Crimen de Amor

Javier de Viana


Cuento


A Emilio Becher.


Cuando todavía existían en el Entre Ríos gaucho la estancia nativa, la hacienda chúcara, el potro bravo y el paisano de ley, Aquilino Platero habíase conquistado, allá en los pagos de Yuquerí, una triple fama de bravo, de diestro y de buen mozo.

Las dos cualidades primeras le fueron quizá impuestas por la última, á fin de poner á raya la mofa campera. Aquilino tenía, en efecto, una belleza demasiado femenina. Era de mediana estatura, de abultadas caderas, de cintura estrecha, de pequeñas manos y de pequeños pies. La hermosa cabellera rubia, cuyos rulos caían sobre la espalda, sombreaba suavemente un rostro ovalado, fino, con grandes ojos azules de mirar aterciopelado, con su nariz correcta, ligeramente aguileña y con su boca mujeril coronada de una rala pelusilla de oro. La voz suave y un leve ceceo, contribuían á darle el aspecto de feminidad que le obligaba á ser temerariamente bravo, para desvirituar apariencias, desdorosas en aquel medio de virilidades extremas.

Por demás está decir que Aquillino hacía valer su hermosura, realzada en el espíritu de las criollas, por sus habilidades de bailarín, de cantor y de guitarrero. Era el ídolo y el tormento de todas las buenas mozas del pago, y sobre todo de Rosa María, la linda trigueña del Puerto Chico. Cortejábala Aquilino de igual modo y sin mayor preferencia que á las demás; lo cual traía fuera de sí á la joven que experimentaba por él un amor salvaje, absoluto, intransigente, dominador.

—¡Aquilino será mío, mío; mío sola! solía exclamar en sus noches de fiebre, de rabia y de celos.

Ella multiplicaba las coqueterías á fin de rendir el corazón del desdeñoso galán; pero sus rivales luchaban también y el gauchillo se dejaba adormecer por la música de ese coro amoroso, confiado en que siempre tendría tiempo para decidirse.

—En tuavía soy muy chúcaro pa que me priendan al yugo—dijo riendo una vez.

—En el camino se hacen güeyes—replicóle un paisano sentencioso.

—Deje sobar las coyundas—contestó.

Y su alegre vida de picaflor se prosiguió hasta la catástrofe ocurrida en el último domingo de diciembre, en que había tenido lugar el gran baile ofrecido por el patrón de la estancia, en celebración del término de la esquila.

El baile, comenzado después del mediodía, terminó poco antes de aclarar. Las damas fueron á reposar, acomodándose como pudieron en las habitaciones de la estancia; los mozos hicieron cama con sus recados en el gran galpón contiguo. Sólo Aquilino se resistió á dormir «enchiquerao». Tomó su poncho y un par de cojinillos y fué á tender cama bajo un frondoso paraíso, detrás de la cocina. Antes de acostarse «bombeó» por la ventanilla de aquélla, «por si había quedao alguna con quien pelar la pava». Como no había nadie, se tendió boca arriba y se durmió.

Un par de horas después, en medio del profundo silencio que reinaba en la estancia, se oyó un grito horrible, seguido de otro y otros que en un segundo pusieron de pie á todo el mundo. Casi de inmediato, Aquilino penetró en el galpón, dando alaridos y cubriéndosela cara con las manos. Cuando se hizo luz y sus amigos lo observaron, no pudieron retener un grito de horror. Todo el rostro era una brasa. ¿Qué había ocurrido?...

Él apenas podía explicarse; le habían arrojado probablemente por la ventana de la cocina un tacho de agua hirviendo.

Se hizo infructuosamente todo genero de averiguaciones para dar con el culpable. Aquilino fué asistido en la misma estancia, siendo Rosa María su solícita, infatigable enfermera. Sus ojos estaban enrojecidos por el sueño y el llanto, pero no fué posible alejarla del lecho del enfermo durante el mes largo que duró su suplicio.

El gauchito era fuerte, el cuidado fué extremo, pero no hubo qué hacerle y á treinticinco días de padecimientos, espiraba en los brazos de Rosa María.

Quedó ésta como trastornada. Se encerró en una pieza de la estancia y allí estuvo dos días sin que nadie lograse conformarla. Al tercero salió, demostrando perfecta calma y pidió que le ensillasen el caballo para volver á su casa. Después, negándose terminantemente á que nadie la acompañase, partió á galope.

Llegando á un bajo á media legua de la estáncía, cambió de rumbo y se dirigió hacia el juzgado. Allí desmontó y llevada á presencia del juez, largó de sopetón:

—Vengo á darme presa... ¡Yo fuí quien asesinó á Aquilino!...

Y ante la extrañeza y la duda del funcionario, agregó:

—Yo fui. Yo lo quería, lo quería por él, no por su lindura, y quise ponerlo feo pa que más ninguna lo desiara y yo pudiera casarme con él y amarlo mucho, mucho!... ¡Y lo maté, mamita, lo maté á mi adorado!... ¡Aquí estoy, señor juez, pa que me mande afusilar!... ¿No podría afusilarme aurita mesmo?...


Publicado el 23 de agosto de 2022 por Edu Robsy.
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