Si san Isidro hubiese sido contemporáneo nuestro, la Sociedad Económica matritense le hubiera dado un premio a la virtud, de tres mil reales, creyendo cumplidos todos los deberes del mundo hacia aquel hombre modesto. ¿Somos mejores o peores que en tiempo de san Isidro? Los enemigos de los siglos pasados sostienen que había menos virtud entonces, toda vez que se la recompensaba elevando a un labrador a los altares: no se fijan en que la santidad es algo más de lo que entiended por virtud. Si hoy hubiera santos e hicieran milagros, los creeríamos buenos prestidigitadores y nada más. Esto no evita que nos hallemos dispuestos a creer en el prestidigitador que se anuncia con el pomposo nombre de magnetizador, o en ciertos fenómenos espiritistas.
—Es indudable que aquí hay algo extraordinario —dicen los más incrédulos, cuando ven a la sonámbula adivinar el pensamiento de un espectador.
Yo creo en los milagros y en lo maravilloso: el equilibrio de los mundos, nuestra existencia, nuestra muerte, todo tiene por base un punto nebuloso e inexplicable, al que en vano queremos volver la espalda para no llenar de tinieblas nuestro entendimiento. El empleado que despacha un expediente de roturaciones y deslindes; el comerciante que suma su libro mayor; el político que combina un ayuntamiento, sienten de pronto un aviso misterioso en forma de frialdad extraña, de temblor nervioso o de paralización de la sangre, que advierte ser indispensable dejar aquellas ocupaciones por otra en que no pensaba.
Es la muerte que antes de herirle le da unos golpecitos en el hombro.
Y por aquella imaginación despreocupada pasa una sombra formidable. La eternidad. No hay duda: el mando de lo sobrenatural, de lo incomprensible y de lo absurdo va a abrir sus puertas de par en par.
¿Por qué no hemos de creer en los milagros?
No hace muchos años, en esa misma pradera, donde el tamboril y la flauta, la gaita y la bandurria mezclan hoy sus sonidos con el bombo y los platillos del columpio; junto a aquellas cuestas por donde ruedan los muchachos, y por aquellas calles en donde se compra, se ama y se come y se vocea con las más enérgicas palabras del idioma, pasaba yo tristemente en un carruaje, siguiendo un entierro de primera clase.
Era el de una muchacha de diecinueve años, que el día anterior estaba tocando una sinfonía de Beethoven y de pronto los sonidos se extinguieron y la pianista cayó a tierra. Lo que creíamos un desmayo era la muerte.
A mi lado iba un joven preocupado y triste: era el novio de Matilde: callaba, y yo respetaba su dolor.
—¿Cree usted que me contestará? —exclamó al fin, volviendo en sí de su abstracción.
—¿De quién habla usted? —le dije.
—Hablo de Matilde. Pocos minutos antes de morir le había hecho una pregunta. «Te contestaré —me respondió— cuando me retire del piano».
—La contestación exigiría un milagro —repuse por decir algo.
—Y los milagros ¿se verifican ya?
—No lo sé; pero estamos junto a la fuente que hizo brotar de la tierra san Isidro, según la tradición.
Llegábamos, en efecto, al camposanto; un sacerdote esperaba a la comitiva; doblaban las campanas, se rezó el responso, vimos por última vez el pálido rostro, la interesante figura de la muerta; descendió a la sepultura el ataúd, se echó tierra encima, y nos retiramos.
Hace pocos días fui invitado para la exhumación del cadáver de la niña cuyos restos debían ser trasladados a un panteón de familia. Una curiosidad irresistible, un deseo de investigación extraordinario se apodera de mí cada vez que asisto a la apertura de un sepulcro para estudiar los estragos de la muerte.
Se levantó la losa, se escarbó la tierra y se descubrió la tapa de un ataúd roída por la corrupción y la humedad. A mi lado estaba trémulo y desencajado el joven que algunos años antes me había hecho una pregunta extravagante.
—Esperad, esperad —dijo a los sepultureros, para que dilatasen aquel acto.
Pero éstos habían alzado la destruida tablazón: el ataúd no tenía fondo: el cadáver había desparecido: no quedaba nada, absolutamente nada de la niña.
Nos retiramos tristemente.
—Vamos a pie —me dijo el pobre amante—: necesito tomar el aire.
Yo procuré distraerle, llevándole por entre las barracas que empezaban a levantarse como preparativo de la fiesta.
Había un corro de gentes que merendaban a la sombra de un árbol. Un ciego tocaba seguidillas y bailaban algunas parejas.
—¡Matilde! —dijo mi amigo adelantándose hacia una de las muchachas.
Yo me estremecí: la cara de aquella mujer era la misma exactamente que la de la joven que se había deshecho en el fondo de la sepultura.
La desconocida sonrió: tomó el brazo de mi amigo y se alejaron hablando con animación.
Yo los seguía a cierta distancia a mi pesar y como obedeciendo a una influencia magnética. Tenía curiosidad por oír aquella conversación misteriosa.
Sólo oí estas palabras:
—¿Crees que las personas queridas se desvanecen para siempre, como la luz del relámpago pasa por las nubes?
Mis cabellos se erizaron: la muerta respondía a las preguntas que le hicieron.
* * *
El lector creerá que le cuento una novela y es un hecho histórico que se explica fácilmente.
Matilde, la que yo seguía en la pradera, no era la misma a quien enterramos hace tiempo: el novio de la primera se enamoró de la segunda por su nombre y su extraordinario parecido con la muerta.
La Matilde que encontramos en la pradera no pertenecía al otro mundo; la convidé a rosquillas y se comió cerca de una libra.