Maciza, ancha y colorada se criaba la hija que participaba más del veduño o natural del padre que de la madre. Aquél era fuerte y encendido y aun agigantado. La riqueza a que le condujo el tráfico del azafrán y esparto lograba encubrir, para algunos, la basta hilaza de su condición, y llegó a ser muy valido y respetado en toda la ciudad, aunque tacaño. La mujer, venida de padres sencillos, era alta, delgada, de enfermiza color y pocas palabras, y éstas sin jugo, sin animación, sin alegría.
En lo espiritual tenía la hija esa bondad tranquila y blanda de las muchachas gordas; era inclinada a la llaneza, a piedad y sosiego.
Una mujer, amiga de la madre en el pasado humilde, vivía con ellos en calidad de gobernadora de la casa; reunía la fidelidad de Euriclea, la añosa ama de Ulises, el grave y autorizado continente de la señora Ospedal, dueña muy respetada en el hogar del caballero Salcedo, y la curiosidad y malicia del ama que ministraba, con la sobrina, la mediana hacienda de don Alonso Quijano el Bueno.
La casa de esta familia lo fue antaño de algún titulado varón, porque en el dintel campeaba escudo; pero el comerciante le quitó toda ranciedad a la fábrica, haciendo pulir la piedra y revocar muros y hastiales y restaurarla internamente. Había enfrente un paseo de plátanos viejos y palmeras apedreadas por los muchachos que allí iban por las tardes a holgar y pelearse. Mirábalos la hija del mercader, y quiso muchas veces mezclarse con las chicas que también acudían, y jugaban al ruedo y a casadas y a damas y sirvientes; pero los padres no se lo otorgaron, porque «no estaba bien que hiciera amistades tan ruines». Y no salía. Ya grandecita, hastiábale oír la seguida plática de dineros que siempre había en la casa; le sonaban las palabras como esportillas de monedas sacudidas, volcadas ruidosamente. No escuchaba sino el comparar fortunas ajenas con la propia para menospreciarlas.
Trabajado su ánimo, se refugiaba la doncella en su balcón, y desde las vidrieras contemplaba el paseo provinciano que tenía recogimiento de huerto monástico; allí la contienda de los pájaros en los árboles y el vocerío y bullicio de los chicos, se empañaban de tristeza.
¿Qué apetecía la hija estando gorda, fuerte, sana, rodeada de abundancia que se manifestaba en lo costoso de sus ropas y hasta en la pesadez de los manjares que en aquella casa se guisaban?
No reunieron los padres amistades íntimas con quienes departir y acompañarse en tertulias hogareñas y divertimientos, y así salían y estaban siempre solos con el ama. Y cuando la hija decía y celebraba el contento, la distinción, la vida bella y placentera de otros, notaba en el padre o madre visaje de acritud y desprecio y la misma murmuración: «¡Todo es corteza o apariencia, Dios sabe la verdad de trampas y ayunos que encubrirán con sus remilgos esas gentes que dices!».
—Ni más ni menos —añadía el ama con mucha gravedad y reverencia.
La hija continuaba engordando y aburriéndose.
Una mañana apareció en el paseo, entre dos largas palmeras, cuyas támaras nunca doraba la madurez, porque los chicos las desgranaban en agraz, un hombre mozo y casi elegante. La aparición era firme, diaria. Mirándolo sintió la doncella estremecérsele toda su naturaleza robusta. Supo la madre este coloquio de miradas; celó a la hija y entró a su aposento, helándole una sonrisa de promesa.
—¿Es que quieres tu perdición?
—¡Yo, la perdición!
—¿Pues no ves, hija, que lo que ése busca aquí sólo es dinero? No hay más que mirarle.
Estuvo la castigada contemplándolo. Sí; era flaco y descolorido. Después el ama se enteró de su pobreza y vagancia. Y las palmeras quedaron solitarias.
Volvió la hija a la confianza de los suyos. Ya alcanzaba la plenitud de la mocedad y de la robustez. El padre estallaba de dicha; con no sé qué logrerías dobló su fortuna.
Y otro galán surgió en el terreno. El ama pesquisó con grandísima diligencia las prendas del nuevo. Y otra vez la madre entró en la estancia de la hija.
—Hija, otro más y cientos de ésos han de venir al olor de tu dote.
—¿Pero todos han de acercarse tentados de lo mismo?
—¡Claro que todos, como no traigan también lo «suyo»!
Llorando acudía la doncella, ya treintañona, a su ama, y ésta, jesuseando, decíale para mitigarla: «Si tú admitieras que admitieras a uno de ésos, Jesús, después sí que vendrían las muchas lágrimas, y sin remedio... Razón que le sobra tiene tu madre».
Las tres salían por las tardes en su coche viejo y pesado.
Mirábanla las gentes murmurando: «Llegó a doncellona y... nada. Toda es avaricia y grasa y años».
Los amadores no se acercaron más.
Y cuando ellas retornaban de andar en coche, sin haber gustado el dulce pan de una palabra amiga, de un momento alegre, la madre solía decirle:
—¿No reparaste cómo te miraban hombres y mujeres?
—¡Mirarme! ¡Si ya me llaman la «doncellona de oro»!
—¡Doncellona, doncellona... y de oro! ¡Envidia es!
—¡Y cómo si la envidian! —exclamaba el padre—. ¡Todo lo tiene: dinero, bien comer, bien vestir... y esa salud que es una hermosura!
Quedábase la hija mirando con tristeza aquella su demasiada hermosura de salud.
Y desde un rincón, el ama, que tejía calza o repasaba cuentas, murmuraba:
—¡Gloria a nuestro Señor que tanto nos quiere!