Descargar Kindle «Doña Melitona», de Javier de Viana

Cuento


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  Cuento.
17 págs. / 31 minutos / 315 KB.
5 de noviembre de 2020.


Fragmento de Doña Melitona

En el primer momento de indignación había soltado las puntas de delantal, dejando caer el manojo de chucas; las juntó paciente y filosóficamente, y siguió andando, resignada, ¡oh!, sí, resignada, porque un siglo desgasta todos los orgullos; pero más rencorosa que nunca, porque, á la inversa, en esas almas heladas, cada injuria es un martillazo que aguza las espinas del odio.

Siguió andando y recogiendo chucas. Delante había una majadita, algunos bueyes dormían cerca. Una idea penetró en el cráneo de aquella miserable criatura. ¿Por qué no había de regalarse con un cordero gordo?... Los ricos, los dueños, no los comían, considerándolos plato demasiado caro; se mata lo viejo, lo que ya no sirve, lo que ha cesado de dar beneficios: ¡Lo mismo que en lo humano!... Y la idea se puso escarlata... Siguió andando: cerquita, al alcance de su mano, dormía tranquilo un cordero de buena carne. La vieja hizo ademán de cogerlo y se detuvo: la idea había subido al rojo blanco y quemaba: el principal móvil del robo no era en ella satisfacer una necesidad orgánica, comer. ¡Los días que había pasado sin otro alimento que una docena de mates amargos, cebados con yerba vieja y sin sustancia! Era necesario dañar, dañar mucho; ¡y aquel cordero era negro!... Siguió andando, con precauciones, observando á éste y aquél, hasta que se fijó en un soberbio borrego, de los "arrugados", de los finos. Era seguro que no estaba castrado, y que su carne era fea; ¡pero cuánto sentiría el dueño su perdida!... Ya se disponía á cogerlo, cuando por un lujo de precauciones echó una mirada en contorno, y alcalzó á columbrar un jinete que venía al trote por un cercano bajío. ¿La vería? ¿no la vería? Siguió observando, y al reconocer á Jacinto, un muchacho bobalicón de la estancia de Méndez, una sonrisa mefistofélica plegó sus labios. Cuando nos vengamos sentimos necesidad de hacer saber á la víctima que el daño es causado por nosotros, como sentimos la imperiosa necesidad de gritar nuestro nombre cuando se aplaude una obra que hemos publicado con un seudónimo...


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