La Nota Cómica

José Pedro Bellán


Cuento


—¡Cuidado! Rían Vds. más despacio, que pueden oirnos...

—¿Y qué quieres que haga, sino puedo impedirlo? —repuso Juana un tanto fastidiada, —que no cuente más.—Y una nueva carcajada ahogada por el pañuelo los unió indisolublemente. Sentados los cinco, habían formado una especie de círculo cerca del féretro, donde hablaban en voz baja, casi furtivamente, obligados por la seriedad del acto, del cual eran simples acompañantes.

Luis lograba al fin hacerse interesante. Cuando quedaron solos, el aburrimiento empezó a cortejarlos de tal manera que, si no mediara una vieja amistad con los de la casa, se hubieran ido con sus mamás en busca de Morfeo. Empezaron primero por sentir picazones en el cuerpo, luego el bostezo, después la pereza y ya llegaban al sueño involuntariamente, cuando a Luis, que había charlado de todo sin lograr entretenerlas, se le ocurrió contar un cuento gracioso y picaresco.

Al principio desesperó un poco de su intento; pero después, como sacara una consecuencia ocurrente de su narración, las muchachas sonrieron y se enderezaron en sus sillas. El éxito hizo que siguiera contando y una hora después la escena había cambiado. Recuerdos de cosas ridículas, exageraciones buscadas, observaciones del caso, todo se ríe y se festeja. El ánimo predispuesto a la risa lo encuentra todo de una comicidad inagotable. Del cuento a la anécdota, de la anécdota a la mentira, de la mentira a lo imbécil; etapa de la risa donde son los nervios los que ríen, los nervios desbocados, insoportables, a quienes se les ha dado demasiada fuerza y corren como correría una locomotora sin el cerebro que la dirige. Pero a pesar del contraste, a pesar de esa risa ahogada que escandaliza el silencio, la escena es lúgubre.

A la una de la mañana, la casa ha adquirido ya ese aspecto sobrio y rígido de la muerte. La concurrencia que horas antes había invadido patios y corredores, que se aglomeraba formando corros donde discernían en voz baja y fumaban gravemente, se ha ido paso a paso, deslizándose apenas. Sólo quedan en la sala tos obligados por la amistad, que han acabado por divertirse a expensas de lo prohibido. Junto a ellos, el cajón de cedro con su muerto arrancado de la vida bruscamente, en plena potencia de juventud. A sus costados, los cirios, cuyas luces oscilan fuertemente a impulsos de la brisa que entra por la entornada puerta, vestida con un negro y ancho crepón. Después nada más; el símbolo del crucificado en la cabecera, el cortinaje negro y el frío de la noche que se cala en la sala, filtrándose en los objetos.

Fuera del cuarto mortuorio, cl aspecto de la casa es aún más desolado. Las piezas, en completo desorden, con muebles de más, puestos unos sobre otros, al descuido y todo envuelto en la sombra y lleno de silencio. Unicamente en el último cuarto, la débil luz de una mariposa interrumpe la harmonía de la sombra. Están allí los deudos, impotentes en su dolor, hundidos en el ensimismamiento. La luz los recorta confusamente. Sobre un sillón de hamaca descansa el padre, viejo ya, con la cabeza inclinada hacia el pecho en actitud de abandono. Junto a él, dos muchachas hermanas del muerto. Una echada en un colchón, tendido en el suelo la otra, sentada al borde de una cama, donde duermen dos mujeres vestidas. Casi enseguida y en uno de los ángulos de la habitación, se nota sombriamente la silueta de la madre arrodillada ante lo invisible. Todo está quedo. Es una escena inmóvil, desesperante, cansada y triste. Sólo de vez en cuando, se oyen algunos suspiros, acompañados de quejas y de interjecciones apagadas.

Fuera de las piezas, el ancho patio, frio y solitario; luego un corredorcito, después la cocina alumbrada por un quinqué donde murmura el café hirviente, olvidado en el fuego que lo abrasa y lo devora. Sobre una mesa y al calor del hogar, dormita un gato completamente arrollado.

—Hay que verlo allí, hay que verlo allí.—Las hijas se sorprendieron. Al fin hablaba la madre.

Había permanecido unas tres horas sin pronunciar palabra alguna, arrodillada, inmóvil, empecinada, sin contestar a las preguntas que se le dirigían.

—¿Qué tiene Vd., mamá,—le preguntó la mayor de las hijas. Tampoco contestó. Lentamente se puso de pie y empezó a andar con dirección a la sala. Ellas la siguieron. Había en la madre algo tan extraño, tenía en los ojos tanto extravío, que lo ignorado llegó a asustarlas. Atravesaron las piezas y cuando llegaron a la sala, los cinco que estaban en ella, escondieron sus caras y se taparon la boca para ahogar la risa. La vieja pareció no ver nada. Pasó rozándoles con su vestido y se detuvo junto a la cabecera del cajón. Las hijas quedaron junto a la puerta, esperando.

Lo imprevisto, aquella venida de la madre en lo álgido del cuento aumentó sus deseos de romper a carcajadas; pero se contuvieron. Cuando los cinco pudieron mostrar sus caras sin risa, vieron como la anciana miraba detenidamente la cara del muerto y como les hacía señas con la mano para que se acercaran. Entonces se levantaron y, sin comprender a qué, llegaron hasta la cabecera. Hecho esto la vieja dió un paso atrás, y señalando el rostro de su hijo, lanzó una carcajada larga y estridente. Los cinco, sorprendidos, se miraron. Luego volvieron sus ojos hacia la vieja, quien, obedeciendo a su idea única, a la idea inhibidora de toda una vida sentida y practicada, los envolvía con sus brazos haciendo piruetas y mogigaterías. Después rió de nuevo. Pero no fueron ya carcajadas aisladas. Era una risa continua, chocante e inquieta que les lanzaba a la cara, envolviéndolos con su esencia, aprisionándolos con sus modalidades raras y diabólicas.

El momento de estupefacción pasó. Sólo un minuto quedaron las cinco vidas en suspenso; enseguida volvieron al tren de antes: cayeron sobre lo ridículo, sobre lo cómico, obsesionadas por lo risible. Y eran tales las muecas que hacía la anciana, eran tan chocantes sus movimientos y tan fuertes sus carcajadas, que Luis quien se había metido un pañuelo en la boca tuvo la imbécil ocurrencia de sacárselo. Enseguida brotó de él la risa franca y escandalosa. Las muchachas, a excepción de las hijas, lo siguieron. Tenían necesidad de reir, no podían más con tanta fuerza reprimida que se agitaba en lo interior de sus seres. Quisieron salir, pero la madre, en su obsesión los arrinconaba, siempre riéndoles, siempre con las muecas en su rostro. Entonces se abandonaron.

La risa había concluído por apoderarse de ellos y un pesar horrible les había embargado. Vieja y jóvenes, todos juntos, vencidos por el detalle patológico, echados fuera del sentido común, por un desacuerdo fuerte e irreductible habido en sus fisiologías. No pensaban nada. Reían angustiosamente, convertidos en simples juguetes del organismo. Y en medio de esta risa desenfrenada, influenciada por la locura de la vieja, apareció el padre.

Había oído las carcajadas, había visto el terror de sus hijas y saliendo de sus ensueños acudió imperturbable, con la tragedia en su rostro.

Una vez en la sala se detuvo a los pies del cajón y señaló al muerto, con el mismo movimiento de la vieja, de la misma manera. Pero esta vez no fué él quien rió: quien reía era el muerto.

Un soplo de terror invadió la sala. Habían visto como el muerto abría los ojos y como se dibujaba en su boca una sonrisa oblicua. Quedaron de súbito, con la vista fija, como petrificados. El muerto seguía riendo y ellos volvieron a hacerlo, más fuerte que nunca.

Este impulso dominó la habitación y apagó tos cirios: entonces la imaginación voló y la escena se hizo tumultuosa. Quisieron huir y no hacían más que agarrarse, con el loco afán de libertad. Unos y otros creían luchar con el muerto, con terrible muerto que reía. Y toda esta fuerza endemoniada, todo ese momento desconocido que los unía en una sola sensación se hundió en la sombra, de donde seguían brotando aún las carcajadas, entre las cuales se destacaban las del muerto, dominando toda la catástrofe.


Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
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