desconfío de los que en estas cuestiones pretenden saber mucho, claro y seguro. Lo que aprendí es desordenado con respecto a épocas, autores, doctrinas y demás formas ordenadas del conocimiento. Aunque para mí tengo cierto orden con respecto a mi marcha en problemas y asuntos. Pero me seduce cierto desorden que encuentro en la realidad y en los aspectos de su misterio. Y aquí se encuentran mi filosofía y mi arte. Soy un espectador ávido, extrañado –y otros calificativos o matices que ahora no tengo ganas de buscar– aun en los momentos en que la acción es furiosa, complicada, etc.

Siempre me estoy dejando conceptuar. No sólo me gusta viajar por distintas ciudades, sino por artes y ciencias. Tal vez sea como el pato que no vuela ni corre ni nada. Entonces diré que he sido un pato alegre algunas veces y un pato triste otras. Algunos me deben creer un pato extraviado. Y es que a veces me siento inefable en mi extravío. Algunos amigos filósofos llaman a este pato con ellos y le sugieren que no abandone el pensamiento filosófico. Algunos literatos llaman a este pato con ellos y le sugieren el terror que les inspira el drama del pensamiento, y a veces lo consideran algo peor, y a veces desean justificarse más o menos en block, ante lo que no han visto. Algunos amigos filósofos y literatos corren a este pato para la música, diciéndole que allí está su vocación, sus condiciones, su vena. Y viceversa le ha ocurrido con algunos amigos músicos. Pero todos, desde su punto, creen que lo ven todo. Y esto es cierto, porque cada cual ve todo con lo que tiene.

Por fin diré que tengo algunos amigos que toleran y hasta sienten curiosidad por los ritmos y los elementos heterogéneos que desfilan y se transforman en la secuencia de mi realidad.

Buenos días

Por fin he podido acomodarme más o menos cómodamente, para taquigrafiar pensamientos, cosas, hechos, lo que sea, antes que el avión llegue a Farmi. El hule negro de la libreta se me pega en la piel de la pierna cruzada, y eso me molesta. También me inhibe para concentrarme, la forma de las rodillas de la mujer que es mi compañera de asiento: tiene las rodillas puntiagudas como las de Cristo Crucificado.

Y sin embargo el muslo empieza a ensancharse desproporcionadamente y forma una curva de ventana gótica. Bueno, trataré de pensar en Farmi. La primera vez que fui a Farmi, me sorprendí como ante ninguna otra de todas las ciudades que visité en el mundo. Antes de ir por primera vez me habían dicho que era una ciudad nudista y de las más adelantadas a causa... –Para peor se ha pintado las rodillas de rojo sangre–... Precisamente, en el avión donde hice mi primer viaje a Farmi, recién en el avión, me dijeron que en esa región antes había doce montañas y ahora había once porque habían desintegrado una –cuando las primeras experiencias de la desintegración de la materia. Y allí, en el lugar que antes ocupaba la montaña, habían fundado a Farmi. En los primeros días yo tenía miedo... –Puso la mano encima de la rodilla, sin duda ha sentido mi mirada como si hubiera tenido un reflejo muy sensible en la rodilla–... Tenía miedo que también se desintegrara la ciudad y no quería morir siendo tragado por tierra desintegrada. Porque todavía no se sabe... –distraída sacó la mano de la rodilla pero la volvió a poner rápidamente–... si más adelante se desintegrará, como tampoco se sabe el efecto futuro de inyecciones que inmediatamente curan. Hace algunos segundos el guarda abrió la puerta que comunica con el piloto y al ver la cabeza de éste me pareció la de un imbécil. Y eso es porque le tomé fastidio a causa de una mala maniobra, y ahora asociando la mala maniobra a la forma de la cabeza me parece un idiota. Claro que esto puede ser una injusticia porque un buen piloto puede hacer una mala maniobra, o parecerme a mí, etc. Pero es que yo tengo una larga historia contra los que guían o los que tienen mi vida en sus manos. Ahora, sólo diré que confío en que un piloto tendrá cuidado de no quitarme la vida en un accidente, contando con que él temerá perder la suya. A pesar que un andaluz decía: “Permita dió que subas en un avión y a siete mil metros de artura descubras que er piloto es un loco escapao”. Además hay pilotos prepotentes que se juegan en una experiencia, involucrando la vida de los pasajeros en su “jugada”, y precisamente, el saber que también juegan lo que no es de ellos les aumenta la emoción. Por otra parte, como van aburridos...

–Por fin el guarda cerró la puerta–. Mi compañera lee un libro que tiene en el título la palabra “sueños”. La primera vez que fui a Farmi sentí en una conversación que un fulano había soñado no sé qué cosa, y el relato lo sentí como de costado, sin hacer mucho caso. Al poco rato oí que una muchacha le decía a otra: “Esa misma noche yo soñé...”.

–El guarda volvió a abrir la puerta y vi al piloto de perfil; me sorprendió que el perfil no era como yo lo había imaginado cuando le vi la parte de atrás de la cabeza. Sin duda que visto de frente tendrá otra expresión, porque esto ya me ha ocurrido otras veces–. Entonces, al oír hablar otra vez del sueño me dije: “Parece que en esta ciudad se sueña mucho. ¿Será el clima, será la desintegración?”. Pero en seguida pensé en la manía de los deducidores, que viendo dos hechos parecidos en determinada circunstancia, ya empiezan a buscar una causa común.

Así muchos sabios han descubierto grandes cosas, pero también cuántos chascos y cuánta manía de relacionismo. Sin embargo, en Farmi...

–Mi compañera ha llamado al guarda y le empezó a preguntar cosas de la línea de aviones y de la hora de llegada. Yo al principio atendí, pero después, aprovechando que ella tenía la cabeza dada vuelta hacia el guarda, le miré el vientre donde tiene pintado también de rojo, esas circunferencias concéntricas que se dibujan para el tiro al blanco. Estas cosas no las podré contar a Eutilodia, porque aunque finja gran interés por mis observaciones, después irá a hacerse psicoanalizar. A propósito de los sueños que hoy venía apuntando: quería decir que Farmi es la ciudad o punto neurálgico de la civilización. Según su comisión fundadora y dirigente, la mejor civilización comprende: en parte un acercamiento a la naturaleza, y en parte seguir los caminos más modernos emprendidos por la ciencia. Allí se vive desnudo, la gimnasia y la alimentación es racional y muchas cosas más. Pero creo que lo más extraordinario lo han provocado los psicoanalistas. Todos los especialistas más... Después de tanto poner la mano en la rodilla y qué sé yo, ahora resulta que ha querido entrar en conversación hablándome de lo que tardan estos aviones. Yo solté un “es verdad” con voz rara, extraña a mí mismo, pero en seguida he carraspeado y tomado la actitud de escribir. Pero por un rato no me fue posible. Después pensé reanudar la conversación, pero si entre las sorpresas que me prepara Eutilodia para cuando llego la de hoy se cuenta entre las de venir a recibirme a la aduana, y me ve con esta otra, tendré oportunidad de ver que Eutilodia es de las que se acercan demasiado a la naturaleza.

Además, en cada amor me gusta entregarme, como un adolescente, en una pasión honda y exclusiva. Tal vez sienta placer en realizar el amor como un farsante complicado. ¡Qué mala persona soy! ¡Y cuánto me apena esto! ¡Una vez hice una cosa tan ridícula! Estábamos jugando a las cartas y de pronto le dije: “Eutilodia, no te puedo traicionar ni en el juego a la baraja; tengo una carta con la que vengo pensando un plan para hacerte caer, y ahora no puedo, aquí está”. Y solté las cartas en la mesa. Jamás vi nada más falso. Pero mucho más canalla fui cuando ella se conmovió, me dio un beso en la frente y yo no le dije que todo aquello era una farsa. Sin embargo, yo creo que ella tampoco estuvo muy natural con aquella manera teatral de besarme en la frente. Tal vez tuviera razón el doctor Johannberg cuando nos dijo que “combinábamos” muy bien. –¡Algunos de los coloquios conmigo mismo me dejan tan mal! ¡Me parecen tan cínicos!– A veces, cuando tengo un nuevo amor estoy tan contento que en esa alegría me prometo renunciar y ser fiel al antiguo. Pero bien sé yo que esa alegría me la da el nuevo y que al rato me entregaré con más fruición a traicionar. Mi médico me decía que mi infidelidad tenía origen bíblico... Por fin se ven las nubes de Farmi. Son nubes artificiales que contienen combustibles. Hay una de ellas a rayas blancas y negras que es una cárcel, por eso en Farmi ir al cielo significa también algo horrible... Yo no creía que Eutilodia y yo combináramos bien, y eso para mí tenía el encanto de traicionar al médico también... Ya cerró el libro; era el que yo suponía; capaz que me vuelve a dirigir la palabra... Cuando todavía yo no sabía que lo de los sueños, o el interés en ellos, era provocado por los psicoanalistas, aquel mismo día que oí hablar de ellos, pasaba por un café y entré. Cerca del mostrador uno le dijo a otro: “Tú sueñas con tal cosa y eso significa tal otra”. Se fueron a las manos y yo me mandé mudar antes que llegara la policía. Pero aún no supe hasta algunos días después, cuando me mudé a un nuevo hotel, que allí el psicoanálisis era una industria, que junto a su verdad –como en tantas otras cosas– se había hecho una especulación infame y se había exagerado y deformado esa verdad. Por lo pronto... –Ha dicho “parece que llegaremos” y yo he tentado la conversación, o su continuidad. En la aduana le diré que tengo que salir precipitadamente. Pero mientras revisan tendré tiempo de algunas observaciones (por decir de alguna manera).


* * *


He conseguido “mi pieza” en este hotel. Tiene una mesa con un travesaño en el cual, poniendo el pie me he sentido tan cómodo que de eso ha dependido mi manera de conceptuar la vida en muchos instantes. En el techo hay una luz en tubo que forma un cuadro y dentro el aviso del doctor Johannberg. –Siempre siguen ingeniándose para meternos los avisos en la sangre. No hay más remedio que verlo en la noche, al mirar al techo, y de mañana, al despertarse. La primera vez que vine le pregunté a la camarera si no había otra habitación sin aquel letrero, y me contestó que todas lo tenían. Y así supe algo –lo que ella me supo decir– de los psicoanalistas. Más tarde me contaron, que para excitar la fantasía, para tener más material simbólico de trabajo y para enriquecer las discriminaciones de los clientes, es que provocaron la moda de pintarse el cuerpo con símbolos de toda especie e intención, que para eso provocaban el estudio de cuanta tribu se conocía o se descubría en expediciones a propósito.

Antes que me olvide, apuntaré lo que pasé esta mañana. Mi compañera resultó llamarse Trisca. En la aduana conversamos muy poco porque a pesar de no estar Eutilodia, a Trisca le esperaba un joven con quien cambiaba libretas –ya veremos qué es eso. Trisca venía de un lugar semi-nudista, pues se notaba que un calzoncillo oscuro había servido de negativo dejando marcado en su cuerpo un positivo más claro que lo demás de la piel. Ella pasó adelante y yo pensé que era para que la viera. Los muslos con curva de ventana ojival invertida le quedaban muy bien, pero sus caderas son un tanto cuadradas y forman dos grandes bultos casi próximos a la cintura. Su cabello pajizo es un poco raquítico y apenas le llega a los homóplatos. Llevaba pintadas las vértebras de la espina dorsal de plateado y un pez en cada pulmón. Si ella se hubiera quedado detrás mío hubiera visto las dos “eses” que me había pintado yo en los pulmones y me hubiera preguntado qué significaban –por más que el interés de una mujer por los símbolos de un hombre es un principio de compromiso. Mis “eses” eran una sorpresa para corresponder a la que seguramente me tenía preparada Eutilodia. Y yo pensé prepararle otra para después de nuestro encuentro. A ella siempre le gustaba verme la última cuando nos despedíamos, y entonces, esta vez, al irme se fijaría en mis espaldas y se encontraría con las dos eses que en nuestro sobreentendido amoroso quieren decir: “Siempre sí”, símbolo que le halaga mucho por la perspectiva de asentir a sus caprichos.

Los ojos de Trisca son verdes, grandes y también dejan ver gran parte de la córnea. Eso le da ingenuidad sentimental. Y todavía, de su cara ovalada cae un poco la mandíbula y entreabre la boca. Pero la máxima ingenuidad está en no darse cuenta de lo mal que le queda la manera de pintarse la boca: es pequeña y ella quiere que sea grande.

Parece una actriz que se ha pintado los labios para hacer un papel de negra. Yo tenía un poco de malestar al desear hablarle estando detrás de ella. El tiempo pasaba. Tal vez ella pensara lo mismo. (¡Qué pretensión, pero yo estaba en actitud de esperar algo!...) Otra vez más me encontraba ante la cobarde vergüenza de esperar que fuera ella la iniciadora. Yo sé que esto les fastidia mucho a ciertas mujeres. Mientras puedo aparentar desinterés todo va bien. Además ellas piensan que se dan cuenta antes que yo mismo de mi propio interés. Pero cuando descubren que es por timidez, ya es otra cosa. Hay algunas atrevidas a las cuales les gusta el tímido y lo ayudan... Tal vez se sientan un poco por encima de él, o lo sientan niño, o sean provocadas en su instinto maternal. Pero en seguida algo horrible ocurre conmigo mismo: todavía que las voy a traicionar, pretendo que el trabajo lo hagan ellas. Y después, para remache, ellas tienen que cargar con la culpa cuando las haya traicionado, pues fueron ellas las que empezaron. ¡Qué bajezas se producen en el ser humano! La comodidad para los placeres y conveniencias que suelen tomarse los hombres como yo, son de un cinismo infinito. ¡Y dicen que es la naturaleza espontánea! Cuando era adolescente, pensaba que la cosa ocurría como en una partida de ajedrez, que triunfaba el que tuviera más talento, y que la diferencia sólo estaba en que en el ajedrez intervenían menos elementos de la personalidad, que en este juego. Además aquí había un placer biológico, primitivo de la “caza” y de la “pesca”. No importaba que la forma de matar fuera distinta, que se desgarrara y se destrozara en los sentimientos. Estamos en plena naturaleza, en un parcial retorno a ella y en el que el pez grande se come al chico o el fuerte revienta al débil. Tal vez no sea retorno, tal vez en otras épocas no se haya admitido la justificación de ese estado natural y nada más; tal vez la historia no nos haya mostrado todas las carnicerías. Pero hoy tenemos curiosas justificaciones. Una de las cosas que pasará a la historia como especialidad de nuestra época, será la inteligencia para justificar “lo que venga”, y con las más ingeniosas teorías y mezclas de la verdad y la mentira. Ahora mismo, yo pretendo justificarme comprendiendo, siendo consciente de mi cinismo. Cuando adolescente la comprendía de otra manera. El destino, la naturaleza, la libertad, la irresponsabilidad, el diablo a cuatro, es fatal, cae tan naturalmente como la piedra en cabeza de otro, previo juego natural de nuestros sentimientos y nuestros músculos para el lanzamiento. El verdadero intercambio social lo enseña la naturaleza, salvo el caso en que tomamos lo que nos conviene de lo más nuevo y adelantado de la civilización. Pero tomamos lo que sea nuevo en la forma aunque viejo en su egoísmo profundo de placer. Placer de la mañana a la noche. Y después el placer de comprender esto mismo, del discurso hablado sin decir que es uno mismo, o echado en una mesa, largando con el sensualismo de correr en el desierto blanco de papel, el caballo fuerte y ágil de la inteligencia, y el placer de esta misma metáfora, etc., etc., etc. Y comprendiendo que es un impudor decirlo –aunque de originalidad literaria–, y así disparamos la inteligencia y la imbecilidad en una misma andanada.

Claro que aunque esta mañana no pensara esto, llegué a sentir algo parecido, algo que tenía que ver con el desarrollo de este discurso, y este discurso en que ahora tendía a quedarme, a dormirme con sueño de pesadilla, era uno de los sentimientos que intervenían en aquellos instantes, y es el que más siento ahora. Trisca dio vuelta de pronto la cabeza, hizo un movimiento con la mano que le debe haber parecido elegante, y la pulsera de colmillos le bajó en dirección al codo. Se apoyó sobre el lado derecho, y aflojando la pierna y relajando todo el lado izquierdo del cuerpo me dijo: “Voy a ser curiosa...”. Apenas había empezado a hablar, el que estaba delante de ella inició la marcha; ella se dio cuenta que la fila se movía, pero prefirió terminar la pregunta muy tranquilamente: “¿Usted es psicoanalista?”. El que venía detrás me tocó la espalda con los dedos. En seguida yo hice mención de tocarla a ella; abrí los brazos como si fuera a echarle una bendición; con ese movimiento amenazaba embolsar una parte de sus antebrazos en el hueco de mis manos; ella aún se detuvo un instante pero yo no terminé el movimiento. Por fin anduvo. Mientras tanto yo ya le había dicho: “Me gustaría serlo pero no lo soy”. Con la cabeza mirando al frente dejó escapar un “ah” casi suspiro de alivio. “¿Por qué ese ah?” “Porque ante los psicoanalistas no se puede hablar ni hacer nada, de todo deducen lo que se les antoja, y lo peor es que lo aseguran. No digo que algunas veces no acierten, pero también nos atribuyen cada cosa!” Le entregaron su graciosa bolsa que le llegaba hasta el suelo y que tenía en su base un armazón y cuatro rueditas. Mi rueda-equipaje ya era conocida allí; pero Trisca se prendó de ella y quiso hacerla andar –una gran rueda de cuero de más de un metro de diámetro y un espesor de cuarenta centímetros; de cada lado del borde sale una pestaña de diez centímetros que es de goma dura y asegura la duración en el roce con el piso, y entre las pestañas pequeños travesaños de madera a cortos intervalos y por donde se la toma para hacerla andar. En la mesa de documentos es que vi su nombre y una fotografía que tentaba a reírse por mucho rato: le habían quedado los ojos cómicamente sorprendidos y muy abiertos, la posición de la cabeza no era suya y el redondel pintado alrededor de la boca hacía pensar fatalmente en una clownesa. Me dijo que no lo mirara, pero ella miró el mío y mi nombre y pseudónimo –en aquellas regiones todo el mundo lo usa; en Farmi da lugar a que siga la fantasía en eso también, pero tienen que usar siempre el mismo porque se inscribe junto al nombre auténtico, y cambiarlo cuesta mucho dinero y molestias. El mío es Gorno. Ella miró la puerta de entrada, levantó los ojos al cielo dando vuelta la cabeza y se quedó colorada por aquel gesto que yo había visto y que evidentemente era de fastidio. Sin embargo él esperaba con cara ansiosa y alegre.

–Ahora voy a ser yo curioso.

–¿Qué?

–Y si yo hubiera sido psicoanalista, ¿le hubiera gustado que descubriera algún secreto?

–No.

Y se quedó seca. Yo pensaba que estaba fastidiada por haber mostrado su gesto y porque el secreto que con él tenía –o había tenido– la disgustaba. Después parecía invadida de cansancio y contrariedad muy angustiosa. Yo, inoportunamente, con la inocencia de seguir adelante un proyecto, de decir algo que había pensado, aunque ahora quedara mal, con mi costumbre de seguir con una cosa que empezaba en mí, y con la dificultad de poner frenos a mi inercia, le dije:

–Llévelo al Clan del Dr. Johannberg que es uno de los más lindos.

–¿Cómo?

Podría haber aprovechado la oportunidad de que ella no había entendido, y desistir. Pero llevado por esa costumbre egoísta de seguir con lo mío y abandonándome al apremio del momento, repetí la insinuación. Ella me contestó con un gesto que quería expresar que no tenía ganas de nada, y parecía no haberse dado cuenta que yo no tenía derecho a semejante entrometimiento y a insinuarle que hiciera algo por encima de él, contando con él y con una complicidad que yo suponía que ella debía tener conmigo. Pero ella, cándidamente, me preguntó:

–¿Qué Clan?

Al del Dr. Johannberg. Allí van los clientes, amigos y simpatizantes.

Hay muchos médicos que tienen Clan. Y les dicen Clan por la moda retrospectiva, ¿sabe?

Las últimas palabras no las atendía porque llegábamos a la salida del despacho y allí estaba él, que se vino sonriente, nervioso y volátil, con el pecho cruzado con rayas amarillas y rojas en forma horizontal, y al sesgo por una correa azul que iba en dirección a la cadera, donde estaba asentada una carterita. Era un tipo fácilmente presentido por los que viajamos: nos recibe en la estación, lo vemos en un partido de cualquier cosa que sea atletismo, nos dice que una comisión de señoritas nos pide tal cosa, nos invita al baile de la kermese, nos interrumpe inoportunamente para demostrarnos una admiración sincera que tiene escondida desde tal época, y nos hace sentir lo que tenemos de malas personas, porque en aquel momento no podemos considerar su sinceridad y porque esa admiración no es nada para nuestra vanidad.

Sin saber por qué, al verlos juntos me parecía que comprendía un poco más cómo era ella. Él le habló en seguida algo de una canoa y la invitó a seguir. Ella había vuelto a cargar fastidio y miraba para otro lado. Yo me apresuré a despedirme. Ella se volvió rápidamente, me tendió la mano, me empezó a agradecer las atenciones; él hablaba al mismo tiempo de lo de la canoa; ella hacía movimientos casi imperceptibles con la cabeza y por fin la puso de lado con una sonrisa tierna e inaguantable por la sobre-boca o para-boca mal pintada; él me invitaba también a mí a ver la canoa: quedaba allí cerca, en el mismo lago donde había descendido el avión, aunque había que entrar por otro lado distinto del que veníamos y dar la vuelta al lago. Ella ponía cara de convencerme que era nada más que un momentito. Y aquel cambio iniciado con la decisión y la velocidad de la despedida apurada, iba perdiendo impulso. Tal vez yo, instintivamente, en aquella actitud precipitada había pensado en que ella reaccionaría, haciéndome quedar –cosa que deseaba en aquel instante–; pero ahora se produjeron otras cosas, me pisé otros resortes y decididamente les ofrecí el hotel, lamenté lo de la canoa que no vería y me despedí. [Hoy yo no quiero revolver en todo lo que había en aquel instante, porque sé que me encontraré viejos sentimientos que inoportunamente se mezclarán con los nuevos; hoy quiero seguir con mis nuevas impresiones, con mis placeres nuevos, no quiero que en ellos intervenga nada feo, irritante, incómodo; quiero renovar mis sensaciones como el aire se renueva en mis pulmones; quiero ser un cínico brutal y encontrarme con la creación que sorprenda los sentidos cuando ha tenido una profunda elaboración estética; pero no quiero que esto involucre sentimientos, quisiera destilar del arte su novedad, su creación pura de placeres.]


¡Qué pena! Ella me gustaba con una ternura que tiene nubes en el cielo de la infancia. Esas nubes llegan lentas, mansas, ingenuas; cuando queremos acordar están por encima de nuestras cabezas en el cielo y en el día claro de hoy. Su alma era clara y su picardía ingenua y entregada. Aquellas piernas gruesas, rollizas, como las de un niño que no sabe que son así, en la inocencia de no saber cómo es, cómo es para nosotros, llena una pequeña porción de espacio en el mundo, en el que lo sentimos sólo con su gracia tan tierna, tan ignorante de sus torpes desproporciones que nos tienta a quererlo más y a protegerlo más. Ella tenía algo de eso. Yo había sentido un poco –un poco no más– [de] recogimiento antes de traicionar esa inocencia indefensa y hasta ponerla en la situación de que ella traicionara a su vez al inocente de la canoa, llevada por la sugestión de un juguete nuevo como el que sería yo. También había en mí celos tristes provocados por él. Si ella hubiera sido menos indefensa o hubiera dado esa impresión (la de ser menos indefensa, como algunos intelectuales que presentan batalla a la cabeza y uno por eso los cree más responsables y fuertes) no me hubiera importado nada. Y menos por él que cambiaría fácilmente de compañera de canoa. Todo aquello era feo por la forma en que tendría que hacer nido yo, y tal vez por eso me fui. Pero apenas desprendido sentí que la dejaba sola; rápidamente todo se empezaba a hacer recuerdo embadurnado de angustia dulce. Traté de dar otra dirección a mi pesada y torpe angustia; entonces pensé en la novedad de la ciudad vista de nuevo con sus recuerdos llenos de Eutilodia. ¿Todavía no tendría tiempo de correr, hacer algo, y decirle a ella, a Trisca, cualquier cosa? ¡Qué vergüenza! Además la angustia presente era perezosa. Salí por la portada exterior de la aduana y detuve mi rueda-equipaje ante un kiosco –antes no estaba– y compré el diario verdoso que tanto me había gustado leer en aquella ciudad. Casualmente había nada más que ejemplares de ese diario, mi diario predilecto. La mujer que despachaba tenía un brazo y mano como si hubiera sido untado de pomada verde, y el otro azul. Saqué de mi cartera en bandolera un billete de cinco unidades. Me empezó a dar el cambio y tenía las uñas llenas de números, menos en los anulares que estaban completamente limpios de pintura y de números. Me llamó la atención que el cambio me lo empezara a dar en moneditas de centipartes y tendría que cargar una enormidad de ellas. Con cara adusta le fui a pedir otro cambio, y al agachar la cabeza para mirar por debajo de la ventanilla me veo espantado a Eutilodia. Gozaba inmensamente en mirar la idiotez de mi cara. Yo dejé por broma esa máscara un buen rato, y detrás de ella aproveché para pensar un poco en Trisca y en la cara distinta que ahora tendría Eutilodia si supiera.

Mi primer concierto en Montevideo

Desde hacía muchos años yo ya había tenido que estudiar bajo ese disgusto general de mi casa. Al principio él no se me había presentado como un mal de deudas. En casa se decía que mi padre tenía enemigos; y cuando apareció el primero –sólo apareció su nombre; venía mezclado en hechos que envolvían malas consecuencias para mi padre– yo pensé en vengarlo: primero estudiaría para llegar a ser alguien lo más pronto posible; y después buscaría la manera de avergonzar al enemigo. Entonces juntaba todas mis energías frente al piano. Pero la agresividad contra un piano no podía durar mucho tiempo; los impulsos perdían fuerza demasiado pronto. Yo había sido lanzado a esos impulsos como una pelota contra el suelo; después rebotaba cada vez menos y por último corría a esconderme debajo del piano.

El disgusto general de mi casa era como una enfermedad; pero yo no sabía si nosotros habíamos estado predispuestos para ella y después la habríamos tomado de los enemigos de mi padre, o si el contagio había venido de los números. Mi padre sabía que ellos lo ilusionaban mucho al principio y que después lo traicionarían; sin embargo él les tenía cariño y andaba todo el día con ellos.

Aun en las épocas en que estábamos más atacados de disgusto general nosotros no podíamos pasar sin un poco de felicidad. Esperábamos el instante de reunirnos y sentirla, como se prepararían personas enfermas ante comiditas desabridas, para devorarlas como si fueran manjares.

Si en uno de esos momentos tocaban la campanilla la felicidad se cortaba; pero nosotros estábamos fuertemente predispuestos a reconquistarla. Mis hermanos menores salían corriendo a despistar al perseguidor señalando una esquina por la que mi padre recién se habría ido; estaban contentos de prestar ese servicio a la hora de la mesa; y aun en las circunstancias más críticas ellos sabían acomodarse la desdicha como si hubieran aprendido a tragar sables.

En la época que yo preparaba mi concierto había esperado de él otras consecuencias. Pocos días antes, en mi casa, habían cambiado de lugar todos los muebles. La sala vino a quedar donde estaba el dormitorio de mis padres; y el piano lo pusieron donde estaba la cabecera de la cama aquel día que todos nos reuníamos alrededor de ella porque un hombre amenazaba a mi padre.

Durante el día yo no me preocupaba demasiado por las desdichas; trabajaba en el piano y nada más. Aun en el caso que tocaran la campanilla yo no salía. En la noche y a pesar del cansancio no podía dormir mucho.

A veces venían dos pintores amigos míos. Entraban sin tocar la campanilla, daban vuelta por el costado de la casa y subían hasta el altillo donde yo dormía; entonces bajábamos a la cocina y jugábamos a la baraja. Uno era alto y la frente le sobresalía como un huevo de avestruz. El otro se reía levantando demasiado el labio superior y se le veían todos sus dientes chicos y su gran encía. A veces conversábamos la noche entera. Así había ocurrido una vez que no estaban mis padres y los tres nos acostamos en la cama de matrimonio. Pero en las noches que ellos no venían era cuando yo pensaba en lo que me traería mi concierto. No me hacía ilusiones sobre el dinero que él pudiera darme; pensaba en otras consecuencias, tal vez demasiado vagas pero posibles y múltiples. Si yo lograba destacarme no me faltarían amigos que influyeran en las autoridades para que me ayudaran a vivir en Montevideo con mi mujer y mi hija. Ellas estaban lejos, en una ciudad antigua.

Me gustaba recordar la habitación donde dormían. Era en casa de la familia de mi señora. En aquella pieza yo también había dormido la noche que conocí a mi hija. Ella tenía ya más de cuatro meses. En el momento que la vi ella lloraba porque estaba un poco enferma; pero hubo un instante en que dejó de llorar y me sonrió. Esa noche hacía viento; pero yo sentí otro ruido que no parecía del viento; más bien parecía subterráneo. Entonces mi mujer me explicó: en tiempo de los españoles habían hecho un túnel que cruzaba por allí abajo y en los días de viento el agua arrastraba palos que golpeaban las paredes del túnel.


Cuando yo estudiaba no debía atender a nada que viniera de la imaginación ni asomarme a ningún recuerdo. Si en el día aparecía alguno yo lo ahuyentaba con los sonidos del piano y el movimiento de los brazos y los dedos. Pero en la noche, después de estar acostado, todo era más difícil. Además de los pensamientos que tenían que ver con el piano, se me venían encima los de mi casa con su arrastre general y el recuerdo de mi mujer y mi hija con mi vergüenza y mi desesperación particular. Claro que yo podría estar a punto de solucionar todo muy pronto; pero por más optimismo que tuviera, el tiempo que debía transcurrir hasta llegar al concierto, tenía la imprevisible angustia de las noches; ellas me detenían como zanjas en un campo oscuro por donde yo corría desesperadamente. Y no sólo debía apresurarme para llegar a tiempo al lugar donde iba y evitar para siempre a los que me venían corriendo de cerca y me alcanzaban en la noche, a aquella muchedumbre de malos pensamientos; también debía apresurarme para evitar otra clase de peligros; ellos rondaban la región de mi casa y yo nunca sabía bien hasta qué punto venían del temperamento de mi familia o del centro de mí mismo. Si yo me detenía, podía acostumbrarme a la desdicha que tiene un poco de felicidad y no salir más de ella. Mi casa era como un mar de aguas verdosas que nunca tenían grandes cóleras. Nosotros navegábamos por ellas como piratas pobres que tienen poco ánimo para conquistar ningún botín.

Yo ya tenía miedo de haberme revolcado demasiado tiempo en los mismos trapos y me daba vuelta en la cama sin poderme dormir. [Y de pronto sentía latir el corazón como si fuera un rengo que empezara a saltar con su pie único.] Entonces me ponía boca arriba y recordaba cómo mi mujer andaba por el cuarto antes de acostarse. Al recordarla, la iba dando vuelta en los ojos hasta que me dormía. Una noche soñé con ella.

[En el sueño ella cruzaba una gran iglesia. Había resplandores de luces de velas sobre colores rojos y dorados. Lo más iluminado era el vestido blanco de novia con una larga cola que ella llevaba lentamente. Se iba a casar; pero caminaba sola y con una mano se tomaba la otra. Yo era un perro lanudo de color negro muy brillante y estaba echado encima de la cola de la novia. Ella me arrastraba con orgullo y yo parecía dormido. Al mismo tiempo yo me sentía ir entre un montón de gente que seguía a la novia y al perro. En esa otra manera mía, yo tenía sentimientos e ideas parecidos a los de mi madre y trataba de acercarme todo lo posible al perro. Él iba tan tranquilo como si se hubiera dormido en una playa y de cuando en cuando abriera los ojos y se viera rodeado de espuma. Yo le había trasmitido al perro una idea y él la recibió con una sonrisa. Era ésta: “Tú te dejas llevar. Pero tú piensas en otra cosa”.]


El peligro más grande a que yo estaba expuesto en aquellos días me venía de mí mismo; pero de pronto yo caía en él como si me fuera para otro mundo; y ya sabía yo como eran las cosas allí; en ese lugar no crecían los sonidos: era un mundo mudo. Sin embargo a cada momento me querían brotar ante los ojos plantíos donde la imaginación se iba en vicio y enredaba continuamente los hechos.

Yo tenía que estudiar el piano y había decidido librarme de la imaginación como un borracho que se decidiera a abandonar el alcohol; pero llevaba todo el día la botella conmigo, dormía toda la noche con ella en la almohada y [al otro día me encontraba con que los sueños se habían emborrachado].

En la mañana del día del concierto, después de haber ido apresuradamente a sellar los programas para que no me cobraran multa, fui a la casa de música. Allí me dijeron que no debía estar tan tranquilo, que el día del concierto todos los concertistas estaban un poco nerviosos.

El piano ya estaba en el teatro. Fui a ensayar y me encontré con que el piso del escenario estaba demasiado inclinado hacia la sala y al tocar yo me resbalaba para un costado. Hablé con la casa de música y me dijeron que arreglarían todo con unas maderitas. No sé por qué recuerdo tanto un instante del mediodía en que yo comía lechuga y miraba el brazo de mi hermano que venía a quedar al lado del mío.

Aquél era el brazo de un hombre que ese día no daría ningún concierto ni tendría ninguna responsabilidad; en cambio mi brazo no estaba libre y quién sabe cómo lo miraría yo unas cuantas horas después. Sin embargo deseaba que el hecho ocurriera lo más pronto posible; yo esperaba tener el placer de mostrar coraje delante de mucha gente. En casa ya no había muebles; pero había quedado la mesa donde comíamos. Yo hubiera preferido que se la hubieran llevado; ella me recordaba lo que me habían contado hacía poco. Cuando yo estaba en una ciudad del interior y mi hermano se había ido a un pueblito, vino un hombre alto y grueso a cobrar una cuenta; el enojo se le desbordó y sacando un cuchillo corrió a mi padre alrededor de aquella mesa.

A la tarde volví a ensayar al teatro; pero noté que el piano hacía un chirrido de cuerdas sueltas que se chocan. Hablé por teléfono a la casa de música y me dijeron que vendrían en seguida. Pero en ese momento llegaba riéndose el afinador: había olvidado la llave de afinar encima de las cuerdas. A los pocos instantes me llamaron por teléfono. No podría dar el concierto si no dejaba en depósito cien pesos. Fui a la oficina correspondiente. Era una disposición municipal previendo el caso que hubiera multas; si no las había devolvían el dinero. En aquella oficina había un señor a quien yo había conocido por una persona que tuvo para mi vida una significación muy grande. Ese señor resultó ser empleado de esa oficina; entonces me llevó al jefe, invocó a aquella persona –que no sólo tenía significación para mí– y me libraron del depósito. Corrí de nuevo al teatro. En ese instante pasaba por allí mi padre. No sabía si mi madre podría venir al concierto; se le habían perdido los zapatos; pero había la posibilidad de encontrarlos entre la mesa de luz que habían llevado junto con los demás muebles a la casa de remates. Para allá iba mi madre. Yo me fui a un camarín y me puse un smoking que tenía desde hacía un año, cuando había dado mi primer concierto en una ciudad del interior. Sin embargo en aquella oportunidad no lo había podido estrenar; me quedaba muy chico, y como el amigo que me lo regaló me lo había mandado el mismo día del concierto, no hubo tiempo de arreglarlo. [Después, con lo que me dio la boletería pude comprar un cochecito para mi hija –a quien todavía no conocía– y un sobretodo para mí.]

Éste iba a ser mi primer concierto en Montevideo, y unos momentos antes de empezar yo miraba por el agujero del bastidor al paraíso donde estarían los que me esperaban con las uñas prontas. Entre ellos había una muchacha que había vivido frente a mi casa, que tocaba con una mano en un tono y otra en otro, y al final, sin sacar el pie del pedal, dejaba flotar los sonidos como el polvo sacudido en los muebles.

En uno de los palcos bajos estaba aquel artista que había significado tanto para mí. Yo lo había conocido cuando él era maestro de escuela.

Hacía unos instantes había estado en el escenario con un crítico; después me había dado ánimos y parecía que todo debía ocurrir como algo previsto; pero yo me guardaba para mí la idea de que aquello sería un desastre; sin embargo pensaba tirarme entre el escenario como a una piscina iluminada y trataría de prenderme de aquel piano negro como si fuera a pescar un tiburón. ¡Quién sabe qué cosas ocurrirían! Tal vez el tiburón y el público se desconcertarían por mi audacia; tal vez mi locura imprevista podría resultar original; el público, después de desconcertarse, podría sentir simpatía; mi desesperación podría improvisar otros medios de interesar que no fueran los estrictamente musicales.

Cuando me dijeron que ya podía salir, que la sala estaba en penumbra, me metí en escena con la cabeza baja y solté unos pasos que ya tenía preparados como si hubiera puesto a andar un juguete de cuerda; no sabía qué pensamiento atender; pero a pesar de la angustiosa velocidad de las cosas, tenía tiempo de observar mis pasos y darles la dirección del piano.

De pronto me encontré con que ya habían pasado los primeros aplausos y mis primeros saludos. Yo estaba sentado con los párpados bajos; pero los ojos corrían de un lado para otro como perros que todo lo olfatean; después recorrían el teclado, saltaban entre el piano y yo sentía como una confianza hecha de locura; entonces me venía cierta curiosidad por saber qué haría aquel individuo del smoking regalado. Por más imprevistas que fueran las cosas yo sabía que a último momento, él movería los brazos y se lanzaría contra el piano. Eso ya lo había experimentado en aquella ciudad del interior donde por primera vez, solo y con un piano por delante, había entretenido a un público.


En aquel comedor yo adquirí una nueva manera de pensar en mis contrariedades; me parecía extraño que en mi casa, y en medio de tantos disgustos, hubiéramos tenido instantes de felicidad. Me refiero a los días anteriores al concierto, antes que vendiéramos los muebles y la familia se disgregara. Habíamos hecho uno de los últimos esfuerzos por reunirla, pero mi mujer y mi hija aún estaban lejos de Montevideo. Yo había venido a la capital después de haber trabajado en balnearios y en ciudades del interior. Al mismo tiempo había ido preparando un concierto y había puesto muchas esperanzas en las diversas consecuencias que él pudiera traerme.

En esa época cada uno de los de casa trataba de esconder sus disgustos particulares; pero también había disgustos generales.


El fondo de nuestra casa tenía un encanto que detenía por un instante todo pensamiento de desdicha. Daba a un pequeño bosque de árboles inmensos. Nosotros prendíamos nuestras manos del alambre del cerco y echábamos a andar los ojos hasta que se iban lejos, donde los troncos se confundían con los caminos. Muy por encima de nuestras cabezas había muchas hojas tiernas que no tenían idea del cerco de alambre e inclinaban las copas hacia nuestra casa. Nosotros bebíamos aquella sombra en silencio. Pero de pronto sonaba la campanilla de entrada y la sombra se nos quedaba amarga. Eran hombres que perseguían a mi padre por deudas. Mi padre era bueno; pero le salían mal las cuentas. Trabajaba mucho y corría a todas partes con idas y venidas que le permitirían evitar el derrumbe brusco: estaba terminando de ser dueño de una empresa constructora.

La campanilla sonaba a cualquier hora del día; solamente la noche apagaba su sonido; pero tenía que estar bastante entrada.

La agonía de la empresa fue larga y cada vez eran más fuertes los gritos de los que venían a cobrar. Un día él estaba enfermo y quiso que entrara uno de aquellos hombres. A medida que los gritos subían la familia se acercaba al dormitorio; después rodeamos la cama; por último aquel hombre se fue llevando hasta la calle las maldiciones y las amenazas. Eso duró unos meses; exactamente los que demoré yo en preparar definitivamente mi concierto.

Esa noche, antes de dormirme –en ese tiempo yo paraba en la casa de un amigo– empecé a ver el comedor de la señora Muñeca. Pensaba en la vida de esos muebles recordando los de mi casa. Quién sabe dónde andarían ahora; los habíamos tenido que mandar a remate un día antes de mi concierto; cuando se venció el plazo que le habían dado a mi padre para el desalojo de la casa –no podía pagar el alquiler– tuvimos que vender los muebles.


[Yo recordaba aquella dicha como si hiciera una guiñada ante un pequeño agujero donde viera iluminado el fondo de mi casa. Recordaba el instante del mediodía en que yo había llegado de una ciudad del interior y ellos todavía no me habían visto. Estaban alrededor de la mesa que tendían bajo los árboles y yo, sin estar todavía allí, sabía que el mantel estaba lleno de grandes monedas de sombra y de luz que se confundían apenas el aire movía las hojas. Ellos estaban ocupados ante sus pequeñas comidas y su poco de felicidad y parecían olvidados de mí.

Todavía, antes que me vieran yo había alcanzado a tener una idea absurda: pensaba que aquel instante era un recuerdo que yo tendría muchos años después, cuando los hubiera sobrevivido a todos ellos.]

Hubo algunas tardes en el comedor oscuro en que ese instante fue el más recordado: a cada momento los míos volvían a comer en aquel paisaje y yo volvía a pensar que ellos estaban olvidados de mí.


Esa misma noche, después de un sueño corto, me desperté y abrí los ojos en la oscuridad; recordé que estaba en una cama ajena; pensé en los pedazos dispersos de mi familia; y de pronto volví a lo que había ocurrido esa tarde en el comedor oscuro. Yo no entendía a Muñeca. Si la hubiera conocido mi amigo –el que fue mi maestro en la escuela– tal vez hubiera desconfiado algo interesante de esa vida. A través de todos los años que yo fui amigo de él, se me fue agrandando la curiosidad por los dramas ajenos. Por eso, una de las consecuencias más secretas que yo esperaba del concierto, era que él me trajera conocimientos de gentes extrañas y yo pudiera entrar en casas desconocidas. Éste era mi pensamiento más peligroso mientras yo preparaba mi concierto; y no siempre conseguí rechazarlo. Yo no sólo deseaba que en mi casa no hubiera drama por lo que él nos hacía sufrir, sino también porque yo quería internarme en el drama ajeno. Yo no sé por qué me producía un placer tan grande. Ya en el intervalo del concierto había pensado en él como en un vicio incontenible. Al principio yo había tocado las primeras notas agujereando el silencio con la punta de los dedos. A pesar de que la platea estaba sembrada de orejas acechantes, el juicio más severo era el del silencio; él abría una boca oscura que pronto se hacía demasiado grande apenas aparecía el más humilde sonido, quien corría a reunirse con otros; pero después, cuando en la sala se producía alguna simpatía, los sonidos esperaban que el silencio fuera a apagarlos con su capa.

Al final de cada pieza yo no me paraba a saludar; hacía una inclinación de medio cuerpo quedándome sentado. Eso lo había visto hacer hacía poco a un concertista y me había parecido bien. Pero en el intervalo vino mi amigo, el maestro, y me dijo:

–Che, tienes que pararte a saludar y estar más con el público; mira a las muchachas. Fue entonces que yo no pude detener la idea de todo lo que habría escondido entre el público.

Apenas terminado el concierto me fui del teatro con mis dos amigos pintores. En una larga cena ellos me contaban los incidentes de la velada; y yo ya los escuchaba con una atención que no era de pianista.

Después fuimos a casa y nos acostamos en colchones extendidos en el suelo. Los pintores y mi hermano jugaban imitando animales y de pronto los tres, luchando, hacían una sola masa con sus cuerpos; pero yo no podía intervenir porque estaba extenuado: apenas hacía una sonrisa. Ellos se durmieron; yo no: ya empezaba a esperar las consecuencias del concierto.

Dormí muy poco y a la mañana siguiente, cuando el sol ya había entrado por las rendijas, vi un ratón que se había acercado a la cabeza dormida de uno de los pintores y le comía el pelo.

[En gira con Yamandú Rodríguez]

En el año 32 Yamandú Rodríguez y yo hicimos una gira. Él recitaba poesía y yo tocaba el piano. Llegamos a una ciudad chica, donde Yamandú tenía muchos amigos y en seguida fuimos a ver al dueño del teatro; era un muchacho más bien bajo, erguido, caballeresco, usaba patillas y no nos quiso cobrar ni el alquiler de la sala, ni la luz, ni los programas. Los amigos de Yamandú consiguieron que varias instituciones –la Intendencia, los clubes, la biblioteca–, participaran en la compra de entradas. En un momento se vendieron todas y nosotros nos quedamos sin hacer nada. El día en que llegamos yo había recorrido aquella ciudad como si me fuera a tragar las casas y a echar encima de las calles y de las plazas. Un rato antes de la función, mientras mirábamos el escenario –aquella buena gente había pedido a los vecinos muebles y plantas para que en la escena apareciera una sala– alguien se acercó y nos dijo que las entradas habían sido repartidas en las escuelas. Yamandú y yo nos miramos y empezamos a imaginarnos las consecuencias. Es posible que en las instituciones oficiales hubieran pensado que si Yamandú recitaba –eso era propio de las escuelas– y si yo tocaba el piano, el acto resultaría “instructivo”; y en ese caso había que pensar en los niños. Además el recital sería a las 15 –nos habían dado esa hora porque en la sesión vermouth y en la noche la sala estaba comprometida para el cine– y las 15 era precisamente una hora para niños. Pero Yamandú y yo preferíamos que nos oyeran personas mayores; los niños, después que se aburrieran, harían ruido. Pronto empezaron a entrar. Los de algunas escuelas venían en formación y obedecían a las maestras; pero otros entraban sueltos, corrían por todas las localidades del teatro y nadie los podía sujetar. Yamandú, desesperado, me decía: “¿Qué te parece si cambiamos el programa?”. Entraban niños demasiado chicos y yo le contesté: “No hay necesidad; no les interesará ninguno de nuestros programas”. Por el pasillo de la platea venía una negrita de diez años y traía tomados de la mano a una escalerita de negritos. Ese día Yamandú recitaría un diálogo entre Clemente Séptimo y Benvenuto Cellini. Pero primero saldría yo a tocar música española. Apenas aparecí en escena las maestras empezaron a chistar a los niños; después, viendo que no les hacían caso, los amenazaban gritando. Me senté al piano y miré la sala: estaba desbordante; sólo en los palcos había alguna que otra persona mayor.

Al hacer los primeros acordes el barullo disminuyó; después no sólo chistaban las maestras, sino también los niños. Y por último se renovó el escándalo. Yo terminaba una pieza y empezaba otra como si estuviera solo; pero de pronto, mientras tocaba la “Danza del Fuego” y hacía los acordes levantando las manos, oí gritar con mucha fuerza desde el paraíso: un niño, haciendo bocina con las manos, le decía a otro que estaba en la platea: “Che Martínez, manyá”. (Quería decirle que lo mirara.) Entonces levantaba las manos, las dejaba caer en la baranda del paraíso y trataba de imitar mis movimientos. Al salir de escena tropecé con Yamandú. Él se reía de mí; pero yo lo amenacé: “Ahora te toca a ti”. Por la puerta entreabierta del decorado lo vi en el momento en que se disponía a empezar. Los niños habían disminuido el escándalo casi hasta el silencio. Yo sabía que la mano izquierda de Yamandú –la que tenía metida en el bolsillo del saco– estrujaba una caja de fósforos; y fue en el instante de levantar la otra mano y empezar a decir las primeras palabras, cuando, en medio de un silencio inesperado, una niña como de cuatro años, que estaba en un palco, señaló a la escena y gritó: “Mamita, mirá; el sillón de abuelita”. Primero se empezaron a reír algunos y después nos reímos todos. Ya no se pudo reconquistar el silencio. Y hubo un instante en que el escándalo ahogaba las palabras de Yamandú y los movimientos con que él debía acompañar su poesía parecían los manotazos de un náufrago mudo.

Al otro día nos dieron una fiesta en la casa de un poeta muy callado, ya de edad, empleado en el Municipio y que usaba una gran melena gris, sombrero de alas anchas, corbata de moña desarreglada y saco cerrado hasta el cuello. Hacía poco tiempo él se había encerrado en una pieza con otro poeta venido de Montevideo, y los dos, con grandes sables, decidieron batirse a muerte; pero suspendieron el duelo cuando el poeta venido de Montevideo le hizo a éste un gran tajo en la nariz. En la fiesta, la hija del poeta recitó poemas del padre; y cuando decía que miraba al infinito y cerraba los ojos, parecía que esperaba un estornudo. Más tarde llegó otro poeta, sobrino del dueño de casa, que también usaba melena, sombrero de alas anchas y corbata desarreglada; él y el tío eran los únicos, en aquella ciudad, que se vestían así. Después, lentamente, yo me empecé a impregnar de los muebles viejos y un poco deshechos, de la dignidad con que aquella gente se esforzaba en mantener un sentido poético de la vida y de las sonrisas y la inocencia generosa de los que me rodeaban. Entonces tuve necesidad de pensar que el tío y el sobrino eran buenos poetas y me empecé a sentir una mala persona.

Al otro día salimos para una localidad más chica. Estaba dividida en dos pueblos: uno junto a la estación de ferrocarril; y el otro –más importante– a diez cuadras del primero.

Fuimos a un hotel que quedaba frente a la estación y en seguida tuvimos confianza en el silencio de sus habitaciones antiguas. El café era malo pero la comida buena. A las tres de la tarde salimos para el otro pueblo; a la sombra hacía frío y al sol demasiado calor. La carretera cruzaba un arroyo y del otro lado había un cementerio. Llevábamos cartas de recomendación que nos habían dado los amigos de Yamandú el día antes.

Mi cuarto en el hotel

I

Una vez estuve tres meses en un Balneario. La mayor parte del tiempo lo pasaba en mi cuarto; éste era chico y yo me sabía de memoria hasta las más insignificantes manchas que había en la pared; cada cosa que había en mi cuarto me quedaba muy grabada en la memoria porque había estado mirando a cada una de ellas en momentos intensos o extraños del espíritu; en él leía libros interesantes, recibía cartas que me sorprendían y me emocionaban de maneras muy distintas; en él también pensaba cosas muy distintas, y a pesar de estar siempre en el mismo cuarto, sentía lo nuevo de cada día, como si el sol no diera en las mismas cosas dos veces igual, como si el aire fuera distinto y hasta como si yo no fuera la misma persona; todas las noches sentía curiosidad de saber cómo sería la mañana siguiente y todas las mañanas sentía deseos de que fuera de tarde o de noche; si alguna tarde fracasaba porque me vinieran a buscar para algo o viniera alguna visita de poco interés pensaba: “Paciencia, no importa, igual me queda la noche y además en la tarde de mañana nadie me molestará”, y soñaba en estar allí en la tarde como si hiciera mucho tiempo que no estuviera, y pensaba siempre descansar en mi cuarto, como si estuviera cansado por la tarea de mucho tiempo.

Después que pasó algún tiempo, al ir a entrar a mi cuarto y recordar que allí había leído libros interesantes, había recibido cartas que me gustaban mucho, y había pensado cosas que me parecía que me agrandaban el espíritu, las paredes y las cosas me daban la sensación de estar saturadas de aquellas cosas, como si fueran las maderas de un instrumento viejo en el que hubiera tocado muchos años.

Estaba por dormirme, la sombra de la semioscuridad hacía que me pareciera una mujer con un hijo suplicando algo; también me había ocurrido algo parecido una vez que las ropas desordenadas y puestas encima de una silla me parecieron la cabeza de un árabe que me miraba con un ojo un poco triangular, pero muy oscuro y misterioso. Siempre que miraba la ventana me acordaba de una vez que me había asomado a ella y miraba a la playa: había en la arena y un poco retirado del agua un bote; en el bote se habían sentado unas personas, y cuando las miré distraídamente, tuve una sensación extraña; en otro momento me hubiera parecido de pronto que estaban en el agua, o me hubiera reído de pensar que ellas eran inconscientes de que por la actitud que tenían, pareciera que estaban navegando a pesar de estar en seco; sin embargo la sensación que tuve yo por un instante, fue de que sencillamente navegaban por la arena.

III

Un día hizo una mañana que además de ser distinta de todas las mañanas lindas, fue la más radiante; si hubiera venido a visitarnos un habitante de otro planeta se la hubiéramos mostrado como ejemplo de una mañana en la tierra: parecía que si a los niños les mandaran hacer una composición “La mañana” tendrían que pensar en una como aquélla. Entonces tuve ganas de salir de mi cuarto y pasear: cuando pasé por un almacén vi un hombre que era asesino y que había estado preso hasta hacía poco tiempo, pero yo pensaba que en aquella mañana nadie podía hacer un crimen; me parecía que cuando el sol le daba en el entrecejo al asesino, le disolvía los pensamientos de la noche.

Esa misma mañana también fue como una escenografía previamente preparada para que actuaran en ella dos personajes más: eran dos mujeres. La primera parecía una india y estaba parada en la puerta de un rancho; primero me llamó la atención un gatito y una plantita que había al pie de una ventana; parecían hermanitos; el gatito estaba muy bien sentado y tan firme como el tarro de la plantita; los dos tenían una cinta azul: la plantita en el tallo y el gatito en el pescuezo; a veces el gatito se lavaba la cara y otras veces la plantita se movía con el viento.

La mujer que estaba en la puerta me pareció muy interesante: era como la representación estética de la raza de los indios; y así como yo había sentido el folklore en música y en poesía, sentí por primera vez lo que sería el folklore de la belleza física.

IV

Cuando volví de mi paseo estaba cansado y sudoroso; tuve mucha alegría cuando vi el cuarto de baño muy limpio y con baldosas muy blancas que llegaban casi hasta el techo. Cuando estaba en mi cuarto y descansaba, entró en la escena de la mañana el último personaje: era la mucama. Nunca había hablado conmigo porque me creía loco, pero al ver que había salido a pasear se animó a hablarme; sentía la necesidad de contarme su vida; era alemana, había enviudado joven y tenía dos hijitos; en todo el año cursaba sus estudios en un instituto de obstetricia y en los meses de vacaciones se empleaba de mucama; parecía que el secreto de su vida era difícil de descubrir porque era exterior y claro: su secreto estaba en su actividad continua, en el deseo que tenía de tener comodidades para ella y sus hijitos, en lo que se llamaba poseer una cosa que fuera de ella, de su propiedad, aunque fuera nada más que un par de zapatos de goma; educaba a sus hijos de una manera que parecía simultáneamente profunda y superficial: era la mujer del poema práctico.

Yo me sentía en su espíritu tan alegre y tan bien, como si ella fuera un cuarto de baño limpio y con baldosas blancas casi hasta el techo.

V

Una noche me desperté y mi cuarto estaba completamente oscuro; pensaba en lo que estaba soñando hasta el momento de despertarme y también se me ocurrió pensar cómo estaba yo y mi cama en el cuarto; a pesar de conocerlo tanto no me podía orientar; tenía que hacer un gran esfuerzo para deducir que si yo estaba acostado sobre el lado izquierdo, a la derecha tenía que haber tal cosa, y a la izquierda tal otra, y en la imaginación colocaba la cama en todas partes; después que saqué una mano de la cama, toqué la pared y me orienté, me parecía mentira esta desorientación. Como no tenía sueño me senté en la cama; y pensaba cosas inútiles: suponía cómo hubiera sido de interesante que hubiera conocido a una mujer de una manera distinta a como la conocí, y era como si hiciera una novela; la arreglaba en el momento que la hacía; cuando me parecía muy espontánea o muy real, la modificaba y cuando más real y más posible era, más emoción sentía.

Cuando llegó la mañana me llamó mucho la atención una caja de color lila que había encima de la mesa; la noche anterior la había traído la mucama y había puesto entre ella todas las cosas del mate; pero como me acosté y me dormí enseguida no le di la importancia que tenía: aquel color violentísimo cambiaba completamente el carácter de casi todas las cosas; al principio me fue antipático pero después me gustó mucho; el color de la caja hacía sobresalir y le daba mucha importancia a una salida de baño que estaba colgada en la percha y que era de un color muy parecido; ahora la salida de baño no chocaba tanto y no se despegaba tanto de las demás cosas de la habitación como antes: el color de la caja le hacía tomar un valor muy especial; si ahora yo leyera los mismos libros, recibiera las mismas cartas y pensara las mismas cosas, tal vez tuvieran una expresión distinta.

VI

Al estar yo sentado en la cama, la puerta de mi cuarto venía a quedar casi enfrente mío; a la derecha de la puerta estaba la percha y en ella colgada la salida de baño; como yo había perdido la llave de la puerta, la cerraba poniendo una manga de la salida de baño en el marco, y así apretándola contra el marco quedaba asegurada. De pronto se abrió la puerta y al caer la manga de la salida de baño, ésta pareció una persona que bajara el brazo; enseguida de esta sorpresa apareció otra: entró la mucama deshecha en llanto; me dijo que la habían despedido del hotel y que le iría muy mal; yo apenas atinaba a lamentar lo ocurrido; ella después que lloró un rato salió y al momento volvió trayéndome un cepillo que detrás tenía un espejito: me lo dejaba de recuerdo; después me dio un beso en la frente y se fue. La pobre mujer me estimaba mucho; una vez me dijo que en la pieza de otro pasajero había visto un libro mío, que lo había leído y que aunque no entendía nada suponía que debía ser bueno. En total, a mí me parecía que aquella mujer hubiera preferido siempre que en mi cuarto estuviera siempre yo, y que si hubiera venido otro le hubiera tratado con cierta hostilidad.

Yo tuve mucha pena y toda esa realidad de cosas de afuera me puso de mal humor; las paredes no me parecían saturadas de los libros que había leído ni de las cartas que había recibido, ni de las cosas que había pensado. Pero a la tarde me pareció que si yo me hubiera ido y después hubiera vuelto a pasar por allí, y viera las mismas paredes y el mismo cuarto con las cosas de manera distinta y otra persona, me hubiera dado tristeza.

En total yo tenía la sensación que las paredes, igual que la mucama, aunque no entendieran cómo era yo, hubieran preferido que siempre estuviera yo y hubieran mirado con cierta hostilidad a otro pasajero.

El pájaro asustado

En una pequeña ciudad y en una mañana de sol yo paseaba con botines nuevos. Cruzaba un parque que había cerca de un río. Yo no era del todo feliz; tenía la preocupación de un concierto que daría esa noche; y además me apretaban los botines nuevos. Decidí sentarme en el primer banco que encontré. Antes saludé a un hombre que estaba sentado en la otra punta. Él apenas me contestó; le quedaba un solo mechón de pelo encima del cráneo; sus ojos chicos, pero muy abiertos, parpadeaban a largos intervalos y lo hacían con gran rapidez; los movimientos de la cabeza también eran rápidos y parecía un pájaro asustado. No sé por qué yo trataba de no hacer movimientos bruscos: primero saqué lentamente un libro del bolsillo y después, con disimulo, saqué los pies de entre los zapatos. Sin embargo vino una corriente de aire fresco y estornudé con fuerza.

No habrían pasado muchos minutos cuando el pájaro asustado dio un salto y corrió unos veinte metros. Al detenerse se dio vuelta y señalando para abajo de mi banco alcanzó a decir [después de un angustioso tartamudeo]: –Una víbora.

No tardé mucho en estar cerca de él, pero había hecho el trayecto en medias y por encima de piedras puntiagudas. Yo no vi la víbora, pero ella podría haberse escondido entre los yuyos. Mis pies estaban reventados y le estuve gritando mucho rato al cochero de una volanta de cuatro ruedas que estaba como a dos cuadras. El pájaro asustado se fue sin saludarme. Yo me quedé quieto en aquel sitio y cuando vino el cochero le pedí que me alcanzara los zapatos. Al llegar a mi hotel hice llamar a la mucama y le pedí que me trajera mis zapatillas. Bajé con los botines en la mano y tuve la poca suerte de que me viera una muchacha que salía con la madre.

Al otro día fui a visitar una iglesia antigua. Me senté y en el banco de adelante estaba sentado el pájaro asustado; tenía las manos juntas pegadas a la boca y los ojos cerrados; pero al mismo tiempo silbaba; era un silbido muy fino, repetía siempre un tema corto, y parecía distraído. A veces se descuidaba demasiado y silbaba fuerte. Dio lugar a que viniera el sacristán y le dijera: –Señor, Ud. está silbando.

El pájaro salió de su distracción, lo miró parpadeando [rápidamente] y le preguntó: –¿Por qué dice usted que silbo como una víbora? –No señor; yo dije simplemente que estaba silbando; pero no como una víbora.

–¡Ah! –dijo el pájaro señalándolo con un dedo–, ahora repite lo de la víbora y todavía dice que no.

El sacristán se fue sacudiendo la cabeza. Y yo también me fui.

[El pájaro asustado salió casi en seguida. Yo estaba en el atrio y no pude resistir a la manía de explicar las cosas; entonces me acerqué al pájaro y le dije:] –Mire, puede estar tranquilo; yo oí al sacristán y realmente él no le dijo lo de la víbora.

Él abrió la boca con sorpresa, tomó aire, parpadeó y dijo: –¿Así que entonces yo estoy loco? –No digo eso; pero usted oyó mal.

Él no me hizo caso y se fue sin saludarme.

A los pocos días llevé mis zapatos a un remendón para que me los pusiera en la horma. Él no estaba; salió un niño y dijo: –Mi papá se está emborrachando en el almacén.

Pero en seguida salió la madre y me encargó que no me fuera porque el marido [vendría en seguida]. Vivían en una pieza sucia de un conventillo. Yo me entretuve unos instantes en mirar la llama violácea de un primus que había en una pieza de enfrente; y después pensé: “Tanto rato el primus prendido sin nada en el fuego. Qué desperdicio!”. Y por fin [apareció ante] el primus el pájaro asustado. Lo que me vio se puso furioso y empezó a gritar: –En el parque, en la iglesia y ahora acá ¿qué quiere? En ese momento vino el zapatero y el pájaro cerró la puerta a golpes. Entonces el zapatero, [con bastante olor a caña,] se llevó un dedo embetunado a la sien para indicarme que el pájaro era loco. Yo le pregunté: –¿Qué serían esas dos aletas blancas que tenía a los costados del pantalón? –¿Pero no se dio cuenta? El forro de los bolsillos. ¿No ve que tenía el pantalón al revés? Se lo pone así para no [ensuciárselo.] Mientras ponía un zapato en la horma y mojaba un poco el cuero, me dijo que aquel tipo tenía mucha plata. Y cuando yo le conté lo del primus el zapatero [me contestó]: –¡No! Él nunca pone nada en el fuego; prende el primus porque le gusta el ruido que hace. Se tira en la cama y se pasa las horas pensando bobadas.

Esa misma noche, cuando todavía yo no había terminado de cenar, [me dijeron que me buscaban]. Era el pájaro; me dijo que quería hablar a solas [conmigo] y fuimos al parque; confieso que yo no estaba tranquilo. Por el camino no [me] dijo nada. Y todavía estuvimos sentados un rato antes que él me preguntara: –¿Qué le dijo mi primo de mí? –¿Qué primo? –Aríspides Pérez.

–¡Ah! ¿Ud. es primo de él? –¡Hágase el zonzo!

–Señor, si usted me insulta no espere entenderse conmigo. Yo conocí a Aríspides Pérez en un café de Montevideo y él me dijo que era de acá; pero yo no sabía que Ud. era primo de él ni él me dijo nada de Ud.

El pájaro dio vuelta la cabeza hacia mí y los ojos le brillaron como armas que hubiera sacado en la penumbra.

Me sigue en el parque, me sigue en la iglesia, me sigue a mi casa, me sigue al cine...

–Pero señor...

No me interrumpa. Conoce a mi primo y quiere que le crea un santito. Vamos a no hablar más; yo le mando a su hotel doscientos pesos, Ud. se va de aquí mañana mismo y le dice a Aríspides lo que se le antoje.

–Yo me iré de aquí sin necesidad de que Ud. me dé ni un centésimo. Me iré el 28, porque el 27 doy el último concierto.

No hubiera querido contrariarlo; pero lo que hablé del concierto me miró de nuevo y dijo: –¿Así que insiste? [Por última vez]: yo le mando los doscientos pesos y Ud. se va de aquí cuanto antes.

El pájaro se levantó y se fue por un lugar oscuro.

Al otro día vino a mi hotel el remendón; después de darme los zapatos miró para todos lados, se sacó la gorra y de entre ella un sobre cerrado; me lo entregó y esperó los acontecimientos. El sobre tenía los doscientos pesos. Yo pensé un rato y al final le pedí que volviera al otro día. Si yo entregaba aquel dinero al juez y contaba lo ocurrido podía producirse mucho escándalo. Si se lo devolvía al pájaro él no lo aceptaría. Decidí donar el dinero al hospital. Me dieron una carta de agradecimiento y al otro día se la mandé al pájaro con el zapatero. De esa manera él vería que yo no quería quedarme con ese dinero. Claro que mi procedimiento tenía fallas; pero yo tenía pereza y disgusto de seguir pensando en eso.

La plaza

En una tarde sin sol, fui a una plaza solitaria.

De su piso blanco, de balastro, salían tan pronto en orden simétrico como dispersos caprichosamente, eucaliptus inmensos que llegaban hasta el aire del cielo.

Allá arriba, el aire y las ramitas se movían un poco, y tal vez las hojas hicieran algún bisbiseo.

Pero cuando los ojos llegaban hasta los troncos –donde se recostaban echados para atrás, los bancos– el silencio era quieto, la luz era quieta y el aire era quieto, y en el piso blanco quedaban separadas con bastante nitidez, las patas de los bancos y las raíces de los árboles.

Cerca del banco donde estaba yo, habían enterrado algunos aparatos de gimnasia.

Una niña hacía ejercicios para que yo la mirara.

Yo me daba cuenta y seguía mirando el piso blanco. Por el piso blanco pasaban apurados, pies de personas que cruzaban la plaza para ahorrar camino.

También llegaban hasta el piso blanco, las hojas de algunos plátanos que habían nacido al borde de la plaza.

Sin darme cuenta miré a la niña que hacía gimnasia para que yo la mirara.

Después ella se fue corriendo.

Como ya estaba oscureciendo, se encendieron las luces.

A un ciclista se le descompuso su vehículo y daba vueltas los pedales sin adelantar camino: la bicicleta se iba deteniendo y él tuvo que apoyarse con un pie en tierra.

Después se volvieron más pesadas, las cosas que me pasaban por el alma.

No me daba cuenta cómo eran las personas que pasaban, pero los ojos las veían alejarse.

Cuando me levanté para irme, miré para el cielo; por encima de los árboles cruzaba un pájaro y yo pensé en la distancia que habría de los árboles a las nubes.

Primera casa

En Atahualpa. Allí nací y tengo recuerdos desde un poco antes de los tres años. Uno de ellos casi lo perdí del todo: era un caballo y un tío abuelo. Los veía próximos uno al otro y no sé bien si entre ellos mediaba un maneador o un freno. Los recordé más o menos claramente hasta hace pocos años. Se me acercaban antes de dormir y me acostumbré a recordarlos en alguna época de la adolescencia. A veces hacía esfuerzos para atraerlos. Los repasé mucho hasta que se gastaron o se cambiaron demasiado. Cuando me esforzaba era peor. Sin embargo hubo algunas veces que buscándoles, tentando con otro caballo cualquiera la simpatía de aquella primera visión, poniéndolo en la imaginación en distintas posiciones para ver si volvían, resultaba que el caballo se movía. Después el recuerdo fue más fugaz, borroso, diferente y yo dejé de perseguir su rastro. Pero alguna otra vez debo haber cruzado o pasado cerca de ese rastro y debo haber sentido un desvanecido matiz de angustia.

En un galpón, mi abuela que es gorda, está agachada y saca vino de una pipa. Parece que es la primera vez que van a tomar vino de una pipa; hay algo de cosa que se inaugura, y por allí deben entrar y salir, sin yo saber ni ver bien dónde están, mi padre, mi madre y mi abuelo.

Pero siempre alguno cruza por el cuadro de luz que entra por la puerta y que está echado en el piso de tierra. No sé bien si es la luz o la sombra que se sube por los pantalones o las polleras cuando cruzan. Pero sé que se levanta un poco de polvo en pequeñas nubes de puntitos que se mueven en la luz.

El patio está lleno de sol. Estoy subido en una carretilla de mano que en aquel momento es “mi carro”. Mi madre, que tiene un pañuelo blanco en la cabeza y que le cubre casi toda la cara, trata de acomodarme “los caballos”, cuyas crines son de color amarillo pajizo porque yo quiero que las escobas estén invertidas. Como es muy difícil colocar aquellos caballos en aquel carro, mi madre me ha puesto de espaldas a la rueda y ata las escobas en una cuerdita que va de una vara a otra.

Lloro con gritos estridentes y con la más enconada y angustiosa rabia.

Mi casa es de material. Al lado hay un ranchito en el que viven no sé qué parientes. La China, prima lejana de mi madre, me ha llevado a comer al ranchito y me dan hígado de gallina. De pronto me quedo rojo, después morado y no articulo palabra. Tengo la boca abierta y hago una fuerza terrible. Creen que me ahogo. Es sencillamente que no me gusta el hígado de gallina.

Entre mi casa y el gran campo que da al fondo hay alambre tejido.

El alambre tiene debajo un agujero por donde se puede pasar. Junto al agujero hay una zanja que para mí es grande. Paso mucho rato entretenido en el esfuerzo de salvar esos obstáculos. Me pongo en todas posiciones. Debo conversar solo y exhalar ayes y quejidos mientras me doy vueltas en la zanja y mientra ensayo meter en el agujero, primero la cabeza o los pies. Me debo revolcar la cabeza barriendo la tierra con el pelo cuando me toca ensayar de entrar primero con los pies. Me parece que algunas veces alguien me viene a ayudar. Pero, sin embargo, estando yo solo ¿por qué es que un día me cuesta mucho, otro día poco y otro mucho, de nuevo? ¿Por qué esa diferencia en el esfuerzo y en días distintos?

Vengo a mostrarle a mi madre el dedo índice señalando para abajo.

Lo he metido en un hormiguero y lo traigo lleno de hormigas negras.

Mi madre grita pero a mí no me duele.

Una mañana de viento...

Una mañana de viento mis padres me llevaron a una farmacia. Yo tenía once años. El farmacéutico era amigo de la casa y mis padres le dijeron que yo estaba débil. Él me hizo sacar la lengua y después conversó mucho con ellos. Cuando nadie me vio fui a sacar la lengua entre dos espejos colocados uno frente al otro. Yo me repetía muchas veces con muchas lenguas; y los últimos yos del fondo subían hacia el techo –los espejos estaban inclinados hacia adelante como si se hicieran una cortesía– y al final se me veían nada más que los pies.

A la mañana siguiente había sol, mi padre ensilló la volanta muy temprano y salimos para el campo. Al rato me aburrí y después me quedé dormido. Al mediodía llegamos a un pueblito donde había un galpón de zinc que tenía pintado, con letras grandes, mi nombre y mi apellido; y debajo decía: “Minutas a toda hora”. Mi padre se reía y me dijo que yo y el dueño de aquel galpón éramos los únicos, en la república, que teníamos el mismo nombre y apellido. Dentro del galpón había mesas redondas, como en las playas y un señor en mangas de camisa le hizo señas al mozo para que nos sirviera. Mi padre encargó bifes con papas y huevos fritos. El mozo se lo dijo a una señora que estaba detrás del mostrador y en seguida ella metió la cabeza en un agujero y le dijo lo mismo a otra persona que estaba del otro lado del tabique. Éramos los únicos, en el galpón. Al rato se acercó el señor en mangas de camisa y mi padre le preguntó si era el dueño; entonces le dijo que yo me llamaba como él y los dos se rieron. Pero yo tenía angustia. El dueño conversaba moviendo unos bigotes negros muy retorcidos. El jopo también estaba retorcido y parecía otro bigote. Se escarbaba los dientes con una pajita de escoba y la uña del dedo meñique era muy larga. Yo había perdido la seguridad de mí mismo; yo podría ser aquel hombre o quién sabe quién. Cuando le escribiera a mi abuela, en vez de ponerle mi nombre, le mandaría un retrato; y cuando pensara en mí me miraría en un espejo. Entonces recordé todos los “yo” que había visto en los espejos del día anterior y los volví a ver con la lengua afuera.

Apenas comimos yo me subí a la volanta y no me di cuenta cuándo fue que vino mi padre y empezamos a andar de nuevo. Yo tenía mal humor. Pensaba que un día podía presentarse en casa –mientras yo estaba de vacaciones– otro que fuera igual a mí. Aunque él tuviera distinto nombre, podía callarse la boca y estar allí como si fuera yo.

Ahora podría prevenir a mi padre; pero si le hablaba de eso con seguridad que se reiría. Bastante se habían divertido –hacía ya mucho tiempo– una vez que les había preguntado a él y a mamá, si cuando yo fuera grande ellos me conocerían. Ahora sentía modorra y miraba las ondulaciones verdes del campo. Aunque eran olas fijas muy grandes, algunos instantes yo había creído ver –mientras cerraba y abría los ojos con el movimiento de la volanta– que las olas se movían. Después vi nadar, a lo lejos, una iglesia y un montón de casas sucias y mi padre me dijo que aquél era el pueblo donde yo me quedaría hasta que él volviera a buscarme. Entonces yo le pregunté: “¿De qué color es la casa?”. Y él me contestó: “Creo que rosada”. Cuando llegamos me encontré con que la casa era distinta a como yo me la imaginaba.

Estaba en una esquina y nosotros bajamos en la calle del costado.

Entramos a un escritorio. Nos abrió una mamá joven con toda la cabeza blanca; y en seguida empezaron a llegar un montón de chiquilines. Después vinieron dos muchachos grandes y se los llevaron.

La mujer de cabeza blanca me miró de costado y me dijo: “Me parece que tienes hambre”, pero no se rió ninguna vez. Pasamos a un comedor con una mesa larguísima y allí me sirvieron café con leche, pan casero y un pedazo de dulce de membrillo como una lengua cuadrada.

Mi padre y la señora hablaban de todo. La señora me había dado el café con leche porque yo era hijo de mi padre: pero no pensaría en mi nombre. Bastante antipático le parecería si conocía al otro, el de los bigotes. De pronto vi aparecer en la puerta que quedaba frente a la otra punta de la mesa a una chiquilla gorda que venía caminando para atrás con una espiga en la mano; y en seguida llegó una gran vaca negra sin cuernos; apenas puso las dos patas de adelante entre el comedor, la señora se levantó y a mí se me cayó el café con leche; la señora y mi padre sacaron la vaca y mi café con leche empezó a correr por el piso como una víbora y se fue a meter debajo del zócalo. A la chiquilina gorda la hincaron al costado de una cama que se veía en otro cuarto y a mí me dieron otro café con leche y más dulce; me lo trajo una muchacha grande que se reía y era linda. Al rato vino el dueño de casa y mi padre le dijo: “¿Cómo le va alcalde?”. Entonces la chiquilina gorda empezó a llorar a gritos. Yo le pregunté a la muchacha linda:

–¿Por qué llora?

Y ella haciéndome señas de palmadas con la mano, me contestó:

–Porque si el padre la encuentra hincada...

Después entró un chiquilín que había estado desensillando el charret del padre; parecía menor que yo y me dio vergüenza cuando se acercó a mí y me dijo despacito:

–¿Sabés pelear?

Yo no dije nada. Nos mandaron a jugar a un jardín que había dentro de la casa y apenas llegamos él se puso en posición de box con los puños cerrados. Entonces yo le dije:

–Si me pegás te doy una patada.

Él se acercó; yo le tiré un puntapié; él se retiró para atrás, cayó sentado cerca de una ensaladera llena de agua; cuando se fue a levantar se apoyó en el borde y se echó el agua encima. Empezó a llorar y a llamar al padre. Vinieron todos y el chiquilín les dijo que yo lo había empujado. Entonces yo empecé a explicar:

–Señor alcalde...

Y como tardé en hablar los mayores se empezaron a reír –menos la señora– y todos se volvieron para adentro. Entonces el chiquilín me dijo:

–¿Sabés tirar el trompo?

Estaba oscuro, fuimos al comedor y empezamos a llenar de puazos las tablas del piso. Entonces vino el alcalde y con su mano grande, que tenía un anillo, le dio palmadas fuertes al hijo. Eran muchas, y al compás de las palmadas le decía:

–Ya - te - he - di - cho, que no quie - ro que jue - gues al trom - po en el co - me - dor.

Yo sentí la voz de mi padre en el escritorio y me fui corriendo para allí.

La casa amarilla

Tal vez fuera en las primeras tardes de un verano de mi adolescencia, cuando yo iba por una calle de tierra buscando una casa donde me alquilarían una pieza. Vi las hojas de los árboles cargadas con el polvo que levantaban los autos y pensé que se mancharía la carta que llevaba en mis manos transpiradas. Entonces la guardé; pero a cada instante quería recordar el número de la dirección y la volvía a sacar. Eso no me dejaba ser feliz, ya que el verano, en aquella calle, era como un presentimiento dichoso. De pronto reconocí aquel lugar: había pasado antes por él viniendo desde otro lado. Pero esa vez la calle tenía otra expresión. Y después, mientras viví en aquel barrio, se me fue formando una impresión diferente a las anteriores. Además, todo lo que ocurrió en aquel tiempo me predispuso a mirar los árboles pasando la vista sobre ellos como el que no quiere hacer nuevas relaciones; o miraba a uno por uno con atención disimulada. Ellos tenían tranquilidad de profetas y parecían despreocupados de los hombres.

La casa era de dos pisos y estaba pintada de amarillo; y las persianas, anchas y desvencijadas, recién embetunadas de verde. Al acercarme a mirar el número, sucio de cal, una muchacha de lentes miraba un camino de hormigas que ondulaba cerca de una rajadura del muro. A pesar de estar muy próximo a ella y de preguntarle por la dueña de casa ella seguía mirando una hormiga que parecía llevar un gran sombrero verde. La muchacha arrugaba los ojos detrás de vidrios muy gruesos y cerca de la garganta una de sus manos apretaba fuertemente a la otra. Al fin, cuando giró los lentes hacia mí, le mostré la carta y ella empezó a recorrer las letras como si fueran otro camino de hormigas. Entonces dijo:

–Sí, es mi tía.

No me dijo que la llamaría y puso de nuevo los cristales sobre el camino de hormigas; pero pronto los volvió hacia mi lado y señalando la vereda de enfrente, siempre con las manos juntas, separó un dedo del montón para decirme:

–Aquella mancha rosada es un ramo de flores, ¿no?

–Sí –le contesté.

–¿Lo trae un chiquilín o un hombre con una bicicleta?

–Un mozo con una bicicleta.

Ella separó las manos y se dispuso a cruzar la calle. Pero en ese instante la mancha rosada se dirigía hacia el interior de la casa y el mozo montó en bicicleta. La muchacha abrió la boca; sus ojos intentaron seguir al mensajero pero lo miraban como si él se hubiera perdido entre las nubes. Después ella giró su cuerpo, con la cabeza baja, como un animal a quien se le ha cortado la retirada. Yo seguí sus pasos; los hacía con unos zapatos marrones de tacos bajos y medias negras que se perdían entre las tablas de una pollera azul desteñida. En seguida del zaguán, muy ancho, venía un patio descubierto con dos árboles: uno era un plátano y de entre las hojas de su gran copa colgaba una fiambrera rodeada de moscas. La muchacha y yo subimos una escalera mirando hacia la puerta del primer piso, ocupada por una mujer inesperadamente inmensa. Por un instante tuvimos el silencio de dos seres humildes que ascendieran hacia una diosa. Desde arriba bajó una voz pesada:

–¿Viene para alquilar la pieza?

“Sí”, dije yo; “Trae una carta”, dijo la sobrina; “Esperen”, contestó la voz pesada, “voy a buscar la llave”. La mujer inmensa salió del hueco de la puerta y la escalera se llenó de una luz que venía del interior.

Pre-original de Tierras de la memoria

I

Una noche, cuando tenía catorce años, trepé salteados los escalones que se amontonaban desesperadamente hasta llegar al paraíso del teatro. Oiría por primera vez a un pianista célebre. Pensaba en el “esfuerzo” que me costaba subir la escalera y lo que encontraría al “llegar” arriba, se me ocurrió la palabra “cumbre” al imaginarme el paraíso. Y era porque los maestros de piano, las mamás de los alumnos y los periodistas que elogiaban a los célebres no tenían otro lugar común que “el esfuerzo para llegar a la cumbre del arte”.

Si es cierto que en la “cumbre” ya me esperaba el sonido de un piano, también me esperaban el chistido por “las patadas de ese que sube” y una voz más fuerte que gritó “animal”.

Me quedé paralizado y me recogí con una timidez bastante apretada. Tardé mucho en asomarme a la penumbra de la sala. Pero en seguida proyecté toda el alma hacia el escenario iluminado. En aquel recuerdo –para siempre– había una cabeza color naranja que se inclinaba tanto sobre el gran piano que parecía que ya la iba a meter entre la caja; unas manos que se levantaban hacia el techo para caer contra el teclado; unas colas de frac que se debatían en la banqueta mientras el concertista saltaba en el asiento casi hasta pararse; y también aprovechó a entrar en el recuerdo un eterno decorado de sala con dorados sobre rojo.

Miré a mi alrededor riéndome de la extravagancia del que estaba allá abajo; pero en toda la sala había una seriedad expectante con algo de locura quieta que me obligó a recogerme de nuevo.

Terminó el primer movimiento de la sonata de Beethoven. El público se desencadenó. Bajo la cabeza naranja que esta vez se inclinaba hacia el público se veían colgar los brazos que sostenían unas manos muy grandes, y más abajo los zapatos de charol muy juntitos. En seguida colocó las manos para empezar el “scherzo” y tuvo unos instantes en actitud de esperar algo. Yo no sabía bien si aquella actitud era para esperar el silencio del público o una concentración del pianista esperando la llegada de las musas. Sin embargo siempre he pensado que los momentos siguientes fueron los que decidieron mi vocación.

Desde la altura y el lugar en que me hallaba, veía los movimientos de las manos coordinadas con los sonidos. Esto me sedujo en los primeros instantes: veía sembrar notas picadas y sentía su consecuencia sonora: una escala como un camino con cerco de postes pasado a toda velocidad; las manos retardaban el movimiento y se detenían contra una nota agradablemente extraña; el camino recomenzaba y tomaba otra dirección; el ritmo se interrumpía para reanudarse y de pronto se estaba en los caminos del principio; pero aquello tenía gracia y la gracia era intencionada.

¡Qué lindo si yo lo pudiera hacer! No parecía realmente que él lo hiciera allí, ya se lo traía hecho, no tenía más que desenvolver y desarrollar aquel juguete de tan maravillosos resortes. Él tenía como cierta independencia con el juguete y se permitía proceder como el que sabe que lo observan mientras hace algo. No era como los que iban al conservatorio y tocaban seriamente; éste no vendría de un conservatorio, venía de la calle y quién sabe de qué lugares. Valía la pena gastarse la vida entera en conseguir aquello; él inspiraba facilidad al hacerlo y uno lo interpretaba como facilidad para conseguirlo. ¿Yo no podría también traer en mis manos, viniendo de la vida, un objeto sonoro y soltarlo apasionadamente por todos los lugares del teclado? Parecía que él adaptaba el objeto sonoro a ese instante en que vivía con el público. Él hipnotizaba al público pero a su vez el público lo hipnotizaba a él y todos crecíamos en la más loca excitación.

Estos recuerdos me habían quedado singularmente nítidos. Los repasaba ahora sentado en el vagón de un tren que pronto partiría para la ciudad de X. Había empezado por recordar la lucha –intensa, desigual, desorganizada– persiguiendo la realización de mis ideales pianísticos. Antes de aquel concierto oído a los catorce años, esos ideales habían sido vagos, imprecisos, pero después se habían hecho tan concretos como un juramento, y a ese juramento habían concurrido fuerzas de todos los ámbitos íntimos.

Tal vez si hubiera seguido recordando aquella época, hubiera descubierto entre las causas de mi vocación, otras que no eran solamente el placer artístico, la emoción vivida por la voluntad tan vital y misteriosa de aquel extravagante artista; ni el deseo de imitar –ese deseo que tan fuerte suele ser en un muchacho de catorce años– lo que tanto me seducía. Tal vez hubiera encontrado otras causas que entraron muy escondidas pero con tanta o mayor fuerza que las primeras, e hicieron más definitiva mi decisión: se trata de ciertos pequeños éxitos y sus consecuencias. Entre estas consecuencias no entraba solamente el placer de vanidad: esas consecuencias de los pequeños éxitos se ligaban con la más honda, tal vez, de las causas que me inclinaban sobre el piano: esos pequeños éxitos a su vez inclinaban sobre mí, significativas manifestaciones femeninas. Y esta causa aun se ligaba con otra: yo era muy tímido y el piano me dispensaba de buscar aquellas “manifestaciones” con los medios comunes: “ellas” se acercaban al piano y yo miraba fijo el teclado.

Pero no llegué a pensar en esto porque fui interrumpido.

Aquellos recuerdos –¡cómo me cuesta desprenderme de ellos!– habían surgido, sin duda, por ser opuestos a la realidad en que tendría que sumergirme ahora. Yo trataba de defenderme, de evitar la amarga realidad presente, con el placer de aquellos recuerdos. Ya me había ocurrido eso otras veces, porque mientras luchaba por aquel ideal de adolescente, había tenido que disfrazar ese ideal con otro opuesto: la mala música, la única que me salvaba de la vergonzosa miseria. Por eso iba ahora a la ciudad de X.

II

El hombre que me interrumpió era más bien joven; más bien “cebado” que gordo; lento, pesado, al apoyarse sobre una pierna levantaba la otra con el cuerpo. Tenía la cara rellenita de un nene bueno.

En tono de arrabal:

–¿Usted es el pianista que va pa X?

–Sí señor.

–Je, lo saqué por la “pinta”.

Me desconcertó. Y cuando ya le iba a preguntar quién era:

–Yo soy el “bandolión”.

–¡Ah! Bueno... ¿usted conoce al “violín”?

–No.

El “violín” –se acostumbraba llamar al profesional por el instrumento que toca– estaba radicado en la ciudad de X. De allá pidió una orquesta a la “Asociación de Pianistas”, y de ésta me avisaron a mí.

El “bandoneón”, inconmensurablemente, me explicó cómo la Asociación lo mandó llamar: historia de intermediarios: “Sabe, aquel que tocaba en... primo de aquel otro que... entonces me dijo... y yo le dije...”.

Entre el chaleco y el pantalón, a manera de salvavidas, le salía la camisa.

Aquel hombre, nacido sin duda para el mínimo esfuerzo, se esforzaba por contarme cosas inútiles. Muchas veces escuché hombres así, adaptándome a su manera de ser; pensaba en el deber de camarada y en el respeto hacia el espíritu humano.

Estaba muy triste pero escuchaba al “bandoneón”. Y de pronto sentí:

–¿Dónde vas?

¡Mi gran amigo Carlos Martín, era el de la sorpresa! Dejó la ventanilla y fue a subir porque el tren ya se ponía en marcha.

–¿Qué decís? Yo voy a la ciudad de X a mi trabajo de orquesta. Este señor es el “bandoneón”.

–Ah, muy bien. –Y después de una corta mirada al aludido–: ¿Vamos al restaurante? Tengo que hablarte.

–Todavía no abren.

–No importa, vení.

–Ya vengo, le dije al “bandoneón”.

Mientras cruzábamos la plataforma:

–Pero ¿de dónde sacaste ese buey cansado?

–Yo qué sé; me lo mandaron de la Asociación. ¿Y vos dónde vas?

–A Z.

–¿Tenés parientes... o vas a dar un concierto?

–Ya te explicaré. (Nos sentamos en un lugar a propósito.) ¿Así que te vas a tocar en una orquesta a X? ¿Por cuánto tiempo?

–Tres meses.

–¿A un cine?

–No, a un café.

–Mejor, se toca menos. ¿Te pagan bien?

–Noventa pesos.

–Bueno.

Cartas a los muertos

Mi querido poeta:

He sabido que Ud. va a publicar un nuevo libro. Y me apresuro a advertirle que Ud. no puede hacer eso. La razón que, en mi responsabilidad de médico, me asiste para hacerle esta advertencia, es muy sencilla. Sin embargo, yo sé que Ud. –como todos los que se encuentran en su caso– se obstinará en no quererla comprender. Pero debe saber una vez por todas, que hace ya bastante tiempo que Ud. ha muerto. No cometeré la superficialidad de presentarle mis condolencias. Además yo trato a mis muertos no sólo con cariño, sino también con franqueza; su muerte me trajo sentimientos muy particulares. Como ciudadano casi puedo afirmarle que mis sentimientos fueron poco menos que indiferentes. En mí crecen otros sentimientos que ahogan a los del ciudadano. Y no vaya a creer por esto que voy contra la humanidad.

Al contrario, pretendo otra cosa. Y aun en el caso de que la humanidad me fuera completamente indiferente, no sería imposible que mi pasión por la ciencia y por el conocimiento tuviera para los hombres consecuencias de un gran bien. Precisamente mi pasión por el conocimiento me llevó a estudiar a los poetas y a aprovechar de ellos los conocimientos que quedaron atrapados en sus poesías. Como gustador de poetas, me apresuro a decirle, que es como más lamento su muerte.

Pero no exageremos demasiado; si por un lado pierdo los poemas que Ud. hubiera hecho si realmente viviera, por otro lado empiezo a gozar el sabor, más concentrado y misterioso, que uno encuentra en las poesías de un autor al cual uno ya no puede darle la mano como a un ser realmente vivo.

Como médico tengo mucho más que decirle. Primero tuve el sentimiento de sorpresa que me producen ciertas maneras de la muerte; después casi tuve con Ud. el sentimiento de un absoluto fracaso en cuanto a poderlo salvar. Y por fin su muerte me trajo la gran alegría de poderlo salvar casi completamente. Y esto es un gran triunfo para mí.

Si hubo otros colegas que después de una muerte pudieron hacer marchar un corazón; o aprovechar un ojo o cualquier otra parte del cuerpo de un muerto para recomponer un vivo, yo, mi querido poeta, no sólo hago marchar a un muerto sino que casi casi está vivo del todo.

Lo único que no puedo recomponer, óigalo bien, es su facultad de creación. Precisamente por estar seguro de que ahora Ud. carece de ella, es que lo doy por muerto. Y no crea que no siento este fracaso; aún más, me consideraría más satisfecho si hubiera podido matar, en un vivo artificial, algo que al morir quedó demasiado vivo en él: la vanidad de creerse un vivo natural; es decir, su capacidad de creación. Esa vanidad es la gran sobreviviente del hombre.

Y ahora lo ataco de frente. De esa vanidad tiene Ud. que cuidarse.

En caso contrario, andará Ud. como un viejo que pretende tener una aventura. Si sigue Ud. con la pretensión de querer hacer nuevos poemas será el peor plagiario de sí mismo, arrojará una luz falsa sobre su poesía anterior y la desprestigiará. En cambio, piense en la satisfacción que dará a todos sus admiradores si les deja la ilusión de estrechar la mano que escribió aquellos poemas, un poco antes de que esa mano se seque del todo. Piense en la satisfacción que será para Ud. sobrevivir para recoger los halagos que merece. Si Ud. no se estropea con una ambición fuera de lugar, verá cómo se desarrollará la sensibilidad del triunfo; recuerde que esa sensibilidad nunca fue amplia; porque cuan-do Ud. era joven, si bien deseaba el triunfo, también tenía inquietudes que lo inhibieron en muchos instantes. Y aún más, ahora, sin esa auténtica inquietud, tiene Ud. también un estado físico más completo para recibir el triunfo; ahora Ud. podrá desarrollar más lo que yo llamo “sensibilidad de banquetes”: Ud. no sólo podrá comer más y gozar más rato de sus comidas, sino también estropear menos sus digestiones.

Y por último quiero prevenirlo contra los discursos en los banquetes; ni los improvise, ni los escriba. Diga que como está emocionado prefiere recitar un poema de antes. Y después de ellos quédese Ud. en silencio y verá todo lo que ponen ellos; será precisamente lo que le falta a Ud.: vida, amplia y misteriosa vida.

Hoy estoy inventando algo que todavía no sé lo que es...

Anotaciones

Yo estaba sentado a una mesa de mármol y bebía a pequeños sorbos unos versos de Supervielle. Las palabras se me venían a los labios y yo hacía movimientos imperceptibles.

Después, con el libro todavía abierto, me puse a pensar en él.


Oía un gran viento parecido a conversaciones ruidosas.


Significados que se renuevan.

Si se cumplieran las cosas morirían.

Si no se cumplen, viven.

Yo no sé por qué la tierra, como un negativo oscuro del agua, me da un misterio tan agradable.

Yo me sentía influido, encantado por ella. Por eso yo la iba sintiendo como ella sentía las cosas. Tal vez, como ella dijo de mis cuentos yo sentía algo parecido.


Alergia a un poco de polvo que se levantara y cierto resfrío al corazón: cualquier cuento sentimental lo hacía llorar.


La angustia (de lo que el hombre quiere saber, de lo que no se puede explicar, de su drama con la vida, de su soledad, de su misticismo, de lo inaprehensible que hay en él mismo, incluso su grandeza, su miseria y su alternancia con los estados contradictorios que descubre en sí) desborda al hombre y éste la deposita, ciegamente, en vasos ya preparados de la primera religión que encuentra, que lo acerca a los otros, a lo desconocido que piensa fuera de él, que le interesa pensando que está fuera de él.

La falta de respeto al vaso le parece falta de respeto a su drama, a todo lo que él siente por sí mismo.

Por agarrarme de algo...

Por agarrarme de algo, o para empezar a escribir, diré que no se me ocurre nada, o más bien dicho lo escribiré. Sin embargo quiero escribir.

Es un deseo tranquilo, profundo, pero que no encuentra cómo realizarse. Voy a repasar un poco lo que sé sobre el asunto. No hay cosa que me haya parecido tan mal como los que simplemente “quieren” escribir por vanidad, porque han logrado engañarse creyendo que deben hacerlo porque tienen condiciones, porque lo sienten, porque quieren hacerlo sólo para ellos mismos sin descartar la esperanza de que puede resultar para los demás porque les gusta suponerse, verse escritores, según modelos que han visto...

Aquí tendría que describir prolijamente casos generales; veo el error de decir generales porque aun en el error todos son casos particulares, etc., etc. Ahora veo que por este camino voy mal.

Tampoco puedo referirme a la insistencia en querer escribir. Si alguien ha dicho que el genio es la voluntad extremada, y puede tener razón en algún sentido, yo he visto insistir a personas aparentemente sanas en todo lo demás, insistir con una terquedad enfermiza o misteriosa, en escribir sin querer darse cuenta de que nadie los anima... (no, esto está mal, ellos se creen animados por otros, o extraen el ánimo de mil maneras increíbles, etc., etc.).

Debo tomar otro camino. Debo volver a mí. Yo me he visto animado, muchas veces, por opiniones de prestigio universal (¡qué vergüenza decir esto!; pero no importa, sigamos). Yo puedo haber escrito antes algo de interés, por gustarme sentir que soy escritor sin saber retirarme a tiempo, y extrayendo ánimo quién sabe de qué cosa...

Todavía no encuentro un camino para explicarme lo que me pasa.

He rechazado definitivamente dedicarme a escribir en forma crítica, puramente consciente, porque me horrorizan los que veo en ese estado.

Otro camino ha sido ponerse a escribir, simplemente como hacen los franceses, y realmente a veces me ha resultado; pero ahora tampoco quiero eso.

Voy a recordar otras maneras simples de tomar el problema.

Yo podría escribir sobre algo que recuerdo, pero nada de ello me parece interesante, si bien es cierto que al ponerme a escribir, según el consejo francés, ha resultado otras veces interesante lo que al principio no me lo parecía. También recuerdo cómo me ha entusiasmado, de pronto, algo que me parecía interesante y he escrito muchas cosas porque otra persona me ha dicho que es interesante.

Otro camino: la crítica, tal vez la hipertrofia de ella, me debe haber inhibido de escribir, porque nada me parece bastante interesante como para “largarme” a trabajar, a arriesgar tiempo sobre ella.

¿No tendría además concepto de impotencia, de miedo de que no me saliera algo muy interesante y ante semejante lucha me retraje y busqué otros placeres?

Encontré el de estudiar inglés y no sentí una angustia que me llevara a escribir, o si intentaba escribir y no lo conseguía, era porque no lo buscaba con bastante desesperación, pues me esperaba el placer de estudiar inglés.

Otro camino (de explicación, se entiende).

Odiaba al mundo, no me iba bien; pero mi angustia no buscaba salida en el escribir; ya sea por la calidad de angustia o por una cantidad de circunstancias combinadas que desconozco. Ahora estoy en otra circunstancia. Una mujer (lo más irreal y difícil de describir) ha encontrado la manera de que yo pueda tener otras angustias, las que sean productivas, o para decirlo mejor, yo puedo tener una angustia que sea mía y hasta una angustia que me guste tener. Creo firmemente que no es el caso de que por el hecho que ahora me vaya bien no voy a hacer nada (y si así fuera no me importaría), vamos a una prueba mejor.

Ya hace un rato que estoy sentado...

Ya hace un rato que estoy sentado en el café “La Forza del Destino”. Pero todavía me queda mucho tiempo libre. Después tendré que ir al empleo. Entre algunas de las personas antipáticas que hay allí, hay una que es la angustia de mi vida: es cobarde, mal adaptada, hace sonrisas y chistes para llenar el tiempo que está con los otros. Su gran miedo de que lo despidan se debe, dice él, a la casi insalvable dificultad de conseguir otro empleo. Esa persona, que me da tanta vergüenza de vivir, es la que se produce en mí a medida que me voy acercando a la puerta de ese maldito lugar.

Ahora, en el café “La Forza del Destino”, sentía un gran bienestar.

Pero no creo que sólo se debiera al tiempo libre, sino a que encontré una manera de apoyar un pie en un escalón que hay al costado de mi silla. Eso me da un placer físico desacostumbrado y me predispone a tolerar las personas, el lugar, la calle y las casas con su fealdad tan variada. Hace unos instantes vi venir un caballo blanco trayendo una gran jardinera de verdulero, muy cargada y pensé: “Esto es lo único humano que he visto hoy”. El caballo levantaba mucho sus patas blancas al trotar. Los pedazos cuadrados de cuero negro que llevaba al costado de los ojos le daban como una seriedad consciente del vigor de sus patas: parecían lentes para no ver otras cosas que las que convenían a su destino.

(Esta palabra se me debe haber acercado, para que la usara, de un cartel donde está el nombre del café; lo mismo que el lustrador: me cargosea tanto que a veces le digo que sí, sin querer.) Yo quisiera tener esos cueros que tenía el caballo al costado de los ojos; vería menos gente y menos casas y automóviles. Además él trota con vigor; da una impresión optimista, parece que cumple un destino (otra vez la palabra), un destino muy suyo y muy seguro a pesar de que lo mandan, de que le pegan para que trote y a pesar de que ignora que lo hacen andar cuando se encienden las luces verdes. Tal vez piense que va hacia e lugar que le dan comida. ¡Oh! Eso mismo me pasa a mí: a veces estando en el empleo y faltando poco para la salida, pienso que iré a mi casa y comeré mucho y con bastante vino.

X sacó del bolsillo unos lentes

X sacó del bolsillo unos lentes cuyos cristales, aparentemente gruesos, eran recipientes en los cuales ponía líquidos. Veía a través de ellos.

Descubrió en una iglesia que dos personas sentadas en lugares distintos, hombre y mujer, emanaban cierto vapor (como el del asfalto en verano).

Después de mucho tiempo descubrió que esto ocurría cuando coincidieran en pensar el uno en el otro. X se acerca a la persona y mira encima de su cabeza. Esa evaporación o especie de fuego fatuo se descubre con el líquido. Hay líquidos que equivalen a un vidrio de aumento, simplemente. Pero otros dan cualidades diferentes a las percibidas por simple aumento. Ese fuego fatuo sólo se da en el instante de coincidencia de pensamientos en cierta etapa de ciertos enamorados.

Antes yo le pregunté si era corto de vista. Me dijo que no, que lo que pasaba era que sus lentes contenían un líquido con el que experimentaba muchas maneras de ver a las personas.

Tema en octavas diferentes

Estoy en un café durante muchas horas. En frente hay un cine. Él recibe mucha gente que entra con disimulo, de a pocas personas por vez; pero cada dos horas las escupe furiosamente, todas al mismo tiempo.

Al lado del teléfono había un hombre inmenso, cuadrado, de pie, esperando turno; tenía una cabeza pequeñísima, peinada con gomina.

De pronto se acercó a nosotros; y este amigo mío, se asustó horriblemente. El hombre fue para otro lado, aburrido de esperar el turno del teléfono. Mi amigo me explicó que había estado mirando a través de sus gruesos cristales un ropero con una fotografía encima, y que de pronto el ropero se había puesto a caminar y se nos venía encima. Entonces me habló de cómo eran sus lentes.

Pasó un cura con una luz extraña...

Pasó un cura con una luz extraña sobre un lado de la frente. Pero no tuve tiempo de imaginarme nada extraordinario porque en seguida me di cuenta que le venía de un agujero del ala de la galera.

Una vez, en los suburbios de una pequeña ciudad argentina, tuve una extrañeza [llena de un encanto nuevo]: vi en un terreno de árboles bajos y entre casas pobres, unos caballos negros que relucían como en un sueño y no tenían nada que ver con lo que los rodeaba. Después de esos instantes de encantamiento, seguí caminando y vi, entre un galpón, un pequeño carro fúnebre de cruces torcidas. La idea de los caballos milagrosos perdió algo de encanto al saber por qué estaban allí. Al lado del galpón había una casita y debajo de un corredor había dos niños tomando algo en unas grandes tazas y riendo a cada momento.

Tal vez el padre los mantenía con los viajes de los muertos. Entonces pensé en mucha de la inocencia del mundo: eran inocentes los caballos, el carrito fúnebre, los niños, el padre llevando los muertos, los muertos, los que acompañaban a los muertos... Y yo también era bastante inocente mientras pensaba esto.

Hoy estoy de buen humor. Y los árboles también: viene un poco de viento, y grupos de hojas se mueven en sentidos diferentes; las hojas se rozan alegremente y en formas también diferentes; de pronto se vuelven a quedar quietas y de pronto vuelven a moverse en formas diferentes.

Estaba entretenido en observar la variedad; pero es enternecedor (puse enternecedor porque no encontraba otra palabra cerca) la variedad de cuerpos y de caras de muchachas lindas. A veces pienso en muchos sentidos y en muchas cosas diversas del mundo y siento más miedo que ante un abismo.

¿Qué ideas, qué hechos y qué cosas ocurrirán hoy? ¿Qué elegiré o me será dado hoy de la inmensa variedad? Más vale que vuelva a mirar al árbol. No, no pude seguir mirándolo. Sin querer volví a mirar a las muchachas.

Notas de viaje

Río de Janeiro. (Escrito en octubre 10) [1946]

Entramos de noche. Algunas luces se descubrían en filas bien alineadas; pero otras aparecían como collares raleados, o como granos de luz sembrados caprichosamente, como dentaduras fantásticas. Y delante de ellas, aparecían de pronto, como alguien que se pone delante de las candilejas, formas oscuras de cerros monstruosos como grandes lobos de mar que levantaran su cabeza y cuello de cúpula oscura, o como animales antediluvianos echados en la bahía y medio cubiertos por las aguas. Era la más imprevisible forma de la imaginación, pero expuesta con la concreción de una naturaleza que no medita, con egoísmo animal alucinante; dominando sin conciencia; con esa seguridad e indiferencia que creemos ver en los destinos. Esto ocurría en la noche del 8. El 9 amaneció nublado. Los grises hacían aparecer el paisaje sucio, pero de cualquier modo sorprendente. Fuimos recorriendo la bahía hasta el lugar asignado. Al borde del muelle se acercaban gentes como insectos; eran más bien pequeños y oscuros; también había negros –siempre muchos negros–; uno tenía un sombrero de paja de color rosado; otro tenía un gorro negro de jockey con la visera doblada para arriba; pero todo eso tenía cierta delicadeza artificial comparado con los labios, que eran como pedazos desbordados de intestino.

Cuando vino más gente –lloviznaba–, los paraguas parecían flores negras, artificiales y sucias. Por encima de todo, estaba el gran paisaje, no muy lindo a esa hora. Al mismo tiempo se veían rascacielos y entre ellos cerros abruptos con casas viejas con calles de tierra y árboles y arbustos al azar. En otros cerros las casas estaban amontonadas como gentes pobres con colores desteñidos.

Antes de bajar del buque nos revisó los pasaportes un brasileño pequeño, nervioso, negruzco y arrugado que fue sensible a mi pasaporte especial. Después de bajar caminamos por una calle del muelle con vías, vagones de ferrocarril y barro negro y aceitado. Íbamos siete muchachos; subimos a un tranvía muy sucio de asientos como bancos a todo lo ancho, a los cuales se subía por estribos colocados a todo lo largo en la parte de afuera. El guarda –chico, negro, de cara deshecha– cobraba los pasajes sin dar boletos; a cada pasajero cobrado daba un tirón de una correa y movía un mecanismo que tocaba un timbre y marcaba en una especie de reloj que había al frente de todos los pasajeros el número de pasajes cobrados, que se iban marcando en números que había en el reloj. Para nosotros tiró siete veces de la correa, se fueron produciendo siete timbrazos y alcanzamos a sumar cuarenta y dos pasajes –con los ya cobrados anteriormente. Todo el público podía mirar y darse cuenta si el guarda no marcaba todos los pasajes vendidos; pero creo que nadie ponía atención. Para las paradas había otra correa y sonaba otro timbre.

Los espejos

Desde enero hasta los primeros días de noviembre yo no me había encontrado con grandes espejos. Pero en París me llevaron a un hotel que tenía una palmera en el hall; y detrás de ella había láminas de espejos que subían las escaleras al compás de los escalones. Las imágenes se confundían y yo no sabía dónde dirigirme; y en un instante en que me dejaron solo no estaba seguro de que no hubiera alguien escondido entre los reflejos. En mi pieza encontré dos espejos grandes y como la habitación que aparecía en ellos era más linda yo miraba la de los espejos. Estaría cansada de representar, durante muchos años, aquel ambiente chino. Ya no era agresivo el rojo del empapelado y según el espejo parecía el fondo de un lago color ladrillo, donde hubieran sumergido puentes con cerezos. Allí todas las cosas habían envejecido juntas y eran amigas. Pero las ventanas parecían más jóvenes y miraban hacia afuera. Además de ser mellizas se vestían igual; tenían pegado al vidrio cortinas de puntilla; y recogidos a los lados cortinados de terciopelo.

Diario del sinvergüenza

Una noche el autor de este trabajo descubre que su cuerpo, al cual llama “el sinvergüenza”, no es de él; que su cabeza, a quien llama “ella”, lleva, además, una vida aparte: casi siempre está llena de pensamientos ajenos y suele entenderse con el sinvergüenza y con cualquiera.

Desde entonces el autor busca su verdadero yo [y escribe sus aventuras.

F. H.

Nota: el autor persigue su yo todos los días; pero sólo escribe algunos; éstos se distinguen por números y no por fechas. La forma es de diario.]

Día 1

Cuando era niño vi a un enfermo al que le mostraban su propia mano y decía que era de otro.

Hace algunos meses descubrí que yo tenía esa enfermedad desde hacía muchos años. Tal vez habría empezado en aquella noche de mi niñez en que después de apagada la luz veía andar sola la mano de aquel hombre enfermo y escondía las mías entre las cobijas. Después escondía la cabeza; pero seguía pensando que a la mañana siguiente aquella mano podía tomar las mías descuidadas, del pequeño patio de teclas blancas y negras del piano de Celina. Y creo que fue otra noche que empecé a sentir soledad, en mis manos. Le pedí a mi madre que encendiera la luz para arreglarme las cobijas y aproveché a mirarme las manos: las vi como si nunca las hubiera mirado, las encontré extrañas y tenía pena de que no fueran mías. Y todavía mi madre me dijo: “Parecen las manos de un cavador; nunca te las lavas antes de acostarte”.

No sé cuándo olvidé la mano del enfermo; pero ella, escondida entre otros recuerdos, debe haber trabajado en mis sueños, en mis juegos y debe haber engañado mis manos, las debe haber llevado, de la mano, quién sabe a dónde o a quién y debe haber traído estas otras.

Pero aquella mano no se detuvo nunca; y en la noche de hace pocos meses sentí todo mi cuerpo como si fuera de otro. Y después algo peor; descubrí que mi cuerpo ya había sido ajeno desde hacía muchos años.

Él había estado pensando y escribiendo en mi nombre y ahora hasta mi propio nombre tiene otro sentido y parece de él, de este cuerpo con el que fui teniendo tan larga complicidad y al que he terminado por llamarle “el sinvergüenza”.

Cuando yo era niño no ponía mucha atención en mi cuerpo. Es que lo miraba con cierta indiferencia, pero a veces casi me hacía gracia y sentía por él esa pena que se tiene por algún predestinado a una enfermedad incurable. Muchas veces trataba de que esquivara pellizcones, de que huyera de las palizas y lo acompañaba en los rincones de penitencias. Él se entretenía en cerrar los ojos, tirar un alfiler y buscarlo a tientas; o en acercar los ojos, muy abiertos, al piso y a las paredes para ver bien las cosas muy pequeñas.

Pero ahora no quiero entregarme a los recuerdos. Tengo otras cosas importantes que descubrir. Sin embargo hoy tampoco puedo pensar.

Mañana, me levantaré temprano y empezaré a buscar mi yo, mi verdadero yo; quiero saber dónde y cómo vive en este misterioso continente, en este cuerpo, en este sinvergüenza.

Día 2

A pesar de haberme prometido buscar mi yo a la mañana siguiente lo empecé a perseguir esa misma noche. Y no sólo dentro de mi cuerpo sino también dentro del sótano donde vivo. Hay que pasar por una puerta chica como la de cubierta de algunos barcos; se bajan unos escalones y las piezas, de techos bajos cruzados por caños, también hacen pensar en un vapor. Y si en la mañana me despierta la máquina de lavar la ropa, la ilusión de soledad en alta mar es completa.

Esa noche, para no despertar a mi señora, tuve que tantear con cuidado el camino a mi cama y hacer contorsiones y fuerza para sacar obstáculos. Pero de pronto, en la poca luz, tuve una sorpresa. En el instante de descubrir que mi señora no estaba, la cama de ella, muy bien tendida con su almohadón inclinado, me dio la impresión de que la propia cama, acostada en sí misma, estaba inocentemente dormida.

Y fue en ese momento, al ver redondeados los bordes de las cobijas con algo de ternura, que me asaltó el sentimiento angustioso de estar solo con mi cuerpo, de tenerlo que revisar como a un mal compañero y recriminarle su impostura.

Encendí una pequeña luz, debajo de la cama. Está allí para no despertar a mi mujer cuando el sinvergüenza quiere levantarse en medio de la noche. Ahora en el momento de ponerlo de pie, casi en la oscuridad –la luz, como una candileja, sólo iluminaba los zapatos–, me di cuenta de que él estaba prevenido y nervioso como un bandido que presiente la policía. Estoy seguro de que caminaba de un lado para otro sin motivo; yo alcancé a verle las rodilleras del pantalón y tenía cierta expresión de desfachatez. Después, mientras yo estaba distraído, encendió la luz de una portátil encima de una mesa, fue al fondo de la pieza y echó mano a una botella de vino puro que había traído mi señora. Entonces –esta vez supongo que fui yo–, lo obligué a sentarse a una mesa con intención de interrogarlo.

En primer término ¿quién lo enteró de mis propósitos? Él había demorado la boca en el vino y ocurrió lo de muchas veces: llegó mi señora a punto de salvarlo y con esa extraña relación que ella tiene con él por encima, o aparte de mi yo, y que yo nunca sé bien cómo es.

¿Pero quién le avisó, al mismo tiempo, a ella también? Creo haberlo descubierto esa misma noche.

Esa mañana, apenas mi señora subió a “cubierta”, y yo me quedé solo con mi cuerpo, me encontré comprometido, con él, como con un compañero, en un largo viaje, al que tuviera que revisarle los bolsillos y recriminarle algo.

Esa primera mañana me pareció que él era inocente, que yo lo traicionaba, y que debía mirar bien lo que hacía antes de proceder. Esto me trajo a la memoria lo que me ocurría con algunos compañeros cuando yo iba a un empleo que dejé hace poco tiempo; ahora lo comprendo todo mejor.

Las calles próximas a la de mi oficina eran malditas. Sabía que al entrar allí me iba a encontrar una persona horrible, cobarde y artificial, que me enfermaba de angustia. Esa persona era yo. Ya, si en las calles era visto por compañeros –si me veían los esquivaba–, ya los apreciara o los detestara, mi persona artificial se dirigía insistentemente hacia ellos, cordial y lleno de bromas. Ése era mi cuerpo. No, era este cuerpo solitario como un perro resentido, que una vez me cambiaron, que no sé de dónde vino y cuál es su historia. ¿Por qué le cuesta tanto salirse de sí mismo y cuando lo hace es con tanta violencia y en una forma tan poco natural? ¿Por qué es cobarde, y perezoso y tiene una dificultad tan grande en escuchar a los demás, en esperar a comprenderlos, y después hablarles con su propio criterio tranquila y valientemente?

¿Por qué esa dificultad de improvisar frente a las personas cuando ellas están presentes? ¿De dónde le viene ese miedo que lo vuelca anticipadamente ante las personas conocidas con esa cordialidad llena de bromas que eviten el silencio, que no dejen pasar mucho tiempo sin palabras, sin alguna manifestación exterior?

¿Por qué le tiene miedo al vacío de la conversación y al tiempo que pasa sin responder? ¿Es porque tiene alguna dificultad desconocida en el trato?

Si se sabe inferior, físicamente, para resistir una pelea, ¿también se sabe incapaz de emplear su cabeza para arreglar una situación?

Ante estas recriminaciones se quedó callado. No sabía lo que él haría; pero el hecho de que yo no lo temiera me decía que él era un cobarde, que yo sabía que él se quedaría callado, que yo estaba acostumbrado a que él se encogiera.

Pero no ocurrió exactamente eso. Esa mañana al cerrar la puerta de la “cubierta” tuve un instante la sensación de que él había quedado adentro, debajo, en el camarote. Pero en seguida sentí que venía conmigo y que yo tenía la incomodidad de andar junto a un enemigo, de no sentirme libre. Entonces recordé otra cosa que me ocurría en el empleo: cuando él se enojaba ante una mala contestación de un compañero (el perro resentido era muy susceptible) era insufrible la situación de pensar, de tener continuamente la atención, de cómo tendría que comportarme con el compañero. Le era más cómoda la violencia máxima que la forma obsesiva de la atención ante la circunstancia de tener que improvisar a cada instante los gestos de una persona resentida. La obsesión era tan enloquecedora que trataba de hablarle como si nada hubiera pasado (pero con un odio inmenso) al que me había agraviado.

El cuerpo, el sinvergüenza, tiene una cabeza y le ha hecho una seña imperceptible, instintiva, para que ella lo justifique.

Voy a esperar a que ella hable.

Esta tranquilidad de la espera es de ellos, de mi cuerpo y de mi cabeza. Mi yo, en la situación de quererse agarrar el alma con una mano que no es de él, siente otra cosa.


He andado buscando mi propio yo desesperadamente como alguien que quisiera agarrarse el alma con una mano que no es de él. Y lo sigo buscando entre mis pensamientos, de los cuales desconfío, y entre mis sueños. Y para colmo, todos ellos, ni siquiera se me aparecen de él solamente, sino como de muchos cuerpos confusos, de los que vivieron en sus antepasados.

¿Y quién es el que busca mi yo? Debe ser él, mi cuerpo. Tal vez él presiente mi yo como un bandido presiente la policía. Pero la idea de la justicia ¿será de mi yo? En todo caso mi yo la puede haber tomado de otros. No sólo mi cuerpo sino también mi yo, debemos estar llenos de pensamientos ajenos. ¿Y ahora será él que quiere confundir mi yo con el de los otros?

He vivido instantes en que creía encontrarlo en la pena de estar enfermo, en la angustia de encontrarme dividido, de no tener unidad leal ante el mundo. Pero he aquí que un día descubrí que no estaba solo: empecé a mirar a los demás con mi condición y encontré hombres mucho más divididos que yo, de grandes culturas y grandes sentimientos por una parte y con sinvergüenzas mucho más grandes que el mío.

A mí me queda la ilusión de luchar con el sinvergüenza y crear con él una unidad de lucha. Pienso que este diario me ayudará para crearme un yo que lo pueda ver sin tanta vergüenza.

Pero oigo a mi sinvergüenza decirme: yo soy grande y misterioso; no me hice solo, soy múltiple... Ya sé, mi yo es débil; y debo admitir también pensamientos ajenos para que me ayuden. Pero también en esto tengo que luchar con él, con su vanidad de ser él solo, por encima de todos los otros: él tiene un egoísmo inmenso y yo estoy a expensas de su poder.

Sin embargo hoy debo decir que buscaré mi yo, también, en el pasado, con pasos de fantasma y entre hechos con la falsa claridad de algunos sueños. Y por último ¿quién es que ama la vida también en los recuerdos? Y si es él que me obliga a escribirlos ¿quiere relamerse del pasado o es para representarse una presa del futuro?


Me desperté en completa oscuridad sabiendo que la cama de Acacia, mi mujer, estaba a mi derecha y junto a la mía. Entonces saqué mi mano izquierda de entre las cobijas y la dejé colgando, fuera de la cama, en el aire oscuro. Y en el instante de preguntarme “¿qué estaba soñando?”, empecé a comprender, como si la oyera, otra pregunta. Era hecha con mi voz, con mi voz imaginada de otras veces, cuando pienso con palabras en medio de la noche; esa pregunta tomaba descuidada a la primera con una insinuación irónica pero que se iba llenando de miedo: “¿Y si una mano, que no es de ninguna de las de este cuerpo, viniera acercándose, en la oscuridad, y de pronto tomara esta mano caída?”.

Primero la cabeza y después el cuerpo, se fueron erizando. Yo no alcancé a percibir el movimiento de la mano al meterse entre las cobijas. Pero ¿quién hizo la pregunta? ¿O dónde y por qué se produjo esa pregunta? Tenía que haber una “ella”, inesperada, actuando en mis propias narices. Precisamente ¿quién es la que se mira en el espejo de mañana? ¿Quién es la gran vanidosa, la que todo lo quiere saber y hace caso a lo que dice cualquiera? ¡Tan desconfiada y tan crédula! Cuando Acacia dice que recibe de mí pensamientos telepáticos, yo me quedo sorprendido; pero ¿quién se los trasmite? Todas estas preguntas son mías, estoy seguro, pero aún me quedan otras: ¿por qué ellos, la cabeza y el cuerpo se asustaron y “ella” hizo la pregunta? Ellos sabían que podría venir a visitarme una mano de mi propio yo cuando ellos no la vieran. Entonces tuve una tristeza tierna, casi infantil; empecé a sentir que una mano mía, desde hacía muchos años, debía andar perdida; que aprovecharía a confundirse con la noche, que debía haber pasado muchas necesidades creciendo sola y pidiendo limosna escondida en un paño negro.

Hubiera querido llorar pero no quería hacerlo porque las lágrimas serían de “ella”, aparecería en los ojos de esta cabeza, que esconde, en alguna parte de “ella” o del cuerpo, mi yo.


El día que descubrí mi sinvergüenza caía una lluvia fina y yo había ido a un barrio pobre a buscar una valija. Necesitaba mucho la valija; pero con aquel tiempo y pensando en la molestia que me traería el viaje en ómnibus con ella, estaba contento de no haber encontrado la familia que me tenía que dar la valija. Esperaba el ómnibus debajo de una cina-cina y al lado mío había un caballo con una cuerdita al pescuezo que se me ocurrió que había sido atada por un chiquilín.

Tenía ganas de pasar la mano por la pradera caliente y lustrosa que parecía la piel del caballo, pero de pronto ella producía un pequeño terremoto para ahuyentar una mosca. La cuerdita me hizo acordar del director de mi escuela cuando yo tenía trece años. Él tenía una nariz inmensa, usaba un cuello anchísimo y decía que la corbata finita, más angosta que un dedo, armonizaba con sus facciones. Los muchachos decían que era una cinta de hilera y que compraba toda la pieza para hacerse corbatas.

El caballo movió la cola y me acordé del hospital donde hacía poco me habían sacado la última vértebra y me habían dejado un agujero tan grande que parecía que le hubieran arrancado de raíz la cola a un caballo. Un médico, al comentar la fístula, les hablaba a los estudiantes de algo como una equivocación de la naturaleza al cerrar las vértebras. De pronto me di cuenta que el caballo y yo, al mismo tiempo, habíamos hecho el mismo movimiento para apoyar el cuerpo del otro costado y descansar, él en otra pata y yo en otra pierna.


Ahora estoy más tranquilo; pero hace algunos días tuve como una locura de hombre que corre perdido en una selva y lo excita el roce de plantas desconocidas.

La realidad se parecía a los sueños y yo me preguntaba: ¿pero quién es que busca mi yo? ¿No será él, mi cuerpo? ¿O será que él huye de mi yo como un bandido que presiente la policía? Entonces, la idea de justicia, ¿será de mi yo?

Después pensaba que esa idea estaba formada de pensamientos ajenos, que ellos me vigilaban desde la infancia y habrían empezado a invadirme, como a un continente, a una señal hecha por aquella mano y que tanto mi cuerpo como yo nos habíamos empezado a llenar de pensamientos ajenos. Pero yo, mi yo más yo, ¿no estaría escondido en algún rincón de este grande y misterioso continente? ¿No lo dejarán salir, alguna vez? ¿No tendrá recreos? ¿No intentará evadirse?

Debe estar muy vigilado.

Al anochecer saqué mi cuerpo a caminar; pero en el momento de cerrar la puerta de mi pieza me vino el sentimiento desagradable de una época en que tenía que vivir en una pieza con otra persona. Habiendo otra persona ya hay traición. Pero nunca creí que podría estar en esa situación con el cuerpo donde vivo. Esto es sin esperanza.


No, no se puede buscar el “yo” por la mañana; hay que esperar a la noche, a la hora en que salen los fantasmas.

Pero ¿quién es que quiere trabajar ahora, en la mañana? ¿Cuál es la parte del cuerpo que puede estar más contra mi yo? ¿No es la que está arriba, que vigila desde lo alto y que está tan despejada en las mañanas? ¿Pero quién se puede fiar de ella? Ella está con el cuerpo, ella está con mi yo, ella está con todos y contra todos. Ella es intermediaria de cualquiera.

Día...

Hoy he pensado en los amaneceres de algunas conciencias. Es impresionante como un abismo, lo que puede entreverse dentro de los límites de un cuerpo o de un sinvergüenza.

La curiosa, la conciencia, quiere ver y comprender todo. Todo lo entrevera o todo lo acomoda, lo cual es lo mismo para el sinvergüenza.

Cuando el cuerpo se despierta y empieza a mover sus límites, ella le recuerda una existencia casi siempre inconveniente y lo pone de mal humor. Ella ha estado sentada al lado de él, en el teatro del sueño y apenas se rompe el hechizo él se la encuentra conversando y poniendo todo en orden. Él no puede prescindir de ella porque si él se enferma o tiene hambre ella le sugiere lo que tiene que hacer. (Entre muchas otras cosas el sinvergüenza es maula y voraz.) Ella ocupa el piso superior y se deja caer con insinuaciones terribles: “¿Si eso que tienes resultara ser tal cosa y después te viene tal otra y te mueres? A lo mejor no es nada, es hambre nada más”. Ella sabe moverlo, conoce su instrumento. Ha pulsado primero la bordona del miedo. La vibración duraría largo rato si ella no se apresurara a apagarla con la delicadeza de su dulce yema. Se produce el vacío expectante, el movimiento de otro dedo para pulsar otra cuerda: ese vacío era ya la sensación del hambre: suena la cuerda que lo decide a conseguir el desayuno.

Pero mientras come, ella empieza a ejecutar, en todo el instrumento, los arpegios de la ambición: “Debías tener auto, heladera, aspiradora y radio-ortofónica, como fulano”.

Mientras suenan los arpegios modulando a diferentes tonalidades, se oye al mismo tiempo una nota en el bajo que insiste; es una nota pedal.

Rivalidad, guerra, competencia, lucha cuerpo a cuerpo, de sinvergüenza a sinvergüenza. Y la conciencia ha puesto en marcha al gran instinto.

Hay sinvergüenzas que marchan a dos conciencias, la de él y la de la señora...

El mozo de café me ha visto reír solo y ha venido a darme charla.


Creo haber sentido por primera vez a mi yo. Mi cuerpo estaba sentado en una silla y los ojos miraron por una ventana que daba sobre copas de árboles. Bueno, era mi yo quien se asomó a mis ojos y miró largo rato los movimientos de las hojas mientras la cabeza pensaba en sus cosas. Y debe haber sido él quien se asustó cuando una palmera movió sus palmas como si fueran ciempiés muy grandes.

Ya es la hora en que la cabeza se burle de mí y me diga que es el cuerpo y ella misma que me hacen escribir y que el yo tal vez sea la burla y el desengaño; que tal vez la burla y el desengaño del cuerpo y de la cabeza sean el yo que busca el yo o el yo que busca la cabeza y el cuerpo.

Me parece que se están burlando, nuevamente, de mi yo.

¿Tengo ilusión o tengo curiosidad de buscar el yo?

El cuerpo, o su cabeza, que todas las mañanas se burlan de mí, tienen curiosidad por saber cómo la utilizaré para buscar el yo.

Pero mi tristeza tiene ilusión. “¿Y esta tristeza no será del cuerpo?”, me dice la pretenciosa cabeza.

Mi yo ¿no se habrá ido de mí como un padre a quien lo acusaron de un crimen y cuando se descubrió que era inocente, un hijo lo salió a buscar por la selva?

Es decir, el padre había cometido el crimen, pero en el pueblo había cambiado la moral que lo acusaba. El muerto pretendía vender y esclavizar a aquella gente y el matador fue un héroe.

La madre, en el momento de despedirse del hijo, le advirtió: “Si encuentras a tu padre no lo traigas, porque puede cambiar la política del pueblo y lo meterán en la cárcel o lo lincharán”.

¿Y si el hijo encuentra al padre y lo trae y la política del pueblo cambia el concepto del muerto?


Los días que las palmeras me parecen ciempiés movidos por el viento, siento caminar cerca de mí enfermeras que me ponen inyecciones, y los días que las palmeras me parecen árboles que dan persianas inmóviles viene una sola enfermera y me besa uno por uno los dedos de los pies.


Quiero comprenderme de alguna manera...

Todo lo que ignoro de mí, se me ocurre que se produce dentro de los límites de mi cuerpo y más de una vez he pensado que ando en él como montado en un animal desconocido. Además le tengo miedo porque no sé qué cosa de él me fallará primero y si me hará sufrir mucho tiempo antes de morir.

No sé dónde estoy yo, o cómo soy yo, o cómo es este sentimiento de ser yo... a veces lo siento muy seguro y otras me siguen de cerca dudas...

Sólo puedo decir que como no soy el que con nostalgia y pena desearía ser y como el que comprendo de mí, lo considero un sinvergüenza, así lo llamaré. No creo que decir esto es cinismo ofensivo. Si el cinismo es una manera franca de mostrar los defectos, bastante a menudo veo en mis congéneres que tal vez sin saberlo ellos, o creyendo que lo disimulan, o cubiertos con telas tan finas que son peores que la desnudez, también son cínicos. (El sinvergüenza se defiende.)

Parece que todo ese yo mío ocurre dentro de los límites de mi cuerpo.


El cuerpo siente en la noche, en verano, en un viaje en ómnibus con poca luz, un placer inesperado. Otras veces ha sentido ese placer pero no atina a contenerlo con toda la conciencia, sin duda esperando quién sabe qué otro placer. Ahora sabe (después de mucho tiempo y muchos sacrificios) que debe aprovecharlo lo más posible. Ese instante le recuerda habitaciones sombrías en verano con persianas y sabiendo que afuera el sol da sobre vegetaciones extendidas vistas en un cine.

Sin duda en el cine el cuerpo los disfrutó recordando otras persianas y sol sobre vegetaciones vistas en la niñez, y aquellas sensaciones lo habían preparado para el instante del cine.


Al empezar este diario el autor creyó descubrir, una noche, que tenía una enfermedad parecida a los que piensan que una parte de su cuerpo no es de ellos. Y después pasó por etapas en las que experimentó lo siguiente: todo su cuerpo era ajeno. Empezó a buscar dentro de ese cuerpo –con el que había estado complicado desde hacía muchos años y había terminado por llamarle el sinvergüenza–, su verdadero yo.

El cuerpo había estado pensando y escribiendo en nombre de un “yo” que no le pertenecía y hasta el nombre mismo parecía ser del cuerpo.

Todo ese cuerpo no era, sin embargo, de esa otra persona: la cabeza pertenecía a una tercera. Ese cuerpo y la cabeza tenían extraños entendimientos y desentendimientos; pero los dos obstaculizaban la búsqueda del “yo” del autor del diario.

El “yo” tenía que valerse de la cabeza y del cuerpo para descubrirse a sí mismo. Los otros dos se burlaban. El yo los odiaba y, misteriosamente, también los amaba –podría decirse que tenía con ellos relaciones más estrechas y más extrañas que las que podría haber en una familia.

El yo creía existir en instantes fugaces. Desde el interior del cuerpo y por medio de él observaba a las demás personas y por medio de la cabeza pensaba: este “yo”, este enfermo, dividido como un feudo que ha ido cediendo terreno a otros, no está solo en su enfermedad. Ha mirado a otros, con su condición, desde luego, y encontró que hay muchos “divididos” sin saberlo. Hasta hay quienes tienen “sinvergüenzas” más grandes que el de él y cuyas cabezas hacen “arreglos” no sólo con sus sinvergüenzas, sino hasta con los más profundos, misteriosos e inaprensibles “yos”. Y a su vez con otros “sinvergüenzas” y cabezas y “yos”.

A veces, el autor de este diario ha sentido envidia de los yos seguros, con sinvergüenzas inocentes y cabezas sin grandes problemas; sinvergüenzas que no piden mucho, cabezas que olvidan o justifican cualquier cosa y yos sin preocuparse de si existen o no.

En una etapa casi de optimismo, y casi de cura, el autor buscó cierta unidad de lucha, por lo menos, entre el cuerpo, la cabeza y él, para poder tener una actitud leal ante el mundo. Pero después cayó en una gran desilusión. Su yo, además de fantasma inaprensible, era solitario. Ni el cuerpo, con sus múltiples codicias, pudo hacer de él un “yo” social; ni la cabeza, con su astucia y con una inmensa fuerza de pensamientos ajenos, pudo atraparlo.

Aún no sabe, mi yo, cómo vive con ellos y con todos.

Parece que quisiera crearse otra existencia que no sabe cómo será, sin importársele gran cosa de él, con un egoísmo que no parece ni del cuerpo ni de la cabeza.

Anotaciones de trabajo sobre
Diario del sinvergüenza

Tengo que buscar hechos que den lugar a la poesía, al misterio y que sobrepasen y confundan la explicación.

Antes de eso tengo que tener pensamientos firmes para que los hechos de poesía no los contradigan; aunque se vea que el hecho de poesía está confundido, no importa, debo hacer poesía de esa confusión. Pero tengo que tener el previo pensamiento firme.


Mañana debo pensar mi concepto real o científico del cuerpo.


Hoy empecé a pensar en el concepto real –no artístico– de cuerpo. Es muy complicado. Lo pienso básicamente criado con pensamientos ajenos.

Algunos son buenos y deben ir contra el cuerpo. Pero el azar entre el propio pensamiento y el cuerpo es difícil de dar. Tengo que trabajar el sentido artístico.

Lo que vaya directamente al cuento lo escribiré en verde. Lo que no en azul.

[En azul:] Para más adelante, en el cuento: [en verde:] Entre el cuerpo y yo hay una ella. Debe ser la que nos separa. Ella escucha los pensamientos ajenos, etc.


La Cabeza.

La francesa refinada.

Su mundo complicado con pensamientos ajenos, su sensibilidad, su vanidad, hasta su nobleza.

La loca que habla sola.

Ella es la que vendió el cuerpo a los pensamientos ajenos.

Es ella la que inventa Dios porque tiene miedo y otras condiciones para inventarlo.

Fragmentos póstumos

En la sala de la señorita Celina...

En la sala de la señorita Celina –en casa dicen que debe tener como cuarenta años, pero que está muy conservada– casi todas las cosas son blancas y negras. Las sillas, los sillones, el sofá, el piano y una mesa, están vestidos de un género blanco muy grueso; y cuando terminan esas polleras blancas, se ven debajo las patas negras de todas las cosas.

Las teclas del piano también son blancas y negras; las blancas son todas igualitas, pero las negras están en grupos de a dos y de a tres. La tecla blanca que está a la izquierda del grupo de las negras es el do. Y después siguen todas seguiditas do re mi fa sol la si hasta llegar al otro do, que da la casualidad que viene a quedar a la izquierda también del otro grupo de dos teclas negras. Celina, mi maestra de piano, también tiene la cara blanca, muy empolvada, y el pelo muy negro peinado todo redondito alrededor de la cabeza y que parece un budín quemado. ¡Si ella me oyera! Y todavía, cuando ella llega de la calle, viene con un vestido todo negro y se pone encima un guardapolvo todo blanco.

Arriba de la mesa hay una estatua de mujer pero nada más que del pecho para arriba, es de mármol y no se parece nada a la maestra. La de mármol tiene al costado de la cabeza una flor que es también de mármol. Pero lo que la maestra tiene en la cabeza casi siempre es una jaqueca bárbara y siempre se está quejando. Y le cuenta a mamá a la hora que le vino y una cantidad de cosas que maldito lo que a mí me importan. Pero encima de las teclas hay una cosa que no es ni blanca ni negra: son mis manos, las de un niño que ya va a cumplir diez años, y que están moradas por el frío.

[En el cine]

En una noche de otoño hacía calor húmedo y yo fui al cine. La linterna del acomodador alumbraba mis pasos y hacía brillar mis zapatos, que a cada instante estaban a punto de pisarlo. Él se detenía bruscamente para ofrecerme asiento y le parecía raro que a mí me gustara sentarme tan adelante. Mientras tanto yo pensaba: “Él no sabe que yo tocaba el piano en los cines cuando era joven y me acostumbré a mirar la película al pie de la pantalla. –Como quien dice: tomar leche al pie de la vaca”. Apenas me senté, vi en la tela una mujer que perdía dinero en la mesa de un casino. Pero cuando pude distinguir algo en la oscuridad de la sala, me encontré cerca de dos niños. Esto me intranquilizó: generalmente los niños conversan, se mueven mucho o hacen vibrar el asiento con un temblor del pie; entonces yo no puedo entregar los ojos a la pantalla. Estuve esperando que los niños me molestaran; no lo hicieron; pero yo quise sacarme esa preocupación y me cambié de lugar. –Además de estar adelante, me gusta sentarme solo y un poco a la izquierda de la tela–. Cuando volví a ver la mujer que perdía dinero, ella estaba en un hotel y el gerente le advertía que debía abandonar sus habitaciones a la mañana siguiente. Esa noche ella entró en una de sus piezas con pasos lentos. Su belleza venía bien con su desesperación y con su cuerpo flojo, que movía entre un vestido de fiesta. Yo le tomé simpatía, me puse un poco dentro de su piel y me imaginé el roce del vestido en la lentitud de sus pasos. Ella tenía pensamientos de desdicha y todo su cuerpo parecía abandonado a la desgracia. Yo hubiera querido que aquella mujer aprovechara la última noche en aquel hotel lujoso. Ella debía aislar esas horas y gozar de todo lo que después podría recordar en plena miseria: tendría que proveerse de felicidad como los camellos comen y beben para muchos días del desierto.

A mí me había quedado en la sangre todo el lujo y los pasos lentos de aquella película; y al salir del cine, no sólo caminaba lentamente y se me erizaba la piel al imaginarme que cruzaba mundos de grandeza, sino que evitaba tropezar con la gente y trataba de que mis pasos no tuvieran ninguna detención brusca y no me despertaran de aquel sentimiento de las cosas. Si algún pequeño accidente me obligaba a poner atención en él, yo tenía la actitud de una condescendencia disimulada y en seguida volvía a tomar el ritmo de mi vida, que era desconocida para toda la gente que salía conmigo, pero que tenía que ver con lo que terminaba de ocurrir en la pantalla.

Esa noche me duró mucho el efecto del cine.

No debo tener eso que llaman imaginación

No debo tener eso que llaman imaginación. Pero creo que ni la necesito. Porque me ha tocado una vida surtida. Para mí la palabra “surtido” tiene estos reflejos: me veo, siendo muy joven, entrar en un boliche con la intención de comprar caramelos para una muchacha; como “todavía” no sé los gustos de ella, le digo al bolichero: “Deme un real de caramelos surtidos”. Entonces me dan un paquete –a veces no tienen paquete y me los envuelven en papel de estraza, que le quedan dos grandes orejas retorcidas y es un verdadero papelón–, bueno, me dan caramelos surtidos, es decir, de distinto gusto y que responden a distinta forma, color, tamaño y calidad. Casualmente una muchacha me contó que un paisano, cuando fue a un teatro con la familia y el boletero le preguntó qué localidades quería, si paraíso o platea o palco, etc., él le contestó: “Deme cinco pesos de entradas surtidas”. Entonces quedamos en que me ha tocado una vida surtida. Por eso me he sentido muchas veces como en el Paraíso –pecando mucho– y muchas otras como en el Purgatorio –sufriendo mucho. Pero no me atrevo a establecer relaciones entre pecados y pago de ellos. A este “toma y daca” le siento mucho olor a cuento humano. Y claro, nosotros no podemos, ni por un instante, dejar de sentir y pensar con la condición de seres humanos. Entonces estamos acostumbrados a proceder con el toma y daca, a saber que el que pide algo, aunque no tenga un mostrador por delante, tiene que pagarlo.

También sabemos que a veces se promete pagar y después se estafa. Pero como el circuito de toma y daca es de corriente continua –o alterna– como en la vida, que tiende a continuar o a completarse, entonces, con esa condición humana pensamos que si no pagamos todos los pecados en vida los pagaremos después de muertos. Y hasta seguimos pensando en cuando estemos muertos, en la condición de ahora, es decir, de vivos. Como en la condición de vivos tenemos metido en la corriente del alma ese fatal circuito de toma y daca, es que no sólo tendemos a cumplirlo, sino que sentimos miedo cuando no lo cumplimos. Y ya sabemos lo que pasa con el miedo y con los círculos que hacen las ideas, puesto que ahí se apoya la propaganda de religiones y de algunas formas algo violentas de ciertas políticas. De todas maneras, si yo me supongo un Hacedor del mundo con mi condición humana personal, diré que creo que le han salido muchas cosas sin querer, sin estricta relación, sin lógica; que le han salido algunas cosas muy lindas, otras muy feas y otras regulares. Y si supongo al Hacedor con la condición de muchos otros, de los de toma y daca, no le debo al Hacedor ninguna cuenta, puesto que he vivido, en estos países, como concertista de piano. Por eso al pensar en mi muerte digo “a tipo muerto, cuenta liquidada”. Pero ahora que tengo el corazón caliente quiero hablar de la vida, de la vida que aspira a estirarse más allá de la muerte.

La noche que di mi primer concierto...

La noche que di mi primer concierto me pareció que había aparecido en el mundo un nuevo pianista. Aunque el mundo no se diera cuenta de esto (como era muy natural) y el pianista fuera de la fuerza más débil, era cierto que había aparecido. Lo mismo sería el haber nacido en el medio del África una planta entre medio de otras. Pero existía concretamente y se podía ver y palpar.

Lo más inesperado y extraño de todo esto era que yo me contemplaba, que yo contemplaba a ese otro personaje, y que lo observaba más secretamente que nadie.

El primer momento que sentí que nacía ese otro, fue cuando comprometí la fecha del concierto. Me vino un poco de calor al estómago cuando pensé en la responsabilidad y me pareció que comprometía más a la fecha que a mí. Después se pegó a la fecha el pianista, que yo sin querer hacía tanto tiempo que creaba, estudiando tanto y observando tantos detalles. Mi hombre no dejaba de serme simpático e interesante, pero espantosamente egoísta. Se presentaba cuando la cosa iba bien y cuando parecía que iba a ir mal, desaparecía como por encanto, y aparecía yo con la misma facilidad, pero desencantado y sin interés ninguno.

En los primeros días que salían por las calles letras inmensas anunciando el concierto, aparecía puramente yo, con un miedo horrible, y pensando que quién sabe si el concierto respondería a semejantes letras. Cuando ya me había acostumbrado un poco a esta responsabilidad, entonces aparecía él y faltaba poco para que señalara con el dedo las letras que se referían a él. Entre tanto yo pensaba que el día del concierto la gente iría nada más que por mí, y que yo tendría que entretenerlos toda la noche con un piano delante y nada más.

Hace mucho tiempo que no duermo bien

Hace mucho tiempo que no duermo bien. Cuando veo que la tarde se va a encontrar con la noche ya me viene la angustia. Mi cabeza espera esa hora para abandonarme y andar quién sabe por dónde.

Pero ella da vueltas, siempre, alrededor de una mujer tan firme como una pirámide. A veces la noche me alcanza en la calle; entonces corro hacia mi viejo hotel. Después de saber que nadie ha traído nada para mí, empiezo a subir pesadamente las escaleras. Y mientras oigo sonar mis pasos en la madera oscura mis manos van tomando las barandas como si pulsaran instrumentos. Casi siempre me encuentro con alguna pareja que desciende y me gustaría saber qué sentimientos los unen. Al entrar a mi pieza la cabeza se me pone como una mujer inquieta que quisiera abandonarme y no supiera dónde ir. Aunque el cuerpo esté cansado ella lo hace caminar sin consideración; cuando los pasos hacen crujir las maderas en la mitad del piso ella obliga al cuerpo a ir por otro lado. Mientras tanto ella piensa en una mujer real. Mi cabeza recibe una gran cantidad de angustia y produce pensamientos que luchan con una mujer. Pero ella es intocable y mis pensamientos manotean a un fantasma. A veces yo pienso que los fantasmas son mis pensamientos y que ellos no alcanzan a la mujer; pero hace tiempo que yo no existo para ellos: yo soy un padre que aconseja inútilmente a hijos locos. Mi pobre cuerpo –viejo compañero de aventuras–, distraído, cruza por encima de las tablas que crujen y mi cabeza se pone furiosa. Cuando él logra acostarse mi cabeza me abandona y se va sola quién sabe dónde. Yo no puedo dormir sin ella y soy bastante desdichado; pero hace algún tiempo tampoco podía dormir y sin embargo era dichoso. Eso ocurría cuando recién conocí a la mujer que amo.

[He recordado a mi familia]

Muchas veces, antes de pasar al sueño, he recordado a mi familia como si hiciera una guiñada ante un pequeño agujero y viera iluminado el fondo de mi casa. Era un mediodía en que yo llegaba de una ciudad del interior y ellos todavía no me habían visto. Estaban alrededor de una mesa que tendían bajo los árboles y yo sabía que el mantel estaba lleno de grandes monedas de sombra y de luz que se confundían apenas el aire movía las hojas. Ocupados en sus pequeñas comidas y su poco de felicidad, parecían olvidados de mí. Una noche este recuerdo se me apareció repitiéndose como un mecanismo que marchara solo: a cada momento ellos se sentaban a la mesa y parecían olvidados de mí. De pronto el aparato se detenía; entonces yo pensaba que en realidad aquellas cabezas inclinadas sobre los platos tenían la idea de mi existencia y cuando iban de un lado para otro ellos llevaban esa idea de una manera muy distinta, seguramente, a como se lleva la idea de un muerto. De cualquier manera yo ya había sabido cómo era allí mi ausencia y cómo eran ellos cuando me recordaban. Pero también supe otras cosas: aquel mismo día que yo abrí la puerta sin hacer ruido y miré por entre unas cañas a mi familia, ya la vi como si la recordara y ya supe que después aquel recuerdo me seguiría. Y pensé que si algún día yo tuviera que sobrevivirlos, los recordaría así, un poco de lejos y sin cambiar una palabra. A veces cuando ese recuerdo me ha seguido y me ha alcanzado en la noche, los colores de aquel día eran como los de una postal ordinaria; pero igual reconocía en ellos la sonrisa de siempre.

Aquellos primeros días en París...

Aquellos primeros días en París eran claros y yo los miraba hasta el fondo en los espejos de mi habitación. Cada vez que salíamos del hotel, los inquilinos debíamos detenernos ante un mueble gris parecido a un palomar; allí dejábamos la llave y recogíamos los mensajes que nos llegaban de todas partes del mundo. Fue así como una mañana encontré en mi casilla un pequeño telegrama azul. No sabía cómo abrirlo y lo traje a mi habitación –me había olvidado de la llave y tuve que ir de nuevo a buscarla. Todavía agitado por las escaleras leí el nombre de la persona que me lo enviaba y empecé a imaginar el mundo a donde ella me invitaba. La redacción del telegrama me hacía pensar en la naturalidad que se alcanza con un largo ejercicio de comunicación entre seres sociables. La primera frase estaba destinada a decirme que tal día y a tal hora ella estaría en su casa. Si yo hubiera encontrado algo de orgullo en la dignidad de esas primeras palabras, en la segunda frase hubiera pensado lo contrario: me anunciaba la presencia de un personaje que debía interesarme y como si no me bastara la presencia de la dueña de casa. Y por último me expresaba el agrado de verme.

Hacía algunos años que yo me desesperaba por salirme de mí mismo; pero todavía estaba muy lejos de poder redactar un telegrama como éste. Traté de reunir las ideas que yo había tenido antes sobre la persona que me invitaba; pero eso era tan difícil como recordar las nubes que hubieran pasado por encima de una torre. Entonces, como si fuera un adolescente, me entregué a pensar en cómo me presentaría.

Mi traje era sufrido; pero desde los tiempos en que mis conciertos me obligaban a entrar en sociedad había decidido que, en vez de comprarme trajes nuevos, debía aprender a llevar los viejos. Además yo creía que la gente de alta sociedad prefería ver llegar hasta ella un hombre de abajo, con los atributos de su tribu; y no a quien se falseara y tratara de competir con ellos. Aunque mi traje era de paño grueso tenía el corte de los que se usan en verano; y como ahora estábamos en invierno resultaría ridículo. Pero yo ya tenía preparada otra fórmula para poder llevar el ridículo: primero acompañaría con mi sonrisa a los que se burlaran; y después trataría de llevar la atención a dominios en los que los seres humanos no se diferencian tanto.

Un ascensorista me indicó el corredor que debía tomar para llegar al apartamento de ella. Empecé a deslizarme por entre un lujo solitario donde unas alfombras oscuras cuidaban el silencio. A los pocos instantes el corredor me insinuó que debía seguirlo mientras él hacía una curva; y ya había empezado a obedecerlo cuando vi aparecer la mujer del telegrama. Ella me tendió una mano e inició la conversación; apenas tuve tiempo de guardarme en los ojos la forma de aquella mano: tuve que volver a la cara y atender sus palabras. [Yo no sé si viviré todo el tiempo que desearía y si podré decir] cómo era su cara; por ahora la dejaré en blanco –más bien en un color pálido parecido al de ciertas aceitunas. Sólo diré que en el lugar donde se producían aquellas palabras había una cara; y después, la realidad. Mis pensamientos se movían, detrás de mis ojos, como bandidos que a la vuelta de un camino hubieran visto un inesperado tesoro; pero yo quería aparecer tranquilo y no alarmar a la persona que los llevaba. Traté de recoger todas las palabras que ella iba dejando por el camino con pequeños [movimientos de sus manos inocentes.] Y de pronto me di cuenta de que había algo extraño y al mismo tiempo familiar en su manera de acomodar las palabras. Me explicaba cómo se habían confundido al saber que yo, escritor, era el mismo que antes daba conciertos. Pero ella tenía un modo de perseguir sus pensamientos muy parecido al mío; y yo me extrañaba de que eso ocurriera fuera de los sueños.

He decidido leer un cuento mío...

He decidido leer un cuento mío, no sólo para saber si soy un buen intérprete de mis propios cuentos, sino para saber también otra cosa: si he acertado en la materia que elegí para hacerlos: yo los he sentido siempre como cuentos para ser dichos por mí, ésa era su condición de materia, la condición que creí haber asimilado naturalmente, casi sin querer; por eso quiero saber si eso es una parte íntima o necesaria de ellos mismos, o por lo menos si es la manera preferible de su existencia.

No sé por qué no se hacen recitales de cuentos; pero he estado arriesgando suposiciones: debe haber pocos cuentos escritos para ser contados en voz alta, escritos expresamente con esa condición, o cuya materia de expresión sea la palabra viva; cuentos en que el artista haya asimilado esa materia, haya soñado con ella muchos años, con la afectividad misteriosa en que se encuentran y se funden, un espíritu y la materia que lo expresa; cuando eso se ha logrado nos encontramos con que si esa obra artística se transporta a otra materia, generalmente pierde mucho y parece falsificada. Aun sabiendo que tenemos tendencia a ser fieles a la primera manera con que nos encantó una cosa por primera vez y la queremos seguir sintiendo sin la menor modificación (como nos decía Goethe en el instante que Werther no decía a los niños un cuento exactamente como lo había hecho la primera vez); aun sabiendo que se puede producir una rara excepción en que un cambio de materia haga una obra más extraordinaria (como muchos opinan con respecto a la Chacona de Bach transcrita por Busoni); aun en el caso de haber visto una obra en el cine que a pesar de aparecer diferente al original literario también es interesante; aun sabiendo muchas cosas más, nos encontramos con que la mayor parte de las veces hay que respetar o preferir una obra en su materia original.

Y antes que la obra sea conocida, no me parece excesivo pedir que se conozca una obra en la materia en que fue sentida por el autor, en la materia en que nació. Eso es lo que yo quisiera pedir con respecto a mis cuentos. Ellos, sin yo saberlo al principio, ya fueron imaginados para ser leídos por mí. Y no sólo yo soy el que ha encontrado que cuando un cuento mío ha sido transportado a un español literario y castizo por los correctores, haya perdido mucho. Hasta puede haber ocurrido que en mi mal castellano del principio (tal vez menos ahora) yo haya profundizado mis sentimientos en esa mala materia, y al transportarla a la buena, pierdan esa profundidad. Lo mismo ocurre cuando los lee otra persona. Y lo diré de una vez: mis cuentos fueron hechos para ser leídos por mí, como quien le cuenta a alguien algo raro que recién descubre, con lenguaje sencillo de improvisación y hasta con mi natural lenguaje lleno de repeticiones e imperfecciones que me son propias. Y mi problema ha sido: tratar de quitarle lo más urgentemente feo, sin quitarle lo que le es más natural; y temo continuamente que mis fealdades sean siempre mi manera más rica de expresión. Digo temo porque le temo a un prejuicio cuando viene solo. Me encanta invitar a mi cabeza –o recibirlo cuando viene a la fuerza– a cuanto prejuicio anda por la calle, y después hacerlos pelear hasta que se deshagan.

Ahora parece que están entrando los prejuicios de lo natural; empecemos por el más popular: hay obras que pretendiendo ser naturales son completamente horribles. Hay obras en parte naturales y en parte artificiales que son en parte buenas y en parte malas, que no coinciden, constantemente, en que lo bueno sea natural y viceversa.

Yo soy un crítico natural, sé poco, pero no importa; tengo intuición (él cree que es bergsoniana o que la intuición bergsoniana es adivinación).

Hay obras naturales o artificiales completamente buenas del principio hasta el final.

Hay obras que salieron a pura inspiración y enteritas: completamente buenas o completamente malas.

Hoy quisiera mostrar...

Hoy quisiera mostrar cómo se produce en mí una reunión de prejuicios, y al final demostrar que por lo menos una vez cada persona interesada en arte podría concederme la oportunidad de oír un cuento leído por mí.

A ciertas horas del día me encanta recibir muchos prejuicios, ya vengan ellos con invitación o entren a la fuerza. Tal vez lo que me provoque peores sospechas –y a veces terror– es recibir a un solo prejuicio.

Justamente ya tenemos dos en casa: el de recibir a un solo prejuicio y el de recibir a muchos. Pero en seguida pienso que cada palabra son muchos prejuicios, y ya me encuentro con que la reunión es inmensa.

Me encanta, repito, recibirlos, porque todos los días se presentan en formas diferentes, porque yo les provoco luchas feroces, hasta que se despedazan o resisten, y porque con ellos yo ejercito mis malos y mis buenos sentimientos. (Acaban de entrar dos más.)

Ahora llamaré aparte a los que tienen que ver con la materia que cada artista toma para realizar su obra.

Hay dos grupos de prejuicios que pelean, porque unos dicen que el artista ya viene con la materia de su arte, con una disposición especial de sus sensaciones para pintar un árbol o para cantarlo en una poesía; que el artista inspirado da un mínimum de participación a la conciencia en la obra, y que cuando menos participa es mejor; que la naturaleza es sabia, que nunca se equivoca, que todo lo natural es bello y hasta complican a la razón diciendo que todo lo que tiene razón y es justo es bello, etc., etc. Entonces contraatacan los que dicen: el artista se hace entre una cantidad de circunstancias tan impresionantes, que hacen ridícula la proporción de disposiciones que trae por naturaleza; que la naturaleza no sólo se equivoca como cualquiera –y aquí nosotros somos tan naturaleza como ella–, sino que la acierta en una proporción también ridícula. Y si no, oigan a los artistas hablar unos de los otros, o a los críticos que tantas veces se miden por su capacidad de maltratar disgregando o en conjunto, y que estos últimos apenas traen por naturaleza esa agresividad natural de la adolescencia y esa necesidad de aparecer a cualquier precio, etc., etc. [?] que están cansados de las cosas naturales y adoran un artificio bien hecho.

De pronto interfiere atacando de costado otro grupo que dice: hay que optar por el justo medio; naturaleza y circunstancias; midiendo los puntos de cada uno se puede hallar un promedio satisfactorio.

Hay que dar entrada a muchos términos más; hay que contemplar, hay que tratar de ser justo.

Y del otro costado otro grupo: el justo medio es una categoría meramente matemática. Las proporciones de naturaleza y trabajo son variables en cada instante y en cada artista; además entra el factor suerte y otros factores que hacen imposible medir nada.

Entonces cae por su propio peso un grupo que viene de arriba y dice: nosotros vamos a dividir y a mezclar a todos. ¿Quién es capaz de trabajar sin la naturaleza? ¿Quién puede saber cuándo es trabajo o naturaleza? ¿Quién puede desconfundir eso? (Hasta harían falta más equivocaciones.)

Es la misma estupidez de los que hablan de la espontaneidad. ¿Cómo saben qué es espontáneo? ¿Qué no se estuvo trabajando? ¿Y quién dice que todo lo espontáneo es bueno? ¿Ni siquiera que es nuestro? ¿Espontáneamente no nos enamoramos de cosas que no son nuestras y las ponemos en la obra y al poco tiempo resultan horribles? ¿Y la espontaneidad del crítico que se juega la cabeza en primeros momentos, en acomodos de circunstancias (interiores y exteriores) y al poco tiempo se agarra la cabeza que tan fácil se jugó?

Pero volvamos al principio.


Publicado el 21 de febrero de 2025 por Edu Robsy.
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