Mientras el Sol se Pone...

José de la Cuadra


Cuento


(nuestro sol interior...)


Se llama a la Muerte en el supremo libro de los verdaderos nombres, la Consoladora y la final Remediadora.

Es buena por mandato divino. Y, cuando es llegada la hora de su visita ineludible, se atavía, para hacérsenos amable, con el áureo traje de nuestro más bello recuerdo.


Cerró los ojos Luis Manuel —como dos puertas— y tembló de la cabeza a los pies. ¡Qué oscuridad profunda, y pesada! Él —en su pobre pequeñez de humanidad— había sentido durante un momento, durante la eternidad vehemente de un momento, —bien así como Atlas el mundo— todo el profundo peso de la oscuridad...

—Doctor! —clamó

No lo oyeron. Querrían no oírlo. La, enfermera estaría ahí cerca, pensando en quién sabe qué cosas juveniles, rosadas, dulcemente pueriles... Pero, él era un moribundo a, quien ya no valía la pena escuchar cuando llamaba. Vox clamantis in deserto... Puah! Estaba tan cerradamente perdido!

Se agitó en una convulsión loca de 40°. Ahora pidió agua...

Agua...

Los grandes ríos que allá, corren, lejos, en la vida... Dicen que las aguas vomitadas del Amazonas endulzan en extensa zona el Océano Atlántico, el gran Mar Tenebroso que fué...

Agua...

Para la sed milenaria de Egipto, he ahí los Nilos de nombres cromados; los Nilos, hijos de los amplios lagos negros que sueñan en el sur del continente negrísimo; los Nilos obedientes, torpemente bondadosos, migratorios como las golondrinas, o mejor, como el plancton vitalísimo de los océanos fundamentales y todoriginarios.

Agua...

He aquí que en el jamón que somos nosotros —nosotros, Sud América!— como un gran trinchazo que rezumara jugo del fémur escondido: el Plata. (Bolivia puede sor la médula dolorosa y generosa.). El Plata, en cuya boca, como una gran muela única —Montevideo es un incisivo— pesa la maravilla de Buenos Aires la Máxima... Buenos Aires que es Bagdad y Basora, que es Samarkanda y la Ciudad Primera (cuyo nombre misterioso empezaba con E...) de los Libros unisapientes; pero que es, también, Alejandría la sabia, y Babilonia la Loca, y Atenas, y Roma, y París, y hasta New York...

—Buenos Aires será la Capital espiritual de la Raza.

De la Raza que profetizó allá arriba, en el Norte, Vasconcelos..

Mas: “Por mi Raza hablará el Espíritu”.

Hay que escuchar la voz del Norte aguerrido. México no sólo será la muralla; será la base América se erguirá —perpendicular a la horizontal del mar— como un edificio o como un hombre. Como un hombre... He aquí que en el Ecuador estará el corazón de América erecta. Y bien; hace tanto calor acá que podemos hacer un corazón...

—Agua! —gritó.

Le dieron agua. Mas... esta sed inextinguible; esta sed implacable; esta Sed...

Una mano aleteó por encima de su frente. Abrió los ojos.

—Eres tú, madre...

Díjole ésta, en una suerte de reproche dulce:

—Delirabas, hijo mío.

—No!

Dentro de él —tan adentro que no se vió—, sonrió un recuerdo... Pero, dijo una vez más:

—No!


Luis Manuel se sorprendió de ver a su madre cerca, de su lecho de muerte. Luego se sorprendió de esta sorpresa suya. Era tan natural! Mas él sordamente hubiera querido que su madre estuviera lejos, allá en la lejanía infinita que es la ignorancia, para que no se diera cuenta de cómo acababa la pobre cosa humana que ella hizo. Pensó Luis Manuel en el dolor de un escultor que fuese obligado a presenciar cómo a golpes de cincel —del mismo cincel creador—, alguien fuera destruyendo su obra, sumiéndola en la informidad... En la informidad que es lo único que se parece a la muerte.

—La informidad: he ahí la Muerte!

Pero, todavía:

—Madre, madre, ¿a qué has venido?


Aquel recuerdo que le sonrió, era un bello recuerdo.

Petrificado, hundido en los más profundos estratos de la memoria —como un fósil en las capas geológicas—, he aquí que salía ahora a flor de superficie —en cantante evohé— con un canto blanco de agua clara.

—Alina!

Y al conjuro de la palabra que musitaron los labios tímidamente, respondió una larga gritería, interior, como un coro de teatro griego:

—Alina! Alina! Alina!

Los pequeños recuerdos, que acompañan como séquito infaltable al recuerdo máximo y uno, vinieron agolpados y trotadores.

(Luis Manuel oyó que una voz que no despertaba eco cordial en él, decía: “La temperatura excede los 41° y va a morir pronto).

Pero, es que ajenos ojos no veían cómo —muy adentro— luminosamente aquel recuerdo de amor le sonreía.

—Alina!

Todavía, otra vez:

—Madre, madre, ¿a qué has venido?

Y, clamorosamente:

—Alina, Alina, ven...


Ojos cerrados, vió, no obstante, cómo Alina, atenta al gran llamado de desesperación, penetraba en la estancia.

Luis Manuel inició un diálogo con la recién venida.

—Alina, me voy; ¿sabes?

Repuso ella:

—Te habías ido ha tanto tiempo.

—No; vivía en tu memoria.

—No; en mí... eras el cadáver de mi recuerdo; pero, ni siquiera un recuerdo.

(Las personas que estaban cerca del lecho del moribundo, se preguntaban con quién éste mantendría diálogo; que del tal sólo escuchaban a uno de los interlocutores, como quien escucha a alguien que habla por el teléfono con persona que puede hasta no ser).

—Te hago presente, Alina, que siempre rehuí las discusiones. He de preguntarte solamente si me has querido. Y tú habrás de responderme.

—Mejor que yo, podrás saber tú si te quise. Está tan lejos eso, que mis ojos —los pobres— sufrirían el engaño de las distancias.

—Acaeceríame lo propio.

—No; porque eso es presente para tí, Luis Manuel.

—¿Y para tí?

—Pasado.

—Mientes, Alina. Permíteme decirte que mientes.

—La mentira es un modo de decir la verdad.

—Ahora, Alina, como siempre y como en todo, eres —o, más bien, quieres ser—, la imposible...

—No soy la imposible. Cuando más —que allá va!— la irreconquistable...

—¿Porqué?

—Lo he dicho ya, Luis Manuel: porque estamos tan lejos...

—¿Qué distancia media, Alina, entre tú y yo? ¿Cuál es la profundidad del abismo que nos separa?

—Un minuto...

—¿Cómo?

—Un minuto de desacuerdo.

—¿Irremediable?

—¿Puede, acaso, tornar a la unidad lo que fué dividido?

—Sí!

—No; queda la cicatriz. Y una cicatriz separa más que un millón de kilómetros.

—Bien; dejémonos, Alina, de discusiones inconducentes, y, con todo, ven... Te llamo.

—Habría venido sin tu llamado y, como voy a hacerlo, te habría besado...

—¿Por qué?

—Porque yo, que soy el Amor, soy también la Muerte...


Se oyó como el rumor de un beso, como el entrecortado hipar de un suspiro...

Luego hubo un silencio.

Demasiado largo...

La madre dijo, abrazándose al cadáver, —que ya lo era Luis Manuel:

—Te has ido para siempre, hijo, hijo mío...

Lloró esta palabra “mío"’.

Corearon todos:

—Se ha ido!

Y la enfermerita soñadora murmuró:

—Él estaba aquí... Pero no hace un segundo que se fué...

Añadió aún:

—Hablaba, poco ha, con la Muerte.

Alguien contrarió:

—Hablaba con el amor.

Y la verdad —que como una conclusión de silogismo caía—, no la profirió nadie; pero, pesaba tanto en el aire, en las personas, en las cosas y hasta en el rayo de sol que penetraba por el vitral amplio de la ventana sobre el jardín... que era un grito, un alarido:

—“Es que la Muerte toma siempre la forma de nuestro más caro amor!”


Publicado el 29 de enero de 2022 por Edu Robsy.
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