Al caer las primeras gotas, como puños, de los cuarenta días del Diluvio, el género humano estaba indefenso: no había paraguas ni impermeables en el mundo. ¿En qué parte del globo ocurrió lo que voy a referir? Las aguas antediluvianas, pasando una esponja sobre el mapamundi primitivo, han borrado el sitio.
* * *
—Buen barrizal habrá mañana —decía un hombre de carga a su jinete.
—Eso es cuenta tuya —respondía el otro—, que yo no he de embarrarme los talones.
—¿Y si me atascara? Que también la suerte de los de abajo alcanza a los de arriba.
—Calla y corre, que me mojo.
—Ya lo siento, por el agua que chorreas; me parece que llevo un río a cuestas.
—¿Río dijiste? En él estamos, y creí traerte hacia el arroyo.
—Es el arroyo que ha crecido; no hay arroyos ya.
—¿Y mi casa de abajo, la que dejé abierta y vacía?
—¿Vacía? —dijo un transeúnte—. Está llena de peces; he visto colear encima de tu cama una merluza.
—A buen tiempo has mudado de oficio —decían a un aguador cargado con su vasija—; ayer eras herrero.
—¿Y qué más da, si están todos los hornos apagados?
—Lavandera, ¿adónde corres?
—A recoger la ropa que puse a secar en el tendedero.
—Doy mi primogenitura por un vestido seco —exclamaba un joven, tiritando.
—Llueve por arriba, por abajo y de través; éste es mi ideal —vociferaba un precursor de la política hidráulica.
—Sí, pero ya no veo mis tierras, que están debajo del agua. ¿Qué flota a lo lejos? Es un árbol.
—Y en la copa, una madre con sus hijos; parece una familia de jilgueros.
—Esto no puede durar, pero entretanto ganemos una altura.
—¡Atrás! —vociferaban los encaramados—. Esto está lleno y no se cabe.
Los recién llegados trataban de espantarlos para hacerse hueco gritando:
—¡Guarda el león! ¡Guarda la pantera!
Y respondían los de arriba:
—¿Fierecitas a nosotros? Aunque vinieran mastodontes no nos moveríamos de aquí. ¡Ea! ¡Echaos a nadar!
—Tiene razón el hombre: ¿el agua domina? Pues al agua. No se debe contrariar a lo que manda.
—¡Tierra! —dijo uno de los nadadores, y dando unas brazadas se abrazó al tronco de un árbol sumergido; pero el supuesto tronco le despidió en dirección desconocida: era la trompa de un mamut.
En aquel trastorno todo estaba dislocado: pasaban mujeres embarcadas en sus sombreros buscando maridos extraviados; flotaban los monstruosos muebles anteriores al Diluvio, condenados a justa destrucción; cruzó una cuna arrastrada por el agua, y al querer disputar al niño el lecho salvador sólo hallaron un viejo que, con un hacha de piedra, rechazó a los agresores. Era un abuelo que, por salvarse, había quitado la cuna a su bisnieto.
—¡Plaza! ¡Plaza al gran cacique! —decía la muchedumbre, ofreciendo cortesanamente las espaldas y apartando a los que habían trepado a la colina.
—¡Que suba! ¡Que suba! —respondían todos—. Y que nuestros hombros le sirvan de peldaños. La cabeza del que esté más alto será su taburete. Tiene derecho; es el nieto de Caín y el que heredó la quijada del jumento.
A la grandeza del cataclismo no correspondían las frívolas exclamaciones de las gentes:
—Quietos, quietos —decían los unos—; no mováis el agua, que ya nos llega al cuello.
—Eso rezará con vosotros —respondía un gigantón.
—Ya escampa —decía un sabio.
—¿En qué lo conoces?
—En que vuelan esos pajarillos.
—¿Y qué han de hacer si no tienen donde posarse? Allí donde se puede poner el pie todo está ocupado. Tú mismo tienes un gallo en la cabeza, encima del gallo una perdiz, sobre la perdiz un ratón y encima del ratón un saltamontes.
Y el agua iba subiendo, y los hombres empinándose y envidiando el cuello de los cisnes y jirafas.
—Pero ¿cuándo habrá una clara? —decía uno—. Me están esperando en casa.
—¡Y a mí que me hace tanto daño la humedad! —añadía una señora.
—¿No anda aquel hombre de pie sobre las aguas? ¿Será un ángel?
No era un ángel, era un genio; un hombre que anticipándose a su edad, en un momento de suprema inspiración, había inventado los zancos.
—¡Arpones! —gritó el gentío—. Que se acerca un tiburón.
—No seáis bárbaros; es mi pobre suegra.
Y la vieja, nadando, alcanzó una tortuga y subiéndose en ella se arrellanó sobre el testáceo.
Visión extraña. Antes de nacer Venus en la concha, apareció la caricatura del divino cuadro en aquella suegra vieja, tripuda y monstruosa, sentada en el espaldar de una tortuga.
Una carcajada general saludó la aparición, y un nuevo incidente desvió la atención pública; era un toque metálico y estridente que salía de una balsa y pareció animar a la muchedumbre.
—¡La Autoridad! —decían—. Ya viene auxilio. ¡Primero a nosotros!
Un hombre de voz poderosa pregonó:
—De orden de quien manda porque puede, se dispone lo siguiente:
»Cada familia, mientras duren estas lluvias, desalojará de agua su vivienda, y todas las familias juntas desaguarán la ciudad, bajo pena de cien palos por persona.
El griterío que se produjo fue formidable; pero un nuevo turbión echó a pique la balsa, cubrió todas las cabezas y cerró todas las bocas.
* * *
En aquel rincón del mundo sólo un hombre sobrevivía en la cima de
un ciprés; era un vendedor que, aterrado del silencio y enloquecido de
espanto, pregonaba su inútil mercancía para acompañarse el miedo con la
voz:
—¡El aguador! ¡Agua fresquita! ¿Quién quiere más agua?