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Ten paciencia, Fidel, pues quiero contarte mi historia desde que salí de México hasta que la infinita bondad de Dios me concedió volver a entrar en él.
Ya juzgo que pensarás que cuando me puse en camino derramé una lágrima o exhalé un suspiro a la memoria de mi tierra natal. Pues nada de eso. Por el contrario, cuando me vi sobre un brioso alazán en medio del campo exclamé: «Ahora sí vivo, ahora sí soy libre y feliz, porque ya respiro el ambiente fresco del campo y veo esas chozas miserables, sí, pero felices y tranquilas». Cuando divisé por la última vez las torres y las cúpulas y los miradores, dije: «Adiós, ciudad bulliciosa y turbulenta, donde bulle la ambición, donde figuran tantos ignorantes y malvados, donde las vírgenes se corrompen, las casadas se prostituyen, y muchos maridos tienen sociales condescendencias. Adiós otra vez, ciudad vestida de falso oropel, adornada y engalanada de ropajes extranjeros, linda como una coqueta en tu Alameda y tus calles de San Francisco, y sucia como una mendiga en tus arrabales y garitas. Adiós pues, ciudad veleta e indolente, que te has ataviado con las galas de Moctezuma, y con la misma indiferencia te dejaste vestir por los virreyes, por los imperiales y por los republicanos. Adiós te digo, no con pesar, sino con alegría, porque me voy a respirar el aire balsámico de las provincias y a gozar de una paz que tú jamás me has concedido. Adiós…», y en esto las cúpulas y los árboles de las calzadas desaparecieron de mi vista. Si vieras, Fidel, ¡qué momento de gozo el mío! Acaricié el cuello de mi alazán, me alcé sobre los estribos, y concluí mi oración diciendo: «Soy feliz: ya me voy a la provincia».
6 págs. / 10 minutos.
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Publicado el 19 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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