Cómo se Hace un Caudillo

Javier de Viana


Cuento


Rajaba el sol.

Una pereza enorme invadía la comarca. Las florecitas, que al beso del rocío habían levantado alegremente las cabecitas multicolores, reposaban sobre el suelo, marchitas y tristes, sin brillo en las corolas, sin fuerza en los tallos.

Los pastos, amarillos, secos, daban la impresión de una fauces atormentadas por la sed.

Las haciendas, aplastadas por la canícula, permanecían quietas, incapaces de ningún esfuerzo, ni aun para pacer.

En el cielo, caldeado como un horno, no volaba un sólo pájaro.

En los lagunejos de las cañadas, las tarariras dormían flotando a flor de agua, sin hacer caso de las mojarritas, que semejando esquilas de plata, les saltaban por encima.

El techo de paja del gran edificio de la pulpería, parecía pronto a arder; parecía que estaba ardiendo ya, pues estaba ardiendo ya, pues brotaba de él un tenue vapor azul.

A su alrededor, los coposos eucaliptus dejaban pender, mustias, lánguidas, las ramas flageladas por el sol. Y entre las ramas, en el interior de los nidos enormes, se sofocaban, abierto el pico y esponjadas las plumas, los caranchos y las cotorras.

Eran más de las cuatro de la tarde, pero la temperatura se mantenía hirviente como a medio día. Una pereza colosal invadía el campo, y a esa hora, Regino era uno de los poquísimos hombres que trabajaban.

Con la cabeza cubierta por un gran chambergo sin forma, en mangas de camisa, unas bombachas de dril y los pies calzados con «tamangos», Regino iba siguiendo perezosamente el surco que, con no menor pereza, iban abriendo los dos bueyes barcinos, que atormentados por las moscas y los tábanos, avanzaban somnolientos, babeando, el hocico casi rozando el suelo.

Al concluir una melga, Regino se detuvo. Los bueyes agacharon aún más las cabezas en una actitud de suprema resignación.

El mozo clavó en la tierra la picana y, sin soltar la mancera del arado, inclinó también la cabeza. Era un muchacho alto y fornido, de cara enjuta, aguileña nariz, y ojos pequeños, boca sensual cuyos labios carnosos no llegaban a cubrir los pelos largos y rígidos de su bigote de un rubio casi rojo.

En el transcurso de varios minutos, Regino permaneció así. Después, levantando la picana, hirió con crueldad, con ferocidad, a los bueyes, que arrancaron al trote, doloridos, tastarillando sobre los terrones endurecidos, hechos piedra por a fragua solar.

A los pocos pasos las bestias volvieron al ritmo lento y perezoso de su tranco habitual. Y el arador los dejó andar, andando él mismo a idéntico compás indolente.

Pero cuando hubo recorrido todo el trayecto y cerrado la melga, volvió a detenerse y una expresión feroz se pintó en su rostro extraño; que tenía el hocico fino y alargado del zorro y los pómulos anchos, prominentes del tigre: una cara enteramente felina, pero de extraño consorcio de ferocidad y de astucia.

Las ralas cerdas del bigote se erizaban y se doraban, perladas de sudor bajo la ardencia solar. Los labios se contraían en una mueca amargamente amenazante; los ojos tenían el amarillo pálido de las pupilas de los gatos que runrunean asoleándose.

En aquel muchacho de poco más de veinte años, había, sin duda, mucho de malo, y por lo mismo, mucho de fuerte. No había nacido para penar sin tregua en oficio de buey. En su frente alta y estrecha no hacían nido las ideas, pero se albergaba una voluntad potente dispuesta a vencer a todo trance, de cualquier modo, por cualquier medio.

Aspiraciones indefinidas borbollaban en su cerebro, cuando fué sorprendido por su patrón, don Pipo, un genovés alto, gordo, ventripotente y de rabicunda faz.

Al verlo, levantó la cabeza y lo miró sonriendo con una expresión de extrema humildad, transformada instantáneamente la sombría expresión de odio y de soberbia.

—¡Siempre haraganeando!—dijo con tono manso el patrón.

A lo cual respondió Regino con acento meloso y bajando la vista:

—No, patrón; era para darle un resuello a los bueyes... ¡El sol aprieta tanto, y la tierra está tan dura!...

Su voz era cálida, ligeramente ceceosa, y aún cuando no sabía leer ni escribir, tenía tal empeño en hablar bien, que caía en el ridículo del preciosismo.

—E bueno... ya sun cerca e la cincu... Largá no más lo bueyes y andá tumar mate...

—Hay tiempo,—contestó el mozo,—voy a cerrar esta melga y después desuño...

—Cume te paresca, mico...

Y don Pipo se alejó, andando lentamente, resoplando, y al llegar al salón de la pulpería, le dijo a su mujer, mientras encendía el medio toscano:

—Mochacho bueno iste Requino... trabacador y educadito... buen muchacho, Requino...

Sandalia, una criolla obesa, desaseada, de rostro agradable y fresco aún, no obstante sus cincuenta años, se encogió de hombros desdeñosamente.

Siempre ella lo había tratado con desdén, casi con rabia. Y él siempre fué con ella sumiso, respectuoso, afectuoso.

La humildad fué siempre su característica. Lo era con sus superiores y con sus iguales, los peones del establecimiento; pero no con sus inferiores y subordinados: los perros, los caballos, los bueyes...

Ocurrió, sin embargo, que un día don Pipo cayó fulminado por la apoplegía; y un año despues, Regino, casado con la viuda, era dueño absoluto del negocio y de un vasto dominio rural.

Entonces empezó a levantar la cabeza, a mirar de frente, por primera vez, y a mirar con orgullo, con la insolencia del esclavo redimido y enriquecido.

Era rico; pero no le bastaba. Sentía ansias de dominio. El servilismo de muchos años le subía a la garganta, causándole náuseas.

Se hizo político. Empezó por ir despidiendo, uno tras otro, a todos sus antiguos compañeros de miseria, a los que tenían el derecho de seguir llamándole:

—«Che; Regino»...

Ahora era y tenía que ser para todos, «Don Regino».

Realizó reuniones, pagando de su bolsillo las vacas con cuero, el pan y el vino; auxilió con sumas más o menos crecidas a los caudillejos de mayor o menor importancia; presidió clubs, adquirió prestigio...

Un día en que doña Sandalia le reconvino por esos gastos, le dió un bofetón, diciéndole:

—¡Qué tenés que meterte entre el novillo y el lazo, vieja de!...

Y en las aspiraciones de regeneración institucional que animaba al país, sobre todo a los vagos analfabetos, su prestigio fué creciendo rápidamente.

Una vez, el comisario de la sección, fué a verle.

—Sabe, don Regino—empezó;—tengo un apuro del momento... Necesitaría doscientos pesos... por poco tiempo... y si usted pudiese...

Relampagueáronle de gozo los ojos felinos al gauchito. Pero bajó la cabeza y, tras pausa estudiada, respondió:

—Yo lo serviría con mucho gusto... pero doscientos pesos... en esta época... Y más ahora, que voy a tener que ayudar a la familia del pobre capitán Carreras...

El «capitán» Carreras, era un vago, preso por abigeato, pero persona influyente dentro los opositores al gobierno: era hombre de reunir, entre vagos, cuatreros, rateros y gentes de igual calaña, más de doscientas lanzas.

—Eso se podría arreglar,—respondió el comisario.—La culpabilidad de Carreras no está bien probada... Es cierto que se le encontró en el rancho una oveja recién carneada y un cuero; con la señal de doña Menegilda... pero... también puede, ser maldá ¿no encuentra?

—¡Claro que encuentro!... ¡Robar una oveja el «capitán» Carreras!...

—Es lo que yo digo... Y me dan ganas de ponerlo en libertá...

Carreras fué puesto en libertad, el comisario tuvo los doscientos pesos y el prestigio de «don Regino» creció enormemente. Una palabra suya bastaba para salvar a un «compañero» encarcelado por alguna debilidad propia de los hombres.... de esa clase.

Pero no bastaba, don Regino se hizo amigo del juez de paz, tipo alegre, jugador, bebedor, mujeriego, y empezó a fiarle, a fiarle... Y ocurrió que a poco, para abrir o cerrar un camino seccional, para cambiar una portera, para establecer una servidumbre, se necesitaba el consentimiento de don Regino.

En dos años la influencia política de don Regino había crecido extraordinariamente.

En la segunda reunión, un asado con cuero, le habían hecho «capitán». A los dos años era «comandante»; y cuando, al estallar la revolución reivindicadora se presentó al frente de más de quinientos «ciudadanos», le hicieron «coronel».

Después de la guerra volvió a su pago coronado de laureles. Los diputados los hace él. Las autoridades locales están supeditadas por él. Y su fortuna crece, crece, porque es hombre práctico que no pierde el tiempo en idealismos tontos.

Por eso no se ha preocupado de aprender a leer y escribir.


Publicado el 7 de septiembre de 2022 por Edu Robsy.
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