Era bueno el monje Wenesth porque no alzó jamás los ojos a ver a una mujer, y fue modelo de humildad y de virtudes; era bueno Sully, porque cuando salió del ministerio tuvo que empeñar sus alhajas para comer; era bueno el Cid, porque combatió con los moros como cristiano y como un caballero; pero no quiero hablar de todos los que han sido buenos en el mundo, porque sería cosa de nunca acabar, y porque con sólo recorrer la historia podremos tener una lista abundante de buenos; sino de esas dos palabras repetidas por todas las bocas de todas las clases de la sociedad, principalmente en épocas de agitación, de reformas, de revoluciones y de paz, de atraso y de adelanto, de progreso y de retrogradación, de justicia y de injusticia; en una palabra, en una época como la presente, que se parece a las pasadas, y que servirá de modelo a las venideras. ¡Qué desgraciados seríamos si no pudiéramos decir era bueno! ¿Qué podría suplirse a estas palabras que ayudan a expresar los deseos de cada uno? El ladrón dice: era bueno que no hubiera luna, porque su claridad nos impide salir a quitar una capa. El caminante dice: era bueno que no saliera el sol para que no me tostara los sesos. El niño dice: era bueno que no hubiera escuela, y que una peste se llevara al otro mundo a todos los maestros. El joven dice: era bueno que todas las muchachas me quisieran; era bueno que los sastres no fueran tan careros ni embusteros; era bueno que muriera un pesado marido que me amaga con su garrote; era bueno que cargara Satanás con una vieja setentona que estorba mis amores con la sentimental Matilde. ¡Oh!, los jóvenes repiten con tanta frecuencia el era bueno, como los americanos la palabra dollars, según dice mistress Trollope. ¿Y los viejos? Los viejos no dejan tampoco de la mano el tema. Gastadas ya sus fuerzas físicas, y despiertas sus ilusiones, dicen: era bueno volver a la edad tranquila de la inocencia; era bueno ser jóvenes para gozar del mundo y de la vida que hemos visto deslizarse como un relámpago; era bueno que estos calambres, esta gota, estas hinchazones de pies nos dejaran un momento libres; era bueno, en fin, que la muerte no viniera, que no hubiera una eternidad, un juicio, porque la muerte espanta, y es terrible en la cuna, en la juventud y en la vejez.
Todos decimos era bueno, según nuestras inclinaciones y nuestra posición. Uno dice: era bueno ahorcar a Juan; otro: era bueno que Juan fuera ministro; uno dice: era bueno un gobierno despótico que nos pusiera el pie en el pescuezo; otro: era bueno un gobierno liberal que nos dejara hacer cuanto se nos diera la gana. El desgraciado dice: era bueno morirse; el feliz: era bueno vivir doscientos años. El que tiene hambre dice: era bueno comer unos pasteles, una buena ensalada, un rico bistec. El que está repleto dice: era bueno que no hubiera yo comido esos indigestos pasteles y ese duro bistec. El tahúr que gana dice: era bueno que todas se hicieran contrajudías, que yo me llevaría el monte. El que pierde: era bueno que no se hiciera ni una contrajudía, porque por apostar a las judías me he arruinado. El cómico dice: era bueno que a todo el mundo gustara el teatro, para que tuviéramos pingües productos. El usurero dice: era bueno que todos tuvieran apuros, con eso llenábamos nuestras tiendas de prendas, y nuestras bolsas de logros. El aspirante dice: era bueno que hubiera otra revolución para pronunciarme y asaltar o un grado o un empleo. La viuda dice: era bueno que encontrara yo otro marido tan prudente y tan bueno como el que murió. La casada: era bueno enviudar, porque mi marido es posma e imprudente. La doncella: era bueno casarme con cualquiera, porque el encierro de mi casa me fastidia; en fin, sería cosa de nunca acabar todo el catálogo de pretensiones y deseos que van acompañados con el era bueno.
También nosotros decimos como todos a cada hora y a cada minuto: era bueno que no hubiera partidos ni división entre los mexicanos; era bueno que la virtud, el talento y el saber recibieran el debido premio; era bueno que los agiotistas se miraran con el horror que merecen; era bueno que los jefes militares dieran instrucción, moralidad y disciplina a los soldados; era bueno que los empleados que ganan el pan a la nación cumplieran con sus deberes; era bueno que los escribanos tuvieran la conciencia menos ancha, y los abogados fueran menos amigos de retardar y embrollar los procesos; era bueno que los caminos se purgaran de bandidos; era bueno que los médicos se disminuyeran para que se aumentara la población; era bueno que la literatura floreciera en nuestro país, y que hubiera elementos para esta clase de educación; era bueno que hubiera más espíritu público para que no nos fascináramos tanto con todo lo que viene de allende los mares; era bueno que se acabara esta maldecida moneda de cobre; y era bueno en fin que terminara este artículo, porque de lo contrario, fastidiará a los lectores, y darán una prueba de buenos, si lo concluyen sin incomodarse.
Yo