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Cuento.
26 págs. / 45 minutos / 177 KB.
31 de octubre de 2020.
Estas seis que vienen, al parecer, mujeres, envueltos sus talles en menguados chales y sus cabezas en flotantes pañuelos de seda cruda, a manera de capucha, son las hembras de dos familias modestas que viven en una misma escalera, y que después de cenar se han reunido para dar el ordinario nocturno paseo callejero que ahora comienzan. Todas las noches que no llueve hacen lo propio. El objeto principal de su paseo es examinar, desde afuera, los escaparates de las tiendas: si hallan un género de imitación muy barato, no para comprarlo, sino para saber que le hay, por si acaso, señalan la noche con piedra blanca; y la señalan con dos piedras si al pasar de tienda a tienda descubren algún gatuperio, notable por los actores, entre la oscuridad de algún portal indiscreto; y, en fin, la marcan con tres piedras si topan una serenata. A la misma comunión pertenecen estas otras tapadas que se cruzan con ellas, y a la propia las que están detenidas a nuestro lado. De todas ellas y otras semejantes se compone la mayor parte del pacientísimo público que en las noches de baile campestre acude a olerle desde los nuevos jardines de la calle de Vargas. Medio punto más arriba en el pentagrama social están colocadas las que vienen por la izquierda; y lo digo porque, en vez del foulard, llevan nube arrollada a la cabeza, y sobre los hombros una cosa que quiere imitar, en forma y colorido, a los abrigos de las grandes damas... No me engañaban mis presunciones: son las de doña Calixta, de quienes en otra ocasión te hablé largamente, y dos de sus amigas íntimas. Por el aire que traen se deja conocer que no van de brujuleo: si hubieran salido con este fin, ya estarían alborotando las tiendas y corrillos que dejan atrás; y no yendo de brujuleo, ni habiendo música en la plaza, ni paseo en la Alameda, ni baile de campo, necesariamente van de reunión... cursi, por supuesto. Estas cuatro que cruzan rápidas, envueltas en ricos capuchones, pisando recio, hablando mucho y oliendo a jazmín y a eliotropo, ya pican más alto. Aunque aparentan no cuidarse del vulgo, te advierto que no le pierden de vista y que le conocen muy al pormenor: también se perecen por los descubrimientos del género tenebroso y, sobre todo, por las tiendas; sólo que no se limitan en ellas a contemplar o a revolver géneros, sino que los compran, o cuando menos, comprometen para comprarlos otro día a la luz del sol. Tampoco desdeñan las serenatas si las hallan al paso. Si esta noche hubiera recepción en alguna casa de lustre, no las verías en la calle: si estaban invitadas, porque lo estaban; y si no, por no darlo a entender con su presencia entre los desechados. Aunque poco práctico en el pueblo, no dejarás de traslucir por la pinta del asunto que ocupa a esta pareja que se acerca a nosotros por la derecha. Ella, joven, suelta de movimientos, vestida de percal y sin más adorno ni abrigo en la cabeza que una cabellera negra y abundante, graciosamente peinada; él con la cara oculta entre las alas del sombrero muy caídas y el cuello del gabán muy levantado; ella hablando recio y él casi por señas... Ya están junto a nosotros, y hasta se les puede oír...