A Juan José Soiza Reilly.
Don Fabián. Para todas las gentes de la comarca era «don» Fabián.
Y para los forasteros que solían encontrarlo en la pulpería, cebando
mate, era «don» Fabián. Y para los doctorcitos que en sus paseos de
vacaciones lo encontraban haciendo un asado en el patio de una estancia ó
en la orilla de un arroyo, era «don» Fabián. Nadie se atrevía á
nombrarlo, estuviese ó no presente, sin anteponer la respetuosa
partícula. A nadie se le ocurría reir de don Fabián, y don Fabián, sin
embargo, era una caricatura animada.
Muy alto. Lo primero que llamaba la atención eran sus pies enormes, siempre metidos en unas botas toscas, eternamente embarradas; unas veces el barro estaba fresco, otras estaba duro, pero no faltaba nunca.
Las bombachas hallábanse llenas de remiendos y costuras tan torpemente ejecutadas, que denunciaban la mano masculina. Invierno y verano cubría su torso robusto, burda camisa de lienzo coloreado, que por debajo desbordaba sobre la floja pretina de la bombacha, y por arriba, siempre desabotonada, dejaba al descubierto un pescuezo arrugado y rojizo como de viejo gallo de pelea.
La cara, larga y fina, tenía por marco una barba poco densa, canosa y enmarañada. La nariz era grande y curva, los ojos buenos, la boca triste. Por debajo del chambergo desformado, verdoso, sin cinta,—que rara vez se quitaba,—fluía en ondas la melena «tordilla», tan revuelta y descuidada como la barba.
En todos los rasgos, en todos los gestos, en la tibieza de la mirada, en la frialdad, de la voz, en la desarticulación de la frase, aquel hombre expresaba la suprema melancolía de un ser que vive á desgano, ajeno á la vida.
Era viejo. Un viejo de cuarenta años, de esos en quienes, el porvenir se cierra sobre un pasado vacío. A la expresión de resignado sufrimiento uníase la de extrema bondad, y de ahí sin duda la simpatía y el respeto que inspiraba, no obstante su tosquedad, casi grotesca.
Don Fabián hablaba muy poco y tenía la virtud de no hablar jamás de sí mismo, En cambio, estaba siempre pronto para ayudar á cualquier vecino en cualquier trabajo, en cualquier apuro. Bastaba que uno dijese en su presencia:
—Necesito componer este alambrado y no tengo tiempo para ir á cortar unos palos,—para que don Fabián respondiese:
—Consígame una hacha güeña y yo se los viá cortar.
—Tengo que requinchar el rancho y no encuentro quien me corte paja.
Y poco después estaba don Fabián en el bañado, meneándole facón á la paja brava.
Sin embargo, no escaseaban las ocupaciones en su propia casa. Cuando aun no había asomado el sol, ya se hallaba él, en la chacra ó en la huerta, con el arado ó con la azada, infatigable en la pesada tarea que abandonaba al atardecer para repuntar la majada y enchiquerar los terneros de las tamberas.
Llenado su día, regresaba al hogar, sin prisa, porque esperaba allí lo más penoso de la jornada: la cena en compañía de su mujer, Catalina, y de su hijo, José.
Siete años hacía que don Fabián era casado con Catalina, una muchacha demasiado joven, demasiado linda y demasiado alegre para aquel hombre, liso y manso como una laguna.
Al regresar una tarde á su casa, después de seis meses de matrimonio, don Fabián encontró en el galponcito un forastero, con quien charlaba alegremente Catalina, cebándole mate.
Los dos hombres se saludaron y como en el campo no se usan las presentaciones pusiéronse á conversar, ignorándose mutuamente.
—¿Usted no es del pago?—preguntó don Fabián.
—No,—respondió la visita;—yo soy del Arbolito, del pago de Catalina.
—¡Ah!
—Yo soy primo de Catalina, Juan López, pa servirlo.
—¡Ah!—volvió á exclamar don Fabián.
Y luego, examinándolo con persistencia:
—Es raro que yo no lo haiga conocido.
—Vea... hace tiempo que falto...
El dueño de casa continuó observándolo con desconfianza. Juan López era un buen mozo, rubio, con unos ojos castaños llenos de malicia y una boca sensual, siempre risueña. Llevaba el cabello demasiado corto, tenía el rostro demasiado blanco y pálido, para un gaucho. No escapó ese detalle á la observación de don Fabián, quien preguntóle mirándole fijamente:
—¿Y ahora viene de?..
Rió el mozo, con risa forzada y contestó con llaneza:
—¡De la cárcel!... Nadie está libre de una desgracia... ¿No es verdá?
—Es verdá,—asintió don Fabián.
El hombre pernoctó en la casa. Partió al día siguiente. Volvió una semana después. Se hizo íntimo. Llegaba á cualquier hora, desensillaba, largaba, permanecía dos ó tres días y luego marchábase, sin decir á dónde iba como no había dicho de dónde venía.
Un año después nació José. Don Fabián sufrió con el acontecimiento atenaceante conflicto motivado por su espíritu justiciero y la duda clavada en el alma como una espina invisible.
Tenía la certeza de la infidelidad de su mujer, y después de haber dado piadosa sepultura á su cariño, soportaba la desgracia con el sereno valor de los corazones fuertes... El rayo, cuando no mata azonza: los zonzos son buenos, perdonan. La mitad de su alma estaba enterrada y la otra mitad, que le sujetaba en la vida, oscilaba incierta. ¿Era hijo suyo José, aquel chico que apenas tomaba en sus brazos y lo besaba febrilmente para después dejarlo con repugnancia?...
Así fué concluyéndose aquel pobre hombre; que no había sabido hacerse un sitio en el mundo, uno de esos hombres que desde que nacen tienen abierta su sepultura y se lo pasan dando vueltas á su alrededor hasta que el cansancio los obliga á acostarse en ella.
Poco á poco, el alma se le fué encalleciendo. Sabía que su esposa continuaba traicionándolo, cada vez que caía al pago López; lo sabía; pero como ellos eran discretos, él fingía ignorancia. En realidad, no le importaba absolutamente nada. Desde que había dejado de amar á Catalina, considerábala cual una persona extraña, dueña de disponer á su antojo de su persona. Cada uno efectuaba su labor en la casa, y como ambos cumplían con exactitud, constituían dos asociados en perfecta armonía.
Don Fabián había entrado en un período de calma absoluta. En la duda de si José era ó no su hijo, optó por aceptar lo segundo, y enterró el cariño paterno, como había enterrado el amor á su compañera.
Desde entonces, quedó completamente tranquilo, y hacía mucho tiempo que su existencia transcurría sin el más leve entorpecimiento.
Empero, al regresar á su casa una tarde, la encoutró desierta. Penetró en el cuarto de Catalina: y lo primero que vió, fué el baúl abierto y vacío. La silla de montar no estaba en el caballete, y por el suelo veíanse algunos objetos femeninos, olvidados ó abandónanos por inservibles. Un profundo silencio reinaba en la casa, pues hasta «Mandinga», el perro negro, había desaparecido...
Don Fabián no demostró pena ni sorpresa. Como de costumbre, fué á la cocina, reavivó el fuego, preparó el mate y, mientras se calentaba el agua, picó tabaco, armó un cigarrillo y se puso á fumar tranquilamente.
No haría diez minutos que había llegado, cuando apareció en la puerta de la cocina, José. El chico tenía en el rostro una intensa expresión de espanto. Extremadamente abiertos los ojos, contraídos los labios, trémulo el cuerpo, observaba al padre, sin decir una palabra.
Sorprendido, don Fabián lo interrogó con rudeza.
—¿De ande venís vos?
Entonces, el chico rompió á llorar y dijo entre sollozos:.
—Don López vino y le dijo á mama que se aprontase, que la iba á llevar... Mama contestó que güeno y se puso á rejuntar sus cosas y me mandó á mí que me arreglase... Yo le pedí que me dejara, que yo quería quedarme con vos.. Entonces, don López me dio una cachetada... y yo me juí... él me corrió, y yo gané el maizal, y dispués el bañao, y dispués el monte... Él se cansó de correrme... yo me escondí y empecé á bombiar y vide cuando él y mama salían á caballo, rumbo al paso chico... Yo tuve miedo y me quedé escondido entre unos sarandises, hasta que te vide venir... ¡Tatita, no me dejés llevar! ¡yo quiero quedarme con vos!...
Don Fabián sintió que sus viejos ojos se llenaban de lágrimas, y le pareció que se le abría el alma, inundándose de luz. Levantóse violentamente, cogió al chico en sus brazos y, besándolo con delirio, exclamó con expresión de suprema alegría:
—¡M’hijo!... ¡Sos m’hijo!