Un Suicidio??...

José Pedro Bellán


Cuento


20 de Agosto.

Son las tres de la tarde. Bajo la amplia avenida del gran cementerio, por entre los panteones cubiertos de mármol. Una fuerte soledad, una colosal soledad, arriba, a izquierda, a derecha, abajo.

Abajo?... Sufro un ligero escozor que me recorre todo el cuerpo como una vibración. ¡ah! es mi enfermedad, el lado vulnerable de mi existencia. ¿No podré librarme jamás de esta preocupación incesante? Me sacudo cual si un cuerpo físico se posara sobre mí. Es necesario olvidar, es absolutamente necesario. ¿Por qué vine? Hago un esfuerzo y logro en algún modo encerrar la memoria. Fumaré. El cigarro me hace bien.

Ando con lentitud, arrastrando los pies, flojo y turbio. Sin embargo, quisiera como siempre, pasar frente a los monumentos que a fuerza de verlos me son íntimos y a quienes no podría distinguir de las personas tratadas desde mucho tiempo. ¿Estaré loco? No es probable. A pesar de todo iré. Quiero estar con ellos, pensar con ellos. Penetro en un sendero amplio y sombrío cuyos bordes están ornamentados como una plaza. La tosca chilla a mi paso y los guijarros ruedan, Oigo distintamente el choque de los piedrecillas, el menor estremecimiento de la atmósfera, la marcha rítmica de los insectos que pasan buscando la vida. A medida que avanzo me sutilizo hasta el extremo de sentir las pulsaciones de mi ser corazón... arterias... ¡El corazón!... ¡Si dejara de moverse!... Es seguro que si me abriesen luego lo encontrarían intacto, con su con. junto de vías atascadas de sangre paralizada y fría; es seguro que a todo mi organismo no le faltaría una célula: estaría idéntico, dormido en la inercia, a pocos minutos de la vida. Entonces! ¿Que es lo que le sobra o le falta.? ¿A qué grado se mueve la personalidad.? ¿Entra algo? ¿Sale algo? La antigua idea del alma que trasciende desde las cavernas, ¿sirve? La rotunda afirmación del materialismo, apoyada por una multitud de fenómenos rotulados y almacenados en labora. torios y jardines ¿puede haberse efectuado sin vacilación? ¿Y la gran corriente moderna, compleja, oscilante, apoyada por una fuerte neurosis, dejará de Ser individual? ¿arte en el pensamiento?... Iré a ver mis estatuas.

Frente a mí, bajo la fornida sombra del ciprés está uno de mis monumentos. Es un cuerpo caído sobre un féretro, lanzado con gran fuerza, atraído quizá por el poder del vértigo; un cuerpo echado con las alas vencidas, desplomado, inerte, del que fluye un vaho de tristeza que empaña el espacio. Sin embargo, podría decirse que tiene movimiento. Se sorprende uno de no haberlo visto caer. La cabeza parece que se doblegara aún, y observándolo con rigor comprendo que no ha muerto todavía... pero está muerto.

¿Cual fué la idea del escultor? ¿Que símbolo verificó? Nunca he llegado a responderme. Lo único que logro es estar junto a ella trascedentalmente. Recibo su frío, un frío que emana del bronce, un frío que sobrecoje, que amortaja, que enmudece. Sobre el obscuro metal el tiempo cicatriza. Presenta una multitud de lagunas que el agua y el polvo han formado. Lo envejecen y lo ensucian pero el bronce se defiende en su dignidad de bronce.


24 de Agosto.

Son las dos de la mañana. Dejo el lecho convencido de que no dormiré, y he encendido la luz, uña luz fuerte cuya refulgencia me ciega. Necesito entre cerrar los párpados y con las pupilas contraídas reviso los rincones del cuarto mientras tanteo mi cajilla de cigarrillos.

Y realmente no hay nadie. ¡Qué combinación tan abstrusa! El estaba allí. a los pies de mi cama, clavado, vociferando sentencias terribles, sin despegar los labios. Me costó mucho trabajo alcanzar la llave y dar luz. Ahora ya no creo. ¡Cómo es. posible que la conciencia forme parte de esa puerta; que esté en la silla; que permanezca en las patas de mi cama; que subsista en la diafanidad de ese espejo! ¿Es necesario estar en la obscuridad para percibir estas fantasmagorías. Me paseo por el cuarto tragando el humo del cigarro a bocasllenas. Debiera haberse calmado mi espíritu y sin embargo, el temor amenaza desplomarse sobre mí. La luz ya me es insuficiente. Se asemeja a esas inyecciones que calman los dolores físicos, pero que su abuso las vuelve impotentes.

No es la primera vez que la imagen de lo desconocido entra en mi alcoba con la impunidad del asesino, zarandeando mi vida, mi pobre vida desmantelada, envuelta en un torbellino, ofuscada y atraída por un secreto impenetrable. No podría describir su figura porque nunca la percibo totalmente. Sólo veo detalles que se aparecen ante mis ojos de segundo en segundo, del mismo modo que se ven las cosas bajo el fucilazo de un relámpago.

Entra y se anuncia: «Soy los desconocido: soy porque la más insignificante obra del hombre le sobrevive.» Y habla claro. ¡Tan claro que oigo lo que dice como si lo pensara yo mismo.

Muchas veces abrumado por un malestar indefinido, tentado estoy de gritarle, de negarle, de destruirle. ¿Pero qué destruiría?... ¿Eso? ¡Acaso lo sé yo! Tengo la suspicacia que los siglos dieron al hombre, y el mismo temor que acogía a los antiguos, al sonar el rayo, al moverse la tierra, al bramar el viento. Sólo que ellos se ocultaban trás de Dios, un ser poderoso pero semejante al hombre, con barba y necio. Ahora cambió el motivo del miedo y entre la causa y yo no hay nadie.

La crisis aumenta. Los brazos cuelgan de mis hombros aflojados y me posee una inquietud espantosa. ¡Ah! Pero no me moveré. Sospecho algo, algo que me tomará de sorpresa y quisiera dominarme. Me vence una curiosidad instintiva y desearía salir. Tendré que moverme. Es posible que alguien me tome de algún lado, pero me domina una presunción terrible. Me levanto con lentitud y me aproximo a la cabecera de la cama, de espaldas a la pared. Sí; el mismo miedo que sienten los chicos cuando entran en una pieza obscura y se sorprenden. La certeza me sofoca. Sé muy bien que estoy rodeado por una multitud de seres a quienes no he visto nunca; acechado por substancias enmohecidas, desagregadas de la mente que llegan desde los símbolos. ¡Ah!... en este momento pienso por todos los que no piensan, por todos los que no pensarán jamás. Es posible que sea un soporte de la inteligencia, un vehículo de los que fueron. No me engaño. Mi cuarto está lleno de ideas; vade un confuso pelotón de concepciones que se anudan frente a mí. Asisto a un espectáculo formidable.

El pensamiento cruje y el dolor ondea como una brisa. Todos los significados se manifiestan, se reproducen constantemente siempre, siempre, con un ruido eterno. Adivino una matemática despiadada y me resisto a alguien que me impele hacia un centro. ¡Pero es en vano! Todas las inquietudes están conmigo, todos los siglos me apresan, toda la carcoma me cubre. La luz se debilita, se vá la luz! Estoy frente al espejo y no me veo. ¿Habré desaparecido? Mis nervios se enfurecen; doy un fuerte golpe contra la luna y el espejo se descuelga en pedazos. Las ideas gritan, gritan! ¡un tumulto colosal se precipita por la obscuridad. Quiero huir y choco contra todo, reboto, me devuelven, me aferran hacia un centro, hacia el centro. No la veo, no veo la muerte...! ¡Horror! ¡Piedad!...


19 de Septiembre.

Tengo frío. El mar descarga sobre la tierra un cuerpo helado e invisible que se clava en los huesos. He llegado muy temprano y la necrópolis está aún demasiado lívida. Contrario a mi costumbre esta vez he tomado por el flanco izquierdo del cementerio, hacia el lado de los nichos, cuyas puertas, semejantes a la de los hornos, tapian la interminable pared cargada de muerte. Tiene un aspecto de despojo y ruina. Observándola un poco, se vé defilar la vida palmo a palmo, detalle por detalle, del mismo modo que aparece un manuscrito bajo la opacidad de un borrón. Las inscripciones hablan desde las lápidas como un corrillo de hombres. Ni aún allí hay nada secreto. Se nota la misma falsedad, el mismo deseo vehemente de hacer creer en personalidades encajadas en la honradez y el trabajo, la misma necesidad de mostrar que sufren, implorando en. quejas medidas y estudiadas; el mismo empecinamiento inútil de grabar en el mármol el paso por la vida. Todos amaron, todos han sido amados, todos descansan en paz. Es una harmonía chocante y vil, un hilillo de imbecilidad que ata los vivos a los muertos, boya apenas visible en los días de calma.

Desde el principio al fin, toda la pared está recubierta por una multitud de objetos que cuelgan como de una percha. Hace un momento que la miro en conjunto y me inspira risa. Es de ver como las coronas de hojalata chocan, como se columpian las ramas de palma, como ruedan los floreros, como se derraman los recuerdos. Un murmullo franco y hueco domina todo el paredón de los nichos.

A mi izquierda una docena de obreros trabajan con picos y azadones abriendo el suelo virgen, escarbando, horadando, apilando la tierra negra, cuajada de vida, que palpita.

Picado por la curiosidad, avanzo sobre el cesped cubierto aún por la escarcha. De trecho en trecho, la cal y los ladrillos, desiminados por el terreno, dan un aspecto de movimiento, de una fuerza anormal que se mueve en secreto, inclinada hacia abajo casi incomprensible.

Al llegar a una de las escavaciones los obreros cuchichean entre sí y me observan de soslayo. Son más de los que yo creía. A cada paso que doy descubro nuevos individuos que parecen emerjer de la tierra, sostenidos por débiles tablones que se comban. Me siento sobre una carretilla volcada y miro obstinadamente hacia abajo, donde se mueven los obreros con las herramientas empuñadas.

Lo que veo no tiene nada de extraño. Es un cuarto, un simple cuarto subterraneo cuya utilidad no está definida aún. Sin embargo: ¡Cuándo lo dividan, cuándo le coloquen la loza, cuándo lo cierren! Será un recipiente de cadáveres, aherrojado, lleno del moho de la muerte; su boca sin hartura comenzará a tragar, a tragar eternamente y por ella pasarán los seres, sin saber si pasarían, para caer en lo hondo, abajo, desprendidos de los demás, lanzados contra el misterio, sin ninguna intención, por manos dóciles, encausadas, obscuras, incapaces de palpar el roce de los cuerpos que nos atacan, que nos disgregan, que nos difunden.

Muere un ser y la imaginación de los demás no le sigue en su ruta: se queda en sus costumbres, en sus modalidades; lo vé con sus últimos trajes, en sus últimos deseos, en sus últimas palabras: es un retrato colgado en la memoria. ¿Será imposible seguirle? ¿Acaso necesitará la imaginación conocer el ambiente donde se mueve para poder sentirlo? ¿Por qué no se dice: sufrirá Pero,? ¿qué será ahora?... ¿Tiene inteligencia;?

¿Quiere?... ¿Nos recordará?... ¿Es sólo una cosa podrida que palpita dentro de un cajón?... ¡Pero... En esa descomposición. en esos gusanos! ¡No, no cabe todo esto en el corazón; se conforma con sentarse Sobre el umbral de la portada sin pretender llamar: se resigna por conveniencia.

Y sigo mirando hacia el panteón donde los obreros, trepados en los tablones, derraman la cal sobre los ladrillos. El ruido de la pala, agudo, estridente me penetra ya. No necesitaría de oídos. Me entra por los poros, me atraviesan sus hilos, sí, su ruido desenvuelve hilos que me ensartan como una cuenta, hilos que se aflojarán, hilos que me dejarán caer. Y los obreros persisten tranquilos, haciendo la obra, terminando la obra vertiginosasamente.

La idea de que me pudiesen tapiar me asalta con rudeza. ¡Qué deseo vehemente de no morir, que angustia!... Si pudiera eternizarme. ¿Qué me importaría el equilibrio del mundo? ¿Qué serían para mis ansias, la fiebre de los suicidas, la enfermedad de los tristes, el soplo de derrota que barre los débiles? ¡Ah! ¡Pero hay que morir, hay que morir!... Desde el último cigarro que fumé... ¡Cuánto tiempo! Me acerco de segundo en segundo: es una precisión aterradora. ¡Pensar que fuí niño, que tuve diez años, seis, cuatro, nada!...

Hago un esfuerzo y me pongo en pie. Algunos trabajadores que me miraban vuelven a sus tareas. Yo comprendo: casi me averguenzo.

Gano uno de los senderos y me voy hacia el centro del cementerio sin saber para qué. Pero me decido enseguida: No iré a ver los monumentos. Gradualmente, casi de un modo imperceptible, han perdido para mi esa fuerza sugestiva que me alucinaba. Ya no me enseñan nada. Es raro.

Torno a la derecha, hacia el lado izquierdo de la avenida situado en un plano mucho más alto y a poco andar, me pierdo por los caminos estrechos y tortuosos, verdaderos caminos de hormigas, formados al azar, interrumpidos a cada momento, siempre próximos a desaparecer bajo la vegetación que crece en un terreno demasiado fértil.

Estoy en la parte más alta del cementerio, sobre la cascada de las tumbas, erizadas de cruces, que cae al mar, y una fuerte arboración me rodea como la estructura de un circo. No obstante, haciendo equilibrios en la punta de los pies logro ver, allá, en el horizonte, la silueta blanca y borrosa de la isla. Vista de golpe se la toma por el trapo inflado de un velero que marcha con bríos.

El paisaje cambia la tonalidad de mi ánimo. Desciendo la pendiente; violenta, falsa, con sus sepulcros escondidos bajo la maleza ruda, cuyos tallos crujen bajo el pie y chorrean savia. Todo se enmaraña y se une. Hay que esquivar los pozos, las cruces, el follaje demasiado tupido que aparece de trecho en trecho, formando ramos espinados de lanzas metálicas, clavadas desde mucho tiempo, torcidas, ornadas de herrumbre, cruces olvidadas, cruces sin historia que se mueven y se agrupan. Y de todas estas cosas apresadas por la tierra, se levanta un hálito tibio que conmueve como una despedida, derramando la ternura. por la pendiente. Yo me siento llamado por distintas voces. Paso ante las disminutas matas que descubro bajo la corpulencia de la caña y quedo ante ellas respetuoso, con el alma humedecida por la emoción, atento a sus menores movimientos, oyendo de cerca el enigma que trabaja y forcejea en las briznas. Junto a mí, bajo las hojas, he descubierto una fosa. Presenta el aspecto salvaje de las tumbas anónimas. Sobre una placa colgada de una cruz pude leer lo que sigue, escrito con caracteres torpes y obscuros:


«Eusebio Fuentes
20 de Mayo de 1911
Q.E.P.D.
Su madre piensa en él ».


¿Me hizo mal? ¿Me hizo bien? Algo se me anudó en la garganta. Ví violetas y me acometió una tristeza infinita. Me agaché silenciosamente y besé una flor. Fué un beso prolongado, único; nunca había besado así. Se me humedecieron los ojos y el dolor oprimióme el pecho. Después quedé inmóvil, sin comprender nada, con el mentón encajado en el hueco de una mano, frente a la flor que parecía extinguirse. Más de pronto una voz de mujer; aguda, silbante, me hizo volver con asombro. —¡Eh! ¡Chist! ¿qué hace Vd.? ¿Qué quiere Vd?...

Algo atontado por la brusca sacudida estuve todavía un momento sin ver a nadie. Sólo cuando llegó hasta mí rozándome con sus faldas, pude ver una mujer vestida de luto, flaca, puntiaguda, de de ojos hundidos y pequeños, cual dos cuentas.

De color moreno, bastante obscuro, presentaba la cara ajada, curtida, una de esas caras que parecen sucias, remendadas, cruzadas por canaletas, cual si el dolor ahondara la carne y se guareciera en los surcos.

Me levanté sin saber que contestar. Luego, después de un momento dije: —Nada... estaba aquí mirando esto.

La mujer había clavado en mí sus ojos que parecían mirar desde una gran distancia. Demostraba vivo interés por mí respuesta y lo que yo acababa de decirle no la satisfizo. ¿Que esperaba pues?. Recogido todo mi ánimo me aventuré a decirle: —Me extraña mucho su actitud, señora. Esto es un sitio público y puedo sentarme donde me acomoda. ¿No lo cree Vd así?...

Ella pareció cavilar. Después habló amontonando las palabras:

—¿Acaso ignora Vd que es mi hijo? Es Vd malo, es Vd indigno. Todos los hombres son indignos.

¿Estaría ante una mujer de carne y hueso? ¿Oscilaría mi cerebro? Me examiné con rapidez. Nada. En tales casos yo tengo la intuición de que voy por lo absurdo; ahora estaba dentro de lo verídico, dentro de lo que se puede probar. No había duda. Lo que tenía ante mí era un ser poseído por una visión.

Me empujaban la curiosidad y el temor. ¿Quién sería? ¿Qué relación tan directa podría tener con aquella tumba? El significado de madre no alcanzaba a cubrir toda la magnitud de su acción. Yo no hacía ningún daño. ¿Luego?... —Pregunté con algún embarazo:

—¿Por qué se incomodó Vd? —Ella se arrodilló junto a la fosa y me hizo seña con la mano para que me acercara.

Manifestaba una fuerte intensidad. Temblaba. Movía la cabeza en distintas direcciones, bruscamente, de prisa, como un muñeco.—Oiga Vd. Hace tres años que mi hijo está aquí. Al morir me dijo: «Mamá béseme fuerte: ya no me verá más.» ¡Oh!... yo lloraba. ¡No verlo más! ¿Sabe Vd lo que es no verlo más?! Y entonces lo besé. Fué un beso largo, duró mucho rato. Después cuando me levantaron la cabeza y me separaron de Eusebio, el cuarto estaba lleno de personas extrañas. Una dijo: —«está muerto.»

Pasé tres días horribles. No me dejaban verlo, yo desesperaba. Pero, el hijo se acuerda de la madre. Era bueno, era hermoso. ¿Por qué no había de pensar en mí? Oí su voz que me decía «mamá; ven, te quiero mucho.» Ya no fué posible ocultarme nada. Escapé. Vine aquí. Lo que pasó entre nosotros no puedo contárselo a Vd porque no lo creería. Además me tomaría por una loca.

Yo sufría. Exclamé sofocado por la pena. —Señora... señora... —Pero ella prosiguió sobre mis palabras:

—Desde entonces data mi felicidad, porque es el más dichoso de los hombres. Yo me paso todos los días dos o tres horas junto a él ¿Qué hace? ¿Cómo vive? Vuelvo a repetirle que se reiría Vd. si se lo dijese. —Hizo una pausa y luego agregó, sollozando en silencio Esto es él!

Yo estaba conmovido y en un arrebato de ingenuidad pregunté:

—¿Por qué llora... —Ella no contestó. Con movimientos lentos que no había tenido hasta entonces empezó a besar las flores, las hojas, la tierra, y abrazada a la tumba seguía llorando. Aquella escena me chocó tanto que hube de levantarme. Me alejé sin hacer ruido, temeroso, dejándome caer por la cuesta abajo. Había andado un pequeño trecho cuando volví a oír su voz que decía: —«¿Me oyes Eusebio, me oyes hijo mio? —»... Apresuré él descenso y llegué hasta el lugar destinado para los muertos de epidemia. Cruzé un verdadero valladar de tumbas y cuando alcancé la verja miré al mar.

Me fijé en el horizonte. Quería tender mi espirítu hacia las cosas distantes. Observaba las puntas que cierra la playa, el lomo de una pequeña colina que aparece a la izquierda, la blanca superficie del arenal; seguí el vuelo de unas gaviotas que marchaban en línea, formando una cinta negra y ondulada que se destacaba en lo azul. Fué todo en vano. La imagen de aquella mujer me arrancaba del exterior. Me incomodé y resolví volver a la ciudad.

Empezé a andar deprisa, teniendo buen cuidado de no regresar por el mismo punto. Tomé hacia la izquierda con el ánimo de bajar a la avenida central y seguir sin tropiezo, en. derechura, hasta salir del cementerio.

Pero a medida que avanzaba sufría una fuerte necesidad de verla aunque fuese de lejos. Su figura, sus ideas se habían introducido en mi espíritu del mismo modo que se introduce un alimento en la sangre. Pensaba con sus palabras, me movía con su fuerza. Ni sentía tedio, ni tristeza, ni miedo. Sentía una falta de harmonía en mis pensamientos, un choque continuo en mi cráneo. Me latían las sienes cual los flancos de un animal cansado y el dolor de cabeza apareció, en medio del frontal, entre los senos.

Pero quería verla. Busqué por todas partes hasta que encontré una mancha negra sobre el cesped. Estaba acostada junto al sepulcro con la cara vuelta hacia abajo. Yo la contemplé largo tiempo. ¿Estaría loca?

Se me antojaba un angel raro, sublime, mucho más profundo que todos los ángeles creados por la imaginación. Nada comparado con su soledad, con su enorme cara a cuestas trasponiendo la muerte.

E invadido de un amor inesperado, formado por un haz de sentimientos poderosos, dije con la voz débil, casi balbuceando. —Adiós... —y me volví después de un momento, cual si hubiese esperado una respuesta.

Seguí por los senderos, arrastrando los pies, aguijoneado por cosas raras. De cuando en cuando me detenía para ver por última vez su figura confusa ya, a través de las cruces y del follaje.


3 de Octubre.

Acaba de sonar la campana y a pesar de la distancia, oigo el crujir del portón al cerrarse, algunas voces que llaman a gritos, el zumbido del tren-vía que marcha lejos.

Estoy boca arriba, a los pies de un árbol. Sin pensar en nada, observo de un modo vago la multitud de matices que se mueven en la altura, en pos del sol. Pequeñas nubes se encienden y se apagan. El púrpura agoniza.

Es una tarde bella, inmóvil, con un arco de luna prendido en el horizonte.

Pequeñas libélulas pasan junto a mí, aleteando constantemente. Van hacia cualquier parte, rozando los tallos, en marcha sinuosa. Apenas si se aquietan un segundo para proseguir después. ¿Irán hacia algo?

Siento aún la intensidad de aquella lectura titulada «La mosca de oro.» ¡De cuánta vaguedad se llenaba. mi espíritu! Las dos o tres veces que nos tocó leerla en clase, me sucedió más o menos como sigue: —¡Eh!... Señorito X. ¿Ese es un modo de atender? Conteste enseguida ¿Se debe ir solo por parajes que no conocemos Yo preguntaba aturdido:—¿Eh?...—Mi buena maestra se encolerizaba:

«Vd. tiene que haber oído lo que acabo de decir: repítamelo».

Yo hacía los esfuerzos inimaginables pero siempre acababa por comprender demasiado tarde. Con seguridad que a mí no me quitaba esa lección el deseo de meterme en un bosque, vadear arroyos, saltar peñas, deslizarme por entre los matorrales, siempre atrás de la mosca de oro fugitiva y bella.

Yo comprendía ese cuento como por instinto. Aun hoy, saturado de una sapiensa amarga, me veo echado en un laberinto, con todo mi ser enfocado en un fantasma.

¡Sin embargo, en este momento!... No sé... ¡estoy desorientado! Quisiera cerrar los ojos y vivir así, eternamente. Todos los sucesos acaecidos en mi vida se mueven dentro de un círculo, hacia el centro. Parece que mi núcleo se formara recién ahora, casi en este minuto, por acumulación de subtancias exteriores a mí «yo». Me invade lentamente una harmonía que no he tenido jamás. ¿Cómo es que no sufro ese continuo choque en mi cráneo?

Advierto las primeras estrellas, indecisas aún en el nacimiento de la noche. Hacia el este se derrama una nube amenazante; el arco de luna desaparece por el lado opuesto; el cielo se apaga.

El silencio de la primera hora no existe ya. He penetrado en un murmullo que distingo cada vez más, un murmullo que cubre toda la superficie del cementerio como una manta.

Todo avanza en torno mío y se vigoriza. La sombra tapa las hendiduras y dilata los cuerpos, cual si los llenara de misterio. La individualidad decae, concluye por desagregarse, se amalgama, se entrega, se pierde. Yo mismo estoy dominado por un deseo vehemente de aflojarme. Distiendo los músculos y me siento aliviado, aliviado de un mal que no he sufrido, libre, inmensamente libre, en un estado de lucidez admirable.

¿Qué he sido hasta ahora? Recuerdo los hechos culminantes de mi vida y los encuentro débiles, huecos, adheridos a un disimulo sutil que suplía mi falta de sinceridad. Nunca tuve el valor de aceptar mi cuerpo íntimo tal cual lo sentía bajo la apariencia de lo real, no por carecer de intención, sinó por un presentimiento agudísimo cuya verificación me horrorizaba. Entendía que me faltaba algo, que no estaba completo y esta convicción me detenia rudamente a despecho de ambos, y de aquí el contraste. Yo caía con mi pensamiento como sobre un terreno brusco, rugoso, rodando, dandome, tumbos; gastando mis fuerzas en una defensa desesperada, continua, contra un enemigo poderoso e incansable.

Recuerdo que mi padre habíame dicho... esto es... mi padre.. ¡¡Pero cómo??... ¿No recuerdo quién fué mi padre?... ¿Es posible que me olvide? ¿A él?... al único que conocí de mi familia? ¿A ver!... Si, no; es inútil; nada... ni un detalle Es una cosa estupenda. ¿Y los demás?... ¡Pero!...

¡Qué estado más insospechable.! ¿A qué podré deber esta amnesia? ¿Y todos aquellos rostros que me eran conocidos, rostros que hubiese sido capaz de dibujar en un momento dado? ¿Y esa huella indeleble que dejan los temperamentos en nuestras almas? ¿Y toda esa malla de comunicaciones que nos unen a las cosas? No quisiera creer y sin embargo, comprendo que se desvanece en mi memoria la imagen del hombre. Trato de aprisionar. le inútilmente. Sé que era un ser parecido a mí, pero no le entiendo ya. Se me. ocurre que la multiplicidad del número es una subdivisión innecesaria y obscura cuando se domina la unidad.

¿Me alejo? ¿Voy hacia algo indeterminado? ¿Me arrastra un vértigo?

Me siento poseído por una influencia sorprendente. No pienso ya con lo experimentado. Mis ideas son nuevas, fugaces, múltiples; nacen en un lugar antes que yo. No hago más que alcanzarlas, llegar hasta ellas. ¡Ah!... Adivino que me acerco a un estado de eminencia colosal. Mi conciencia se dilata, se aboveda, se infinitiza.

No he perdido aún la noción del lugar. Apercibo débilmente el paisaje cerrado, tumultuoso, latiendo en la obscuridad. Luego el estampido de un rayo agujereando el abismo; enseguida la tempestad, suelta como una fuerza, dirigida contra alguien... pero estoy tranquilo. Ni miedo ni inquietud. Es una tranquilidad fascinante que me conduce desde lo real, impulsado por una intuición general que acaba de explotar en mí. Marcho intrépido, alejandome de todo, velozmente.

Apenas si me resta algo de lo antiguo. Me transformo y pienso de otro modo; quiero cosas distintas. No obstante, de entre lo negro que tengo frente a mí, creo ver una imagen que no me es desconocida. Sí; la he visto otra vez. No podría precisar en donde; pero la he visto. Es una mujer inclinada ante una tumba, bajo el pie de una cruz. Habla con fuerza: «¿Me oyes Eusebio; me oyes hijo mío?» ¡Ah! ¡Ah!... Ya recuerdo. ¡Que comunicación tan potente se establece de pronto! Invadido por una fuerte alegría, grito con ansia:

Eh!... Eh! Ven... Ven... ¡es inútil, no oye. La he llamado y no contesta. ¡Cuánta distancia ya! No es posible... se queda... se queda...


Publicado el 24 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
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