El Marqués de la Mansedumbre

José María de Pereda


Cuento


Llegó a los cincuenta años sin haber salido de Madrid y sus contornos. El Retiro, la Virgen del Puerto, y a lo sumo el Pardo, eran para él las mayores espesuras y fragosidades de la Naturaleza. El mar podría tener, en cuanto alcanzase la vista, diez, veinte... hasta cien estanques como el Grande, si se quería. Estanque más o menos, ¿qué más daba? Del Manzanares al Saja, o al Deva, o al Ebro, o al Guadalquivir, habría la diferencia de algunas cántaras de agua en verano: en invierno, ninguna. En cuanto a praderas, no serían más verdes ni más extensas las del Norte que las que contemplaba él desde el cerrillo de San Blas cuando el trigo comenzaba a crecer. La temperatura estival de la corte no le afligía gran cosa, porque, además de estar formado en ella, no conocía otras más agradables.

Por lo cual, y sin mujer que le pidiera veraneos, y sin hijas que exhibir en las provincias, metódico y rutinario, amén de enemigo irreconciliable de toda lectura que a viajes y a novelas trascendiese, ni una sola vez sintió la tentación de meterse en alguna de las diligencias que salían de Madrid a varias horas y por todas las puertas de la villa, durante el verano, entre muchedumbres de curiosos que envidiaban la suerte de los pocos mortales que abandonaban aquel asadero implacable, y eso que él era uno de los curiosos. Antes al contrario, se compadecía de aquella carne embutida entre los cuatro inseguros tableros de la diligencia; carne cuyo destino era harto dudoso, considerando los riesgos que afrontaba, echándose a rodar por cuestas y desfiladeros, durante media semana, y a merced de bestias y mayorales. ¡Cuánto más higiénicos y menos arriesgados eran los paseos matinales que él se daba por los alrededores del estanque de las Campanillas; o vespertinos, junto al pilón de la Fuente Castellana!

Antes que el sol levantase ampollas, se encerraba en su casa, lo bastante grande, vieja y desamueblada, para ser, relativamente, fresca, y sustituía su traje de calle con un chupetín y unos pantalones de transparente nipis; y si esta precaución contra el calor no le bastaba, se quedaba en calzoncillos y en mangas de camisa. De un modo o de otro, se pasaba el día contemplando sus queridos pececillos.

Porque es de advertir que el señor marqués tenía la pasión de los peces de colores, y hasta seis redomas de cristal llenas de ellos.

Cambiarles el agua, desmigar pan sobre ella a horas determinadas, y estudiar en un tratado especial la manera de conservarlos y reproducirlos, eran sus únicas ocupaciones de recreo.

Posteriormente, dos viajes a Aranjuez en ferrocarril le demostraron que podía meterse un hombre en estos rápidos vehículos, sin el riesgo infalible de romperse las costillas o el bautismo; por lo cual, hasta se atrevió a prometerse a sí propio que tan pronto como hubiera una línea abierta hasta un puerto de mar, la aprovecharía para admirar los grandes peces en su propio y natural elemento. «Porque, desengañémonos —se decía—, no puede asegurar que conoce la merluza ni el besugo, quien solamente ha visto sus cadáveres embanastados en la plazuela del Carmen».

Y cumpliendo su promesa, tan pronto como la línea del Norte empalmó en Alar del Rey con la nuestra, armóse de valor y de dinero, y se plantó de un tirón en el famoso puerto del mar cántabro.

Si ha encontrado aquí lo que se prometían sus ilusiones, dígalo la puntualidad con que, desde entonces, viene cada verano a Santander.

Cansados estarán ustedes de conocerle. Es de corta estatura, muy derecho, enjuto de carnes, redondito de cara, risueño y corto de vista; son rubios los pocos pelos de su cabeza, y casi blancos los del recortado bigote. Gasta, en público, levita, corbata y pantalón negros, y chaleco blanco, sombrero de copa alta y anteojos con armadura de oro.

Tal es, repito, en público, su arreo, o, mejor dicho, en tierra, y con él le habrá visto el lector, no en las alamedas, ni en el Sardinero, ni en la sociedad, sino en los embarcaderos de todos los muelles, desde Maliaño hasta Puerto-Chico, o en camino de alguno de ellos, en los cuáles no faltan nunca pescadores de caña o de aparejo.

Tras ellos está siempre, estando en tierra, con las manos a la espalda, el bastón entre las manos, el cuerpo inclinado hacia adelante, y la vista inmóvil, fija en el corcho flotante o en la sereña tendida.

—¡Quieto, quieto! —exclama a lo mejor, si nota que el corcho se mueve y el pescador se apresura a tirar—. Esa es picada falsa... Ahora, ahora muerde..., ¡Fuera con él!

Y si el pescado sale coleando en el anzuelo, lanza un ¡bravo!; y si el pez no es pancho, bate además sus manezuelas; y de todos modos, sean panchos o lobinas lo que se pesque, él lo destraba, confundiéndose entonces, en un solo ovillo, el pez, las manos, las gafas y el anzuelo.

Semejantes intrusiones y familiaridades no dejaron de costarle al principio algún disgusto, pues no son siempre los pescadores de caña tan pacientes como la fama supone; pero, poco a poco, fueron éstos acostumbrándose a las cosas del señor marqués (que, por otra parte, no peca de roñoso con los del oficio), y hoy todos le toleran y hasta le encuentran devertido y célebre.

Mas no son éstas sus ocupaciones de carácter; quiero decir, que no viene para sólo eso el señor marqués a Santander.

Cuando llega, ya le está esperando una barquía perfectamente limpia y carenada, con los necesarios útiles de pesca, incluso la guadañeta para maganos. Prefiere la barquía, porque teniendo todas las condiciones de seguridad de la lancha y todas las de ligereza del bote, es bastante más grande que el uno y de más fácil manejo que la otra. Dos marineros, condueños de la barquía, están, como ella, a su disposición; y según que el marqués prefiera las porredanas o las llubinas, le conducen a la boca del puerto, o a las puntas de arena de la bahía, todos los días, infaliblemente, si el tiempo no está tempestuoso; pues por chubasco más o menos, no deja él de embarcarse para estar en el sitio conveniente al apuntar la marea.

Ancho pajero y desaliñado y viejo vestido de lanilla, lleva para el sol; y por si llueve, amplísimo impermeable y enorme paraguas de mahón. Por supuesto, no falta el acopio de vino y de fiambres para él y los marineros, el día en que la marea tercia de modo que no puedan volver a comer a casa a la hora conveniente.

Durante la pesca, transige con que los marineros le ceben los anzuelos o le reemplacen con otra nueva una tanza rota, o le desengarmen el aparejo, cuando éste se le enreda entre peñas o en la caloca; pero se guardarán muy bien de tocar el pez que él saque preso en el hierrecillo traidor.

Un día quiso lanzarse a correr aventuras fuera del puerto, seducido por las pinturas que sus marineros le hacían del tamaño y abundancia del pescado en aquellas honduras: y salió, en efecto; mas apenas comenzó la barquía a mecerse en pleno mar, y a columpiarse desde «el lomo altivo al seno proceloso de las ondas» (como acontece allí, aun en las ocasiones en que se dice de la mar que está como un plato), pensó que la costa bailaba el fandango, cambió la peseta, y tuvieron los dos marineros que llevarle a puerto seguro, antes que se les quedara entre las manos.

Esta lección le sirvió para no intentar siquiera «el estudio del besugo y de la merluza en su propio y natural elemento», contentándose, hasta mejor ocasión, con el anfiteatro de la Pescadería, donde los veía tan cadáveres como en la plazuela del Carmen, aunque un poco más frescos.

Por lo demás, entregándose, como se entrega, con verdadera embriaguez, al placer de la pesca menor, y poseyendo el arte como cree él poseerle, es, durante la temporada, casi completamente feliz. Y digo casi, porque no ha podido adiestrarse mayormente en el manejo especialísimo de la guadañeta.

—Aquí hay algún misterio que yo no penetro todavía —dice con desconsuelo a sus remeros e instructores, cada vez que éstos, predicando con el ejemplo, van sacando maganos—. Esta pesca es al vuelo, digámoslo así: hay que robar más bien que pescar; y necesito yo estudiar, ante todo, la marcha y la estrategia de la banda.

Y estudia, en efecto; y cuando ya se le rinde la muñeca de tanto menearla, la caridad, sin duda, medio le traba un magano que, al salir al aire libre, le lanza a la cara toda la tinta, dejándosela más negra que la del negro Domingo, sin que falte su abundante rociada para la camisa y cuanto blanquea sobre su cuerpo. Pero como esta tinta es la sangre de aquellas batallas, lejos de creerse afrentado con el tizne, lúcele orgulloso al desembarco, y toma las risas de la gente por muestras de admiración a sus proezas.

Tal es el verdadero punto negro de su felicidad; y eso que, generalmente, pesca poco, o no pesca nada, si no se le cuentan cómo pesca tal cual dolor de cabeza, o romadizo, que de esto no le falta, gracias a Dios, durante la temporada.

No hay para qué decir que es uno de sus grandes placeres obsequiar a las personas de su mayor aprecio con el producto de sus bregas de pescador. Que cuando no pesca habla de lo que ha pescado y de lo que piensa pescar, y que miente en la mitad de lo que habla entonces, también por sabido se calla. La afición desmedida a ese y otros parecidos entretenimientos, lleva consigo esa pequeña debilidad. Que lo digan los cazadores, y no se ofendan por ello.

La temporada de este tipo concluye cuando los noroestes se hacen crónicos, y la bahía, incitada por ellos, dice que no tolera más bromas en sus aguas. Entonces, curtida su cara por las brisas y el sol, apestando su equipaje a brea y a parrocha, gratifica generosamente a sus dos camaradas de campaña, después de pagarles el alquiler de la barquía, y sale para Madrid con el temor de que han de parecerle siglos los meses del invierno, aunque lleno de satisfacción por haber cumplido ampliamente el propósito que le trajo a Santander.

Un dato muy expresivo, que se me olvidaba:

Le vi en una ocasión pararse delante de una tienda donde yo estaba sentado. Plantóse a la puerta; dio en las losas dos golpecitos con la contera de su bastón, en el que apoyó en seguida su diestra mano; oprimió suavemente con la otra sus gafas contra el entrecejo; carraspeó tres veces; levantó mucho sus cejas y los correspondientes párpados, como si se maravillara de algo, y exclamó, por todo saludo, encarándose con mi amigo, y también de ustedes probablemente, el dueño de la tienda:

—Señor don Juan: pic... pic... pic... pic... pic... pic... pic... (y marcaba cada uno de estos sonidos con la mano izquierda, unidos índice y pulgar). Siete veces picó, y yo quieto... quieto... quieto... Picadas falsas... Tú te clavarás... En efecto: un poco después, ¡zas!... ¡zas!... (y aquí frunció el ceño el buen señor, y marcó los golpes a puño cerrado)... Ahora muerdes, dije yo; y ¡rissch!, tiro en firme... ¡Dos libras y media pesó! ¡Una porredana como un bonito!... Ayer tarde, a dos brazas de la Horadada... Esta noche tendemos el esparavel... Ya diré a usted la carnicería que resulte... Adiós, señor don Juan.

Y se fue.

Así conocí yo al inofensivo, al dulce, al apacible, al venturoso marqués de la Mansedumbre.


Publicado el 17 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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