A Luciano Maupeu.
Grande, gordo, barbudo, cabalgando en una yegüita petiza, flaca y
peluda, Lucio Díaz llegó en un blanco atardecer de invierno a la
estancia de don Filisberto Loreiro Pintos, situada en "Capao de Leao",
entre las asperosidades del sur riograndense.
Cerca del galpón, bajo enorme higuero silvestre, sentado en grosera silla con asiento de cuero peludo, el dueño de casa, un viejito endeble, inmensamente barbudo, parecía dormitar. Y cuando el gaucho, deteniendo su cabalgadura, se quitó el chambergo y saludó, él observóle en silencio un buen rato, para mascullar después, sin quitar de los labios el largo y grueso cigarrillo de "río novo", liado en chala, un:
—Abaixa-te.
Lucio desmontó, y, solicitado y obtenido permiso para hacer noche, púsose a desensillar, en tanto el viejo lo observaba atentamente. Cuando, volvió de atar a soga su yegüita, don Filisberto afirmó:
—Tu es o Salao.
—Por mal nombre, sí, señor—respondió Díaz; y el viejo, siempre estudiándolo, interrogó de dónde venía.
—Del Estado Oriental.
—¿Acabau-se a guerra?...
—Entuavía no, señor; pero... ya nu hay caballos!...
Sonrió el viejo; e indicando a Lucio que se "acomodase" en el galpón, levantóse y fué andando lentamente, arrastrando los zuecos, hacia las habitaciones. Estaba preocupado. Comió con desgano la "feijoada", y al terminar la cena armó un formidable cigarro en chala de todo el largo de la mazorca, encendió y quedóse solo y meditabundo en el amplio y desnudo comedor. La presencia del "Salao"—cuya fama de gaucho guapo le era conocida—había hecho reverdecer en su espíritu un pensamiento dominador: vengarse cruelmente de su odiado vecino, don Hildebrando Sosa Junqueiro ("Librandito"), hijo de "Librando", su mortal enemigo. Con éste, la lucha tuvo sus alternativas; pero el heredero, joven, vigoroso, valiente y astuto, le había puesto el pie encima. Los años agotaron sus energías, sin disminuir, sin embargo, la calidez de sus perversidades mulatas...
Al día siguiente, de madrugada, llamó aparte a Lucio y le dijo:
—¿Tu conheces a Sosa Junqueiro?
—Conozco —respondió el gaucho.
—¡E un chancho!...
—Será, sí, señor.
—Mais... e bravo.
—Asina cuentan...
—¿Tu te animas a matal-o?
—Asegún.
—Receloso, el gaucho evitaba comprometerse. Don Filisberto explicó el caso: dábale trescientos mil reis y un flete elegido porque asesinara a Hildebrando; el caballo y cien mil reis en el acto; el resto después de consumado el crimen.
Lucio se rascó la cabeza. Andaba muy pobre; peliar, había peliado muchas veces y se había "disgraciao" varias; pero asesino, no; nunca había sido asesino... En cambio era gaucho, y tras breve indecisión, respondió:
—Aceto.
Se cerró el trató. El estanciero entrególe los cien mil reis y un overo azulejo "de rajar con la uña". El resto lo cobraría cuando le mostrara el cadáver de Sosa Junqueiro. Al obscurecer de ese mismo día, partió, recibiendo del mulato esta última recomendación:
—¡Degolla! ¡Degolla sem asco!... ¡E un chancho!...
Lucio Díaz conocía perfectamente a Hildebrando Sosa Junqueiro.
Sabía que era bueno, que era honrado y que... era "de los que no se
tragan sin mascar". Pero llevaba su plan bien trenzado y así fué que,
cuando a la mañana siguiente desmontaba, afablemente recibido por el
"fazendeiro", no titubeó en responder a la pregunta de qué andaba
haciendo:
—Vengo a matarlo.
Mirólo Sosa con fijeza, corrió disimuladamente la mano por la cintura, y cerciorado de que el facón y la pistola estaban en su sitio, contestó sonriendo:
—Faz teu gosto em vida, rapaz.
A su vez sonrió el gaucho. Contó el compromiso contraído con don Filisberto,—sin olvidar la recomendación de: "Degolla, degolla sem asco, que e un chancho”,—y el ardid que había ideado para burlar al "mulato", alma de escuerzo".
—¡Boa fumada!... ¡conta conmigo, rapaz!...—respondió Sosa lanzando una bulliciosa carcajada, encantado con la farsa.
* * *
Tres días después se comentaba en el pago la misteriosa
desaparición de Sosa Junqueiro. Al cuarto Lucio se presentó en "Capao de
Leao", reclamando la suma adeudada; pero Loreiro Pintos manifestó que
no pagaría hasta no ver con sus propios ojos el cadáver de su enemigo.
El gaucho tuvo que someterse, y esa noche, después de cenar, salieron
rumbo a la sierra. Cinco peones y catorce perros servían de escolta al
medroso y vengativo estanciero. Cerca de las doce serían, a juzgar por
la altura del Crucero, cuando hicieron alto, a la entrada de una abra
boscosa. Avanzando con cautela, llegaron a un sitio donde veíase la
tierra frescamente removida.
El mulato largó una interjección de feroz contento; pero no se dio por satisfecho, y ordenó que, con los facones, desenterrasen el muerto. Y entonces, a la luz de un pedazo de luna, apareció una cosa blanca y cerduda.
—¡E un chancho!—gritó furioso Filisberto.
—Dejuro;—respondió Lucio muy serio—Era un chancho con cuerpo 'e gente, y dispués de muerto, lo que juyó el alma, no quedó más qu'el chancho.
Filisberto lanzó un rugido de rabia; Lucio desparramó una carcajada, dio de riendas al overo, picó espuelas y se largó a escape por la cuesta abajo. El pingo era bueno: ni los perros ni las balas de los peones del mulato lograron alcanzarlo.