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Edición física «La Pequeña Roque»
Volvió a colocar con mucha delicadeza el pañuelo en su sitio:
—Yo nada tengo que hacer, lleva por lo menos doce horas muerta. Hay que dar cuenta de ello al Juzgado.
En pie, con las manos a la espalda, Renardet miraba fijamente el cuerpecito tendido sobre la hierba. Dijo muy quedo:
—¡Qué miserable! Habría que encontrar las ropas.
El médico palpaba las manos, los brazos, las piernas.
—Sin duda salía de bañarse —dijo—. Estarán a orillas del agua.
El alcalde dio órdenes:
—Tú, Principio —le hablaba al secretario de la Alcaldía—, búscame esas prendas por la orilla del río. Tú, Máximo —se dirigía al guarda rural—, corre a Rouy—le—Tors y que venga el juez de instrucción con los gendarmes. ¡Que estén aquí dentro de una hora! ¿Me comprendes?
Los dos hombres se alejaron a paso ligero, y Renardet dijo al médico:
—¿Quién ha podido ser el canalla capaz de un acto así en esta comarca?
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Publicado el 14 de junio de 2016 por Edu Robsy.
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