Dolorosa

Francisco Acebal


Novela



I

Desde la calle, la tienda de Inchaurrandieta parecía antro cavernoso abierto en la fachada de una casa antigua. En los días de sol la lobreguez de aquel agujero contrastaba de tal modo con el luminoso ambiente que sobrecogía el ánimo penetrar de golpe en la renegrida caverna.

Aquel comercio de hierro era de lo menos incitante y apetecible que puede ofrecerse al parroquiano; por eso desdeñaba desplegar al exterior las pompas y las galas con que otros establecimientos engolosinan al transeúnte ofreciéndolas como cebo en ostentosa exhibición. La tienda de Inchaurrandieta ni escaparate tenía; ni aun la muestra era legible, borrada como cuadro viejo por una pátina férrea, por una costra de herrumbre. La puerta, ancha pero chata de dintel, parecía una bocamina; meterse allí por hierro era como sumirse en la misma entraña del monte para extraer el rojo mineral.

Sin embargo, casi todos los que trasponían los umbrales eran campesinos y lugareños de los que viven sobre la tierra soleada de Castilla, sin imaginar siquiera el trabajo de otros hombres que arrancan en los lóbregos subterráneos aquel hierro que ellos utilizan para todas sus faenas.

Así, una vez metidos en el tenducho angosto, se despertaba lentamente una remembranza de vida labriega ante la abigarrada mercancía que comprende el largo ramo del comercio ferretero. Colgando de las paredes, apilado en los rincones, pendiente del techo, alineado en la anaquelería del hondo, rebosando por la puerta, casi invadiendo la acera, obstruyendo el mostrador, interceptando el paso, hasta por los esconces, hasta por los resquicios, veíase el hierro labrado en tosco, sin pulimento, á golpe, á martillazo, con su negrura de reflejos azulados. Y en consorcio con el hierro sus afines en el tráfico: el cobre y el zinc, el estaño y el plomo, revueltos, apelmazados en el local angosto. Revestían las paredes cadenas de retorcidos eslabones y en lo alto del muro roscas de alambre, franja decorativa de coronas y guirnaldas gigantescas que con su destello pálido hacían más triste la lobreguez del recinto. Vendíanse aquellas cadenas para amarrar al establo las bestias de labor y vendíase el alambre para cercar prados, que es también una manera de amarrar la propiedad. Las esquilas, los cencerros y los manojos de cascabeles para collerones, colgaban en racimos de la techumbre como estalactitas de metal en gruta tenebrosa. Á los lados de la puerta, en gruesas columnas adosadas á las jambas, pilas de cubos que venían á tierra con estrépito y se renovaban diariamente en tiempo de vendimia. De pila á pila una ristra de candiles ensartados por el garabato y pendientes del dintel como un fleco de metal. Forma zócalo una fila de rejos para calzar los arados; en los rincones seras rellenas de herraje; por aquí los potes y las trébedes que evocan noches invernales en cocinones de aldea; por allá los cepos para alimañas dañinas; en el fondo, revistiendo el muro, la anaquelería sucia, negra, con sus menudos compartimientos ostentando cada uno muestra de lo que guarda en su seno. Empotrada en los anaqueles, sobre la puertecilla que da paso á la trastienda, una hornacina encristalada guarece la imagen triste de la Dolorosa, vestida con manto de terciopelo ribeteado de plata, sentada entre dos florones de latón que parecen un artículo más en aquel comercio triste.

II

Tras del mostrador se agitan incesantes seis hombres, todos jóvenes, pero pálidos, con faz macilenta como si la herrumbre les imprimiese en el rostro tinte de lividez. Van y vienen con sordos pasos, llevando y trayendo las piezas de hierro que al caer sobre la plancha de la báscula resuenan en el tenducho como resonaría la campana de una catedral en un subterráneo; ó derraman sobre el platillo de la balanza los clavos, las tachuelas, los perdigones que se esparcen en granizada sonora, ó tienden sobre el mostrador las placas de zinc que irradian fulgor tibio y plateado con resplandores de luna, ó acarrean los pesados flejes ó extienden las barras de estaño brillantes y argentinas como lingotes de plata, ó descuelgan cadenas que al balancearse levantan rumor tétrico, ó alcanzan en lo alto una mazorca de cascabeles que al caer llenan el aire con sus notas risueñas.

La mercancía sale á chorros del establecimiento, sin que éste se vea jamás vacío, porque pieza que pasa la puerta de la calle se repone al punto, sacando otra igual por la puertecilla que da paso á la trastienda, vasto almacén de reservas que recibe á su vez diario alimento de la cueva por el escotillón que da acceso á su fondo. Así está la tienda nutrida siempre por el repuesto de sus mismas entrañas y la cueva se abastece á su vez por el tragaluz enrejado sobre el umbral del tenducho. Aquello es un trasiego de mercancías que bajan y suben con los regulares movimientos y chorreos de la noria.

Impulsa el mecanismo y vigila su marcha D. Indalecio Inchaurrandieta, amo de aquella ferretería. Por eso á Inchaurrandieta no se le ve en ninguna parte del establecimiento y se le ve en todas, porque él va y viene, entra y sale, sube y baja, espiando los movimientos, el curso acompasado de aquel organismo férreo. Era un hombre alto, de hombros cuadrados, fornido, de cabeza redonda, pelo duro, hirsuto, que los cincuenta años trocaron de endrino en ceniciento; una de esas cabelleras que sin dejar el tono oscuro parecen más que encanecidas espolvoreadas por el polvo de una carretera. Llevaba el rostro afeitado, y como éste era grande, colorado y orondo, tenía D. Indalecio el don de traer á las mientes la idea vaga de un semblante episcopal. Precisamente al rayar en los cincuenta notaron los dependientes y hasta los parroquianos asiduos que se acentuaba la expresión beatifica que siempre había irradiado la faz del ferretero, en vez de empedernirse con la edad y por la aspereza de aquella vida, en perpetuo roce con los metales más duros, se dulcificó, se hizo risueña. La clave de tanta placidez estaba en lo más recóndito de aquel establecimiento, más allá de la trastienda. Pasábase por ésta á las habitaciones familiares de D. Indalecio, que eran cinco ó seis estancias con luces á un patio oscuro y angosto. Pues desde las estancias, llegaban alguna vez hasta la tienda, ahogados á través del almacén, los berreos de un niño recién venido al mundo. Lo mismo era oírlos que iluminarse con una sonrisa boba la faz de Inchaurrandieta; miraba uno por uno á sus edecanes, repitiéndoles á todos ¡Jorge, Jorge! Dejaba con la palabra en la boca al parroquiano que ante el mostrador estuviese y metíase por la puertecilla del fondo, asegurando sobre la oreja el palo de la pluma ó llevando entre sus manos, inconsciente, aturdido, un lingote de hierro ó una barra de plomo.

El establecimiento seguía su marcha acompasada; aquello de allá dentro no tenía en la tienda otra resonancia que el berridito de la criatura cortado por el arrastre y los golpes del hierro.

III

Al hogar de D. Indalecio jamás llegaba el sol; abrían las ventanas sobre un patio estrecho y profundo, y como las guarnecían rejas, ni aun era cosa fácil atisbar, mirando arriba, un retazo de cielo. Los recios barrotes aumentaban la lobreguez y la impresión siniestra, carcelaria de aquel hogar sombrío. En el comedor, con ser la habitación más lúcida de la casa, era necesario el auxilio del quinqué para comer al mediodía. Sólo en verano, por Julio y Agosto, se comía allí dentro á la luz natural aunque enmascarada con tonos de día nublado y lluvioso. Era tétrica de verdad aquella morada que á Vicenta, la mujer de Inchaurrandieta, le parecía topera, á la que nunca se acostumbraba. ¡Cómo había de acostumbrarse una valenciana á la lobreguez de una mazmorra! Él, que de muy rapaz se metió allí dentro y que venía de la región vasca, de cielos grises y atmósfera lluviosa, se acomodó sin esfuerzo; pero ella, cuyos ojazos parecían estar reflejando como dos espejos negros la luz levantina, no pudo nunca avezarse á aquello. Lo sufría resignada por amor al vascongado, y para conllevar mejor las tinieblas, empeñóse con ahinco en suplir la luz con la limpieza.

Así puso Vicenta la casa toda como mueble viejo al que se le da nuevo barniz á golpe de muñeca; con un rayo de sol que recibiese, aquel hogar resplandecería; tal estaba de fregado, restregado y enlucido. Cuatro veces al año se enjalbegaban las paredes, gozándose Vicenta en verlas recibir y chorrear la lechada; pero terminado el rebullicio y el ardor de la faena, la reacción era triste, porque la valenciana, al ver los albos muros de aquellas estancias, recordaba las paredes de las barracas levantinas refulgentes, cegadoras con la intensa reverberación del sol. Era un tormento el blanquear su casa para ver la siempre gris y triste como si las mismas paredes recién emblanquecidas sintiesen nostalgia de sol. En cambio, á D. Indalecio al entrar, desde la trastienda dábale en los ojos el enlucido de su casa, pareciéndole que los mismos muros exhalaban claridad, que de aquellas paredes brotaba la luz.

Allí dentro creció Jorge. Fué una infancia triste, niñez sin sol y oyendo á todas horas el ruido que llegaba á su casa desde la tienda: golpeteo de dejes, arrastre de cadenas, rumores que á través del almacén se oían allá dentro apagados, sin sonoridad metálica, pero medrosos, tétricos.

Allí creció Jorge.

IV

No se crea que con la venida de aquel ser al mundo se alteró la ordenada marcha del establecimiento de Inchaurrandieta. No era D. Indalecio hombre que estableciese en un dos por tres mudanzas en su vida. Movíase ésta con la pesadez de aquellos flejes que arrastraban los muchachos desde la trastienda á la tienda. Era un vivir remoroso, como si todo el hierro almacenado de puertas adentro le lastrase el alma, dándole aplomo y equilibrio. Siguió con lento compás rigiendo el tráfico, y pasados los alborozos de los días primeros, fué delegando en Vicenta todos loa cuidados y todas las caricias.

Aquel rollo de carnes frescas y rosadas, aquella cabecita cubierta de una pelusa rizosa y rubia, aquellos ojuelos de húmedas pupilas que verdegueaban trémulos como dos gotas de agua, los labios rojos, las manos siempre inquietas, no parecían cosas para ser acariciadas por el ferretero. Contentábase con mirarle, sin atreverse á rozar con sus manos calludas y herrumbrosas aquella carita tierna. Mirábale, eso si, con mirada dulzona y acariciadora. Con la mirada se atrevía D. Indalecio á acariciarle, y sobre todo cuando le hallaba dormido envolvíale en ella, enviándole besos paternales. Pero las manos quietas; para evitar la tentación, echábalas hacia atrás, inclinaba el rostro y permanecía mudo, con aire de respeto, de veneración casi, como ante algo superior, misterioso, inesperado.

Al levantar la cabezota, el vascongado vela delante á su mujer, que le miraba satisfecha, agradecida á su recato. La pulcra valenciana temía que rozase á su hijo el contacto del hierro. Por eso Inchaurrandieta ni le rozaba.

Algunas veces el ferretero traía de la tienda un par de cascabeles de los que allí tenían para collerones. Hacíalos sonar delante del pequeñuelo, que tendía las manos, las patitas, todo el cuerpo, con ansia de cogerlos, pero interponíase Vicenta.

No; eso no, Indalecio... Eso mancha. Y aquella misma noche, cuando entraba á cenar, veia que Jorge tenía colgado al cuello un reluciente sonajero de plata.

—Muy bien, muy bien pensado. Tiempo tiene de acostumbrarse al hierro. Muy bien pensado. Ahora plata.

—¿Hierro? ¿El hierro mi hijo?—clamó Vicenta con tal aire de desprecio hacia el noble metal, que Indalecio ni se atrevió á responder. Miróla atónito, perplejo. Respondió ella misma.

—Nunca. ¿Te parece que estas manos de príncipe se hicieron para trajinar con esos.

Y de la boca de la valenciana salió la frase, áspera y fría, como si la hubiese forjado con el hierro y con el plomo que despreciaba. Indalecio ni balbuceó palabra. Desde aquella noche tuvo por seguro que su hijo no sería ferretero.

V

Todas las mañanas paraban á la puerta de la ferretería los carromatos serranos, que desde Buitrago, desde Miraflores ó Lozoyuela venían en dos ó tres jornadas con lento arrastre, dando perezosos tumbos por la carretera. Eran grandes y ostentosos, como navíos de tres puentes; atracaban á la vera del establecimiento, casi tapiando la puerta, y el tenducho lóbrego quedábase entonces más ensombrecido. Los transeúntes ni se atrevían á pasar por la angostura que dejaba el bajel entre pared y rueda; una rueda de diez y seis rayos, de ancha llanta y abultado bosín, que poco le faltaba para meterse dentro del establecimiento. El majo toldo, de cañizo y lona, combábase en amplia curva, tan alto que tapaba media fachada de la casa, y por la trasera caía la cortina también de lona blanca, pero adornada con las iniciales del patrón y garambainas de cuero, cosidas con hilo rojo campeando sobre la tela flotante que defendía las mercancías del polvo carretero. Los varales gruesos y recios, con pintarrajos verdes, azules y amarillos como las varas y como los mosos que afianzaban en los altos de la marcha todo el navío cuando iba abarrotado. Eran carros de alto bordo, hechos para cruzar los puertos, y por eso en vez de galga tenían ya máquina de cadena con macizos topes que oprimían la llanta, haciéndola crujir con chirridos dolorosos. Las bolsas venían siempre cargadas hasta hacer saltar las correderas de cáñamo. En la delantera no faltaba nunca el farolón, bamboleándose en los tumbos, al compás de la marcha, con el cristal cubierto por una espesa costra de cazcarrias y de polvo. En la trasera, amarrado á la riostra, el guardián de todo aquello, un mastín peludo.

El carromatero entraba en la tienda y con él parecía colarse una bocanada de aire serrano.

Todos le hablaban de allá, del pueblo; le preguntaban por todos sin conocer á ninguno, pero todos en la sierra eran parroquianos de D. Indalecio por mediación del carretero. Tampoco en la sierra conocían á Inchaurrandieta y sin embargo preguntaban por él y por D.ª Vicenta, y cuando Jorge vino al mundo, también por Jorge preguntaban los lugareños serranos. El pesado carromato llevaba y traía, á más de pacas, fardos, cajones, sacos, esteras, macoras y cestas, una carga misteriosa de patriarcales cariños.

Aquel ferretero sabía lo que eran labores labriegas. ¿No se puede pagar hoy? Se pagará mañana, pero allá va el rejo, porque sin rejo no se ara; allá va el herraje, porque sin herraje no se hierra; allá va todo, que todo se irá pagando conforme la tierra les vaya pagando á ellos.

D. Indalecio conocía uno por uno á toda su clientela. Aquella largueza complicaba sus enredosas cuentas; hasta exigía mayor gasto de cuadernos, dilataba las horas de escritorio y con ellas la hora de la cena; pero en cambio aquello era confianza, acrecentamiento de parroquia, popularidad en el mercado, lo que ahora llama el comercio del día:propaganda. A los clientes ciudadanos ni un candil fiaba Inchaurrandieta, pero con los campesinos no había regateos.

Así eran de largas y copiosas las listas de encargos que le traían los carreteros en papeles sucios, resobados y grasientos. Carro á la puerta, ya se sabía: movimiento febril en la tienda, en la trastienda, en los hondos fosos del establecimiento; remoción de lingotes y de flejes, arrastre de planchas y cadenas, acarreo de menudos trebejos; los candiles, las trébedes, los llares, el hierro tosco, de basto pulimento, que salía resonante y bullicioso del tenducho triste para ser conducido á las moradas campesinas.

Hasta Vicenta, sin salir de su casa, adivinaba las mañanitas de carromato. Oía los ruidos del hierro, las vibraciones metálicas que llegaban apagadas, golpes misteriosos, chirridos prolongados, un rumor tétrico que la llenaba de tristeza; pero había que sufrirlo porque todo ese metal que arrastran ahí fuera vale por el otro metal que entra aquí dentro; parece que es hierro lo que suena, ¿verdad?.. Pues no señor, que es oro puro tan brillante y reluciente.

Cogía en brazos al pequeñuelo, apretábale contra su seno, le oprimía el blando cuerpecillo como si aquellos lúgubres rumores fuesen un peligro.

—Tú no hagas caso, príncipe mío, bobín, no tengas miedo; de esta caverna del hierro hemos de hacer para tí un palacio de plata con incrustaciones de oro. Y ha de ser allá en mi tierra, al sol valenciano, en medio de la huerta, con muchos naranjos. Bobín, bobín, no tengas miedo. Son golpes que dan construyéndote el palacio.

Y la ardiente imaginación de la levantina llegaba á ver un palacio muy suntuoso en medio de la huerta valenciana, dorado por el sol, rodeado de naranjales y el aroma del azahar perfumando con voluptuoso regodeo la vida de su hijo.

El ferretero entrando al mediodía, disipaba la visión levantina, y la ferretera hallábase de golpe en aquella mazmorra lóbrega, en el hogar sombrío. Inchaurrandieta presentábase risueño, con el regocijo de una buena mañana. Su caraza redonda se abría con sonrisa bonachona, más tomado que otras veces por el polvillo del hierro. Traía en la mano un cestillo de mimbres cubierto con una servilleta muy blanca, cuyos flecos caían por los bordes. Presentábasela á su mujer levantándola en alto, y ella la recogía en sus manos á la vez que preguntaba:

—Hoy ¿quién vino?

—Hoy, Lozoyuela.

—Y aquí ¿qué viene?

—Un cantarillo de leche y dos docenas de huevos. Mira, mira. Para el príncipe Inchaurrandieta. ¿Qué te parece, Vicenta? Es de D.ª Blasa. Está agradecida; ya se sabe que son agradecidos.

La de Inchaurrandieta, hundiendo el rostro en la cestilla, olfateaba el presente aspirando el balsámico aroma serrano que lo perfumaba. Era la servilleta, eran los mimbres, era la lecho, todo, que trascendía á cantueso y á jara. Ponía ante su hijo la dádiva campesina y hacía que los rústicos efluvios ascendiesen hasta él como si fuesen emanaciones de salud y de vida sana.

—Mira, bobín, es para ti, te lo mandan de la sierra... Mira qué bien huele... Te lo mandan los campesinos, los pastorcitos de los montes... ¿Sabes tú los pastores que fueron con sus dones á Belén? Pues lo mismo, príncipe mío, exactamente lo mismo.

VI

Los mayores amigos de lnchaurrandietas eran los de Láinez, dueños del establecimiento de ropas blancas en la calle del Rey, esquina á la plaza de la Feria. Eran los Láinez vástagos de un largo y enmarañado linaje de ropablanqueros. Los de su apellido regían y gobernaban no menos de siete establecimientos, semejantes entre sí los siete como eran semejantes entre sí los dueños. Y aún más semejantes todavía, porque todas aquellas tiendas parecían gemelas, casi juntas, casi en la misma calle, casi en la misma acera.

La que aparentaba mayor desvío era la de los amigos de Inchaurrandieta. Sus amplios escaparates daban á la plaza de la Feria, y como ésta era espaciosa, aquellos grandes paneles tragaban á torrentes la luz y con ella la alegría callejera. Las otras seis tiendas, metidas en viejos caserones de la calle del Rey, retorcida y angosta, eran oscuras, y las ricas prendas presentadas en escaparates mezquinos, en vez de ropa blanca parecían ropa vieja. Sólo de noche con los grandes focos incandescentes se igualaba la iluminación de los siete establecimientos, pero desde el crepúsculo, el comercio aquel quedaba mortecino, porque es artículo que requiere la luz solar para ver bien la blancura, la nitidez de la lencería. Por eso el de la esquina era el más concurrido. Allí hacían alto coches blasonados, allí tenían su puesto cuadrillas de mendigos que pedigüeñeaban á las grandes señoras, viniendo á resultar que en aquellas puertas encristaladas tenía momentáneo roce la blonda y el harapo, el terciopolo y el pingo.

Allí no entraba la clase media, allí todo era caro. Con mirar desde fuera á través de los altos ventanales, bastaba para comprender que allí todos los precios estarían encarecidos. Aquellos coches tan brillantes, aquellos troncos crasos y piafadores, aquellos lacayos, grandes mocetones, de librea hasta el calcaño, aquel desbordamiento de blancura que á través de los cristales se veía, hasta las doradas letras que sobre las grandes lunas rebrillaban diciendo: Pascual Láinez, hasta los pordioseros mismos, daban á la tienda porte señoril, ahuyentando de ella á los tímidos burgueses.

Y dentro, Pascual Láinez, un gran señor de barba cana, lentes de oro, gorrilla redonda de seda negra y traje también negro, que destacaba más en la alba tienda. Detrás de los mostradores, que parecían bruñidos de tan limpios como estaban, nueve mozuelos repeinados, barbilindos, desviviéndose por servir y atender al señorío. En un rincón, medio oculta por discreto biombo, Rita Láinez, á la vez esposa y prima de Pascual Láinez, que, sentada en un taburete con una labor entre las manos, atalayaba toda la tienda.

Los que entraban no la veían: ella veía á los que entraban. De cuando en cuando Rita abandonaba la madriguera. A poco tiempo volvía. Puede darse por seguro que llevaba entre las uñas encargo de una nueva canastilla ó un nuevo equipo de boda.

Corría el biombo, echaba mano á la labor... y hasta otra.

VII

La amistad de los Láinez con los Inchaurrandietas era una de tantas cosas cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos. Vicenta Agrasot, cuando vino de Valencia casada con el vascongado que la había elegido para esposa, hallóse con aquella amistad impuesta. Es verdad que los Láinez rezumaban el orgullo de su ostentosa tienda, es verdad que al entrar en la covacha de los ferreteros hacían más repulgos y más dengues de lo que valía la pena, ella arremangándose las faldas, él cuidando de no raspar su flamante traje con las piezas de hierro; pero á los dos minutos de tertulia, el calor de la amistad derretía el hielo de las vanidades mundanas, y una confianza dulce abríase paso á través de la cháchara femenina.

Allí las que parloteaban eran las mujeres. D. Pascual y D. Indalecio eran dos silenciosos, dos sibaritas del oído, y oyendo la charla de sus esposas dejaban que las horas corriesen mansas.

Eran ambas de una misma edad y, sin embargo, Rita Láinez podría pasar por madre de Vicenta. Este aparente trastrueque de edades no provenía sólo del avejentamiento de la Láinez, sino también de la frescura y lozanía de la ferretera. Parecía que aquella atmósfera herrumbrosa respirada diariamente, enriqueciéndole la sangre, prolongaba su juventud de valenciana pálida, con ojos negros, de negrura aterciopelada que sobre su rostro de un blanco mate destacaban más, como la vestimenta de Láinez entre la ropa blanca de su tienda. Esta impresión de intensa negrura que sus ojos producían, sin duda, se reforzaba por el enérgico trazo de las cejas finas, sedosas y bellamente arqueadas, como alas de cuervo. Era un rostro de belleza crepuscular, triste, melancólico. Su cuerpo comenzaba apenas á diseñar líneas de matrona; grácil y airoso, aun vestido con modestia, con abandono y desprecio de la moda, tenía ese conteneo suave y pudoroso de la mujer honesta, la discreción suprema de la hermosura, un recato gracioso.

La ropablanquera fué ingenua ponderadora de aquella hermosura; afirmaba en redondo que no entraba en su casa señorona más gallarda que Vicenta.—¡Si algunas veces no sabe una por qué se encarga de hacerles la ropa! Las modistas, al fin y al cabo, pueden echar mano de ciertas artes postizas... ¡Pero una! Te digo que da vergüenza. Y todo, todo, culpa de la vida que llevan. Flacas, lacias... ¡Te digo que ya quisieran! Ahora mismo tenemos entre manos á la marquesita del Socorro Un tapón así. Las prendas que se nos desgracian se las doy á Pascualita para su Pepitonia.

Vicenta se deleitaba oyendo la animada charla de su amiga; era la revelación de un mundo lejano, ecos sonoros de la vida repercutiendo en el lúgubre fondo de aquella triste morada de ferreteros. Al oir á Rita Láinez, la valenciana sentía que el volcán de su imaginación entraba en período de tumultuosa actividad, y que las ideas, los anhelos, las ilusiones borbotaban hirvientes y caían como lava sobre su corazón, abrasándole en intensos deseos. No por ella, eso nunca; por su Jorge. Aquél, aquél era el mundo de Jorge, hacia él iría como un príncipe llegado de luengas tierras, de regiones misteriosas, más admirado, más querido por el misterio mismo de su origen; un príncipe bello, rubio, blanco, alto y de tal gallardía que aquellas grandes señoras otro igual jamás lo vieron... ¡Ah! Ellas serían, como Rita decía, pequeñuelas, revejadas, cenceñas y escurridas, pero eran así por puro hartazgo de señorío. Esas bellezas ostentosas provocadoras y descaradas eran cosa plebeya, de los seres inferiores que se pasman y se emboban con palmitos retrecheros. Todas las muñecas son muy lindas, y, sin embargo, son muñecas. Eso, muñequerías, tontadas. Aquellas condesitas, aquellas grandes duquesas, ¿para qué necesitaban en este mundo la carta recomendatoria de la carnal hermosura? Estaría bueno que á una dama le dijesen: es usted muy guapetona. ¡Ordinarieces plebeyunas, cosas de pueblo bajo, chicoleos de la chusma!

Cuando de tal modo la ferretera daba libre curso al torrente de su fantasía, de innegable oriundez levantina, ya Jorge Inchaurrandieta era un bello pimpollo de doce años. Y tenía razón su madre; la natural desenvoltura, la esbeltez graciosa, la cabellera rubia, partida en dos crenchas iguales que caían como cascada de rizos sobre las orejas, la blancura de la tez, el verdegueo acuátil de las pupilas, con la mirada insistente, penetrante y fría, un mirar entre desdeñoso y provocativo, el porte, los ademanes y hasta el perezoso andar con la lentitud y la confianza del que siempre llega á tiempo, le envolvían en atmósfera de aristocratismo. Era, en efecto, un bello príncipe que había nacido en la caverna lóbrega y misteriosa de una ferretería.

Los grandes príncipes llegan siempre así... de la región ignota, del palacio de cristal y plata, del antro tenebroso, de lo desconocido.

VIII

En aquella edad Jorge se acostumbró á frecuentar el alegre establecimiento de los Láinez. Por la ferretería jamás se presentaba: infundíale dolorosa impresión de miedo; ni para entrar ó salir de su casa le servía la tienda; era preferible el rodeo del portal y la espera hasta que abriesen aquella puertecilla vieja, de cuarterones, por el desuso enmohecida.

El almacén de ropa blanca era otra cosa: grande, soleado, con las inmensas lunas, á través de las cuales se veían los árboles de la plazuela, unas acacias muy verdes, unos plátanos muy altos, una estatua de mármol en el medio y dos pilones á los lados con sendos chorros de agua, que surtían entre un peñascal, como agreste promontorio colocado en los centros de cada estanquillo. Aquello daba gusto, y Jorge Inchaurrandieta sentía un bienestar íntimo entre la pureza de tanta ropa nítida, entre aquel albor de nieve. Metido allí, evocaba su mente el tenducho paterno, haciéndole surgir en visión tenebrosa, para saborear con el contraste todo el deleite de aquel paraíso blanco, luminoso y alegre. Ni los oídos se atormentaban con los tétricos arrastres de flejes y cadenas, ni la vista padecía con la hórrida exhibición de las toscas herramientas, ni el rostro se curtía con la pátina del polvillo de hierro. Allí blondas esponjosas, allí encajes como espuma, maniquíes revestidos con vestimentas de tan inmaculada blancura que parecían jirones de primaverales nubes ó graciosos tocados con tonos de rosa, con matices de cielo ó con suaves colores de pálida violeta. En algunas épocas del año el ramaje de la plaza frontera en plena lozanía bañaba la tienda en un claror verdoso como si estuviese sumergida en el fondo de un lago. Era una grata impresión de bienestar y frescura que invitaba á emperezarse allí dentro, gozando del rebullicio vocinglero de la clientela, del incesante vaivén de aquellos jóvenes tan pulcros que desplegaban sobre los mostradores cataratas de lencería, del revoloteo de tantas señoras como entraban risueñas, parlanchinas, saturando el ambiente con los voluptuosos aromas de sus perfumes.

La valenciana alentó cuanto pudo discreta y mañera las inclinaciones de su hijo, que le parecieron anuncio de altas miras en su carrera.—Vete allá, hijo mío—le decía siempre amorosa y acariciadora,—vete á casa de Láinez, rózate allá con lo superfino de nuestro señorío; huye de aquí, en donde todo es tosquedad, aspereza y gentuza, plebe y sólo plebe: gañanes, arrieros y carreteros. Rózate allí con aquellas señoras; que se te peguen sus modales, apropíate sus maneras. Aprende, hijo, que aquélla es buena escuela, príncipe mío, aprende de ellas.

El príncipe aprendía, y á la tarde, al entrar en la mazmorra herrumbrosa de los ferreteros, invadíale una tristeza extraña, la nostalgia melancólica de las cataratas de lencería, de los jirones de nubes rosadas como celajes de la aurora, de las bandas flotantes que entre el blancor azulean, de los encajes de nieve, de las blondas de espuma.

A la noche, su madre sentada á la vera de la cama, veíale adormecerse, pensando que el sueño de su hijo le sumergía en una atmósfera vaporosa, blanca, y azulada.

IX

Después de adormecerle íbase á la ferretería; la única hora en que allí entraba. Ya habían cerrado la puerta; casi á oscuras, los dependientes destrasteaban el mostrador, ponían orden en la anaquelería. Levantábase un rumorcillo leve de clavos desparramados, de perdigones esparcidos; los últimos ecos del hierro que, replegándose y escondiéndose, aguardaba al día siguiente para renovar sus metálicas sonoridades. La tienda entera, sumida en la oscuridad nocturna, entregábase al sueño. Inchaurrandieta, oculto tras un enrejado de madera y unas cortinillas verdes y sucias, en pie, ante roñoso pupitre, con una luz humosa y débil, garabateaba números sobre un papel color garbanzo. Solía destacarse el áspero escarabajeo de su pluma, que era de ave.

Salían los dependientes; quedábanse los esposos solos: Indalecio, tras el enrejado de madera, que parecía no tener más objeto que servir de jaula á los números garrapateados con torpe trazo y Vicenta, hincada de rodillas junto al mostrador, sirviéndose de él como de reclinatorio, apoyando la frente sobre el tablero renegrido. Delante de ella estaba la Dolorosa, la patrona de la tienda con sus ramos de latón á los lados. En la oscuridad, la imagen de la Madre dolorida era más triste, más conmovedora. Vicenta, sin levantar el busto, levantaba la mirada hacia la Virgen y veía su faz pálida, su gesto lacrimoso con expresión terrible de un dolor más grande que todos los dolores. Detrás del enrejado oíase como un chisporroteo el roce de la pluma sobre el papel amarillo; Inchaurrandieta oía el susurro de un rezo. De cuando en cuando un suspiro.

Vicenta rezaba sobrecogida por una emoción intensa; ponía en la plegaria todo el fervor que de su pecho ascendía como un anhelo ardiente de que la oyese aquella Madre dolorosa, sobre cuyo manto de terciopelo rebrillaba una espada argentina. Algunas noches, la valenciana sintió que en mitad del rezo, sus ojos se humedecían y que unas lágrimas le surcaban el rostro. Eran lágrimas de piedad, de vehemente deseo de ser atendida.—Sí, Madre, que sea santo, que sea bueno, que sea feliz, dichoso, el príncipe mío.

La pluma, con su burlón escarabajeo, subrayaba la plegaria de la ferretera.—Feliz y bueno. Para mí nada: ya lo ves. Madre dolorosa, para mí nada. Para mi Jorge todo, todo.

Después de largo rezo, dolientes ya las choquezuelas, se incorporaba y con voz segura, reveladora de un íntimo reposo, decía cerca ya de la trastienda:

—Indalecio, la cena.

Pero una noche, en vez de anunciar la cena, abrió la puertecilla que daba acceso á la jaula de los guarismos y metióse adentro. Los dos allí, apenas cabían. Fué tan insólita la entrada de Vicenta en la guarida del numerario que Inchaurrandieta quedóse suspenso, levantó su cabezota de cabellera espolvoreada, bajó á la punta de la nariz las gafas y con ojos de sobresalto inquirió el motivo de aquella gran mudanza en las costumbres de Vicenta.

—No te alarmes, Indalecio, es algo que hace días debo decirte. Tú, siempre aquí, no reparas... Es natural que no repares. Tú no; pero yo tengo el deber de reparar y reparo. Ya sabes que Jorge cumplió hace pocos días catorce años.

—Cabales. ¡Si es un hombre!

—Espera, Indalecio... Ya sabes que Jorge se pasa las horas muertas, como un bobalicón, en casa de Láinez.

—Sí, tí; ya lo sé, Vicenta. Aquel establecimiento le gusta más que éste. Es más limpio, es más alegre.

—Yo no te hablo del establecimiento, te hablo de casa de Láinez, de Pascual y Rita Láinez. Yo también creí que á donde iba era á la tienda y decía: anda con Dios, que allí va todo lo más principal del señorío. Pero como tengo el deber de reparar, reparo y te digo que á donde va Jorge es al entresuelo, ¿oyes?... al entresuelo.

Y el pobre Inchaurrandieta, abriendo el rostro en espaciosa mirada, posando sobre el pupitre roñoso las gafas y la pluma, repitió con algo de misteriosa admiración.

—¡Al entresuelo!

—La misma Rita me lo ha dicho... Oye, Indalecio: la misma Rita... muy satisfecha muyufana: mi Celia y tu Jorge parecen dos palomos. ¿Qué te parece á ti? Dos palomos. Tú dirás como yo.

—¿Qué dices tú?

—¿Y me lo preguntas? Eso... jamás; eso... nunca... ¡La ropablanquera!

X

En aquellos días atravesaba Jorge una de esas crisis de adolescente, episodios al parecer livianos que rozan la vida con levedad volandera, pero muchas veces truncan su marcha, cambian su rumbo.

Ocurrió una mañana que amaneció Madrid tiritando bajo un manto de nieve. El cierzo serrano, glacial y fino, endureció la costra que envolvía casas y calles; el cielo, despejado de nubarrones, enviaba la luz á raudales, y la tierra, con el esmalte de la nevada, se la devolvía en reflejos de plata. En la atmósfera nítida y pura palpitaban brillantes las reverberaciones.

Jorge, contra los higiénicos preceptos de su madre, quiso salir á disfrutar del ambiente luminoso que, como ráfaga de alegría, pasaba sobre la tierra. Ni aun las mañanas de estío eran tan diáfanas como aquélla, y además el aire, que parecía picotear el rostro con agujas de hielo, metíase por los poros, colábase en el alma, agitándola con impulsos volanderos.

En cuatro zancadas púsose en la plaza de la Feria. Los plátanos y las acacias, cubiertos de nieve, parecían árboles tan marmóreos como la estatua del centro; los rústicos peñones de los estanquillos estaban vidriados por el cristal de los carámbanos, y los chorros de agua, sorprendidos por la helada, eran estalagmitas de caramelo. El sol intenso envolvía la plaza en un nimbo de luz resplandeciente.

Jorge entró en la tienda de Láinez. Detrás del biombo estaba Rita con su labor entre las manos. Aquella mañana el alto establecimiento semejaba una prolongación de la plazuela, como si allí dentro también hubiese nevado.

La de Láinez, sin abandonar el escondrijo, anunció al rapaz que arriba le aguardaban, y hacia arriba se fué Jorge por la escalerilla que como una serpiente se enroscaba á un tronco de hierro. Apenas había surgido por el escotillón del entresuelo, hallóse rodeado y aclamado por la prole copiosa y vocinglera de los Láinez. Desde la infancia más tierna hasta la adolescencia más granada, había allí representantes de todas las edades de la vida.

—Ya creímos que no venías.

—Desde el balcón te vimos.

—Parado como un bobo delante de la plazuela.

—Pensaba que era de azúcar.

—Quería darle lametadas.

—Quería comerse un árbol.

—Quería chupar el caramelo de los surtidores.

—Lo que se chupaba era el primer frío.

—Oye, Jorge, desde tu casa á aquí ¿cuántos batacazos te diste?

—Habrán tenido que levantarte con grúa porque tu mamá te ha forrad.

—¡Fuera la bufanda! ¡¡fuera la bufanda!!

Resonó en la casa aquel grito de guerra; hasta el almacén bajó dando vueltas por la escalerilla torneada. Todos se lanzaron sobre Inchaurrandieta desarrollándole la bufanda que le arrebujaba, y surgió la faz enrojecida por el caliente rebozo. Comenzaba á virilizarse el rostro de Jorge con trazos firmes de líneas varoniles; el verdegueo de sus ojos era cada día más acerado las crenchas rubias orlaban al desgaire su frente recta y pálida; sobre el labio superior, algo grueso y rojo como guindare esbozaba una pelusa de oro y de seda.

Celia al verle descubierto soltó una carcajada. Jorge fué con ímpetu hacia ella; se propuso descargar sobre alguien la corajina de tan pesada broma.

—¿De qué te ries? ¿de qué te ríes?

Ante la violenta acometida Celia retrocedió asustada. Dió contra la pared; Inchaurrandieta prosiguió el ataque acosándola al verla acorralada.

—¿De qué te ríes?

—No seas bruto—dijo la niña.

El hijo de los ferreteros levantó la mano.

—De mi nadie se ríe.

Hubo un Láinez valiente que con salto de hiena se lanzó sobre el ferretero y atenazándole el cogote le hizo gemir en doliente alarido. Celia, irguiéndose, lanzóse sobre los combatientes; los tres rodaron. Se oían golpetazos, resoplidos, pero sobre todo se oía la vibrante voz de Celia diciéndole á su hermano:

—¡No le pegues, no le pegues!

Al incorporarse, el rostro de Jorge estaba ensangrentado. Un silencio de angustia y de miedo paralizó á todos; sólo Jorge, palpando el hilo de sangre que enrojecía el bozo de seda y oro, se mostró sonriente, sereno. Aquel aplomo del herido levantó los ánimos. Una oleada de admiración y de respeto envolvió á Inchaurrandieta con aureola de héroe. Celia, cogiéndole la mano.

—Ven al cuarto—le decía,—ven que te lavemos.

Todos en tropel y silenciosos le seguían y rodearon la palangana en donde Celia, con sus propias manos, lavó aquel rostro de príncipe bello murmurando entre dientes:

—¡Si tu madre lo supiera!

—¡Qué ha de saber! Eres una simple. ¿Te figuras que voy á ir llorando á mi casa? Los hombres no lloran.

De los restregones y del fregoteo salió resplandeciente el rostro hermoso de Inchaurrandieta. El agua, además de la sangre, borró los rencores, y dado todo al olvido proyectaron los Láinez ir á jugar con nieve en la Moncloa. Un clamor de júbilo acogió la idea.

—¡A la Moncloa, á la Moncloa!

De toda aquella rapacería se destacaron los tres mayores—¡A la Moncloa!—gritaban, como podían gritar ¡Al Polo, al Polo! Pertrecháronse como espedicionarios que parten hacia las antárticas regiones. Puede decirse que no les faltaba más que el trineo; perro llevaban; iba la Centella que con brincos y piruetas dió á entender que ella iría en la partida.

—¿Y tú, Celia?—preguntó Jorge.

—Yo no. Madre no me deja.

—Pues el año pasado te dejaba.

—Pero del año pasado á hoy... ya ves tú... ha pasado un año.

—¡Qué simple eres, y qué simplezas dices! ¿Vienes ó no vienes?

—Iría.

—Pues ven.

—Ya te dije...

—Sí;ya me dijiste que ha pasado un año la la Moncloa, á la Moncloa!

La escalerilla de hierro se bamboleó; una tromba la hizo trepidar. Los cuatro rapaces salieron de la tienda y la Centella con ellos. Cruzaron en línea diagonal la plazuela de la Feria; iban en Ala pisando unos las huellas de otros. La perra delante abriendo marcha.

Desde un balcón, sobre la muestra dorada de los ropablanqueros, Celita los vió marchar cruzando la plazuela. Con el rostro pegado al cristal los veía chapotear sobre la nieve: primero la Ceñidla, después Inchaurrandieta y luego sus hermanos. Ninguno se volvió para mirarla á ella, para ver tras el cristal su carita de angelillo murillesco. Ella sí los veía á través del ramaje desnudo. Iban andando... andando sobre la nieve, con la perra por delante como exploradores temerarios, como fantásticos personajes de cuento de hadas, como sombras que se deslizan en silencio por un paisaje de plata. La Centella brincaba delante; después iba Inchaurrandieta bizarro, gentil, como un príncipe bello.

Celia los perdió de vista. Sobre la plaza quedaban sus huellas.

XI

Al llegar la expedición á la Moncloa se había engrosado con importantes factores: era ya una bandada de revoltosa muchachería en holgorio navideño. Al paso por las calles iban reclutando camaradas de colegio; ni uno faltó á la leva. El último que se incorporó á las filas fué Augustito Paternina. Vivía cerca de la Moncloa, en una casa arrabalera, mitad campestre, mitad ciudadana. Era hijo de un escultor, de un artista de fama que sobre la frontera de lo rústico y lo urbano tenía vivienda para su familia, taller para sus esculturas y jardín para sus llores.

Inchaurrandieta fué el designado para hacer el reclutamiento de Paternina. Dos veces había estado allí; los demás tenían cierto miedo respetuoso á penetrar en aquella casa extraña, que ante ellos aparecía envuelta en misterio. Al abrir la puerta de la verja sonaba una campanilla, después había que atravesar el jardín, después había que saber entre muchas puertas por qué puerta se entraba.

Aquel día no hubo duda para Jorge; apenas resonó el esquilón de la verja, el padre de Augustito, el señor Paternina en persona, apareció ante la más anchurosa, ante la más solemne de todas aquellas variadísimas portadas. Era un portón gran de, rasgado, mucho más ancho, mucho más grande que una puerta cochera. El señor Paternina, visto sobre aquel inmenso umbral, parecía un señor pequeñito, un viejecillo desmirriado. Ostentaba al aire su hermosa cabellera, una zalea rizosa, encrespada y tan blanca que parecía estar, como las copas de los árboles, cubierta por la nieve. Unos ojillos azules é inquietos animaban su rostro sonrosado. El bigote y la perilla, también canos, completaban el adorno y el carácter de aquella faz bondadosa, risueña. El sol la doraba.

—Aquí, aquí, caballerito—gritó Paternina.

Hacia allí fué Jorge. Vió que el escultor vestía una blusa blanca, que en pliegues caía casi hasta los calcaños.

Vista ya de cerca la figura de aquel hombre se acrecentaba: era venerable sin ser solemne.

Obligó á Inchaurrandieta á entrar en el taller. Entró aturdido; era un mundo de mármol; todo era de una blancura deslumbradora, sólo comparable á la nevada de fuera y al establecimiento de los ropablanqueros. Sólo su casa era negra, Dios mío, su casa ¡qué negra era!

En medio de aquel taller, una estufa en vivas ascuas caldeaba el aire, cargado con el aroma penetrante de la tierra mojada.

De entre aquellas fantasmas de mármol y de entre aquellos gigantes ensabanado? salió Augustito Paternina.

—Vengo por tí; vamos á la Moncloa.

El papá de Augustito escuchaba con una sonrisa tan bonachona que el ferretero sintióse confiado no sólo con aquel señor simpático, sino también con todas aquellas estantiguas aterradoras. El mismo señor Paternina, con su alba zalea, con su mandilón blanco ¿qué semejaba sino una estatua más con facultad de palabra, de movimiento y de vida?

Los dos amigos salieron de bracero por el jardín. El artista los vió marchar desde el portón.

Aquella rápida visita dejó en el alma de Jorge una huella más honda, más dura que la de sus pasos sobre la nieve.

La turba hizo alto á la entrada de la Moncloa. Allí la nieve se espesaba en mullidas capas que incitaron los deseos de arremeter con ella. Empeñóse un combate con proyectiles helados que iban á estrellarse contra las cabezas, contra las espaldas de los luchadores. Sólo Jorge y Augusto desertaron de la refriega para dedicarse al arte de la escultura. El señor Paternina labraba sus obras en mármoles duros, ellos emplearían material tan deleznable como la nieve, pero en ardor, en santo fuego, el venerable artista no les aventajaba. Ante ellos hallaron una academia que les pareció obra digna de ser remedada y pusiéronse á la obra. Era el ridículo grupo de Velarde y Daoiz el cual, pasito á paso, va siendo expulsado de la heroica villa que los dos valientes artilleros defendieron; ya están en la puerta: un empujón más y... al campo con ellos.

Sin duda ante el riesgo de expulsión que corría la obra, Jorge y Augusto se propusieron duplicarla. Á decir verdad, hicieron maravillas y poco elogio sería decir que superaron el modelo. Los dos nuevos combatientes, aunque amasados con nieve, tenían el poderoso brío que corresponde á aquella escena. ¡Lástima grande ha sido que el sol no derritiese el modelo, trocando en estatua de mármol la obra de nieve que se deshizo á media tarde en un regato de agua y en un poco de niebla!

XII

Al ver entrar á su hijo, Vicenta quedó consternada; le faltó muy poco para prorrumpir en alaridos de asombro ó romper en llanto de dolor. Es lo cierto que estuvo largo espacio perpleja, vacilante, dejando que pasase el primer tropel de las pasiones maternales revueltas, encrespadas. Basta decir que la valenciana, al ver á Jorge ante sí, tuvo vehementes impulsos de plantar sobre aquel rostro hermoso la palma de su blanca mano. En el reloj de péndola del comedor daban las cuatro de la tarde; Jorge había salido de su casa á las nueve de la mañana.

¡Y cómo venía! Entre todas las estampas que el arte y la industria han producido del hijo pródigo no se ha visto nada que dé impresión más punzante y verdadera de lo sucio y desarrapado. Toda su vestimenta, desde el sombrero á las botas, aparecía recamada por una espesa costra de pellones, de lodo y de cazcarrias. Pero lo más singular fué que, al despojarse de las prendas de abrigo, apareció el traje más sucio, más embarrado con grandes lampa roñes de tierra arcillosa, de yeso húmedo y pegajoso. Era la viva imagen de un alfarero. Su madre quedóse atónita, ni se atrevió á indagar la razón de semejantes huellas de albañilería. Hubo que atender á lo más urgente: obligarle á que se metiese en la cama para que entrase en calor su cuerpo aterido, calado por la humedad hasta los tuétanos.

Mientras Jorge se acostaba, Vicenta le preparó uno de esos aromosos cocimientos á que atribuyen las madrea milagrosas virtudes curativas. No sabemos cuál era la yerba favorita en la farmacopea de la valenciana, pero al presentarae ante el lecho de su hijo, ofrecióle la pócima balsámica y humeante; él la apuró hasta las heces. Bien sabía que sorbérsela de un trago era como sorberse todo el enojo de su madre. Al devolverle la jícara, ya el rostro de la valenciana desarrugó el torvo ceñito. Realmente era eficaz la medicina aquella.

—¡Pobre hijo mío, si estás tiritando!

Subióle el embozo, arrebujóle la cara, con su mano le rozó la frente.

—Bobín, estarías asustado pensando que yo estaba asustada. Nada de eso, nada de eso. Tú ahora, suda. Luego comerás... Estarás hambriento, príncipe mío... He mandado á Nicolasa que te traiga dos filetitos de ternera... Si estarás hambriento.

—Ni pizca de hambre.

—Pero, bobín, si no has comido.

—Pero, mamá, sí que he comido.

—¡Comiste tú!... ¡Tú comiste!

La ferretera iba de asombro en asombro. Inclinóse sobre el rostro de su hijo para ver si el sudor rompía, y una infecta bocanada de aire tabacuno la hizo retroceder.

—Ahora mismo me lo cuentas todo, todo, todo. No mientas; no me ocultes nada; ahora mismo. Eres un granuja, eres un golfo; eso, eso, un golfo. No mientas; no me ocultes nada... Desde mañana mismo te pongo á despachar arados en la ferretería; sí, señor, arados... desde mañana te ato, sí, señor... te ato con una de aquellas cadenas desde mañana, á subir flejes de la cueva; sí, señor, flejes de la cueva... desde mañana... á ayudar á tu padre, por granuja, por golfo, por perdido... ¿Sudas? Díme si sudas.. Espera, que voy por unas botellas de agua caliente.

Las trajo que abrasaban; se las puso entre las sábanas, le rodeó de calor, le dió blandas palmadas en el cuerpo, le desgreñó las alborotadas crenchas.

—Empieza: ¡vamos á ver! Tú empieza sin miedo; no me ocultes nada. No irás al almacén, no, bobín, no irás á la tienda. No; no irás por flejes á la cueva... Ya está ahí Nicolasa con los filetes de ternera, y después te haremos té muy calentito y después te dormirás... Todo, todo, sin mentir, príncipe mío.

El embozo de las sábanas le prestó á Incharraundieta el mismo pudoroso servicio que en el confesonario las rejillas; recatándole el rostro, daba compunción y aire de arrepentimiento á sus palabras.

—Me invitaron á comer en casa de Paternina.

—¿Quién es Paternina?

—Un señor que hace esas estatuas de las plazuelas; el papá de Augustito, mi compañero. Pasamos por allí, camino de la Moncloa... Celia no vino; sus hermanos sí vinieron. Al ir entró yo, porque los otros no se atrevían. En casa Láinez también me esperaban. Bueno. En esto que llegamos á la Moncloa... Celia no iba. Augustito y yo no quisimos hacer burradas; quisimos hacer de Paterninas, y sacamos otra estatua como la que está conforme entras en la Moncloa. Yo no sé quién hizo aquélla. Augustito jura y perjura que su papá no la hizo. Yo creo que si la habrá hecho. ¡Si está muy cerca de su casa!... Pues sacamos una tan parecida, tan parecida... A estas horas ya se habrá derretido. Al volver, Augusto me dijo: entra en mi casa; haremos una estatua que nunca se derrita... Su casa tiene un jardín; ahora está sin flores, pero en la primavera dice Augustito que salen cuantísimas flores. También tiene árboles... Entramos en el taller del señor Paternina. Es tan grande como la estación del Norte. Puede que sea un poco más pequeño; pero muy poco, muy poco. También tiene las ventanas en el cielo como las de la estación del Norte. Comimos allí dentro; los otros se marcharon. Á mí me dijeron: que sí, que comas, que comas... Bueno; pues comimos allí dentro. Mamá, ¡qué comedor! Estaba la estufa, como el Sr. Paternina decía: echando candela. Comió con nosotros la mamá de Augusto. Ellos hablaban;yo no entendía. Augustito me dijo que hablaban italiano. Su mamá es muy vieja, pero es muy alta y muy delgada. De cuando en cuando se levantaba el señor Paternina; yo no sé para qué se levantaba; pero cada vez volvía con una botella... Trajo una botella baja y regordeta y toda cubierta de letreros; trajo otra botella muy alta y con el pescuezo muy estirado; se parecía mucho á la señora de Paternina; trajo otra... yo no sé cuántas botellas traería. Él cató de todas. Á mí me dió de algunas. Primero no comimos sopa: comimos callos. A mí me gustaban, y eso que escocían;pero me dieron á beber de una botella que quitaba el escozor, haciendo cosquillas. Después comimos... comimos boquerones, y con los boquerones dijo el señor de Paternina que era menester tomar de la botella larga, que se parecía á su señora... Lo del parecido es cosa mía. Dijo que si no tomábamos de aquello los boquerones nos hacían daño. ¡Ah! se me olvidaba: creo que fué antes de los boquerones cuando nos dieron un queso muy rico. Yo con el queso no quise beber nada. El señor de Paternina bebió de otra botella. Después comimos jamón en dulce con jalatina, y después del jamón, manzanas asadas, que estaban muy requetebuenas, con azúcar y con vino de Montilla. Sé que era vino de Montilla porque Montilla se llama un amigo mío. Y después de las manzanas... ¿qué dirás que vino? Pues un vaso de leche para cada uno.. No; no tengas miedo, no me hace daño; me lo dijo el Sr. Paternina: «Caballerito, échele usted unas gotitas de esto y no tenga miedo de que le haga daño». Y me echó las gotitas... ¡Qué caliente estaba! Después hubo café. Ya sabia yo que en casa de Augusto tomaban café todos los días. Su papá gana cuantísimo dinero. En el café me zamparon más gotitas. Y detrás del café un licor tan riquísimo que me chupaba los dedos.

—¿Y detrás del licor?

—Nada.

—No mientas; detrás del licor, un cigarrillo.

—No, mamá.

—No mientas.

—No, mamá. Fué un puro.

XIII

La cháchara de Jorge se fué desvaneciendo en pausas soñolientas. Su mamá dejaba que se durmiera.—¡Estará rendido, fatigado!

En los linderos de la somnolencia hablaba todavía.

—Sí, señor; á papá Paternina le pareció que mi obra era una obra bella, así lo de cía: ¡Qué bella, qué bella!... Yo amasaba con los dedos el barro. ¿Sabes, mamá? Con los dedos... Ahora resulta que las estatuas de mármol no las hacen los escultores. ¡Qué gracioso! Pues el señor Paternina, conforme trabajaba, tenía al ladito, sobre un cajón muy sucio, una botella; no, dos botellas.... El papá de Augustito es el señor más simpático que yo me eché á la cara. Augustito me dijo que su papá era artista... Sí, mamá, artista. Tengo mucho sueño... Yo también quisiera ser artista. Yo soy un artista... Yo vuelvo mañana... Si Celia viese aquellos fantasmas, le daban miedo. Yo quiero hacer fantasmas... Yo quiero, yo quiero...

Quedóse dormido. Vicenta le guardaba el sueño. En el cerebro de la valenciana quedaron prendidas las últimas palabras de su hijo: Yo quiero, yo quiero...

Ella no supo claramente lo que su hijo quería, pero con maternal instinto lo adivinaba, pareciéndole algo grande, algo bello. Tenia Vicenta de la escultura una caótica idea, íntimamente relacionada con las esculturas tumulares. Pero no sería aquello; más bien era cosa como las estatuas de las plazuelas, como los leones del Congreso, como los reyes de la plaza de Oriente, como la Cibeles, como Neptuno. Sintió un estremecimiento de placer pensando que de las manos de su hijo pudiesen surgir obras tan primorosas como aquéllas.

Por eso al día siguiente la de Inchaurrandieta no se opuso á que su hijo volviese á casa de Paternina; al contrario, le alentó, le incitó á ello; conforme antes le decía: hijo mío, vete á casa de los ropablanqueros, rózate allí con las grandes señoras, aprende de ellas, ahora le empujaba hacia aquel taller grande, para ella tan misterioso, del que salían vírgenes de mármol, guerreros de bronce... Aprende, aprende. Tú también harás guerreros, montando grandes caballos que se pasan la vida con una patita levantada; tú también harás fuentes como la de las Cuatro Estaciones, pero con muchas cabezas de angelotes que inflando los morros, echen mucha agua; tú también harás santos como los que yo vi en la puerta de la catedral de Valencia, en donde se reúne el Tribunal de las aguas. Feuchos son, pero ellos algo tienen; si señor, algo tienen. Tú, tú, Jorge, harás para mí una Dolorosa; la quiero de mármol blanco, blanco... toda de blanco, sin manto de terciopelo, y en vez de espada... se me ocurre una idea, en vez de espada, una corona de espinas, cogida así entre las manos. Yo, esto ya lo vi en alguna parte, no sé dónde, pero en alguna parte. La corona, por supuesto, será de oro... ¿Me harás tú esa Dolorosa? ¿Verdad que sí, bobín mío?

Desde el día en que estas cosas dijo la valenciana, la doliente imagen de Nuestra Señora no se desprendió de su pensamiento. Diariamente la veía ante sí, de mármol blanco, inmaculado, sin una veta, y entre sus manos, oprimida contra el pecho la corona de oro» Y aun de noche, al arrodillarse ante el mostrador de la ferretería, al apoyar sobre el renegrido tablero su frente de valenciana hermosa, parecíale ver una imagen de mármol surgiendo como visión celeste entre los anaqueles abarrotados de clavos y tachuelas. Era una Virgen Dolorosa; la que velaba por la tienda; la que velaba por Jorge.

Encorvando el busto, casi rasando con la frente el sucio suelo de la ferretería, oprimidas las manos contra el pecho, como si estrujase con ellas una corona de espinas, balbuceaba doliente:—¡Señora y Madre mía, que sea un artista y que no se muera!

XIV

Celia Láinez jamás bajaba por la escalerilla que se enrosca como un serpentín al tronco de hierro; su madre se lo había prohibido. A Rita le molestaba el fisgoneo, las miradas, las bromas de aquellos horteras que por haberla conocido de pequeñuela se creyeron autorizados para tratarla con muchísima familiaridad é incorregible tuteo. No señor; arriba, arriba. Los Inchaurrandietas ¿no habían abierto al servicio la puerta del rellano? pues ellos abrirían la puerta de la escalera principal. Á punto estuvo Rita de quitar de en medio aquel caracol horrible que afeaba la tienda. Pero no, no le quitemos... no le quitemos: cuando viene por aquí Jorge Inchaurrandieta, ¿por dónde sube? Por el caracol. No señor; no le quitemos.

No le quitaron; para Celia, aquella tortuosa bajada llegó á tener el suave misterio de las cosas prohibidas. Pero no por eso sintió la tentación de descender á la tienda; estaba muy bien arriba, rigiendo ella sólita el hogar ordenado, pulcro, limpio de los ropablanqueros.

Desde muy temprano colgábase á los hombros un delantal de los de peto, fino, blanco, y daban comienzo las faenas. Para atender á lo de abajo, su mamá, D.ª Rita, recatada tras el biombo, con una labor eterna entre las manos. De cuando en cuando oíala Celia subir ágil la escalerilla; con el leve peso de la Láinez el serpentón ni se bamboleaba siquiera. Subía para darle noticia de alguna buena pieza que entre sus mañosos dedos había caído.

—Ahora mismo, hija, ahora mismo: todo el equipo de la Villarrosales. Ella val o poco, menuda... taponcillo... pero quieren cosa fina y lo dejan todo á gusto mío.

Ó esto:

—La de Montiél, ya sabes, una señora, verdaderamente una señora, nobleza de verdad, nobleza rancia; acaba de decidirse por la mantelería y los juegos de cama, son piezas á la antigua, de las que ya no se llevan, de las que ya nadie compra. Se necesita ser lo que es la de Montiél: toda una noble, toda una señora. Figúrate que los manteles es artículo que está en el almacén desde el tiempo del abuelo de tu padre. Cuando la boda de la Écija, se los propusimos; pero como todas, mucho de bordados mucho de puntilla...En la lencería ninguna repara. Esta de Montiél es de lo poquito que nos queda. Una señora, sí, hija mía, una señora. Bien puedes decir que sobre esos manteles comerán muchas generaciones... ¡Qué lencería! ¡Qué señora!

Y por el serpentón de hierro bajaba otra vez á la tienda, para subir á poco.

—Hija, el canastillo para el benjamín de la Torrearcas. ¡Quién había de decirlo! Esta casa hizo el de su papá y el de su abuelo. ¡Qué consecuentes! ¡Qué bellísimas personas!

Con esto, Celita estaba siempre al corriente de cuanto en la tienda ocurría, sin desatender un punto el hogar que regentaba con la gracia y el desenfado naturales en su juventud, pero á la vez con un imperio y con un aplomo increíbles en sus pocos años.

Todas aquellas dotes eran necesarias para llevar el gobierno de la rapacería alborotadora, desbarajustada y bullanguera. Celia se impuso á todos. Ver su delantalito, con los tirantes cruzados en aspa por la espalda, infundía respeto, como los tirantes, también en aspa, de los guardias civiles vistos en el campo por los malhechores. ¿Á ver quién era el valiente que se atrevía á dejar el agua sucia en las palanganas? ¿Á ver quién el grandísimo gorrino que tiraba una cerilla por el suelo? Pues el que olvidase una corbata encima de la cama, sin corbata se quedaba quince días. Ni su papá se evadía de la severa disciplina. Si les gustaba así, corriente, y si no les gustaba, si aquel régimen les parecía duro, allí estaba el llavero con sus catorce llaves, allí estaba la Agenda, allí estaba el libro de cocina y que viniese otra á sustituirla á ella.

Nadie rechistaba. Ni á las horas de comer se consentía lo de esto está algo soso, esto otro está salado. Cada uno come y calla. Ni se crea que el despotismo mataba la alegría. En aquella casa el orden, la pulcritud, la limpieza, exhalaba hálito de juventud, de frescura y de vida sana.

La misma Celia se puso como nunca: su faz paliducha con el azacaneo se coloreaba, todo su cuerpecillo estirado y garboso adquirió con los afanes una traviesa desenvoltura; hasta su mirada rompió el encogimiento timorato de la adolescencia para penetrar firme, para sondear severa las cosas serias de la vida.

Jorge subió por el caracol al entresuelo. Aún no había surgido por el escotillón su cabeza de príncipe bello cuando Celia presentóse ante él con su manitas metidas en los bolsillos del delantal rizado, esponjoso como ala de paloma. No aguardó á que subiera; desde arriba se lo dijo:

—¡Largo de aquí ahora mismo!

Inchaurrandieta, en mitad del serpentón, se quedó parado.

—¿No oye usted? Largo de aquí ahora mismo.

—Oye, tú, yo vengo porque quiero.

—Pues yo también te mando á la calle porque quiero. Éstas no son horas de venirá una casa bien ordenada. Por la tarde... á la hora que quieras.

—Es que hoy es domingo.

—Pues por ser domingo, ya estás largando. ¡Largo! Á pescar peces al lago de la Gasa de Campo; allí están tus amigos.

—Venia para que fuésemos á misa.

—Para oir misa no te necesito á ti; me basta con el señor cura. Además, la misita más temprano.

—Déjame subir; mira que si no subo no vuelvo.

—¡Largo, largo!

—Tu madre me dijo que sí, que subiera Tengo permiso.

—A ver la papeleta.

Los ojos de Jorge verdeguearon en la oscuridad del caracol. Celia afrontó la mirada.

—¿Subo ó no subo?

—Ven á las dos. Iremos hacia el canalillo.

—¿Subo ó no subo?

La de arriba ni contestó siquiera. El de abajo emprendió el descenso hacia la tienda.

El serpentón retumbaba; entre el retumbo Celita oyó una voz que decía:

—No me esperes, que no vengo. Nunca, nunca.

XV

Fueron, como Celia había dicho, hacia el canalillo. Iban casi todos los Láinez de la esquina (así los llamaban), y algunas de las ramificaciones de la calle del Rey.

Formaban grupos, ya bulliciosos y dicharacheros, ya graves y sesudos.

Celia se reunió á sus primas, dos muchachas de su edad, Láinez también, y ropablanqueras. Marchaban las tres en ala por la orilla del canal. La tarde abrileña era ardorosa; de cuando en cuando por encima de los cerros unas oleadas de aire serrano daban en el rostro. Eran frescas y venían saturadas de balsámicos aromas. Á lo largo del canal hay dobles filas de chopos lombardos; sus copas puntiagudas se esponjaban con el verdegueo de la primavera, y el verdor, espejándose en las aguas del canalillo, era oscuro, de reflejos pantanosos.

Corría el caudal en curso muy lento, pesado, con un silencio triste de aguas muertas. Á largos trechos los puentecillos sobre los cuales pasaban las Láinez, sin más intento que cambiar de ribera. Iban canal arriba, en dirección opuesta á la corriente. Unas veces eran largas rectas que se prolongaban entre las hileras rígidas de los troncos enfilados; la cinta de agua veíase á lo largo con sombríos verdores, y arriba, entre las alineadas agujas de los álamos, la cinta azul del cielo; otras veces el canal va en curvas espaciosas; los chopos contornean como buenos compañeros aquel mudo deslizamiento de las aguas pesadas y oscuras. Es una ribera solitaria, ignorada. Junto á los puentecillos de piedra hay sauces, que aquella tarde estaban ya reverdecidos; su ramaje lánguido formaba bóvedas sobre la senda ribereña. Á un lado el terreno desciende, y en las hondonadas hay huertos, hay viveros de rosales, cuya flor ya rompía en millares de botones; al otro lado hay lomas que ondulan, cubriendo su desnudez de agrio terruño con pelusa de yerba. Más allá, en el lejano fondo, las cumbres azules del Guadarrama. Sobre algunas cimas rebrillan manchas de nieve.

Celia se destacó de sus compañeras.

—Sí, Jorge, me lo han dicho; es inútil que lo niegues. Sé que en aquella casa tomáis cada borrachera que rodáis todos por el suelo. ¡Qué bestias!

—¿Quién te ha dicho esa mentira tan gorda?

—¿Es mentira, Jorge, es mentira?

—¿Quién te lo dijo?

—¿Es mentira?

El canal se encajonaba en una hoz estrecha de taludes rojos. Después volvían á aparecer las huertas, los bancales de rosas y al otro lado las lomas pardas que empezaban á herbecer.

—Si vuelves á emborracharte, ni me mires á la cara.

—No seas tontina. Yo no me emborracho nunca. Pregúnteselo á mi madre.

—¡Tu madre!..

Jorge vió que los ojos de Celia se nublaban con una mirada torva, triste, oscura, como las aguas del canalillo.

—¡Mira tú que eres! Ahora que voy á hacer el retratito de toda tu persona. De mármol blanco, de cuerpo entero. Y te llevaré á la Exposición. ¿Ves allí, á la izquierda, aquella cúpula tan grande y tan fea? Pues allí dentro. Vendrás conmigo á verla. ¿Qué te parece? De mármol blanco, de cuerpo entero. Pensé en hacerte de bronce, pero después me dije: de mármol blanco, mármol de Carrara. ¿Te enteras? Te pongo en pie muy grave, muy seria, con un poco de ceñito, como esta mañana cuando me decías que no subiera. Ya estás apuntada, pero no te lo enseño. ¡Que yo me emborracho! ¡Mayor mentira! Lo que más me apura es diseñar bien la línea del cuello, que sea muy fina, y sobre ella colocar bien la cabeza con el moñito recogido. Parece nada, pero es muy difícil. Todo el toque está en eso; la línea del cuello, el moñito, la cabeza. El cuerpo no me preocupa. Por supuesto, con delantal de peto rizado y los tirantes cruzados así, en aspa, por la espalda. Á un lado, junto al delantal, cayendo con una cadenilla sobre la falda, el llavero. Ya tiene título. ¿Sabes que ya tiene título? Mi amita.

Jorge hablaba con pasión de artista, acalorado, como si el acento esmaltase la palabra. Celia le oía mirando hacia las aguas del canalillo. Allí parecían correr un poco más de prisa, hasta formaban en la superficie leves rizos. En una huerta, un hombre con grandes zuecos en los pies, regaba unos cuadros de rosales. Por encima de las lomas, venía rozándolas, el aire de la sierra.

XVI

No, mamá, yo no me emborracho. Eso es mentira, mentira. Te lo habrá dicho... ya sé quién te lo dijo.

—¿Quién, quién, hijo mío?

—Te lo ha dicho Celia... ¡La ropablanquera!

—¿Tú la ves?

—Todos los días.

Por el cerebro de la valenciana pasó una ola de sangre, algo caliente que la mareaba como una borrachera.

—¿Pero tú... todos los días?...

—Si, sí, cuando vuelvo del taller.

—¿Cuando vuelves?...

—¿Y qué?... Es que la quiero, ¿oyes, mamá? ¡Es que la quiero!

Jorge estaba tendido sobre la cama con el traje revuelto, con el abrigo encima. De un salto se puso en pie.

Sus ojos eran ascuas, su frente ardía, los labios desplegados temblaban, y entre los labios sus dientes apretados, finos, tiritaban de ira.

—¿Qué voy á hacer, si la quiero?

—¡Jorge... bobín, yo no me opongo á que tú la quieras!

—Ya lo sé, ya lo sé que tú no quieres...

Vicenta cogió entre las suyas las manos de su hijo: estaban frías como témpanos. Las soltó asustada; le palpó la frente, hundió sus dedos entre las crenchas de oro. La frente ardía.

—Pero bobín, si yo no digo...

—¿No dices? ¡Claro, tú no dices nada!

—¿Tienes calor? ¿tienes frío?

—¡Suéltame!

Se despojó del abrigo, se quitó el chaquetón: como un cuerpo inerte cayó sobre la cama. Con el rostro boca abajo, metido en las almohadas, se le ola respirar en largos resuellos, como si jadeara.

Vicenta cogió un mantón que pendía en el respaldar del lecho y lo tendió sobre el cuerpo de su hijo.

—Duérmete, que aquí estoy yo... duérmete, bobín... duérmete, hijo mío.

Á los pies de la cama había una silla muy baja: Vicenta se sentó en ella.

XVII

Indalecio Inchaurrandieta regentaba sereno, cachazudo, su ferretería. Los golpeteos del hierro eran suave rumor, murmullo blando para sus oídos. Por el tragaluz caían los flejes á la cueva: por el escotillón de la trastienda volvían á subir, hoy uno, mañana otro, como cangilones de noria. Las planchas de cobre y los rollos de plomo que sus dependientes acarreaban eran imagen de su vida, arrastrándose lenta, con ruido manso. Él era feliz con aquella existencia reposada; habituóse desde niño á los metálicos sones, á los acompasados movimientos que impone el manejo del hierro.

Y las mañanas alegres, agitadas, con la presencia de los carromatos y con la charla campesina de los carromateros. Llegaban tempranito; apenas se abría la puerta ya se arrimaba á ella uno de aquellos navíos abarrotados de mercancía serrana; la capota de lona, refulgente de blancura con el sol matutino, parecía la vela de un buque arriada del mástil al atracar al muelle. En la delantera, el farol cubierto por una costra barrosa y polvorienta y el mastín peludo atado al riostro.

Continuaban trayendo canastillos que olían á cantueso y á jara, repletos de sabrosos dones campesinos, resguardados del polvo de la carretera por la servilleta blanca, de largos flecos, perfumada de montaraces aromas.

Allá, en el monte, nadie conocía al hijo de D. Indalecio, pero le enviaban los presentes como dones que se envían á un príncipe siempre ignorado y siempre querido.

Á los carreteros les recomendaban mucho que preguntasen por el señorito, pero nunca le veían.—Para el otro viaje han de conocerle—decíales D. Indalecio con voz muy queda.—Hoy está dormido... ¿sabe usted? Hoy está dormido.

A la noche, cuando cenaba en su casa, poníanle al príncipe ignorado, las dádivas de los labriegos serranos. El príncipe las cataba.

Al mediodía sentábanse solos á la mesa los ferreteros; Jorge estaba en la cama. Él comía después, en otra parte: unas veces en el taller de Paternina, otras veces en la Viña tal ó en la Viña cual, en un gran restaurant ó en un gran merendero. Era precisamente uno de los grandes misterios de su vida. Su mamá le preguntaba muchas noches en dónde había comido, y él respondía indicándole los lugares más misteriosos y más extraños.

—Sí, mamá; allí hacen el arroz como en ninguna parte. ¿Te figuras que aquello es alguna taberna? ¿Sabes quién estaba hoy en una mesa enfrente de la mía? Pues la marquesita de Carcedo con Loló Llaguno. Era cosa de chuparse los dedos de gusto con aquel arroz. Lo hacen miércoles y sábados. Tú lo vas á ver. El primer miércoles mando que os traigan dos raciones. Que sí lo mando. ¡Que sí, mamita!

Aquí un beso muy sonoro.

—Sí, hijo, sí, mándalo, mándalo. Desde que salí de Valencia no he vuelto á tomar un arroz bien puesto, lo que se dice un arroz.

Al día siguiente:

—¿En dónde quieres que uno coma con este calor? En los Viveros. Fui con un amigo. ¿Sabes tú, mamá? Uno del taller. Tú no le conoces.

Con aquel desorden de comidas transigió más ó menos á su gusto la valenciana; pero el desbarajuste, el vertiginoso cambio de cocina, cundió á la cena y á esto ya quiso poner coto.

—Acabas con el estómago.

—Si es que estoy desganado y sólo puedo tragar algo, así, picando en distintos lugares.

—Á papá no le gusta que no estés á la mesa á la hora de la cena.

—Bueno, mamita; tú no te enfades. Verás: mañana, mañana mismo ceno con vosotros.

Y á la noche siguiente cenó Jorge con sus padres. Eso sí, cenó poquito, porque el estómago, el pícaro estómago...

—Pero hijo, por Dios—le decía el ferretero,—si eso no es comer, te quedarás con hambre.

Su mamá callaba.

XVIII

La idea se la inspiró el bondadoso Paternina; pero fué semilla en campo feraz que germinó pronta y lozana.

Se lo dijo una tarde: usted, caballerito, necesita ver el arte moderno; un paseo por el mundo. Antes ha de empezar, claro está, por el arte antiguo. De aquí ha sacado usted cuanto sacarse puede; nadie ha de enseñarle ya más de lo que sabe... Tome usted otra copa; es de la Campana... Yo puedo darle cartas para Rodín, gran amigo mío. Pero antes á Italia... ¡Miguel Ángel! Y decir que yo á la edad de usted vine de Italia á España. ¡Oh! país bello, bello, España... Vine con mi papá que era marmolista. Las viejas sacramentales madrileñas están llenas de obras suyas. Él trabajaba para los muertos, yo trabajo para los vivos... ¿Quiere usted unas gotitas? Es de las Tres estrellas. Excelente... Usted es joven, usted tiene talento, usted, hijo mío, tiene fortuna, sus señores papás tienen fortuna... ¡Ah! Si yo hubiese tenido lo que usted tiene... La patria mía. ¿Sabe usted cómo alimenté yo años enteros el santo fuego de la patria mía? Pues haciéndome amigo de todos los tenores que desfilaron durante medio siglo por el regio coliseo. De algunas tiples también fui amigo. ¡Qué cosa tan rara! No conseguí que un tenor bebiese ni tanto así conmigo. ¡Oh maestro! Proibito, proibito. Pero las tiples... todas, todas ¿Usted no sabe una cosa... una cosa?Psss... quedo, piú quedo... Usted dirá ¿qué cosa... qué cosa? Ella no quiere que se sepa. Ella... mía signora... ha sido tiple. ¡Oh! los tiempos bellos. El 75 perdió la voz; le aseguro á usted que perdió la voz. Ella no lo cree; yo sí lo creo; pero no se lo digo. ¡Poverina!... Ahora este piccolo sorbo de la Campana. ¡Disgraziata, poverina! Canta aún, sí, canta, en noches de luna.... aquí sola. Entra la luna por allá arriba. Yo también entro pero me escondo. Ella descorre los toldos de los tragaluces... ¡La bella notte! Entra la luna. Estas obras mías parecen obras de mi papá, estatuas de tumba. ¡Oh qué es bello, bello! Y ella canta... la desgraziata, la poverina. No tiene voz... ¡ma come canta! lo l'amo.. io ploro.

El señor Paternina sentóse en un taburete de pino que había á su lado, hundió en las palmas de la mano su testa venerable y entre sollozos le oyó Jorge que decía: ¡La disgraziata, la poverina!

Luego se incorporó, ofrecióle á Inchaurrandieta una copa rebosante de líquido topacio, escancióse él otra, levantóla en alto—¡Questa é la vita!—dijo, y la apuró de un trago!

Después, sereno, tranquilo, volvió á hablarle de Rodin, de Miguel Ángel, de Klinger, de la Cuerccia, de Guillaume. Era necesario conocerlos á todos.

Aquella misma noche, llegó Jorge á su casa muy puntual para la cena. Estaba locuaz, alegre, expansivo. Al levantar los manteles, sorprendió á su madre con la noticia de que no salía. ¿Salir? ¿salir? ¿Adónde? ¡Si este Madrid es tan pequeño! Si no hay dónde ir; vamos á ver, ¿adónde va uno? ¿A un cafetucho? ¿A morirse de tedio en el círculo? ¿A la cuarta de Apolo? Nada, nada; que Madrid es muy pequeño.

Parecíale á D. Indalecio que Madrid no era tan pequeño, pero no replicaba. Él, al fin y al cabo, encerrado en su tienda de hierro, ¿qué sabía?

De la pequeñez madrileña pasó Jorge con suavidades gatunas á la ponderación de otras cortes europeas. Sus padres le oían embelesados. Era una dulce velada, con su hijo allí, al lado de ellos.

En el reloj de péndola se levantó un murmullo de ferretería, y en seguida, rápidas, sonaron diez campanadas. Ni don Indalecio ni Vicenta quisieron acostarse; aquella noche no tenían sueño. Continuó la cháchara. ¡De qué cosas tan lindas les hablaba Jorge! ¿Quién sería capaz de dormirse oyendo cosas tan bellas?

Cuando volvió á levantarse en el reloj de péndola rumor de hierro, Jorge ya lo había dicho todo, todo. Sonaron once campanadas; los ferreteros quedaron solos; Jorge, soñoliento, se fué á la cama. El péndolo, con su toc-toc, parecía el dientecillo de un roedor mordiendo el tiempo. La imaginación levantina de la ferretera, queriendo volar lejos de allí, hacia regiones ignoradas, fué á posarse en una llanura de naranjales, con las barracas blancas como palomas, acurrucándose entre las copas cargadas de azahar.

Volvió á gruñir el reloj con ruido áspero, como si se desvencijase. Dió doce campanadas. Fué en este momento cuando Vicenta dijo:

—Casi me alegro; corriendo el mundo olvidará... olvidará. ¿Qué se ha pensado esa... ropablanquera?

Y á los pocos días Jorge Inchaurrandieta se alejaba á todo vapor de aquel Madrid tan pequeño. Era ya noche cuando el tren corría por entre los densos pinares de la Sierra. Jorge miraba el paisaje oscurecido. Á veces veía el centelleo de una luz lejana indicadora de alguna vivienda campesina. Jorge, viendo aquella estrellita roja, pensaba: ¡Quién sabe si de ahí me enviaron los ricos presentes, los perfumados dones!

Por encima del pinar asomó la luna; una luna grande, solemne, que derramó sobre las copas su claror pálido. Elevóse de la tierra niebla plateada; los pinos parecían envueltos en nubes de espuma. Jorge se imaginó el taller de su maestro en aquella noche de luna; parecióle que por el pinar mismo vagaba la signara, la poverina, entre la niebla luminosa, plateada... Los pinos emblanquecidos eran fantasmas de tumba, extrañas creaciones del papá de Paternina, y entre ellas, en la bella notte cantaba la signara... la disgraziata... la poverina.

XIX

Fué una mañana primaveral y caliente cuando el cartero, entre las habituales cartas de corresponsales y de comisionistas, dejó en la ferretería un rollo largo, apretado, envuelto en faja azul, con una etiqueta rosada. Inchaurrandieta cogió entre sus dedos herrumbrosos aquel rollo tan bonito, palpándolo un momento; pero había carro á la puerta y lo dejó con las cartas dentro de la jaula de los guarismos.

Allí estaba el carro, con su toldo de lona, su farol polvoriento y su mastín peludo. Hubo que subir hierro de la cueva, hubo que descolgar coronas de alambre, hubo que traer rejos de arado; sonaron las esquilas pendientes en racimos, descolgáronse mazorcas de cascabeles, sobre los platillos de las balanzas oyéronse granizadas de perdigones; era la época de la actividad campesina, la florescencia de la primavera removiendo hasta los fosos de la ferretería, y entre tanto, guardado tras las rejas de madera, aquel rollo azul y rosa como una flor serrana.

Por fin el navío levó ancla, desatracó de la puerta, y D. Indalecio perdió de vista el toldo, que se balanceaba con los tumbos. Volvióse á la jaula para abrir su correspondencia comercial: órdenes, cuentas, facturas, y entre tanto el paquetito azul esperando allí, flor en capullo, á que lo abrieran. Los sellos delataron su procedencia: aquello venía de París, y sin más vacilaciones, atravesando la trastienda, dirigióse Inchaurrandieta al comedor con el rollo en la mano. Eran las doce. Sobre el limpio mantel humeaba la sopera. Vicenta aguardaba á su marido.

Entre los dos rasgaron la envoltura. Salió un cuaderno grande, de tapas muy lustrosas, colorinescas. Se esparció al desplegarlo un olorcillo suave. Tendiéronle en la mesa, sobre el albo mantel; los esposos estaban juntos, muy juntos, casi pegados los rostros; la sopera seguía humeando en el centro. En la tapa de aquel cuaderno de brillantes colorines, vieron un rótulo breve y sonoro que les evocaba algún recuerdo borroso, adormecido en la memoria.

—Éste es el título de un drama—dijo el ferretero.

—No; me parece que éste es el título de una ópera—dijo con sagaz adivinación la ferretera.

Abrieron el perfumado cuaderno por la primera página, y estampado en ella, claro, hermoso, había un retrato. El ferretero y la ferretera se miraron frente á frente, con los ojos muy abiertos; después cada uno cogió una silla, pusiéronlas muy juntas y sentáronse ante el cuaderno. El humo de la sopera se cernía sobre sus cabezas.

Las primeras palabras salieron de boca de la valenciana y fueron éstas:

—¡Qué guapo! Con toda la barba.

Era verdad; estaba muy guapo, con guapeza varonil, briosa hermosura, mezcla feliz de vasco y levantino.

—¡Ya quisieran, Indalecio, ya quisieran ser así los príncipes que retratan los papeles!

La barba era como las crenchas, rizosa, fina; vestía el retratado cazadora de pana, sobre la cual caían en gracioso desgaire los cabos de la corbata, anudada en lazo de mariposa. La mirada, como siempre, penetrante, altiva, casi dura. Miraba de soslayo; parecía dirigir á los ferreteros una mirada furtiva. Debajo estaba el nombre.

Lo triste, lo angustioso, lo aflictivo fué para los Inchaurrandietas no poder enterarse de lo que decía aquel cuaderno grande, satinado, oloroso. Hablaba de él, de él solo, porque de cuando en cuando surgía su nombre entre las apretadas líneas. Vicenta recorrió los renglones uno por uno. ¡Catorce veces, señor, catorce veces le citaban! Pero solo su nombre era cosa inteligible.

Recorrieron las páginas llenas de estampas, que también debajo tenían su nombre. Pero del texto, nada... nada.

Comieron poco. Vicenta, á la vez que comía, dió vueltas á una idea extraña, extraordinaria, pero salvadora.—Aquí nadie entiende esta lengua endemoniada—pensó ella;—aquí hierro, hierro. Esos dependientes... ni uno. Yo sé quién lo sabe, quien lo entiende. Sí, Indalecio; yo sé quién lo sabe, pero no me atrevo. Sabe poquito; es lo bastante. Sí, si lo sabe. Se lo enseñaron; no seas bobo. Les ahorraba un sueldo; por eso se lo enseñaron. La correspondencia de las fábricas francesas la despacha ella. Su comercio no es como el tuyo, no seas bobo. Necesitan la moda, necesitan rozarse bien con las cosas de Francia. Toda la ropa blanca viene de Francia. ¿Piensas tú que es lo mismo confeccionar camisas que vender arados?

Sin acabar de comer, se levantó de la mesa, arrebujóse en una mantilla y salió del comedor á la trastienda, de la trastienda á la tienda y de la tienda á la calle. Los dependientes la vieron salir con un gran cuaderno en la mano; era inusitada, extraordinaria aquella salida. Un instante después viéronla entrar de nuevo en la tienda.

Desplegó el cuaderno; púsolo ante ellos, preguntándoles:

—¿Quién es éste? ¿quién es éste?

Todos le reconocieron.

—¿Verdad, que reguapísimo?

Doblando la hoja, volvió á la calle, y al llegar á la plaza de la Feria oyó que los pájaros cantaban entre las copas de los árboles; hasta vió algunos andando á saltitos por encima de las pequeñas praderas. Parecióle que ella también andaba á saltitos. Pero no; ella andaba como siempre: era su corazón el que andaba como los pájaros de la plazuela.

Paróse un instante junto á un estanquillo, cual si le interesase mucho el chorreo del agua cayendo sonora sobre los peñones del centro.

—¡Bah!—se dijo á sí misma.—¡Qué boberías!¿Por qué no he de entrar? Adentro adentro.

Rita estaba en su escondrijo con la labor eterna entre las manos. Es indudable que al entrar Vicenta se aceleró un poquito el movimiento de los husillos entre los ágiles dedos de la Láinez.

—Arriba está; sube.

—Hija, sí, un momento; voy á verla. Si creo que hace un año que no la veo.

Todos los dependientes se maravillaron de la agilidad y prontitud con que la hermosa valenciana, dando vueltas en torno del serpentín, se coló en el entresuelo.

—¡Celia! ¡Celita! ¿En dónde estás, criatura?

Al oir la voz de la ferretera, se asustó Celita; pero al verla se deshizo la alarma. Sobre la faz de la Láinez restallaron dos besos. Celia volvió á alarmarse.

Entre besos y palabras cortadas entraron en la sala.

—Celita, por Dios... ni que fuese yo visita de cumplido.

Era una salita rectangular, baja de te cho. La sillería, alineada con mucha rigidez alrededor de los muros, estaba toda cubierta con fundas blancas; debe decirse que aquellas fundas eran de una blancura deslumbradora y que además estaban muy planchadas. En los dos balcones cortinajes en pabellón de vaporosa muselina y pendiente del techo una araña también enfundada. Todo el piso cubierto de esterilla tan nueva, tan limpia, que rebrillaba con suaves tonalidades de oro viejo. Tras las vidrieras veíase la fronda de los plátanos, de las acacias; su ramazón casi rozaba los cristales. Entraba á torrentes la luz enverdecida á través del ramaje. Oíase el pío pío de los pájaros. Vicenta acomodóse en el sofá; Celita en una butaca. Celita tenía, como siempre, su delantal de peto, blanco, rizoso, limpio. Parecía una funda más en la sala nítida, de mueblaje blanco, de claridad verdosa, de suelo dorado.

Vicenta enseñóle el retrato.

—Mira, mira; si parece un príncipe.

Celia lo cogió en sus manos. Su rostro se puso blanco, pálido, como las fundas sus labios querían sonreír, pero no sonreían; las rizosas hombreras del delantal se agitaban como la espuma de las olas con la brisa fresca, matutina.

—Sigue, sigue mirando; verás sus obras, sus esculturas.

Celita volvió la página.

Sobre un fondo negro resaltaba con blancura de mármol una de aquellas obras. Celita se puso roja, con rojez de guinda.

—Bueno, esa no la mires; pasa, pasa.

Pasóla hoja; la pasó con timidez, con pudoroso recelo.

—No tengas miedo, tontina; pasa... pasa.

Otro fondo negro, otra escultura blanca. No pudo reprimirse; fué un grito, fué un sollozo.

—¡Mi amita! es Mi omita.

Era su delantal, era su llavero, era su moñito, era ella... era ella.

Una rama de acacia movida por el viento rozó los cristales. Sobre el hierro del balcón posóse un pájaro; tenía las alas negras, el pico era blanco, la pechuga también era blanca.

Las dos mujeres, atraídas por el roce de la acacia, volvieron la vista y vieron al pajarillo con las alas negras, con el buche blanco.

XX

Eso es imposible, mamá, completamente imposible; serla enterrarme. Yo vendré á comer con vosotros todos los días, casi todos los días... Que sí, que sí, que vendré con muchísima frecuencia. Mira, por de pronto me señalas un día á la semana: el que tú quieras; nada, nada, el que tú quieras. Siempre lo que tú quieras, mamita (aquí un beso). Y el día que falte, multa. Por supuesto que, además de ese día, vengo cuantísimas veces. Para mis (lías... los llamaremos así: mis días, me pones arroz, paella valenciana. Ni en París, ni en Florencia, ni en Roma, se puede comer paella á la valenciana. Un día en un cabaret del barrio latino, en Los tres claveles, vi un cartelón que decía: Paella á la valenciana y me colé... verdaderamente me colé. Estuve á punto de llorar acordándome de tu arroz, mamita (besuqueo)... Yo no lo sé, no: yo no sé por qué se llamaba de Los tres claveles. Sería por unas muchachas que servían con claveles rojos en el pelo. Eran huertanas de verdad; más huertanas que la paella... tenían los ojos como tú, mamita (dos besos)... Estuve á punto de llorar... Quita, por Dios. Si me marchó á comer en otra parte... ¡Qué pueblos! Hay bellas obras, sí... ¡qué mármoles! ¡qué bronces! Pero tú, mamita, sentirías nostalgia de paella valenciana... No te preocupes; mientras no encuentre un buen taller dormiré en cualquier parte... seguiré haciendo vida de París.... como ave de paso: hoy en un árbol, mañana en otro. Todos los de la colonia hacíamos lo mismo. Había un ruso que muchas noches dormía al raso. Zinki... ¡Pobre Zinki! Miguel; yo le llamaba siempre Miguelito; él me llamaba Jeorgewitch. Él me hablaba de Rusia, yo le hablaba de España. Era extraño Zinki. Tirado en cualquier parte se dormía encogido, arrebujándose al calor de la melena como los pájaros al calor del ala... ¡Decirle, decirle! Hubiera sido capaz de matarme si olfatea limosna. Para Zinki la caridad no era cosa caliente; era una cosa fría, más fría que las piedras sobre las que él se quedaba dormido. Hasta que una noche se fué á dormir al Sena. Lo supimos por la mañana; cuando fuimos, ya lo habían sacado. Nos avisó Natacha, su compañera; los dos estudiaban música. Zinki se lo tenía advertido: el día que al despertarte, al abrir la ventana, veas sobre ella mi violín, vete á buscarme al Sena... Natacha entró en mi cuarto. Yo estaba durmiendo. ¡Jeorgewitch, despierta! Me ayudó á vestirme. Cuando llegamos ya lo habían sacado; pero le vimos. Tenía la melena mojada como un pegote sobre la cara. Reparé que estaba descalzo y yo no sé por qué me alivió un poco la terrible impresión el ver que estaba descalzo... Yo qué sé, mamá, yo no sé por qué estaba descalzo. Pero yo lo estuve viendo, estuve un buen rato preguntándome: ¿por qué estará descalzo?... No llores, no llores, mamita. A tí ¿qué te importa Zinki?... Tenía diez y nueve años. Yo había pensado hacer una cabeza. Era feo, pero tenía una bella cabeza... Ahora trabajaré en el taller de Paternina hasta que yo encuentre uno. En este Madrid no hay talleres, no hay más que barracones. Tendré mucho trabajo, para ir y venir esto está muy lejos... la comer sí! Ya te dije que un día á la semana. ¡Qué guapa estás, qué reguapa estás, mami ta mía! (aquí caricias sobonas y zalameras). Te voy á hacer la Dolorosa. En cuanto despache el busto de la Peñarcones y el grupo para el Salón, ¡á la Dolorosa! ¡Si en Florencia hubiese podido! ¡Qué modelo! Me acordó mucho de ti. Pero en Florencia no se puede. Aquella ragazza no era florentina, era napolitana. Sólo hice un boceto, un desnudo, y se lo vendí á un pobre señor norteamericano que estaba requemado por la lumbre de los ojazos de la ragazza napolitana. Me dió setecientas liras. Un día le convidamos á comer. Los tres juntos: Esther, as¡se llamaba la napolitana, el norteamericano y yo. Al acabar estaba beodo. Cayó rodando por el suelo; tuvimos que echarle á empujones, á patadas. Se olvidó en casa un abrigo. Nunca más volvió, nunca más supimos de él. Registramos los bolsillos: en uno hallamos un brazalete de plata negra con un granate como gota de sangre seca; en otro hallamos un revólver pequeñito con culata de marfil y unas castañuelas con mucho cintajo de los colores de la bandera española. En el bolsillo interior cuatro retratos de mujeres. Uno era la Otero y estaba firmado; otro decía Lucy, también firmado; los otros dos eran una espléndida matrona y una mujer joven, las dos en cueros vivos. También hallamos en una carterita muy pequeña un fajo de liras. Á los retratos les prendimos fuego; el brazalete se lo apropió Esther, el revólver me lo apropié yo y con el dinero encargamos un funeral en Santa María del Fiore por el alma de un violinista ruso que había muerto en el Sena... Mira mamá, yo quisiera hallar taller y casa todo en una pieza. Puede que lo encuentre por allá arriba, por el canalillo, por donde iba con los de Láinez los domingos. Recuerdo haber visto lindas casitas, bellos jardines. Yo quisiera un hotelito, quisiera un villino.. Si, mamá; es lo único posible para estar todos juntos... Por allá arriba he visto villas muy alegres cuando iba yo con Celita. Hay árboles, hay flores; tú cuidarás las flores... Que si, mamá, que sí, que iré á ver á los de Láinez. Pero ya ves, si acabo de llegar, como quien dice. Y además los primeros días los quería yo para estar contigo, sólo contigo, mamita mía. ¿Á tí no te da tristeza vivir en esta mazmorra?... Yo no, yo no me acostumbraría. Yo soy como los pájaros: necesito luz, árboles y flores. Y necesito á mi mamá para que cuide las flores (besos y mimos). Tú no olvides hablar con papaíto... de aquello. Para la instalación., ¿sabes?... poco, poco. Hasta que no me giren de París, eso sí, necesitaré un poquito más... poquito, poquito. ¡Uy, si este Madrid está tan caro! En París, con ser París, se vive más barato; luego hay más libertad; nadie fisgonea, hace uno lo que quiere... Díme: de lo que has de darme ¿te importaría hacerme un anticipo de dos mil reales?.. No, no; dos mil nada más, mamita... Si aquí no hay modelos y los que hay ¡son tan caros!... Dos mil nada mas; si de un día á otro espero giro. Bueno; puesto que te empeñas dame mil pesetas, pero no las gasto. Figúrate tú; en este Madrid, ¿en qué gasta uno mil pesetas? Oye: me parece que ofreciste pagarme la cuenta del sastre y la del camisero. Si llega uno desnudo. Y luego que á mí los sastres de París no me gustan nada; por eso no quise yo hacerme allí nada, nada... Pues todo lo que me mandabas lo iba yo guardando y luego... luego me dió por una cosa muy rara... muy triste... No te la digo; es muy triste, es muy rara. Yo creo que era un poquito de neurastenia; exceso de trabajo. Me daba un miedo muy grande, muy grande... No puedo decírtelo; era nervioso; un médico amigo mío me dijo que era nervioso... Pues verás: me entró un miedo, un miedo de que no volviésemos á vernos... ¡Lo ves! Ya estás llorando. Si te digo que era nervioso... pero yo me gasté todo el dinero en aplicar misas pidiéndole á la Virgen que me concediese volver á ver á mi mamita.

La valenciana solloza como una dolorosa.

Jorge la besa, como hijo amantísimo.

XXI

Sabía la de Láinez que en las tardes invernales, grises y tristes, no se vende ropa blanca; sabía que cada artículo tiene su estación, tiene sus días; aun se puede asegurar que tiene sus horas señaladas por la necesidad ó por la moda. Ello es que la lencería ha menester mañanas luminosas, tardes primaverales; en días así se vende que da gusto, se despliegan las holandas y las batistas, caen espumosas las cataratas de blonda, parecen esponjarse todas las prendas níveas, estremeciéndose de gozo al recibir la luz que entra á torrentes por los ventanales. Da gozo ver el establecimiento en semejantes ocasiones, en los alegres días de la primavera, cuando ya el ramaje frontero con el verdor naciente comienza á sumergirle en luz misteriosa de esmeralda.

Aquellas albas piezas de rica lencería parecen deshacerse como la nieve de la Sierra con el sol de Mayo, desparramándose bulliciosas y crujidoras en torrentes de blancura. Y entonces se enfilan á la puerta las ringleras de carruajes, brillan relucientes sus cajas charoladas, chispean los arneses, piafan los corceles inquietos y lustrosos, se arremolinan en la acera los lacayos. Celita, á través de las vidrieras de la sala, ve el revuelo de aquel mundo desconocido; sabe que su madre está contenta, muy contenta, allá abajo, en su atalaya, teje que teje una labor eterna.

Pero en el invierno la tienda yace aterida, y todo el artículo se resguarda medroso en los anaqueles. La de Láinez, acostumbrada á estas rotaciones del año, permanece impasible, serena en su escondrijo, tras el biombo japonés de tres hojas, una azul, otra carmín y otra anaranjada; sobre las tres resalta con violento colorido una flora de bermellón, de albayalde y de purpurina. Más de un cuarto de siglo con aquella florescencia asiática ante su vista, y aún la de Láinez la veía como un jardín de sueño, como visión fantástica, sin darse cuenta exacta de lo que sus ojos veían: alimañas exóticas, vegetaciones marinas como las algas que vió cuando de niña la llevaron al mar ó, sencillamente, monstruos espantosos. Y, sin embargo, era lo cierto que aquellas flores extrañas la acompañaban en su vida monótona de ropablanquera, y sus colores llegaron á parecerle proyecciones de su ánimo: cuando estaba alegre, eran alegres, brillaban y resplandecían con intensas tonalidades cuando estaba triste, palidecían con matices mortecinos.

Hacía mucho tiempo que estaban pálidas las flores japonesas, cuando una tarde entró la madre de Jorge en la tienda de Láinez.

—Siéntate aquí, mujer. ¡Ojos que te ven!

Sentóse Vicenta.

—Siempre tan guapetona, siempre tan fresca. Si delante de tí se para la vida... Claro, mujer, de tan guapa como eres.

El rostro hermoso de la valenciana se coloreó levemente, tomó el matiz de la hoja del biombo anaranjada. La tienda estaba sumida en una penumbra gris; los dependientes inmóviles eran sombras rígidas. Con aquel cielo de plomo no se vendía.

—Dicen que Jorge vino tan guapo. Tiene de donde salir. Yo no le he visto; hija, por aquí no ha parecido, pero yo me hago cargo, ya parecerá.

—Sí, sí, me dijo que vendría... me dijo que tenía que venir... me dijo que no había venido...

—¡Por Dios, mujer!...

—Si tú no sabes. ¡Qué días! Si en casa ni come, si en casa ni duerme. Yo misma apenas le veo.

Hablaba la ferretera con agitación, acalorada, como si las palabras desbordasen del pecho.

Su rostro, siempre pálido, se encendía con el calor de la charla, tiñéndose de una rojez suave; los ojos grandes, más brilladores que nunca, pretendían radiar alegrías entre sus miradas melancólicas.

—¡Qué vida la suya! No se parece á la de su padre. Y ahora á toda la aristocracia le da porque les haga el busto. Las señoras hacen fila: no tienes idea, todas, todas tus parroquianas... la de Torrearcas, la de Santa Mónica, la de... qué sé yo, qué sé yo cuántas.

—Así ganará muchísimo dinero...

—Hija, por cada cabeza le dan no sé cuantos miles y miles; pero no creas, necesita gastar mucho, mucho. ¿Ves cuantísimo gana? Pues no le basta: necesita gastar más, más, más; necesita montarse en grande ¿sabes tú? para que acudan las grandes señoras, necesita un taller muy grande. Ahora trabaja en el taller pequeño de Paternina. Vamos á comprar un hotel en la Castellana, es decir, un poco más allá de la Castellana, junto al Hipódromo, cerquita del canalillo. Ya le hemos visto: hoy firma la escritura; tiene jardín con verja, tiene cochera y tiene cuadra.

Al recibir la noticia, Rita Láinez miró la cara de su amiga. Resplandecía. Parecióle una flor japonesa arrancada del biombo. En este mismo instante se iluminó con intensa claridad la tienda. Habían dado luz, habían encendido los focos de la calle; todo el establecimiento era un ascua de oro.

—Nosotros iremos á pasar temporadas. Allí vivirá Jorge. Tendrá un taller muy grande. Pueden llegar los coches hasta la misma puerta del taller. Ya ves tú, así hacen los escultores extranjeros. Él también tendrá un cochecito; ha comprado uno de dos ruedas, para ir y venir; el tranvía está lejos y sale muy caro. Allí como hay cochera no cuesta nada. Es un jardín precioso; él dice que es pequeño; yo lo encuentro muy grande. Él quiere que yo le cuide las flores. Vaya si se las cuidaré; yo no me olvido de que soy valenciana. ¡Las flores! Díselo á Celita, que vamos á tener cuantísimas flores. Siempre que queráis flores no tenéis más que mandarme un recado. Además, le ha dicho una señora, no sé cuál, hija, creo que una duquesa, la de Casa-Nieve; sí la de Casa-Nieve, que el rey le va á llamar para que le haga una cabeza, un retrato. Supongo que algún domingo por la tarde iréis por allí á vernos; ya te daré las señas; es conforme se sube por el canalillo. Indalecio y yo iremos todos los domingos. Comeremos allí; á la tarde á casita. Toda mi ilusión desde que salí de Valencia: un jardín chiquitito con muchísimas flores. No dejes de decírselo á Celita. Y siempre que queráis, ya lo sabes... un recado. Él vendrá á decíroslo; me dijo que vendría; él os quiere mucho; se acuerda mucho de vosotros. Vino algo desmejorado, pero se ha repuesto; Era la vida de allá; una vida tan azacanada, de tanto trabajo, y luego la tristeza, fuera de su casa. ¡Como no tenía costumbre! Siempre pegado á mis faldas. En llegando á cierta edad hay que dejarlos... dejarlos que vivan, sí, Rita, dejarlos que vivan. ¿Y Celita, mujer? Ya tendrá... Por Dios, que no se case con ningún primo de los de la calle del Rey. Para heredar esto ya tenéis hijos. Pero Celita no; merece más, créeme Rita, que merece más. Tan hacendosa, tan buena. Yo que tú le buscaría un muchacho de porvenir; por ejemplo: un buen médico, un buen abogado.

Cerró el pico; estaba jadeante, fatigada. Su amiga, sin dar paz á los dedos, oyó la arrebatada cháchara á la vez que contemplaba las flores japonesas; al cabo de treinta años de mirarlas y remirarlas, todavía descubrió en ellas matices, irisaciones, reflejos nuevos. ¡Extrañas flores! Parecían radiantes, inflamadas, y á la voz en los oídos de la Láinez chillaba con agrio desentono la promesa de otras flores de la ribera del canalillo.

Vicenta se puso en pie para despedirse.

—Adiós, Rita. Que ya os daré las señas. Mira, mujer; subiré un instante á decírselo á Celita.

—No, no subas. Celita ha salido.

La valenciana comprendió que su amiga mentía.

XXII

Maestro, maestro, gran noticia! Lo de S. M. es un hecho.

—¡Amiguito, amiguito, los grandes reyes son los grandes mecenas! El arte es monárquico. El arte repugna la forma republicana. La patria mía nunca será republicana.

—Sin embargo, maestro...

—Puesto que ya es oficial la noticia, bebamos juntos una copita de La Campana.

Y dicho esto, Paternina salió corriendo. Su blusa flotaba en la carrera loca. Reapareció al instante. La mano derecha empuñaba una botella; en la izquierda traía dos copas. Sin soltar las copas ni la botella, paróse en firme y con los brazos en alto, la faz radiante, como de iluminado, dijo estas memorables palabras:

—Inchaurrandieta, para que resplandezca el arte, deme usted un déspota, un tirano, un rey de cuerpo entero.

Ya brillaba en las copas el licor ginebrino, cuando completó su pensamiento de esta manera:

—Con los presidentes, con los reyezuelos, resplandece la industria, á todo más las villanas artes industriales. Ma para el arte grande, los grandes soberanos.

Los dos escultores estaban en la estancia que precede al taller grande de Paternina, Es un saloncito de descanso, es despacho, es gabinete de dulces intimidades. La luz baja de un ventanón alto, apaisado; os una luz cernida, misteriosa, tamizada por la cortina azul que cae polvorienta sobre los cristales. En el saloncito hay una chimenea; es una chimenea monumental, de roble tallado, puesta en chaflán; arden en su hogar unos cuantos troncos muy retorcidos y una brazada de chamarasca. Sus llamas recalientan el ambiente de la pequeña estancia. Al lado de la chimenea hay un mueble grande, pesado y extraño; á veces parece un escritorio, á veces parece una cómoda; encima se amontonan varios objetos, todos muy bellos, pero que se afean y desgracian con el brutal apelmazamiento. En un testero una librería á media pared, como si fuese un zócalo; está abarrotada, recargada de libros, y deben ser libros muy bellos si corresponden dignamente á la belleza y al resplandor de sus lomos. Frontera á la chimenea de roble tallado, una gran meridiana. Es amplia como un lecho, es blanda como espuma; tiene por respaldar cojines y almohadones. Varias poltronas, con hondos asientos y perezosos respaldos invitan, con incitación tentadora, al reposo.

Jorge está casi tendido en la meridiana. Paternina en pie de espalda á la chimenea. Sobre una mesa volandera hay montones de papeles, cuadernos, revistas de arte; sobre los papeles una capa de polvo. Allí encima puso Paternina las copas y la botella. El escultor viejo bebe una copa; el escultor joven no bebe ninguna. El viejo vuelve á escanciar; ofrece al discípulo diciéndole:

—Ahora brindemos por la hermosa cabeza de un gran soberano. Me rindo de admiración ante los grandes soberanos, los que al popolo le parecen pequeños porque no los ve con manto de púrpura y oro, con diadema en la testa, con cetro en la mano. ¡Qué difícil ser rey! ¡Qué fácil ser popolo!... Me rindo ante la majestad británica con su terno á cuadros, con su gorrita de visera y sus botas de cuero amarillo; me rindo ante la gentil Guillermina con su cuello de cisne y su carita d'angelo, l'angelo de los pacíficos holandeses; me rindo ante il ré de los belgas con su barba de patriarca y sus amantes bellas, clásicas, como si las arrancasen para él de las Panaleneas; il ré gentiluomo, il ré innamorato, il ré del Congo: me rindo ante el príncipe de Mónaco, qui trova piccolo su reino y se lanza á la mar en su yacht bianco, que se llama Alicia, y á bordo del Alicia estudia el Océano, sondea sus profundidades. ¡E cosa bella sondear los mares! El príncipe de Mónaco dice: mi reino es chiquitito, ma il mare es grande.

Callóse un momento para humedecerse los labios con ginebra; Jorge aprovechó aquel silencio:

—¿Y no admira usted á Roosevelt, maestro, habitando en las selvas vírgenes, durmiendo en el rancho, con sus cacerías de bestias feroces, como soberano asirio arrancado de un relieve de Khorsabad?

—¡Le admiro! Roosevelt pudo ser un buen monarca de la decrépita Europa. Ma é un presidente, y como su pueblo es grande, no tiene una Alicia en que echar sondas á los mares. Para ser un buen se necesita ser popular y ser solemne, ser liberal y ser tirano, interesarse por todo sin enamorarse de nada, mostrar el mismo gusto por la milicia que por la filosofía, y sobre todo, querer, amar, amar mucho lo que nadie ama: á sus semejantes. ¡Bebamos á la salud de un gran monarca!... Discepolo mío, eres un artista, tu obra será bella. Cuando tú la labres, discepolo, acuérdate, acuérdate que, desde Asurbanipal hasta nuestros días, las grandes testas que el tiempo ha respetado, son las que ostentaron corona ó ciñeron diadema.

Se entreabrió discretamente una hoja de la puerta de entrada; asomóse una cabecita con pequeño sombrero gracioso, redondo; una faz recatada por tenue velillo. Después se asomó un busto arrebujado en pieles. Al fin se asomó toda la grácil figura de una mujer. Era la condesita de Casa-Nieve.

Avanti, entrate, mía signara.

—¡Ay! perdonen... me dió miedo. Oí al señor Paternina que hablaba, de reyes, y usted comprenderá, señor Paternina, que hablando de reyes, yo... yo no podría...

—Condesa, era un canto de alabanzas; era un himno de gloria.

—¿Sabe usted, Paternina, que Jorge es ¿designado?...

—Do ahí nació el himno. Debe usted compartir el triunfo. Á usted lo debemos... ¡Oh! no me lo niegue, á usted lo debemos signara.

—No, no; su arte, su talento, su fama...

—Usted, usted.

—Él solo, él solo.

Jorge se había puesto en pie junto á la lumbrada. La condesita sentóse en una de aquellas perezosas poltronas.

—Yo le decía que los nombres de los grandes artistas van siempre pegaditos á los nombres de los grandes soberanos. Mutuamente se amparan; marchan de bracero á través de la historia.

—Muy bien, muy bien dicho, señor Paternina. Por eso yo puse toda mi alma, ¿sabe usted? todita mi alma en que fuese nuestro Inchaurrandieta el escogido.. Fué menester desplegar astucia fina, artes sutiles—y esto quede aquí,—porque la Genovés trabajaba por su artista, por el suyo, por Solano, como una leona; pero en la casa supieron... supieron...

Una carcajada fresca, cristalina, estalló tras el velillo que celaba el rostro de la condesita de Casa-Nieve. El escultor viejo ahogó aquella carcajada con la suya, grande, sonora; el escultor joven permanecía impasible, recibiendo el calor de la brasa.

—Allí estas cosas se reparan mucho... Hay su policía... una policía secreta, femenina, perfumada... y que tiene sus armas finas, finas como esta aguja, mire usted, como esta aguja que se clava sin sentir, así, así, hundiéndose en la carne, hundiéndose en el alma.

Y, en efecto, la Casa-Nieve, quitándose el sombrerillo, hundió el agujón que le sostenía, en el brazal del asiento; lo hundió hasta la cabeza, que era una piedra verde-marino. Desceló el rostro, que con el fuego estaba levemente enrojecido, sacudió con gracioso gesto la cabeza y, levantándose despojóse de la pellica, aventándola con garbo á una silla lejana. Apareció el busto ceñido por un corpiño que no hurtaba las líneas gráciles, de curvas suaves. Arqueó los brazos, acariciándose con las manos la cintura. Todo su cuerpo palpitó con leve estremecimiento. Después se dejó caer en la meridiana, amontonó tres ó cuatro cojines, hundiendo el busto en ellos.

Jorge; sin volverse hacia ella, contemplando el fuego; le dijo:

—No la esperaba, condesa.

—Por eso vine; estoy cansada, estoy harta de las horas fijas, fijas... ni un minuto más, ni un minuto menos. ¡Estoy harta! Eso bueno para la casa, pero no para la vida. ¡Un escultor señalando horas fijas como un dentista!... Vamos á ver, ¿cuándo señaló horas fijas el señor Paternina? ¿Cuándo?

—Condesa, el señor Paternina, jamás, jamás, jamás se dedicó al retrato de las bellas donnas. Hice escultura monumental, grandes máquinas, grupos, conjuntos. Hoy el arte va por otro lado. Quite usted á Rodín, y de lo mío;., ya no queda nada. El mismo príncipe Troubetzkoy concibe pequeño; picolo, mínimo. E bello, pero e picolo.

Todos callaron.

La de Casa-Nieve metió sus piececitos entre almohadones; su cuerpo descansaba sobre la blanda meridiana. Inchaurrandieta acarreó un sillón á la vera del fuego y arrellanóse en él, desabrochándose la cazadora, de pana negra; bajo ella destacó el albor de una pechera blanda con las iniciales rojas; la corbata, en lazo, caía bajo su barba sedosa, dorada; su rostro recibía la reverberación roja de la brasa. Sus ojos, de verdor frío, se fijaron con mirada penetrante, dominadora, en los de Casa-Nieve, que chispeaban ensombrecidos en el rincón de la meridiana.

Paternina salió un momento; volvió al instante con una copita limpia, de cristal purísimo. La llenó de ginebra.—Para usted, condesa—dijo, poniéndola sobre los polvorientos papelotes.—Ustedes reposan, holgazanean lo laboro... Discepolo... Condesa... lo laboro.

Salió de la estancia; cerró la puerta; se oyó que verdaderamente la cerraba.

XXIII

La Casa-Nieve de un salto se puso en pie, plantada ante Inchaurrandieta.

—¡Eres un golfo! ¡Eres un cualquiera!

Jorge irguió el busto; sobre su faz roja la mirada fría, de acero.

—Si vuelvo á saber ni tanto así... ni tanto así, ¿oyes? de la Ronquillo, te mato, sí, te mato; haré que te maten; corro la voz, sé lo digo á su marido.

Jorge se encogió de hombros; entre sus dientes finos resonó una exclamación bravía; después lanzó un escupitinajo sobre las brasas de la chimenea.

—¿Oíste?... ¿qué, qué dices?... Jorge, ¿qué dices?

—¡Puha!... ¡qué digo! Que sí, que eres una mala mujer, capaz de decirlo.

—¿La quieres?

Casa-Nieve, sin dar tiempo á que Jorge respondiera, cogió la botella y enarbolándola repitió la pregunta:

—¿La quieres?

Jorge se puso en pie y llevando la mano al bolsillo de la cazadora sacó un revólver diminuto, fino, resplandeciente. La mano del artista acariciaba la culata de marfil.

—Tira y te mato.

La Casa-Nieve soltó la botella y dejóse caer al pie de la lumbre, sentada en el suelo, metiendo el rostro en las palmas de las manos y diciendo con frase de desgarro:

—La culpa es mía. ¿Quién me manda á mí?... ¡Hijo de herreros!

Jorge volvió á sentarse. Lo que intentó ser feroz insulto no hizo mella en él. Quedóse plácido, encalmado. Miraba sonriente á Casa-Nieve; mirábala con altivez, con señoril altanería. Ella, sumido el rostro entre las manos, sentíase mirada.

—Manola... Manolita, no seas tonta, mira, si estaba descargada... mira.

Y al decirlo tiró el arma sobre el regazo de Casa-Nieve, que cogiéndola entre sus manos, examinóla con recelo.

—¿Dónde compraste esto?

—No lo he comprado; es procedente de robo. Si te contase la historia...

—También lo creo...Ladroncillo, ladronzuelo, golfo, mala persona, oye... oye...

Sentóse en las rodillas de Inchaurrandieta, encadenó en sus brazos el cuello del artista, y al oído le dijo palabras vagas, vacías de idea, pero rebosantes de mimo femenil, temblonas, candentes.

Desencadenó los brazos para coger entre sus manos la cabeza de Jorge, acariciándole las crenchas suaves, doradas, sedosas. Besólas; le besó la frente, después la barba.

—¡Jorge, Jorge!... ¡Qué locura! ¿Verdad? Te amo... Io t'amo, que diría Paternina. ¡Qué locura!... Formalidad, mucha formalidad y vamos con el busto. Tengo que traer á mi marido para que lo vea. ¿Quieres?... ¿Sabes que van á cerrar las Cortes? Hoy almorzamos juntos y me lo ha dicho; estaba incomodadísimo porque van á terminar la legislatura. Yo también me puse incomodadísima. Si cierran ellos, tendremos que cerrar nosotros... Jorge mío, ¡dar por terminada la legislatura! Los dos nos pusimos incomodadísimos... Oye tú, marmolista, ¿te convendría hacer el busto del Presidente? No tengo más que decírselo á mi marido... ¿Quieres, quieres?... ¿No? Pues vamos con el mío; espera, voy á escotarme, á vestirme de modelo; con quitarme esto... lista.

Quedaron desnudos los hombros, los brazos, el pecho; desnudeces blancas; los reflejos de la lumbre las teñían con suave sonroseo. Por encima del corsé, de color violado, desbordaban encajes en espumante remolino. Era una ola blanca que se estremecía al compás del seno.

Jorge besó aquella carne nívea, sonrosada, sintiéndola estremecerse, temblar, al contacto de sus labios. Manolita, extendiendo un brazo, alcanzó á coger la copa de ginebra y aplicó sus bordes á los labios besadores. Después aplicó los suyos, humedeciéndolos con el licor ardiente. Inclinó la cabeza sobre el hombro de Jorge y con los labios húmedos besóle en el cuello, largamente, arrebatada.

Jorge palpó los encajes que desbordaban sobre el seno desnudo, palpitante, hermoso.

—Mi Manolita viste fino... Querrás que yo haga esto en el mármol. ¿Te crees tú que el mármol es espuma?

—Sí quiero. Cortas por aquí el busto. Son preciosos, ¿verdad? Pues de casa Láinez, hijito, de tus amigos.

—¿Y tú qué sabes?

—Que si, que sí, herrerito... ¡feo!... Allí anida tu palomita blanca... ¿lo ves? Todo se sabe.

—¡Calla!

—Tu palomita... tus amorcillos de estudiante. ¿Cómo se llama? Díme cómo se llama. No, si no tengo celos. ¡Pobrecilla!... De esa no tengo celos. ¿Cómo se llama?... ¿Cómo se llamaba?... ¿Á que lo adivino?... Pascuala, como su papá... ¡Ah, tonto! Si lo sé... me lo dijo Paternina: se llama... se llama... Celita.

—Quita, quita, no seas bruta, levántate, que me haces daño. ¡Qué bruta eres! ¡Si vuelves á tirarme de la barba te pego una bofetada!

XXIV

Indalecio Inchaurrandieta, con los pies metidos en grandes zuecos, regaba unas begonias; para guarecerse de los ardores solares tenia un sombrerón de paja muy aludo. Vicenta, resguardada la cabeza y el rostro por otra copa de paja, recortaba con tijeras unos arrayanes.

—Vicenta, Vicenta, ven acá. Desde el domingo á hoy mira si han crecido.

—Espera, hombre, que este mirto crece demasiado.

Oiase caer sobre las hojas la lluvia de la regadera, oíase el tijereteo sobre el arrayán lozano.

—¡Quién diría que hace ocho días que pasó la tijera!

—¡Pues quién dirá que hace ocho días estas begonias apenas se veían!

Al agotar una regadera, Indalecio mismo iba á la bomba por otra, poníala bajo el caño, y, jadeando, sudoroso, hacía jirar el volante. Inchaurrandieta estaba en mangas de camisa; su rostro, sombreado por las alas de paja, era un ascua. Quitábase el sombrero, enjugábase la frente, volvía á derramar sobre las plantas el agua fresca, empapándose los zuecos. Vicenta, sin azacaneo, serenamente, recortaba el seto tupido.

Callaban los dos. Cada uno se entregaba á su faena. El sol de Mayo calentaba el ambiente, y la tierra sedienta recibía el chorreo de la regadera chupando ávida el agua. Era cercano el mediodía. Una paz campesina rodeaba el jardín, cerníase sobre él en la atmósfera azul, profunda, caliente. Sobre el suelo blanquecino caían á plomo las sombras duras, intensas de las acacias, de los castaños de Indias, de las fotinias. En un ángulo, cerca de la bomba, había dos cipreses; estos cipreses emparejados eran como las agujas de una catedral: con su aguda punta rasgaban el aire. Los dos eran muy altos, pero uno rebasaba la punta del otro, y era más afilado, más lánguido, más triste; sobre todo, á la tarde el más alto era el más triste; excedía sobre la fronda del jardín, sobro la mata de los jardines ribereños del canal, sobre las lomas vecinas, y su sombra puntiaguda se recortaba negra, austera; en aquellas horas la luz crepuscular acariciábale suave y tierna con sus matices pálidos. Cuando ya todo el jardín, la casa, la verja florida era un montón de sombra espesa, sobresalía aguda la punta de aquel ciprés negro, triste, entre las estrellas, que comenzaban á parpadear temblorosas, brillantes.

—¡Indalecio, Indalecio! No saques más agua; quítate del solazo. ¡Indalecio! vas á coger un tabardillo.

Ella seguía tijereteando al frescor oloroso de las acacias. Él sacaba otro poco de agua; el último riego de aquel día.

—¡La última, Vicenta! La última regadura.

Fatigado, zancajoso, la vertía en lluvia sobre las plantas, que la recibían esponjándose, abrillantándo sus hojas. Toda la atmósfera del jardín, el aire azul, calimoso, parecía sorber aquella frescura del agua sobre la tierra y un vaho de balsámica humedad surgía del suelo, envolviendo las copas frondosas de las acacias, de los castaños de Indias, de las moreras, de los almendros.

La fachada de la casa era un muro desconchado, con revoco viejo, pero era, sin embargo, una fachada de mucha galanura, cubierta de flores, de rosas amarillas que brotaban sobre la puerta, junto á las ventanas, bajo el alero, en racimos espesos. Estos racimos se deshojan con un soplo de brisa; los pétalos revuelan esparcidos en torno de las ventanas, caen sobre el jardín. Á veces entran en remolinos dentro de las estancias y caen sobre los muebles.

El ferretero se cuelga de los hombros el chaquetón, se enjuga otra vez el rostro, saca la pipa, la carga y enciende. La ferretera alinea, implacable, los arrayanes, buscando la sombra de las acacias.

Un silencio profundo, una quietud plácida se cierne sobre todas las cosas, y el sol reverbera con clarores intensos; el jardín, la casa, los cipreses, las lomas fronteras, se anegan, se bañan en la atmósfera azul y luminosa. Se oye un carro que rueda con lentitud por el camino, pasa rozando las madreselvas, las zarzas bravías que se enroscan á los barrotes de la reja y sigue su marcha pausada. Á largos intervalos óyese una canción monótona que brota de un jardín cercano; la canción surge soñolienta y se disipa sin acabar, borrosa, vaga. De cuando en cuando rasga el aire un chirrido de verja que se abre y se cierra, óyense golpetazos secos, como de azadoneo; alguien que en las huertas ribereñas abre la tierra con labor perezosa. Las copas de los árboles, en quietud, empápanse de sol, esponjan su fronda, reciben el perfume caliente que exhalan los heliotropos, las valerianas, los claveles, las madreselvas que trepan y se entretejen en los hierros de la verja.

Á un lado so recorta la línea de la ciudad en rectas rígidas; siluetas de torres, de cúpulas, de campanarios puntiagudos, esfumadas en la diafanidad de la lejanía. Al otro lado la línea sinuosa de la sierra, los picos, las cumbres, las ondulaciones azuladas del Guadarrama, borrosas en el horizonte blanquecino.

Óyense en los jardines cercanos arrullos de palomas. Un reloj de torre da doce campanadas, que suenan cristalinas, agudas. Vuelve el silencio.

Indalecio y Vicenta se sientan á comer. Están los dos solos, en un comedor pequeño, con una ventana que abre sobre el jardín. Entra el aire cálido; y un perfume también cálido. Niceta, la mujer del jardinero, les va poniendo sobre la mesa los manjares. Comen silenciosos; al acabar de comer hablan un poco. El ferretero habla de la ferretería; la valenciana habla del jardín. La sombra de los árboles ensombrece el comedor y le da frescura; la charla de los ferreteros es lánguida, cortada y soñolienta; los dos se adormecen en el comedor sombreado y fresco. Óyense más claros los arrullos de palomas; la canción plañidera vuelve á revolar en el aire, á perderse en notas vagas.

El volante de la bomba chirría. Indalecio despierta, se incorpora, sale al jardín, ve que el jardinero, Niceto, gira el volante y saca agua. El frescor de la tarde comienza á llegar de la sierra en ráfagas suaves que huelen á tomillo. Las copas de las acacias sacuden su melena verde. Suenan alegres las notas de un piano y los rumores de gentes domingueras que pasean por la orilla del canal.

XXV

La campana de la puerta vocinglea un momento; Indalecio husmea á través de los troncos; Vicenta mira desde la ventana del comedor. Son los señores de Krazewski, los de la casa vecina, dos viejecillos altos, secos, enjutos. Vienen todos los domingos á charlotear con sus vecinos; permanecen una hora, charlan risueños y después se van á otro jardín con la charla en el pico. Él es un desterrado de Polonia, ella es bretona, pero los dos son ya buenos españoles y viven sonrientes, gozosos, al sol de Castilla que les calienta su vejez risueña y charladora. La nostalgia de la patria perdida, sólo refulge de vez en cuando en la mirada. El señor Krazewski suele mentar la Polonia y entonces si, la recuerda con palabra triste, con frase lenta de profunda melancolía; al mentarla se abrillantan sus ojos, hasta parecen húmedos; pero entonces la bretona le ataja, mostrándole el sol con el índice:

—Nicolasito, ¿tendrías sol tan hermoso en tu Polonia?

Nicolás levanta sus ojos al sol de España, parece dirigirle una plegaria muda y al bajarlos hacia la tierra, el mismo calor solar los ha enjugado; chispean risueños.

Krazewski es un amable profesor de piano; él ha educado musicalmente una generación de niñas madrileñas, él ha introducido en España el gusto por las polonesas, que reemplazaron muy ventajosamente á los nocturnos, como los nocturnos reemplazaron con su llorona melancolía á las mazurkas de salón y á las polkas cascabeleras. ¡Y pensar que todo ello vino de Polonia! En la aclimatación de la polonesa D. Nicolás Krazewski tuvo que sostener lucha furibunda con la fantasía, género francés que alcanzó efímera boga y que fué pronto relegado á manos lánguidas de niñas sencillas. Por aquellos días comenzaron á venir los grandes y sorprendentes concertistas de piano, y como lo más estruendoso de su repertorio eran las grandes y sorprendentes polonesas de concierto, aquellos señores foscos y greñudos allanaron el triunfo del señor Krazewski y la fantasía quedó derrotada, casi envilecida. Fueron días de gloria para el vecino desterrado. Sus oídos se regalaban á todas horas con el nostálgico arrullo de los ecos patrióticos. Parecía que Castilla entera gemía por Polonia.

Los de Inchaurrandieta recibían con galante agasajo á los de Krazewski. Sin duda lo exótico de sus personas impresionaba á los ferreteros. Sentábanse en el jardín, hablaban de flores, hablaban de música; la bretona hablaba algunas veces de su patria. D. Indalecio solía hablarles de su ferretería; los Krazewski le escuchaban risueños como si el tráfico de hierro fuese del mayor interés para un profesor de piano. D. Nicolás á todo respondía con una exclamación: ¡Es curioso!

Krazewski y su señora sé miraban de cuando en cuando con mirada amorosa; entonces Vicenta y D. Indalecio también se miraban.

—Don Nicolás, tiene usted que bajar Un día á ver aquello—decía Inchaurrandieta;—verá usted lo que es hierro, don Nicolás.

Le llamaba siempre por su nombre de pila; jamás por su apellido. D. Nicolás era más valiente, llamaba al ferretero por su apellido.

—Sí que bajaré, señor Inchaurrandieta; yo me alegraré mucho de ver el hierro. Es muy curioso. Ahora doy lección á las dos hijas mayorcitas de un buen señor rico que tiene minas de hierro. La más mayorcita llegará á tocar alguna cosa; la más pequeñita no tocará nada. Su papá es grandísimamente aficionado; es vizcaíno y todos los vizcaínos son aficionados. Es muy curioso; parece que hay algo, algo, entre la música y el hierro. Usted es vizcaíno, señor Inchaurrandieta; usted tiene mercado de hierro; usted debe ser aficionado; tiene usted que oir algo para saber si es aficionado. Su hijo de ustedes es grandísimamente aficionado. Hace dos noches pasó á tomar café conmigo y luego tocamos; tocó mi esposa; yo no toco; las lecciones me rinden; yo no toco nunca. Aquí, en familia como estamos, yo me atrevo á decirlo: me aburre la música y creo que á todos los grandes músicos les aburre como á los confiteros les aburre el dulce. Nosotros hacemos la música y hacemos los músicos; estamos en el secreto; somos los sacristanes en la iglesia del arte. El que talla un santo pierde la fe en el santo; yo, que tallé tantas señoritas músicas, perdí la fe en la música y en las señoritas. Esto lo digo aquí, en familia, y á ustedes que no tienen señorita.

—Tienen un hijo—clamó la esposa del profesor de piano,—tienen un hijo guapísimo, ¡sí, señora, qué reguapísimo! ¡Qué amable! ¡Qué bueno! Señora, ¡qué encanto de hijo! Mi marido y yo le hemos tomado un cariño, un cariñazo... ¡Qué reguapísimo! Nos llama abuelitos; nos ha tomado un cariño, un cariñazo... ¡Sus abuelitos! Nosotros tuvimos una hija...

—¿Polonesa?—preguntó la valenciana.

—No, señora. De aquí mismo; de la misma ribera del canalillo. ¡Ah, señora! ¡Si viviese mi hija!

Krazewski miró el cielo, hacia el sol de España. Sin duda se acordaba de Polonia, porque tenía los ojos húmedos.

—¡Si viviese Telva! La llamábamos Telva. Ella me acompañaba á las lecciones... No, señora; yo no doy lecciones; pero acompaño siempre á Nicolás y á mí me acompañaba Telva. Le acompaño siempre; es mi deber: ser su amante compañera. Le dejo en el portal de cada casa y yo me paso la horita en cualquier parte, de cualquier modo; si hay cerca una plazuela voy y me siento, saco un libro de mi bolsa y leo; si está cerca el Retiro voy á ver los cisnes, llevo pan en mi bolsa y me paso la horita tirándoles migas. Á Telva ¡le gustaba tanto echar migas á los cisnes! Tuvimos una lección junto á la plaza de Santa Ana, que fué mi delicia; desde entonces soy amiga de todos los pajareros. ¡Lo que yo gocé con la lección aquélla! Si hay cerca una iglesia oigo misa, sigo una novena... lo que salga. Para eso llevo libro de misa en mi bolsa. Si hay cerca un cafetillo, entro, me meto en un rincón, me desayuno... meriendo... lo que salga; saco la labor de mi bolsa y... una horita de trabajo. Una lección tuvimos en la misma plaza de Oriente... Si señora;Nicolás daba lección ó las dos niñas; de diez á once; yo, entre tanto, veía la parada. Duró poco; variaron la hora por la trompetería. Ahora tenemos pocas lecciones; ya estamos viejos, cansados. Ya sólo hijas de nuestras discípulas; pronto tendremos nietas. Algunas se asomaban al balcón para verme. Sabían por Nicolás... Y me saludaban, ¡adiós, doña Jacoba! Y á la lección siguiente le decían á Nicolás: señor Krazewski, es usted feliz, ¡qué esposa le dió el cielo! Guando murió Telva nos mandaron coronas, nos mandaron flores... y algunas lloraron. Á los ocho días reanudamos las lecciones; aquí, solitos, nos moríamos de pena. Era una tristeza el canalillo... Trabajamos. Aquel año, señora... aquel año ¡cuánto pan les llevé yo á los cisnes del Retiro!

Hubo un largo silencio. Todos miraron hacia Poniente, por donde ya el sol caía, grande, rojo. Los Sres de Krazewski se levantaron, se despidieron; los señores de Inchaurrandieta los acompañaron hasta la puerta del jardín. Al abrir el batiente vocingleó la campana con repique trémulo; al cerrarle repicó otra vez con vibración aguda, como un plañido en el silencio de la tarde.

Los ferreteros metiéronse jardín adentro; todo el jardín se teñía con el crepúsculo rojo. Los rayos del sol, bajos, raseros, pasaban rozando los troncos, raían las sendas, encendiéndolas en rojez, tintaban los arrayanes con matices de brasa; una atmósfera de oro resplandecía á ras del suelo. De las copas de las acacias, de las moreras, de los almendros, descendía la penumbra; el suelo, encendido con el ascua de Poniente, era el rescoldo de un día ardoroso; sobre él caía la ceniza, la sombra del crepúsculo. En las copas de los castaños de Indias piaban bandadas de pájaros. Rasgó los aires el agrio chirrido de la bomba; los rosales de la fachada, con el peso de los racimos de flor, encorvábanse hacia la tierra para empaparse en atmósfera de fuego. Las ventanas, abiertas, eran recuadros negros, tristes, temerosos; el alero, saliente, sombreaba el muro; del canalillo venía un rumor sordo de agua que corre encauzada; exhalábanse de las flores aromas penetrantes y de la tierra valió caliente y húmedo.

Vicenta fué hacia la bomba, como si la atrajese y la llamase el chirrido agrio.

—Niceto, díle á Niceta que nos hemos marchado. El domingo volveremos. Al señorito que el domingo volveremos.

Cesó el chirrido y pareció que todo el jardín enmudecía. Niceto, sin soltar el volante de la bomba, también estaba mudo; con los ojuelos muy abiertos miraba á la señora. La señora miraba á Niceto.

—¿Quiere que enganche? ¿que los lleve al tranvía?

—Iremos poco á poco, paso á paso.

Niceto dió una vuelta al volante de la bomba, que lanzó un gemido.

—De aquí á un instante ya está de vuelta, señora.

—¿Quién?

—Niceta.

—No esperamos; vamos poco á poco, paso á paso. Volveremos el domingo.

Vocingleó la campana de la puerta. Los ferreteros salieron al camino; Vicenta llevaba un puñado de flores. Al principio andaban en silencio; el camino era polvoriento; á los lados verdeaban hazas de trigo, de frente veían la línea negra de la ciudad sobre el cielo carminoso; rebrillaban lucecillas, unas rojas, otras pálidas. De la raya negra resalían las torres puntiagudas, recortadas sobre el cielo carminoso. Indalecio le dijo algo á Vicenta; era algo de allá abajo, de la ferretería. Vicenta dijo también algo de la hija que se les había muerto á los señores de Krazewski.

Bordeaban la valla del Hipódromo; cruzaban con gentes que iban hacia el canalillo. Pasó un hombre en un caballejo; pasó un tartanucho que iba muy despacio; el tartanero canturreaba. Los Inchaurrandietas caminaban lentamente. Indalecio dijo que á la mañana, muy temprano, llegaba el carro de Miraflores y tenían que remover media tienda. Vicenta oíale hablar del carromato serrano, pensando en la hija de los señores de Krazewski.

—Tú dirás lo que quieras, Indalecio;, pero me alegraría que viviese Telva.

Indalecio miró perplejo á la valenciana; detuvo el paso para mirarla. Vicenta se detuvo también y volvió el rostro hacia el canalillo. Sobre los cerros negruzcos se recortaba la sierra azulada en el horizonte diáfano; sobre el azul de la sierra se recortaba un ciprés muy alto y puntiagudo.

XXVI

A la mañana siguiente, Niceto llenaba regaderas al chorro de la bomba, y con sus piernas zambas de gotoso, acarreábalas á través del jardín para verterlas sobre los arriates. Iba y venía con torpe lentitud, con arrastrado paso. Las flores amustiadas se espigaban y se abrían al recibir la frescura del riego matutino. Todo el jardín resplandecía húmedo, chorreado. La luz de la mañana era de blancura deslumbradora. Oíase en la arboleda del canalillo guirigay de pájaros.

Niceto, con la regadera rebosante de agua, pasó junto á un banco.

—¡Diabla! ¿Qué es esto?

Posó la regadera y fué á coger entre sus manazas el sombrerillo de paja con violetas de trapo que había encima del banco de madera. En el suelo un par de guantes.

—¡Diabla!—repitió Niceto restregándose las manazas húmedas contra los calzones. Después de restregadas y enjutas no se atrevió á tocar aquello; se contentó con sacar la petaca, echar tabaco, liar un cigarrillo, ponérselo en la boca, y sin encenderlo volver á empuñar la regadera y balbucir con refunfuño susurrón:

—Amos palante, Iceto; esto es que ha aportado el señorito... ¡Güeno va, diabla!

Y zancajoso, con sus piernas zambas, el viejo Iceto siguió regando. Vertida una regadera, posóla en el suelo. Prendió el cigarrillo. Chupaba.

¡Güeno va! ¡Las güenas hembras! ¡El real mujerío!... Yo, hembras… hembras… mujerío... Amos palante, Iceto.

Con la regadera vacía volvió á la bomba; dió cuatro ó cinco arremetidas al volante; soltóle para prender otra vez el cigarrillo.

—Yo no digo de ahora, pero ni denantes. ¡Diabla!... ¿Se tercia una?... güeno. ¿No so tercia?... güeno. Ni de ahora ni (tenantes. Mismamente. Así... por esta cruz.

Con el pulgar y el índice de la mano derecha hizo cruz, con el pulgar y el índice de la izquierda se quitó el cigarrillo de la boca, aplicó á la cruz los labios y besó recio, sonoro; después dió nuevas vueltas al volante de la bomba.

Volteándole estaba Niceto cuando se abrió de golpe el portón grande del taller de Inchaurrandieta. En el umbral presentóse sonriendo la de Casa-Nieve; sus ojos se abrieron para abarcar toda la hermosura del jardín. Su voz fresca entonó el himno wagneriano á la primavera; los pájaros en las copas de los árboles hacían coro. Del jardín vecino llegaban las notas de un piano, la caricia melodiosa de una polonesa.

Casa-Nieve cortó el himno y llamó á Jorge, que dentro del taller estaba.

—Jorge... ¡qué bella mañana! Hoy no se trabaja, ¿sabes?... Te quedas sin modelo, déjame de bustos... ¡Qué mañana!

Jorge apareció tras la aristocrática modelo; estaba ya emblusado, dispuesto á la faena.

—Chica... á este pasito llegamos á escamar á tu marido.

—No está en Madrid, cálmate.

—¿Dónde?

—Han ido á cazar patitos á las lagunas de Fonsagrada... Patitos, ¿sabes? patitos. ¡Cómo tienes el jardín! Está mejor que el mío; tienes el primer jardinero... Me apetece una cosa... Jorge, una cosa; ¿quieres?... Salir al canalillo... correr por esos cerros... correr los dos como dos borreguitos, echarme al canalillo como un patito.

—¿Y que te caze?

—¡Qué ganso eres!

Salió corriendo por el jardín. Jorge, sin moverse, la llamaba:

—¡Loca, loca, patito!

La Casa-Nieve estaba junto á la puertecilla que abre sobre la ribera.

—¡Abur! ¡Abur, picapedrero! Me fugo, me zampo en el canal, me tiro al agua, me suicido.

Jorge fué á su lado. Ella soltó una carcajada, que resonó en el jardín como un gorjeo.

—No seas loca; puede pasar alguien, pueden vernos.

—Pues que nos vean. ¡Mira tú! ¡Como si no descansasen las modelos!... Nos verán tus vecinos. ¿Qué vecinos tienes; chico?

—Mira, aquí á la derecha dos viejecitos que me han tomado muchísimo cariño. Sobre todo ella... hija, siempre ella, ella. Son deliciosos, adorables; son extranjeros. Se llaman Krazewski. ¿Te gusta el nombre?

—¡Krazewski!... ¡Krazewski!...¿Nicolasito?

—Nicolasito.

—Chico... ¡Mi profesor de piano! D. Nicolás, doña Jacoba.

—Los mismos. Soy su nieto adoptivo.

—Pues hijo, enhorabuena, porque ahí donde los ves son muy ricos, riquísimos. Han hecho una fortuna con las polonesas. Tiene un tanto por ciento por cada polonesa que entra en España... ¡Andando!

Abrió la puertecilla, salió al canal; plantada en el reborde del cauce púsose á contemplar su imagen reflejada en las aguas oscuras. El vestido de piqué blanco rayó con su claror la corriente verdosa; á su lado otro reflejo, también blanco, de la blusa del artista. El paraje estaba solitario. Jorge dijo á su modelo:

—Mira,Manolita, mira;nuestras imágenes blancas reflejándose en nuestra conciencia negra.

—¡Ave María Purísima, qué cursi! Merecías estar cazando patitos. Espérate, voy á descalzarme; se me antoja meter ahí las patitas; meter el pie en nuestra conciencia. Estará tan frío, tan rico. Quítame este cordón; se hizo un nudo.

—No seas loca. ¡Ea! No consiento... Pueden venir. Te puede hacer daño.

—Las patitas nada más. Como las Galateas; yo quiero ser una galatea que se baña en los arroyos y corre por los prados. ¡Ay, Jorge mío! Estas mañanas de primavera nos las manda Dios para que nos bañemos en el canalillo y retocemos por los prados.

La condesita estaba descalza; al sentir en la planta del pie el frescor de la arena, se estremeció con gozo voluptuoso; después dió saltos de alegría. Miraba con regodeo las lomas fronteras, enverdecidas, esmaltadas de flores campestres. Con los ojos llenos de sonrisa fresca, tentadora, invitó á Jorge á trasponer el puentecillo cercano, pasar á la otra ribera y hundir los pies descalzos en aquel herbazal jugoso, fino.

La faz de Jorge púsose torva, ceñuda. Sobre una de aquellas praderas pastaban unos borregos; por la orilla del canal pasó un mendigo viejo, greñudo, con un saco sucio y grasiento al hombro; el mendigo pasó de largo, sin pedir limosna. Al verle pasar, Manolita acercóse á Jorge; le vió alejarse ribera abajo. Después cogió las manos de su amante:

—Anda, Jorjín; ven conmigo. Seamos artistas; hagamos arte nosotros mismos; déjame de imitaciones de piedra berroqueña, de estatuas, de pamplinas. Las estatuas para los cementerios, para los panteones; para nosotros la vida... ¡La vida! Ven; acompáñame. Vamos á hacer de pastores de aquellos borregos, vamos á tumbarnos en aquella pradera; anda, no seas tan civilizado, Déjame de taller... Déjame, déjame... ¡Vamos, vamos! Que si, que si, Jorge mío...

Jorge recogió el calzado de la condesita.

—Formalidad, Manolita, ó ahí te quedas descalza.

—¡Mire usted el artista! Luego mucho de aquello de que yo adoro la naturaleza… ¿Tú?... ¿Tú, la naturaleza! Mírala, ganso; ¿no la estás viendo?

En el jardín vecino se abrió una puertecilla pequeña como un resquicio. Asomó doña Jacoba.

XXVII

Doña Jacoba vestía falda negra y peinador blanco. El vuelo del peinador caía con amplitud, casi con majestad sobre la falda; las mangas eran aludas y así lucían bajo ellas los brazos de la vieja, secos, sarmentosos. La señora de Krazewski estaba como de costumbre repeinada y relimpia; su rostro de anciana sonreía con la caricia de la primavera.

Los vecinos se saludaron. La condesa descalza quedó perpleja, intentando ocultar sus piececitos bajo la falda, y entre tanto, Jorge acercóse á su vecina; le pareció que eran indispensables unas someras explicaciones. Aún llevaba en la mano las lindas botitas y las medias de seda.

—Es la modelo; una señora... La pobrecita por poco se cae al agua... ¿No oyó usted los gritos? Estaría usted tocando el piano; yo que estaba en mi taller salí corriendo. ¡Yaya un susto!... ¡Condesa! Venga usted; le estoy contando á esta señora que por poco se cae usted al agua... Venga usted, ya secaron las botas.

—¡Ah! Nuestra discipulita...

—¡Ah! Mi señora doña Jacoba...

Hubo un momento de efusión tierna, patriarcal, sencilla.

—Pasen ustedes, pase usted, Manolita. Perdone; usted para mí será siempre Manolita... No faltaba más, pasen, pasen...Venga á mi tocador; nunca tan honrado; vaya un susto... ¿Cómo ha sido? Traiga usted esas medias; las pondremos á secar. Mire usted me parece que aún están un poco húmedas; las botas completamente secas... Yaya con Manolita... ¡Manolita! Era usted así, Manolita; pero ya preciosa, preciosa, preciosa; la más bonita de todas nuestras discípulas. Don Nicolás la quería á usted mucho; le había tomado un cariñazo... Yo también le tomó un cariño... Aún me acuerdo. También D. Nicolás se acuerda... Aún tengo un puñadito de violetas... de la corona de violetas que usted nos mandó para Telva, para mi hija... D. Nicolás tendrá una sorpresa; luego le llamaremos; ahora está trabajando. ¿Sabe usted, Jorge, que Krazewski se ha decidido á escribir sus memorias? Las memorias de un artista que perdió su patria... ¡Pobre Nicolás! Gracias á ustedes, sus lindas discípulas que le alegraron la vida... ¡Su triste vida! Mientras él trabaja en sus memorias yo toco al piano las polonesas. Escribe oyéndolas; le arrullan... ¡Pobre Nicolasito!

Estaban ya dentro del jardín de doña Jacoba; aquel jardín era una mata de flores; todo era flor abierta, de entonaciones calientes, de matices vigorosos. Un jardín sin árboles que sombreasen los arriates ni que estorbasen la vista del cielo.

—Sí, sí, Manolita, muchas flores. Nicolás y yo es lo que más queremos; las flores de España... y el cielo; mire usted al cielo.

Los tres miraron de consuno al cielo; después se miraron los tres unos á otros. Los tres sonreían; pero la viejecita era la más risueña.

Subieron cuatro escalones de mármol blanco, guarnecidos por doble hilada de tiestos. Doña Jacoba les hizo pasar al comedor. Allí cogió de la mano á la Casa-Nieve.

—¡Pobre Manolita!... ¡Descalza! Espere usted. Mientras secan las medias voy por unas zapatillas. Espere usted.

—No, no señora. Ya habrán secado...

—La humedad en los pies es muy mala. Pronto secan. Espere, espere... mis zapatillas.

La señora de Krazewski salió del comedor, que era una habitación cubierta de cretona pajiza con grandes ramos rojos y azulados. En las ventanas y en las puertas cortinajes de la misma tela. Sobre la mesa había flores, una cafetera, un tazón de porcelana y un azucarero. El ambiente estaba embalsamado por el aroma del café.

Apenas salió la Krazewski, Jorge y Manolita se acercaron. Ella, en su descalcez, andaba de puntillas, temerosa de pisadas recias.

—¡Chico!

—¿No te lo dije?

—Pues mira, me alegro; estoy divertidísima.

—Vas á atrapar el primer constipado. Siéntate aquí.

Á viva fuerza, Jorge sentó á su amante en un butacón, también encretonado. La Casa-Nieve, ya sentada, remangó las faldas casi hasta las rodillas; tendió en el aire las piernas desnudas, blancas, níveas, nacaradas. Los pies se teñían con suave sonroseo. Movíalos inquieta, agitábalos gozosa; eran como palomas que aleteaban.

—Míralos... míralos... recréate, gózate en mirarlos, enamórate de ellos. Caras bonitas hay pocas, pero hay algunas... Piececitos.. Jorge, como éstos, ninguno, ninguno ¿Los quieres para modelo?

De repente, las palomas desaparecieron, se acurrucaron bajo el ala, metiéronse tímidas entre la falda.

Doña Jacoba apareció con un par de pantuflas en la mano.

Todos soltaron alegre carcajada.

La señora de Krazewski cortó aquella risotada juvenil, poniendo el índice en los labios.

—Psss... silencio, silencio... Psss... el pobre Nicolasito trabaja en sus memorias... Cálcese, Manolita...

Se calzó Manolita; se calzó entre grandes risotadas...

—Señora... señora., si me están pequeñísimas.

—¡Ah!..Yo también, también tuve el pie pequeño... pequeñito... pequeñito.

Y al decirlo doña Jacoba remangó un poco su falda negra, lució sus piececitos, lució el arranque de su pierna flaca, y al lucirla hizo una mueca de juvenil coqueteo, de pudorosa travesura.

—¿Lo ven ustedes? Pequeñitos... pequeñitos.

XXVIII

Los lunes son para la ferretera días muy tristes; recuerda su jardín del canalillo y recuerda las carreras de boj que dejó á medio recortar el domingo pasado y que seguirá recortando el domingo siguiente y el otro.

Un domingo llevó á la ferretería las grandes tijeras podadoras para que las afilasen. Afiladas recortarían mejor el seto indomable y bravío.

Todo el lunes lo pasa Vicenta arrinconándose en los esconces más lóbregos de su mazmorra. Siente una tristeza desasosegada; siente los párpados doloridos; se plegan trabajosos á la luz humilde tras el día de luz cegadora. De buena gana los dejaría cerrarse para adormecerse y hundir en el sueño aquellas horas tristes; pero la tristeza no la deja dormir; una turbulencia tormentosa la impulsa, la pone en movimiento, y para saciar las inquietudes se enfaena en domésticas labores. Á veces, enfaenada, canta. Su canto es inconsciente. Los muchachos de la tienda la oyen que canta; se miran unos á otros; parecen preguntarse unos á otros: ¿Es doña Vicenta la que canta? ¿Por qué cantará doña Vicenta?

Después del lunes viene la sedante quietud, una tristeza mansa y un poco abrumadora. Esta tristeza tranquila, suave, llena todo el martes. Los martes son días de mucho sueño para la valenciana. Se atardece en el lecho y después de levantarse vuelve á dormitar media hora antes de la comida. Come silenciosa; Indalecio la ve comer adormilada, con los ojos hermoso encendidos. Después de comer recuéstase en un canapé de enea y se adormece una hora, dos horas. Entre el sueño pesado, en el sopor de plomo, cree oir los rumores apagados de la tienda, los arrastres tétricos del hierro, los golpeteos de la cueva. Son ruidos que en la somnolencia resuenan con aire misterioso y ella los relaciona con las extrañas visiones del ensueño. A media tarde siente en la cabeza pesantez dolorosa, le parece que dentro de su cerebro arrastran también cadenas de hierro, flejes, lingotes, planchas de cobre. Rocíase el rostro con agua fría, y el rostro se le enciende con fogarada que la requema. Al apagarse la brasa, parece que la frente quedó calcinada y un dolor intenso le taladra las sienes, golpeteándolas á martillazos duros. Se acuesta sin esperar la cena y al otro día siente en todo su cuerpo cansancio doloroso, un deseo invencible de llorar y una facilidad inusitada para el llanto. La hace llorar todo. Vicenta llora los miércoles por las cosas más nimias, por las grandes menudencias de la vida.

Aún suele verter lágrimas, llorar con amargura mediada la semana. Pero aquel llanto es menos desconsolado; le acontece los jueves lo que acontece en los días lluviosos de primavera: llueve, llueve; la lluvia es abundante, la lluvia es recia; pero en un instante se rasgan las nubes y alegra ver jirones de cielo azul, trasparente, luminoso. Y á los días de llanto sucede el día de actividad casera. Vicenta va y viene, entra y sale; la valenciana pulcra y hacendosa recobra el dominio de su naturaleza levantina. Una ráfaga de juventud la impulsa bullanguera y acalorada; es un revuelo incesante, un va y ven continuo y agitado. Esta agitación se reproduce casi todos los viernes y se acrecienta con impetuoso vértigo los sábados; los sábados son para la Inchaurrandieta días de imponderable azacaneo; el sábado es la preparación del domingo. Que hemos de llevar esto, que allí hace falta esto otro; que el domingo pasado olvidamos las servilletas para el chocolate... y luego van los señores de Krazewski y no tenemos servilletas para el chocolate; que Niceto me encargó semilla de petunia; que Niceta me encargó un pañuelo de seda para la cabeza; que la puertecilla del canal necesita pestillo nuevo; que al collerón le faltan tres cascabeles; que el bombín necesita tres zapatas; que en la ventana de la escalera, en vez de la esterilla que está rota, pondremos una cortina... Este era el sábado de la valenciana lleno de agitación alegre, de actividad apasionada.

Y amanecía el domingo. Madrugaba; levantábase al rayar el día, y con el frescor primero de la mañana íbase hacia la casa del canalillo, Castellana arriba, sin esperar á Indalecio, más cachazudo, más roncero. Ella iba de prisa Castellana arriba, para gozar de la mañanita fresca en el jardín fresco, recién regado por Niceto. Iba con paso vivo; cuando llegaba á la Huerta de Cánovas, al final del paseo, solía oír el rodar lejano del primer tranvía de la mañana. Entonces deteníase un instante; respiraba hondo, como si alguien la hubiera venido persiguiendo. En aquel descanso oía cantar los pájaros en la Huerta de Cánovas; miles de pájaros en aquella fronda y un aroma suave de jazmines y de madreselva que la envolvía en fragancia de frescura matutina. Al lado mismo de la verja, la valenciana aspiraba con deleite aquella atmósfera húmeda y embalsamada. Sin perder la alegría que le brincaba en el alma, la ferretera acordábase del hombre de Estado oyendo los pájaros que trinaban y respirando aquel aroma de madreselvas y jazmines.—¡Pobrecito! Oiría estos pájaros, olería estas flores. ¡Pobrecito! Qué malos son los hombres... Yo lo hubiera enterrado aquí mismo, con sus pájaros, con sus libros, con sus flores... Y pensar que una vez vinieron á matarle aquí mismo.. Y pensar que lo mataron como se mata un pajarillo ¡pum! un tiro... y muerto. ¡Pobrecito! Si no lo hubieran matado aún oiría estos pájaros y olería estas flores... Sus pájaros, sus libros y sus flores.

Estos pensamientos un poco tristes de la ferretera eran un revuelo de su misma alegría. Las grandes alegrías son generosas, suelen derretirse en efusiones compasivas; la ferretera todos los domingos, al pasar muy temprano por la Huerta de Cánovas, sentíase hondamente compasiva; después, sin perder su generosa alegría, poníase en marcha otra vez hacia el canalillo.

Un domingo, al pararse ante la Huerta, notó Vicenta que brotaba más torpe, más trabajosa, menos efusiva la compasión. Le costó leve esfuerzo sentirse como otras veces compasiva. La cosa más nimia basta para hacernos malos, incompasivos. Vicenta recordaba que en su lindo capacho de encargos domingueros llevaba aquel día, recién afiladas, las tijeras podado ras, y ella sólo pensaba en lo bonitamente que iba á recortar las carreras de boj indómito, los renuevos del boj bravío.

De este recuerdo manaba una alegría intensa, un gozo también bravío. Sus tijeras podadoras bien afiladas... Ras, ras, ras.

XXIX

Llegó Vicenta al canalillo, empujó la puerta del jardín, sonó el cencerro y hallóse dentro. Allí dentro alguien disputaba con frases ardientes y vivas. Paróse la valenciana y con el oído alerta alcanzó á distinguir la voz de su hijo y la voz de Paternina; quedóse atónita: Paternina acalorado, iracundo casi y en horas tan tempraneras; Paternina y su hijo en agria contienda...

La ferretera avanzó por el jardín adelante muy pasito; las voces sonaban dentro del taller, cuya puerta estaba de par en par. Ocultándose entre unas ramas husmeó lo que allí dentro acontecía. El italiano estaba en pie ante la puerta, de espaldas á ella; vestía de negro, con un sombrero de paja muy blanco y muy alado. Jorge paseaba á lo largo del taller; á intervalos veíale pasar ante la puerta; á veces parábase ante Paternina para lanzarle palabras y más palabras que salían de sus labios duras, procaces, altivas. Jorge estaba en mangas de camisa; con el chaleco desabrochado y la camisa, blanda, también mal abrochada. Su madre no oía claras las frases, pero del tono, del acento, de las actitudes, fué comprendiendo que era una disputa ya agotada, exhausta. Sin duda aquellos hombres estaban contendiendo desde el alba, quizá desde media noche.

Calláronse los dos. Paternina permaneció inmóvil; Jorge aparecía y desaparecía rápidamente en el recuadro, de la puerta. La actitud de Paternina, aun visto como Vicenta le veía, delataba resignación, conformidad con alguna grandísima desgracia; la actitud de Jorge en sus fugaces apariciones delataba firmeza adusta, resolución bravía.

De repente Inchaurrandieta asomóse al jardín y á grandes voces llamó á Niceta:

—¡Niceta! ¡La botella de ginebra que está encima del aparador! ¡Y dos copas!

Paternina mostró con gestos de extraordinaria elocuencia que no quería beber cosa alguna. Después tendió la mano á su discípulo, en actitud de despedida; después sacó el reloj y, consultándole, aceleró la despedida.

Apenas tuvo tiempo la ferretera á salir de su escondrijo de ramas para que no la sorprendieran en delito feo de espionaje. Salió á una calle; por ella avanzaba ya el escultor italiano y halláronse de frente; el italiano la saludó con extremada cortesía, quitándose el sombrerón de luengas alas y descubriendo al sol—que comenzaba á picar—su hermosa y pulcra y blanquísima cabellera. La turbación interna estremecía un poco la voz del excelente Paternina. La turbulencia de su espíritu trascendía también en lo italianizante del saludo; pero esto escapábase á la aguda penetración de la levantina, que había hablado pocas veces al maestro de su hijo.

Signora... signora mía. Usted aquí, in questa bella mattina. Ahí queda su hijo... mi amado discípulo... Ahí queda... ¡Questa bella mattina!... Vuestro hijo es un rebelde, es un díscolo, ma e un egregio artista, y le quiero, señora, le quiero porque yo quiero el arte sopra tutto.

La valenciana inconscientemente repitió la frase Anal de Paternina; le parecían remedos de su dialecto levantino:—Sopra tutto. ¡Y qué bien resonaban aquellas frases en aquella mañana de resplandeciente luz levantina, en aquel jardín de florescencia levantina! Resonaban con tal dulzura que parecía imposible que tales palabras guardasen ponzoñosos rencores. Y luego aquella faz sonriente del bondadoso Paternina... No, no era posible que allí hubiera ocurrido una contienda agria.

—Me pareció al entrar que reñían ustedes; pero ya veo que no, que ustedes dos no riñen, no reñirán nunca. Usted es muy bueno y mi Jorge también es muy bueno. Á usted le quiere mucho, mucho.

—¿Nosotros reñir?... ¿Nosotros? ¡Oh, señora! Nunca, nunca, nunca. ¡Qué artista! Ma e indocile, es joven y la juventud e indocile. Yo le quiero. Por eso vine; yo quiero traerle al buen camino.

—¿Al buen camino?—preguntó la ferretera un poco, muy poco, turbada.

—Quiero decir, señora, al camino... onorato...

—¿Onorato?...

Vicenta comprendía la palabra, pero dudaba de su recto sentido.

—No se asuste usted. ¡La juventud! No hablo del honor; hablo de lo honorable... que es otra cosa. Aquí no hablamos de... d'affari di danaro, de cosa fea... ¡Oh, señora! Hablamos de... de una donna.

Se esbozó en la faz de Paternina una sonrisa suave. Hubo una pausa. Los pájaros piaban en las copas del jardín y en las del canalillo, alegrando la radiante mañana, la bella mattina.

—De eso hablábamos. Ya usted sabe... toda una señora, toda una gran dama... y Jorge, su hijo querido, mi discípulo amado, Jorge... ¡me la abandona!

La hermosa valenciana abrió un poco la boca y un poco más los ojos, que la luz solar tenía entornados. El escultor prosiguió su sencilla charla con voz palpitante, pero siempre dulce, bondadosa, risueña:

—Casa-Nieve abandonada. Es la condesita de Casa-Nieve... Ya usted sabe, señora...

—Señor mío, yo no sé nada—dijo Vicenta con duro arranque de hembra levantina.—Yo no sé nada, yo no sé nada.

—¿Usted no sabe quién es la condesita de Casa-Nieve? Dama de la corte, egregia, linajuda y hermosa, hermosa como una Madonna. Ella le quiere, ella le ama, ella e innamorata y él la abandona... ¡Abandonarla, señora, cuando pasó el peligro, tutto pelicoro!... ¡Hace quince días quedó viuda! ¿No oyó usted, señora, un conde herido, un accidente de caza, un conde muerto? Estaban cazando reses mayores. Precisamente cuando se recibió la noticia ella estaba... estaba.. estaba...

—¿En dónde, en dónde estaba?

—In questo giardino... Y ahora... ahora abandonada, ahora que es viuda... ¡Dos veces viuda! Due vece vedova... La poverina vino á mi casa, vino á mi taller á llorar su desgracia.

—¿Cuál?

—Questa disgrazia.

Hubo otra pausa. Vicenta tenía pendiente del brazo derecho el capacho en que traía todos los domingos los mil trebejos. Aquella mañana venían en el capacho las tijeras podadoras. La madre de Jorge pensó vagamente en aquellas tijeras; pasó por su mente la imagen borrosa de unas grandes tijeras, muy afiladas; oía sus hojas que cortaban con desgarro algo invisible, algo que al desgarrarse crujía.

En el sendero había un banco. Vicenta dejó el capacho de paja sobre el banco; después ella misma se sentó en el banco. Estaba al sol; enfrente caía el círculo de sombra de una acacia de bola. Dentro de este círculo se metió Paternina; en el verdor de la sombra su traje negro verdegueaba, el sombrerón blanco también verdegueaba. La levantina estaba hermosa con su pálida faz al sol; rebrillaban sus ojos aterciopelados. El aire cálido estaba saturado de aromas. Piaban los pájaros sobre la cabeza de Paternina, en la copa de la acacia de bola.

Habló Paternina, sin salir del círculo de sombra; habló recogiendo un poco la voz, con entonación de misterio suave, casi galante:

—Vino á mi casa la innamorata, y llorando, llorando, me contó el secreto... ma per la pignora no puede ser secreto... Hay otra donna.

—¿Otra?—preguntó con voz susurrante la valenciana.

—Altra donna—repondió, también con susurro, Paternina.

La ferretera recogió el capacho y púsolo sobre su falda. El escultor inclinó el busto hacia la Inchaurrandieta, y así inclinado, en tono de íntima confidencia, de revelación misteriosa, dijo:

—Altra donna, ma guesta donna es de las peligrosas; es hembra plebeya, tiene otro hombre... Mi condesita lo sabe todo.

La madre de Jorge púsose en pie; el capacho de paja cayó al suelo. Paternina repitió tres veces consecutivas que su condesita lo sabia todo, que la altra donna era plebeya, era peligrosa, tenía otro hombre. Y después de repetido quitóse el sombrerón aludo, despidió, con mucha cortesía á la valenciana y desapareció del sendero. Vicenta le vió alejarse á través del jardín, vió su sombrero de grandes alas alejándose por encima de los arrayanes.

XXX

La valenciana, en pie, al sol fulgente, quedóse inmóvil. En su cabeza, recalentada por los ardores solares, borboritaban en hirviente rebullicio palabras dispersas, sin ilación y sin sentido, que parecían traídas por el viento, cálidas como el aire de aquella mañana. Eran las palabras de Paternina.

Recogió el capacho y lentamente encaminóse al taller de su hijo. Éste trabajaba. Al ver á su madre hundió las manos en un cubo de agua, enjugólas luego y abrazó reciamente á la ferretera, cubriéndola de mimos, de infantiles caricias.

—¡Ay, mamita, cuantísimos días sin verte! Yo no pude ir. Que no, que no pude; estoy lleno de trabajo. Hoy ya te esperaba; aquí estaba esperándote. Ahora ha venido una nube de trabajo. Quise ir á comer contigo y con papaíto; recibí tu recado: el jueves paella á la valenciana. ¡Qué rica estaría! Pero no pude, no pude, mamita; llueven los encargos; con lo de la Exposición se han desatado... El busto de la Condesa ha sido mi gran reclamo... Y luego la medalla. ¡Verse retratadas por un primer medalla!... Pero ahora lo primerito á que yo pongo mano es á tu Dolorosa; ya la tengo pensada, ya la tengo cogida; sólo es ponerme; ya la tengo, ya la tengo, mamita. Encontré un modelo; vale más que el de Florencia. ¡Qué modelo, madre mía! ¡Qué modelito! Espérame mañana al mediodía; ponme paella. ¿Me pondrás paella á la valenciana?... Y papá, ¿no viene?... ¿Me traes? ¿me traes?... ¡Qué semanita! Todas las cuentas de un golpe: las canteras, los arrastres... ¡Qué buena, qué rebuenísima eres!

La ferretera sacó del pecho un paquetito y se lo entregó á Jorge, diciéndole amorosamente:

—Toma, hijo mío. Las tres mil quinientas. Guárdalas bien. Calla, calla. Tu papá no lo sabe.

Jorge recogió el paquetito, lo estrujó entre sus dedos finos y un poco tomados de barro; besó á su madre con infinita ternura después besó el paquetito y una vez besado, lo metió hecho un gurullo entre la camisa blanda, desabrochada.

Jorge estaba pálido, intensamente pálido, con hondos círculos cárdenos en torno de sus ojos verdes, acerados y fríos. Su barba rubia parecía más dorada sobre la tez empalidecida; las crenchas caían en revuelto desgaire sobre la hermosa frente, de blancura mate, de palidez triste; hasta sus labios, siempre tan rojos, estaban emblanquecidos.

Vicenta le miraba tristemente. Quiso hablar; no se atrevió á decir nada, no supo decir nada. Miró alrededor, y sin saber cómo, sin quererlo, sin pensarlo, salió de sus labios una frase:

—¿Trabajas mucho, hijo mío?

En la entrada del taller apareció D. Indalecio. Su corpanchón grande, cuadrado, se recortaba con apariencia de proporciones gigantescas sobre el espacio luminoso de la puerta.

—Papaíto, adelante. Aquí estamos todos.

Inchaurrandieta avanzó con paso inseguro; aquel taller de tantas blancuras le deslumbraba. Él era un ferretero.

Su rostro, un poco renegrido por el férreo polvillo de la tienda, estaba aquella mañana coloreado por una rojez suave; su mirada era un resplandor de honradez vizcaína.

D. Indalecio miró con vana curiosidad todos aquellos mármoles que le rodeaban. Después miró á su mujer; después miró á su hijo. Sin duda aquellos rostros le parecieron también de blancura marmórea.

—Estáis paliduchos—les dijo el vascongado, con indudable vanidad de su tez, roja y sana. Sentóse en donde sentarse pudo, y quitándose el sombrero descubrió su cabellera cenicienta, espolvoreada.

Su mujer y su hijo le miraron; comprendieron que Inchaurrandieta iba á hablar de algo grave. Cuando se disponen á hablar los hombres sobrios de expresión, se presiente, se olfatea el arranque de su charla; se los sorprende forjando la frase, vertiendo la idea en el duro molde de la palabra. La salutación de su hijo: aquí estamos todos, le sirvió á Inchaurrandieta de eslabón primero. Tiró de él; los demás irían saliendo.

—Sí, aquí estamos todos; pues yo me alegro de que estemos todos.

Y luego de golpe:

—¿Cuántos años piensas tú que tiene tu padre?

No aguardó la respuesta; respondió él mismo.

—Tu padre tiene cerca... cerca, muy cerca de setenta. Uno se olvida porque se ve con esta cara. Esta cara es mi vida, es el hierro. No hay nada como el hierro; tú no quisiste nada con el hierro; tu madre tampoco quiso. Allá tú y allá ella; los dos estáis paliduchos. Tengo cerca de setenta; mi edad es ésta. Mi capital... vamos, ¿qué capital piensas tú que tiene tu padre? Pregúntaselo á tu madre.

Todos se miraron los unos á los otros. Hubo un silencio grave; parecía que hasta las figuras de mármol escuchaban en silencio ansioso, palpitante. El ferretero inclinó un poco el poderoso busto hacia delante, inclinó los fornidos hombros hacia delante; apoyó en las rodillas las palmas de las manos. Toda su actitud era de una sencillez bondadosa. En esta actitud sencilla si guió hablando de esta manera:

—Tu padre no se deja ahorcar por un millón de pesetas.

Y seguidamente, sin la más leve pausa:

—Tu padre vino descalzo de Bermeo cuando tenía catorce años. Descalzo... descalzo... á mitad de camino tiré las alpargatas que al salir me compró la abuela. Ya sabes lo que tiene tu padre: un millón de pesetas y setenta años. Con el millón de pesetas basta para que vivas tú; con los setenta años basta para que me muera yo. Bueno, pues para los años que me quedan he pensado que en vez de vivir allá abajo y dar de cuando en cuando una vuelta por aquí arriba, tu madre y yo haremos al revés: viviremos aquí arriba y de cuando en cuando daremos una vuelta por allá abajo.

Dicho esto púsose en pie el corpulento vizcaíno, miró hacia la puerta que recuadraba medio jardín, encaminóse hacia ella y al pisar el umbral volvióse para decir á su mujer y á su hijo que el sol picaba mucho y que él iba á coger la regadera.

Ya estaba Inchaurrandieta con la regadera al lado de la bomba cuando vino su mujer y le tocó en el hombro:—Indalecio... Indalecio, ¿encontraste á Paternina?

—Sí; encontró á Paternina.

—¿Y te habló Paternina?

—Sí, mujer; me habló Paternina.

—Está bien, Indalecio.

Un momento después oíase en el jardín el chirriar de la bomba y el repiqueteo de unas tijeras sobre los arrayanes de boj y de mirto.

XXXI

Á la hora fresca de la tarde vinieron los señores de Krazewski. D. Nicolás le dijo á D. Indalecio que llevaba adelantadas sus memorias y que muy en breve las daría á la imprenta, porque él estaba decidido á darlas á la imprenta. Verdad que la edición sería muy limitada: unos doscientos ejemplares numerados que repartiría entre sus discípulas. Veinte ó treinta ejemplares para veinte ó treinta amigos. Ya tenía hecha la lista. Á los señores de Inchaurrandieta les correspondería el ejemplar número 139. El número 138 era parala condesita de Casa-Nieve. El número 140 era para Paternina. Krazewski había conocido á Paternina hacía muchos años cuando un compatriota suyo, Skodopol, estuvo de director de orquesta en el Teatro Real. Á casa de Skodopol iban las tiples y los tenores; él, D. Nicolás, también iba como polaco desterrado y como compañero de música. Eran los buenos tiempos de Krazewski; en aquella casa conoció á Paternina y á su señora; es decir, por aquellos días aún no era su señora: era la segunda tiple del regio coliseo.

Y Krazewski se extendió en largas remembranzas de aquellos tiempos. El ferretero le oía hablar de cosas extrañas; le oía que por aquellos tiempos aún no se hablaba de Wagner; eso vino después, vino como una ola, fué como la marea que avanza y retrocede; pero al fin el mar ganó terreno á la tierra. Las primeras notas wagnerianas que oyeron los madrileños resonaron en los Campos Elíseos. ¿Usted no recordará los Campos Elíseos?

D. Indalecio no recordaba los campos aquellos. D. Nicolás prosiguió su verbosa charla.

—Pues sí, señor, allí resonaron las notas primeras, bajo la batuta de Gaztambide. Yo no lo oí; aún no me calentaba á mí el sol de Castilla, pero el mismo Gaztambide me lo ha contado: fué la overtura de Tanhauser. Se oyó en silencio. Al acabar la overtura Gaztambide se quedó vacilante, con la batuta en la mano, los señores profesores también se quedaron vacilantes, con los instrumentos empuñados. Los profesores miraban al director; el director miraba á los profesores. Fué un momento solemne: Wagner entraba en España. Los españoles, que desde los Campos Elíseos presenciaron su entrada, se quedaron como el director y como los profesores: vacilantes y mirándose con caras bobas unos á otros. De este modo entró Wagner en España. Fué la primera olita mansa y larga que envía la marea baja á la playa seca. Así lo digo en mis memorias, al hablar de mi amigo el buen Gaztambide. Después de aquel pasmo, ni Barbieri ni Monasterio se atrevieron... Jesús era un gran maestro, pero estaba en Meyerbeer; Meyerbeer era amigo suyo; en Berlín acababan de tocar juntos. Jesús sentía poco las grandes masas instrumentales; lo de Meyerbeer sí, poque era amigo suyo. Emigró al cuarteto. La música sinfónica es pintura al fresco; Jesús prefería los cuadros de caballete. Así lo digo en mis memorias. Para Jesús la batuta era una brocha muy gorda; el pincel era el arco. Siempre que cogía la brocha se imaginaba tener un pincel en la mano. A todo esto, mi buen Skodopol introdujo en el Real á Rienzi. Después Mariano, el bondadoso Mariano, el chispeante Mariano... ya usted sabe Sr. Ichaurrandieta: Marianito Vázquez introdujo en la zarzuela á Sigfrido. ¡Qué tardes aquellas para los que éramos entonces grandísimamente aficionados! Formidables batallas. Á las grandes sonoridades orquestales correspondía el público con otras grandes sonoridades; allí todo era wagnerismo y los que protestaban de música tan ruidosa levantaban más ruido todavía. Entonces, entonces comenzó la invasión en el piano. Terribles días. Yo no podía consentir aquello. Tuve disgustos serios, contratiempos graves. Ésta es la página más interesante de mis memorias. No; yo no podía consentir aquello; yo no podía consentir que me bastardeasen el piano, que pretendiesen meter dentro de su caja armónica trompas, trombones y timbales. ¿Cree usted que se puede meter una leona en la jaula de un canario? ¿Cree usted Sr. Inchaurrandieta que se puede meter la música wagneriana en la caja de un piano?

El ferretero no creía nada; oía con mucha atención todas estas cosas que el amable profesor de piano le contaba. Lo más extraordinario para D. Indalecio era que todas aquellas cosas fuesen cosas madrileñas, en Madrid mismo acontecidas. Tres ó cuatro veces estuvo á punto de interrumpir al polaco para preguntarle si todos aquellos sucesos tan extraordinarios habían ocurrido en España ó en Polonia.

Entre tanto, las dos vecinas también picoteaban. Doña Jacobita recibió extremada alegría al saber de labios de la valenciana que allí morarían lo más y lo mejor del año. Doña Jacobita, al oir esto, abrió y cerró cinco veces consecutivas el abanico; otras cinco veces abrió y cerró los ojos con nervioso parpadeo; después con el pulgar y el índice de la mano izquierda acarició de arriba á abajo una cadenilla de Oro, antigua, que del cuello le pendía al fin abrió el abanico para utilizarle en su natural función de airear el rostro. El abaniqueo es una función femenina muy poco estudiada; de ella se sabe poco más que lo dicho por los poetas en las hojas de albums. No hay dos mujeres que se abaniquen de la misma manera. Doña Jacoba se abanicaba como se abanicaría una gatita, si las gatas se abanicasen; verdaderamente era suave, ora gracioso, era felino el abaniqueo de la señora de Krazewski.

Es de grandísima importancia, de imponderable trascendencia en esta vulgarísima historia, saber que aquella tarde el abanico de D.ª Jacoba era japonés. Por su paisaje sencillo revolaban unos pajarracos japoneses. Aquel paisaje, los pajarracos aquellos, hasta las varillas, con su brillante laca, evocaron en la mente de la valenciana el recuerdo del biombo japonés tras el que Rita Láinez se atalayaba en su alba tienda de la plaza de la Feria. Se acordó de su amiga; sobre todo se acordó de la hija de su amiga. ¡Qué bien estaría Celita en aquel jardín, cuidando las flores, con su delantal blanco, de peto rizado, con los tirantes por la espalda en aspa! Celita era muy guapa. Ahora caía en la cuenta de que Celita era muy guapa; aquel moñito al desgaire, sobre la nuca, es una quisicosa muy salada; aquel delantal blanco, muy blanco, también era una cosa muy salada. Estaría muy bien Celita cuidando las flores y paseando por la ribera del canalillo.

Entre tanto D.ª Jacoba se abanicaba y hablaba.

—También á Nicolás le dará gran alegría. Aquí pasaremos muy á menudo. Ahora también pasamos; sí, á Jorge le hemos tomado un cariño, un cariñazo... Nicolás y yo le queremos mucho. ¡Qué guapo! Yo comprendo que con hombres así se entontezcan las mujeres. ¡Qué guapo! Á mí nadie me quita de la cabeza que la condesita de Casa-Nieve estaba enamorada, locamente enamorada. Nicolás dice que la condesita de Casa-Nieve fué siempre una de sus discípulas más formales; yo le digo que se puede ser muy formal, muy formal, y estar perdidamente enamorada. Ya no viene por aquí; Jorge acabó el busto. Hermoso, hermoso busto; según parece, su marido no llegó á verlo terminado.

—Pues mire usted, D.ª Jacoba, quizá no vengamos Indalecio y yo solos Puede... puede... puede que no vengamos solos.

El abanico japonés volvió á abrirse y cerrarse otras cinco veces rápidas y consecutivas. La volatería japonesa aparecía y desaparecía como si entrase y saliese de una jaula con raudo revoloteo.

—Puede... puede que venga á pasar con nosotros el verano una amiga.

—¿Una amiga?

—La hija de una amiga.

Los pájaros del abanico volaron con recio aleteo; los pájaros del jardín también revoloteaban entre las copas de las acacias. D. Nicolás explicaba á D. Indalecio las discordancias de la armonía wagneriana. La bomba del jardín comenzó sus agudos chirridos porque Niceto se disponía para el riego de la tarde.

—Ahora es una guapa moza la que viene al taller de Jorge—dijo D.ª Jacoba.—La vimos el otro día; una guapa moza, un poquitín demasiado morena; será que á mí me gustan un poquitín rubias... La hija de la amiga de ustedes es rubia?

—Rubia.

—Esta que ahora viene de modelo yo la encuentro muy morena. La otra tarde se lo dije á Jorge; me atreví á decírselo: esta modelo es muy guapa, pero es muy morena. Él me dijo que el color no le importaba; él busca la forma. Naturalmente; á un escultor no le importan los colores; un escultor busca la forma. Y debe ser excelente modelo. También debe ser muy alegre: desde mi jardín oigo todos los días sus risotadas; ríe á carcajada. La otra tarde tales carcajadas daban que me asomé pasito, muy pasito, pero me vió Jorge, y lo mismo es verme que hacerme pasar adelante.—¡Adelante, D.ª Jacoba! Adelante... aquí somos todos de confianza; tome usted una cañita de manzanilla. ¿No?... Pues tome usted una aceituna. Por no desairarlos tuve que tomar una aceituna. Es muy guapa, es buena moza... pero á mí me gustan un poquitín rubias y un poquitín más finas. A mí me gustaba mucho la condesita de Casa-Nieve... Tuve que sentarme. Tuve que tomar otra aceituna; los dos se empeñaron en que tomase otra aceituna.

XXXII

A la semana siguiente los ferreteros se instalaron en la casa del canalillo. Celia Láinez fué con ellos.

Una tarde entró Vicenta en la atalaya japonesa de su amiga Rita, y sin rodeos, lisamente, le dijo que venía resuelta, completamente resuelta, firmemente resuelta á llevarse consigo á Celia. Sí, sí, á llevársela todo el verano y todo el otoño al canalillo, y que se hiciesen cargo de que se la habían llevado á la China, porque lo menos en seis meses no volvían á verla por la plaza de la Feria.

La de Láinez oyó á su amiga sin soltar la labor de entre las manos; sólo el rostro dibujó una leve y fugaz sonrisa. El biombo japonés estaba resplandeciente; llegó á creer Rita Láinez que habían abrillantado sus intensos colores con nueva laca; aquellos florones despedían llamaradas de tonos coloreados y brilladores. Cuando la ferretera le dijo que se hicieran cargo de que á Celita se la llevaban á la China, la obsesionó por un momento la extraordinaria idea de que, en efecto, se la llevaban á la China, á un país lejano, muy lejano, de un sol muy fulgente, en donde habría ramaje de arbolado como aquel ramaje del biombo, en donde habría flores como aquellas flores grandes, extrañas, que embalsamarían el aire con intensos y riquísimos aromas; llegó á sentir la ropablanquera ese desvanecimiento suave que producen los aromas intensos; pero aquello pasó pronto; se repuso al punto y contestó con medias palabras á su amiga. Ella, así de golpe, no resolvía; era preciso hablar con Pascual y hablar con Celia. Tal vez Celita no quiera. Una semana, dos semanas... no digo; pero así, meses enteros... Yo creo que es mucho, que es mucho, Vicenta.

Vicenta atajó aquellos reparos con inequívocas manifestaciones de un ardiente cariño. No quería escrúpulos, no quería bobadas... entre amigas, entre hermanas como ellas. No, no, Rita, yo no quiero que entre nosotras dos se guarden cumplidos ñoños. ¿A qué viene eso ahora? Creeré otra cosa, me darás motivo á que la crea. Si; creeré yo y creerá Indalecio que nos negáis vuestra hija porque somos unos pobres ferreteros. Por eso, por eso. Hace mucho tiempo que os venís alejando de nosotros; meses enteros pasan sin que nos veamos.

La Láinez dejó caer la labor sobre la falda. Vicenta hizo una pausa. Pensó que iba á decir algo su amiga; pero viendo que su amiga no decía nada, siguió hablando ella.

—Es un egoísmo; es una falta muy grande de cariño verdadero; vosotros tenéis muchos hijos; yo no tengo más que uno… uno, Rita, uno solo.

Sacó un pañuelo la valenciana y so lo pasó por los ojos. Aquellos ojos negros, levantinos, aterciopelados, estaban húmedos.

Rita sintióse tiernamente conmovida; parecióle que sus ojos también se humedecían. Las dos mujeres se miraron llorosas; guardaron silencio y después se miraron otra vez sonriéndose serenas.

XXXIII

Celita casi todas las tardes, á la hora de la siesta, pasaba á casa de doña Jacoba; encasquetábase el sombrerón de paja para defensa de la lumbre solar; además cogía una sombrilla.

En el silencio de aquellas horas caniculares, D.ª Jacoba desde su gabinete oía llegar á Celita; oía sus pasos en el jardín, oíala abrir la puerta; esperábala en el rellano de la escalera:—Suba, suba; ya la esperaba; suba, vecinita; tampoco Nicolás duerme siesta, está con sus memorias.

Metíanse en el gabinete, que era una pequeña estancia de juvenil intimidad, y como todas las de aquella casa revestida de cretona rameada. El fondo de la cretona que ornamentaba el gabinete de doña Jacoba era aperlado, y sobre este fondo, menudos ramitos de florecillas azules anudadas con cintas de muy variados colores. El balcón ora un recuadro luminoso entre los céfiros de nítidas cortinas. En aquellas horas de calor intenso la luz entraba en el gabinete á través del tamiz de una persiana de esterilla verdosa; después pasaba á través de unos tules, después aún se cernía entre las espumosas gasas de unas flotantes cortinas. Ya dentro de la estancia era una luz de leve verdor acuátil, tibia, discreta y fresca.

Allí dentro charlaba la viejecita con la hija de los Láinez; contábale dulces y amorosas historias de sus discípulos predilectas. Unas historias terminaban en boda, otras historias tenían un fin desvaído, otras historias terminaban de cualquier modo, casi no terminaban. Muchos nombres de aquellos mentados por la señora de Krazewski evocaban en Celita recuerdos de su casa; nombres que su madre, Rita Láinez, le había repetido muchas veces. Antes supo de estas personas por la ropa, por las prendas exteriores; ahora sabía por sus verdaderas prendas personales. ¡Cómo prepara y como teje las cosas la vida! ¡Y qué discordancias tan peregrinas entre las prendas morales y las otras! ¡Qué cosas tan extrañas aprendió Celita en aquellas horas caniculares, en el gabinetito de D.ª Jacoba, tibiamente iluminado por claridades acuátiles!

Y las íntimas historias estaban, puede decirse, exornadas con auténticas ilustraciones; nunca faltaba el retrato de la heroína con dedicatoria y firma. Eso sí: era siempre una misma dedicatoria; aquellas bellas heroínas tendrían el fuego del amor muy vivo, pero completamente encenizado el de la literatura: Á mi amado pi ofesor D. Nicolás Krazewski: Fulanita.

Aquellos retratos los conservaba cariñosamente D.ª Jacoba, y su memoria era archivo en el que se guardaban con orden admirable y puntualidad maravillosa las historias amenas de todas las retratadas. Á Celita le placía remover el museo de retratos y el archivo de memorias. Por eso pasaba á las horas de la siesta.

Así oyó una tarde la historia de la Casa-Nieve; la oía teniendo entre sus manos el retrato de la protagonista que era una gran dama, de semblante dulcemente atractivo y hasta en la dedicatoria, hasta en el tipo de su letra delataban el neto señorío de una persona bien nacida.

—Toda una gran señora, toda una gran dama—decía D.ª Jacoba;—hay que oir á Nicolasito cuando habla de ella: la discípula más enseñorada que ha tenido en su largo profesorado; de una de las casas más severas entre las de más rancio abolengo. Jorge le hizo en mármol su retrato; bollo mármol, digno de la retratada. ¡Ah! Jorge es todo un artista, ¿sabe usted, amiguita? Todo un artista. Nosotros le queremos mucho, mucho; Nicolás y yo le hemos tomado un cariñazo... Sí, sí, aquí vino varias veces la condesita; siempre tan reguapísima, pero ahora, es claro, ya no viene, no; desde que enviudó no hemos vuelto á verla. Nicolás sí, Nicolás fué á darle el pésame y le recibió llorando. Fué una tragedia horrenda: salir de Madrid sano y bueno y á las cuarenta y ocho horas traerle de cuerpo presente. Es la historia más dramática de todas nuestras discípulas. Nicolás venía verdaderamente emocionado; trabajo me costó que comiese aquella noche; casi lloraba. Nicolás se encariñó con todas sus discípulas; siente por todas un cariñazo... ¿Y á usted?... ¿Á usted no le hace Jorge un retrato?

Celita enrojeció ante la inesperada pregunta; su rojez de guinda resaltó más en aquella atmósfera de verdor acuático. Doña Jacobita recogió las fotografías que la de Láinez tenía sobre la falda y las guardó en un bufetillo; después volvió á sentarse al lado de la vecinita.

—Pues sí; yo sé que quiere hacerle á usted un busto. Lo sé... porque Jorge mismo me lo ha dicho. Jorge nos quiere mucho, nos ha tomado un cariñazo... ¡Qué guapo! ¿Verdad, Celita? ¡Qué reguapo!... Pues sí; me lo ha dicho. Yo tengo para él lo que llama privilegio de la edad... Yo soy para él lo que es para mí ese bufetillo: guardadora de secretos amorosos. Ese es el privilegio. El corazón de la mujer es arca llena de amores y amoríos: cuando es joven saca los propios, cuando es vieja recoge los ajenos... Celita, querida Celita, es usted un ángel del cielo. El que se lo diga una vieja ya sé que no le importa nada... nada. ¿Verdad? Pero no lo digo yo sola... Celita, querida Celita, en mi bufetillo va á hacer falta otro retrato.

XXXIV

Era la silenciosa hora de la siesta. D.ª Jacobita, en su gabinete de claror acuático, aguardaba la cotidiana visita de Celia Láinez, aguardábala aquella tarde un poquito impaciente, con deseo más vivo que otras veces de que apareciera para darle noticias que rebosaban de su corazón bueno. Tenía que decirle á Celita cosas muy buenas; por allí había estado Jorge la noche anterior; también allí había estado el Sr. Paternina, y los dos, con el Sr. Krazewski, charla que te charla, en el comedor, hasta las dos de la madrugada. Jacobita había estado inquieta por don Nicolás, que no trasnochaba nunca; pero al día siguiente dormiría la mañana, porque ahora ya acabó las memorias y en verano no hay lecciones. Con dormir la mañana reponía el sueño perdido; no tenia tan fácil reposición la botella de cognac, casi consumida. Era excelente: de las Tres Eles; procedía de uno de los regalos navideños al amable profesor de piano. Ella no estuvo con ellos; ella sólo había entrado tres veces: una para llevarles el café; otra para llevarles la botella; otra para recoger el café y la botella. Esta última vez era ya más de la una. Jacobita no había estado con ellos, pero al entrar y salir oyó cosas... cosas. Su marido hablaba de la viuda, la viuda era Casa-Nieve,—porque Nicolás había ido á llevarle el tomo de sus memorias, fresco, húmedo aún, recién salido de la imprenta. Y allí se entretuvo horas enteras; Manolita no le dejaba marchar; lo hablaba de todos, por todos lo preguntaba; le preguntó por Jorge, le preguntó por Celita. Vió el busto de mármol; aún no estaba en su sitio, sino en un gabinetito de confianza, porque aún no había tenido humor, tan afligida como estaba, de llevarlo á su sitio: al salón blanco.

Todo esto lo oyó Jacobita la primera vez que entró con la cafetera. La vez segunda, la de la botella de las Tres Eles, hablaban de la otra, de aquella hermosísima morena. De esto, D.ª Jacoba, ni una palabra diría á Celita. Ni una palabra... ni una. La tercera vez que entró hablaban de la señorita de Láinez. Después supo de labios de Nicolás lo que de Celita habían hablado; supo también que Jorge marchaba una temporada al extranjero... Ella sólo iba á decirle á Celita que se retratase, porque en su colección iba á hacer falta un retrato. En este punto iba el hilo de sus pensamientos cuando oyó que alguien subía la escalera; salió al rellano:

—Suba usted, Celita... suba.

—No, no es Celita, soy yo, D.ª Jacoba, soy yo... Soy yo que vengo á dar las gracias á D. Nicolás; ya he leído sus memorias.

—Suba usted, Manolita... suba.

Entraron en el gabinete D.ª Jacoba y Casa-Nieve. La condesa venía enlutada; un velillo celábale el rostro. La Krazewsky miró risueña á su antigua amiga, antigua discípula.

—¡Ay, Manolita!... Con esa ropa negra está usted reguapísima, requeteguapísima. Siéntese, descanse. Venir con este calor; venir á estas horas. Voy á avisar á Nicolasito. Nicolasito la quiere á usted mucho; le ha tomado un cariño... un cariñazo. Por ustedes, sólo por ustedes, olvidó su Polonia.. ¡Pobre Nicolás! Voy corriendo.

—No, no, no, D.ª Jacoba; aguarde un momento. Venía á darle las gracias, pero también venía, ¿sabe usted? también venía para que usted y yo hablásemos un poquito; tenemos que hablar usted y yo un poquito. Tiene usted un gabinete precioso, tienen ustedes una casita preciosa. El jardin monísimo. Yo tenia gana de hablar un poquito con D.ª Jacoba.

Doña Jacoba, que estaba en pie, tomó asiento en una butaca. Su rostro revelaba, sin disimulos, la complacencia. La condesa, que estaba sentada, púsose en pie, cogió una silla volandera y, poniéndola de medio lado junto á la butaca de la señora de Krazewsky, sentóse con agitación hasta entonces contenida y enfrenada.

—¿Ocurre algo? ¿Ocurre algo, Manolita?

—No se sobresalte... No ha ocurrido nada; quizá no ocurra nada. ¡Ah, D. Jacoba! Nosotros nos imaginamos que las cosas extraordinarias de la vida no ocurren nunca más que en el teatro... ¿No es verdad, no es verdad que cuando algo extraordinario nos ocurre en la vida decimos: si parece cosa de novela, si parece cosa de teatro?... Vea usted: la catástrofe de mi pobre marido. ¡Quién había de pensar que mi pobre marido!... Y yo tan ajena, tan tranquila, haciéndome un busto. ¿No es verdad, no es verdad que todos, todos, todos... usted, yo, D. Nicolás... todos, tenemos un rinconcito de novela en nuestra vida... ¿Verdad? ¿Verdad, D.ª Jacoba? Pues verá usted... esto es horrible. Yo en estos momentos creo estar viviendo una vida de novela... No, no se asuste usted; todavía no hay motivo para asustarse... Ahora, cuando todavía estoy bajo la impresión de lo de mi pobre marido, viene una nueva zozobra... una cosa horrible. Verá usted, yo lo supe por mi peinadora; una hermana suya, que también peina, es vecina de osa mujer que ahora sirve á Jorge de modelo; esa mujer á quien Jorge ahora.. Bueno, bueno. Son vecinas; ella, la mujer, la modelo, vive con su madre. Su madre quería dedicarla al teatro, es decir, al teatro... Fueron á decirle, á ofrecerle que en no sé dónde, en uno de esos... salones, no sé cuál, el rojo, el verde, el amarillo... le ofrecieron que ganaría cada noche no sé cuánto dinero; con quince días de preparación en una academia de baile que hay en no sé qué calle, bastaba para presentarla. De la academia ellos mismos se encargaban. ¿Ye usted? Todo, todo lo sé por la hermana de mi peinadora... que todo, todo se lo cuenta á mi peinadora. La madre primero puso buena cara á los ofrecimientos; pero lo supo su novio, el novio de la hija, que es tallista, y por la noche va de suplente al círculo, precisamente al círculo á que iba mi marido. Va de suplente para la sala de juego. En cuanto lo supo el novio le dijo á la madre que si la Ignacia... esa mujer se llama Ignacia... que si la Ignacia iba á aquello, él le pegaba una puñalada. La madre tuvo miedo; se lo contó á su vecina, á la hermana de mi peinadora, que peina á la Ignacia. ¡Qué madres! ¡Qué madres, D.ª Jacoba! Estaba aterrada porque ella quería... quería ganar tanto dinero, pero se acoquinó!... porque todos los días se leen cosas en los periódicos. Y entonces empozó lo de Jorge. Jorge sabe quien es el novio porque también va al círculo. Pues ayer tarde estaba la hermana de mi peinadora peinando á Ignacia cuando se presentó el tallista... ¡Qué escena! Me la contó esta mañana mi peinadora mientras me peinaba. Creo que sacó la navaja... Calle usted, por Dios, D.ª Jacoba... la sacó y le dijo á la Ignacia que sabía que estaba metida con un marmolista, con un señorito del círculo...

Una voz suave llamó desde fuera á doña Jacobita.

—¿Quién llama?—preguntó la de Casa-Nieve.

—Siga usted, siga usted—respondió doña Jacoba.

Desde fuera volvió á oirse la voz de Celita. Se entreabrió la puerta y entró la Láinez. Venía sofocada, con el sombrerón de paja ya en la mano y como siempre con el albo delantal de peto y los tirantes cruzados en aspa por la espalda.

XXXV

Al entrar, algo se turbó la Láinez ante la inesperada presencia de aquella señora y sobre todo por el aire de agitación, de turbulencia, que revelaba el rostro siempre plácido de D.ª Jacoba. Hubo momentos de perplejidad en las tres mujeres hasta que al fin dijo la de Casa-Nieve adelantándose hacia la recién llegada:

—¿Es usted Celita... la señorita de Láinez?

Más que en tono de pregunta lo murmuró en tono de mimosa cortesía, con ternura tan suave que al pronunciar su nombre parecía acariciarlo.

—Sí, señora; Celia Láinez.

—Sabía que estaba usted aquí, en el canalillo; por sus papás lo supe. Yo á sus papás los conozco mucho; muy buenísimas personas. Ya sabía yo que era usted muy bonita... pero me parece mucho más, mucho más de lo que me habían dicho... ¿No es verdad, D.ª Jacoba, que es preciosa?

Y al decir esto empujó suavemente á Celita hacia una butaca, sentándola en ella y sentándose luego á su lado.

—Las ganas que yo tenía de conocerla... ¡Celita! ¡Cuántas veces habló de usted!... con el señor Inchaurrandieta, mientras me hacía el retrato... ¡Cuántas veces, Celita!

La condesa retenía entre sus manos una mano de la niña de los Láinez y la acariciaba tiernamente. La señora de Krazewski, sentada en otra butaca frontera, parecía sonreir con su cara de viejecita risueña. Sin duda la turbulencia se había disipado. Celia Láinez miraba de frente á la condesa, dejándose acariciar por sus manos y por sus palabras. Verdaderamente era amable aquella señora, que desde el primer momento la mimaba con tan dulces caricias. Tenía razón su madre: estas señoras de la aristocracia serán... lo que se quiera, pero su trato es tan dulce, tan suave... Serán lo que se quiera, pero nadie negará que son encantadoras.

—Sí; también mi madre me habló de usted muchas veces, condesa.

—Nunca consintió que usted bajase á la tienda para conocerla... ¡Tantos deseos como yo tenía de conocerla! Siempre que otra tarde, que otra tarde.

—En el taller de Jorge he visto su retrato. Es un busto precioso...

—Sí, sí; Inchaurrandieta favorece; es muy amable, es un artista. ¿Verdad, D.ª Jacoba, que es un gran artista?

Da Jacoba confirmó más que con palabras con discretas y expresivas cabezadas lo artista que era su amigo y vecino.

—Ahora tengo mi busto retirado, casi escondido, no quiero presentarlo. Sabrá usted... estará enterada.. Todo Madrid habló de ello.

—Sí, señora. Fué una desgracia horrible. Habrá sufrido usted mucho.

—Mucho, mucho, Celita.

Celita vió los ojos de la Casa-Nievo arrasados de lágrimas; á los suyos acudieron también lágrimas. D.ª Jacoba miraba á sus dos amigas radiando su rostro una bondad serena.

—Por eso lo tengo casi escondido; me parece que ese retrato mío es de una vida pasada, de una juventud muerta. Ahora Celita, ahora ¿qué soy? Véame usted, una viuda, una desgraciada... Ahora, ahora quisiera yo otro retrato, así, como usted me ve: triste, enlutada, dolorosa... ¡Quisiera otro retrato!

Y al decirlo con acento dolorido acariciaba con ternura la mano de Celita.

—Dígale usted á Inchaurrandieta que me ha visto, dígaselo usted, y que me alegro mucho... dígaselo, que me alegro mucho de que se case pronto. Es decir; usted claro que no puede decir esto, usted no se atreverá á decirle esto... pero usted sí, ¿verdad, D.ª Jacoba?

—Sí, Manolita; las dos, Celia y yo se lo diremos. Yo creo que será muy pronto, muy prontito—dijo D.ª Jacoba.

La hija de los Láinez pugnaba con violento esfuerzo por decir algo; quería soltar las palabras confusas que á borbotones le salían á los labios. La condesa se puso en pie, se enguantó las manos, y después de enguantadas cogió con mimo entre ellas la cabeza de Celia Láinez y sobre las mejillas rosadas depositó dos besos grandes, sonoros.

Da Jacoba salió del gabinete con la condesa.

Quedóse Celita sola, en pie, con la mirada perdida en el claror verdoso de la estancia, tapizada con juvenil coquetería con cretona de fondo perlado.

Tardó en volver la señora de Krazewski, y al verla entrar notó la de Láinez nueva turbulencia, una agitación extraña en aquel rostro habitualmente sereno. Dió tres vueltas por la estancia como si buscase algo; después, tomando aliento y con honda compunción, dijo la anciana bretona:

—De todas, todas las discipulitas de mi Nicolás, ésta ha sido la más desgraciada. Donde usted la ve es una gran desgraciada. ¡Desgraciada! ¡qué se yo!... La vida... historias, cuentos.

Y las últimas palabras las dijo D.ª Jacoba con un tono juvenil, casi jovial, alegre y risueño. Pero volvió pronto al aire de inquietud y profundo desasosiego. De repente cogió á su amiga de las manos y con trémolo en la voz y con lágrimas en los ojos, le dijo que toda aquella zozobra que en su persona notaría era porque aquella tarde iba á sacar de un cajoncito, del cajoncito más secreto, un retrato, para enseñárselo á ella, á ella sola. Nadie, nadie, nadie lo había visto; nadie. Nicolás y ella sola, los dos solos. Nadie más en el mundo. ¿Oye Usted, Celita? Nadie más en el mundo. Yo no quise que nadie en el mundo lo viera: el retrato de Telva, el retrato de mi hija. Usted va á verlo, pero no quiero que nadie lo vea. ¿Comprende usted ahora, Celita... comprende mi turbación, comprende que mis manos tiemblen?

En efecto, flacas y sarmentosas las manos de D.ª Jacoba temblequeaban. Temblequeando abrió el bufetillo, después abrió un cajón secreto y del fondo sacó una cajita de madera olorosa. La cogió entre sus manos como arca que guardase una reliquia. Las dos mujeres se fueron junto al recuadro luminoso del balcón encortinado. Ninguna hablaba. Las manos flacas de doña Jacoba abrieron temblando la arquita y de ella sacó un retrato. Ella lo miró un momento, sólo un momento: lo besó con sus labios de vieja y se lo entregó á Celita.

—Telva... es Telva.

Celita vió la efigie de Telva. La hija de los señores de Krazewski era una jorobadita de pecho y espalda, tenia la cabeza incrustada entre los hombros; la frente era una planicie chata, cuadrada, los bracitos cortos, tan cortos que apenas llegaban las manos al informe talle.

Se entreabrió la puerta del gabinete y apareció el polaco.

D. Nicolás se acercó á las mujeres, doña Jacoba, mirándole con amorosa ternura., le dijo:

—Es Telva.

Entonces el polaco rompió á llorar como un niño; sentándose en una butaca lloró con amargura. La bretona descorrió todas las cortinas que celaban la luz estival y una oleada de sol entró en el gabinete.

—Nicolás... Nicolasito, mira qué hermoso, mira qué hermoso es el sol de España.

XXXVI

Aquella noche, como todas las noches, Celia Láinez abrió la ventana de su cuarto y asomóse á ella. Adonde primero miró fué al cielo; comenzó á contar estrellas, y conforme iba contando y rebuscando en la oscuridad, iban saliendo estrellas, más estrellas. En una muy verde posó la mirada, y se acordó, sin saber por qué, de la jorobadita. Después siguió contando. Perdía la cuenta y comenzaba otra vez. ¡Qué más daba! Contar por contar. Ya sé que son millones de millones. También junto al mar se cuentan las olas. ¡Qué más da!... contar olas del mar ó estrellas del cielo... Á estas horas mamá ya ha cerrado la tienda, ya apagaron, ya estarán todos durmiendo. Yo no tengo sueño... Aquella grande puede que sea la Polar; á mí me gustaría saber cómo se llaman esas más grandonas; pero no tengo quien me lo enseñe. Niceto sabe los nombres de muchísimas flores y me los va diciendo; yo los voy aprendiendo; pero Niceto no sabe los nombres de las estrellas. Cada hombre no sabe más que de una cosa; por ejemplo: el que sabe de flores no sabe de estrellas. Un pescador, conforme va sacando peces, va diciendo: éste se llama así, éste se llama asá; pero que le presenten una espiga de trigo y otra espiga de cebada, ¿á que no sabe el pescador cuál es la espiga de trigo y cuál es la espiga de cebada? Pues á mí me parece que ocurre lo mismo con todos, todos, toditos los sabios... Mi madre distingue á oscuras una lencería de otra lencería; coge una en una mano, coge otra en otra mano, y á ojos cerrados, sin más que palparlas, dice: ésta, tal; esta otra, cuál. Pero ¿á que no sabe mi madre cuál es la Polar?... ¿Y por qué la Polar me recuerda á mí un día... hace años... un día en que Jorge quiso llevarme á la Moncloa para ver la nevada? ¿Por qué? También es grande esto de acordarse así, sin ton ni son, de unas cosas y otras cosas. Son recuerdos que van saliendo claros, claros, claros, como esas estrellitas que parece que van saliendo conforme vamos mirando... ¿Habrá vuelto Jorge? ¿Volverá? Hace tres días que no vuelve. A mí me da mucha pena de doña Vicenta. ¡Ahora que me quiere tanto, tanto!... Esta tarde aquel pobre le pidió una limosna por la salud de su hija. Y doña Vicenta, yo lo vi, yo lo vi... le dió una limosna tan grande... Ahora parece que brillan más todas las estrellas. Yo compraré un libro, porque debe haber mi libro que diga los nombres de todas las estrellas... ¿Qué ruido es ese? Es el canalillo. Será alguno que pasa... Si miro hacia el jardín, me da miedo de tan oscuro... Ahora ¡qué airecillo tan rico viene de la sierra! Huele á cantueso, huele á tomillo... Allí está la sierra. Hacia allí no me da miedo. Lo que me da miedo es el jardín. ¡Si os lo más oscuro! Allá lejos veo cosas; aquí abajo no se ve nada... nada. Otra vez. ¿Qué ruido es ese? ¿Qué ruido?... ¡Eh! ¡Jorge!... ¡Jorge!.. ¡Qué boba! Son los árboles. Mira los dos cipreses, qué derechos, qué altos, qué puntiagudos. El más altón parece que se bambolea; es el aire de la sierra que le mueve... ¿Quién? ¿Quién? ¿Quién anda?... ¡Jorge!... ¡Niceto!... ¡Doña Vicenta!... ¡¡Jorge!! ¿Eres tú, Jorge?... ¿lie llamas?

Con voz desgarrada Celia llamó á Jorge. Una ráfaga de viento estremeció las ramas y el susurro apagó la voz de la Láinez. Se hizo el silencio. Celita escuchaba ansiosa, anhelante.

Era un silencio angustioso, triste. Ella apretaba los puños contra las mejillas, escuchaba con toda el alma. Le pareció oir su nombre un poco lejos, con voz ahogada, como si dentro del taller de Jorge alguien la llamase.

Oyó el doliente gemido de una puerta.

—¿Será Jorge?... ¿Estará borracho?... ¿Quién será?

Quiso llamar á Jorge; hizo un esfuerzo por gritar, pero la voz no salía de su garganta; el nombro de Jorge quedábase ahogándola, sin poderlo lanzar al espacio negro. Las copas de las acacias volvieron á levantar murmullo de hojas, que parecía una risotada de la noche oscura. Ladró un perro con agudo ladrido; otro perro más lejano ladró con furia. Siguieron ladrando largo tiempo con desesperación, sin tomar aliento.

La voz de Niceto sonó clara en el jardín.

—¿Quién ha sido, diabla?... ¿Quién, diabla?

Celia miró hacia abajo. Una lucecilla vacilante vagaba entre los árboles. La luz se corrió hacia el portón del taller; sin duda estaba abierto, porque se sumió en él. El jardín era una masa de copas negras.

Volvió á aparecer la lucecilla pequeña, vacilante como una estrella que hubiese caído del cielo.

Celita inconscientemente gritó llamando á Niceto. Niceto contestó desde el portón con sonidos guturales. La lucecilla en sus manos vacilaba. Abrióse de golpe una ventana y la recia voz del ferretero resonó potente:

—¿Quién llama?

—¡Señor!... ¡Aquí, señor! ¡El señorito! ¡El señorito, diabla!

Otra bocanada de viento estremeció el ramaje, y la voz de Niceto se ahogó en el susurro.

Celita salió del cuarto, buscó á tientas la escalera, y en ella oncontróse con Vicenta, que también bajaba. Las dos mujeres cruzaron corriendo el jardín, y al llegar al portón del taller, en el umbral mismo, las detuvo Indalecio.

—No, mujer, no, no, no se entra.

Detrás del ferretero estaba Niceto que tenía un farolillo en la mano.

Indalecio con su corpanchón enorme cerraba la entrada. Las dos mujeres querían entrar; gritaban con desgarro. Indalecio abría los brazos para cerrar la entrada, y con voz firme repetía:

—No, Vicenta... no, Vicenta... no, no, no se entra.

Vicenta vió las manos de Indalecio, que estaban ensangrentadas.

Se dejó caer de rodillas, quiso apoyar sus manos en algo; á ella le pareció que las apoyaba en el mostrador de la ferretería, pero sin sentirlo se desplomó su cuerpo, cayó de bruces, y con el cuerpo pegado á la tierra, la besaba, creyó besar el sucio suelo de la ferretería, creyó tener delante una imagen de la Dolorosa entre dos florones de latón.

Niceto puso en el suelo el farol, sobre el umbral. Su claror débil rasaba la tierra y alumbraba, también rasero, el piso del taller.

Indaleció acudió á levantar á Vicenta; inclinó el corpanchón para levantarla, pero incorporándose le dijo al jardinero:

—Tú... tú, Niceto.

Y al decírselo le enseñaba las manos.

Celia, libre ya la entrada, metióse en el taller.

Los perros seguían ladrando. Las ráfagas de viento agitaban las copas de las acacias. La aguja del ciprés se balanceaba como una sombra errante en la noche negra. Las aguas del canal hacían á intervalos ruidos roncos.


Publicado el 7 de noviembre de 2021 por Edu Robsy.
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