Semana Santa

Manuel Payno


Cuento


¡Eh, señores, acabó el tiempo de la diversión y la holganza! Los teatros están cerrados, los toros cesan de ser martirizados en la famosa cuanto viejísima plaza del renombrado don Manuel Barrera, y ahora sigue el tiempo de la penitencia y de los refrescos. Las amables vendedoras de chía y orchata del portal de las Flores vuelven a instalarse en él, y se aproxima ya el tiempo santo en que se recuerdan los sublimes misterios de nuestra religión. Las iglesias se llenan de piadosas ancianas a escuchar cada viernes los sermones, y los venerables hermanos de las cofradías, con sus capas con vueltas y cuello de terciopelo encarnado acuden a los ejercicios nocturnos a darse suaves azoteras sin dejar de guardar las pesetas, como Dios manda.

¿Pero cree el piadoso lector que todo es piedad y devoción en esta gran ciudad de los Moctezumas, en tales días?… Al contrario, es una diversión anual religiosa, para la cual se hacen siempre en lo interior de las familias grandes preparativos… Las gentes que todo el año han acostumbrado su caldo con limón a medio día, y su molito de pecho para la cena, encuentran un positivo placer en sustituir a estos días los manjares acostumbrados con la capirotada y la sopa de frijoles, el revoltijo de romeritos, la torta de camarones, y en algunas partes el lujo llega hasta poner lonjas envueltas en huevo de saladísimo pescado róbalo y ensalada de lechuga o coliflor. Sólo los ricos suelen indigestarse con la comida de vigilia; y por sí y ante sí, y protestando que reconocen al papa, se dispensan de la vigilia.

Después de los placeres que resultan de este cambio de manjares, hay otro todavía de un incentivo poderoso, y es el de estrenar el jueves, y vestirse de luto riguroso el viernes santo. Los empleados de a 500 pesos siempre celebran desventajosos contratos con los sastres, con tal de que les acaben el vestido, pues muchos hay que estrenan desde botas hasta sombrero y se retiran a su casa después de visitar las iglesias, con un horrible dolor de pies. Las apuraciones de los maridos que tienen que comprar saya y mantilla para la costilla, y zapatitos, cachuchas, levitas y pantalones para los pimpollos, son extremadas; si son empleados o militares, compran un par de botas para buscar al habilitado, y se calcula que el ministro de Hacienda, que para ese día no decreta un prorrateo, es el animal más feroz y dañino de la especie humana.

Para los enamorados son también estos días demasiado críticos. Primero tienen que presentarse ante la novia con todo el lujo posible, sin que les sea dable ni ahorrar los doce reales de los guantes blancos. Después tienen que comprar la matraquita para presentarla con una graciosa sonrisa a la Dulcinea, y que dar también matraca a los criados, a los niños y aun a las señoras grandes. En estos preparativos, a los que sastres, sombrereros, costureras, modistas y cajoneros de ropa cooperan con grande actividad y afán, llega el miércoles santo. Ya desde por la tarde se preparan para las tinieblas. La Catedral representa un espectáculo imponente. Una grande orquesta toca una música religiosa, cuyas notas graves resuenan en las altas bóvedas del templo, que por muchas luces con que esté alumbrado, siempre en algunas de sus naves se proyectan fantásticas e imponentes sombras. Al fin de cada uno de los cánticos, una mano negra apaga una de las velas del tenebrario, y esta ceremonia hace una profunda impresión en el corazón de los niños, que tienen casi exclusivamente fijada su atención en esta circunstancia.

Los pisaverdes, sin hacer caso ni de la orquesta, ni de las ceremonias, ni de la mano negra, buscan ojos negros o azules y convierten las majestuosas naves del templo de Dios en un paseo, donde se toman la libertad de hablarse en secreto, de sonreírse y de quedarse en pie delante del grupo de mujeres que más les acomoda.

Apagada por la mano negra la última de las velas del tenebrario, concluyen las tinieblas con el sonido de una matraca.

En algunas iglesias apagan absolutamente todas las luces por un momento, durante el cual se oye un terrible estruendo que significa el que hicieron los fariseos cuando fueron a aprehender a Jesucristo. A los muchachos les agrada exclusivamente este modo de hacer las tinieblas.

Amanece el jueves, las peluquerías están llenas; sastres y zapateros recorren las calles entregando todavía prendas de ropa, y los dueños impacientes ponen en movimiento toda la casa para alistarse e ir a los oficios.

A las diez de la mañana las calles de San Francisco están llenas de gente, porque la Catedral, la Profesa y San Francisco son las iglesias de tono. Las esquinas amanecen ocupadas por unos cuartos de petates y con un verde mostrador al frente cubierto de frescas y olorosas flores, y allí entran todos los transeúntes a beber la horchata, el limón, tamarindo, chía, etcétera. El ruido de las matracas es insoportable, y toda esa concurrencia engalanada y más decente que de ordinario, se dirige a las iglesias a visitar los monumentos, y algunas mujeres piadosas rezan las siete casas.

Nada hay comparable a la belleza que se ostenta en algunos templos. Una perspectiva que representa la sala donde Jesús celebró la última cena, y esta sala figurada con aparadores llenos de platos y vasijas de plata. Todo el altar y las gradas del presbiterio llenas de naranjas doradas, de platos con trigo sembrado, de cantarillos de chía, de macetones con las más olorosas flores. El aroma de ellas y del incienso, las melodías de un piano que suelen oírse, los gorjeos de los pájaros y el suave ambiente que despiden los naranjos y flores, aglomeradas con profusión, forman un conjunto difícil de describir, y al visitar durante la mañana esos lugares sagrados, es imposible dejar de sentir las más tranquilas y religiosas oraciones. ¡No hay cosa más bella que la religión católica!

Si de la parte religiosa pasamos a la profana, hay mucho que observar: niños con el color de cacao guayaquil vestidos de raso azul o encarnado: damas que la víspera andaban con su modesto rebozo, se las ve con amplios vestidos de terciopelo: figuras de hombres con sus flamantes fracs llenos de lana y entretela, y con los cuales están tan molestos y embarazados como si tuviesen una armadura de fierro. Y luego la elegante juventud, que no abandona la devoción, se reúne en las puertas de la iglesia y entra y sale en ellas haciendo, respecto de las más guapas y zandungueras devotas, todas las observaciones y comentarios que dicta la modestia, la reserva y la caridad.

Ese furor de religioso paseo, aumenta considerable en la noche en que los templos presentan con las mil luces de cera con que están iluminados el espectáculo más magnífico y sorprendente; pero hay una grave molestia, y es la multitud que se agolpa a la puerta de cada iglesia, y los empellones y las pisadas abundan, si no es que muchos vuelven a su casa con el reloj o la mascada de menos y un dedo de un pie inflamado. Los cafés se adornan también con arcos de flores, y allí es donde tienen los padres de familia y los novios que hacer ostentación de los tostones de que por forzosa necesidad deben llevar provistas las bolsas.

El viernes santo todos los más aparecen de luto, y excepto la asistencia a los oficios, no hay, durante la mañana, otro objeto que llame la atención hasta la tarde en que sale una procesión, y los balcones de las calles por donde transita están coronados de todas las muchachas más bellas que tiene la ciudad, mientras que en las calles se revuelve y hormiguea una multitud de gente del pueblo sonando sus matracas, comiendo pan de alegría, rosquillas y mamón, y bebiendo chía y orchata, de cuyo desarreglo resultan no pocas indigestiones.

A la noche, lo más notable que hay es el pésame en San Francisco. Suele escogerse un elocuente predicador que patéticamente recuerda los dolores que sufrió la Virgen con la muerte de su hijo, y exhorta a los oyentes a que sean un poco mejores y no renueven con sus pecados los dolores de la reina del cielo e intercesora de los hombres; pero a lo que puede juzgarse, pocos de los oyentes, que pueden oír, pues la concurrencia es numerosa, se aprovechan de estas lecciones y acaso piensan en almorzar al día siguiente unas buenas tortillas enchiladas.

En el jueves y viernes santo no andan ni carruajes ni caballos, ni tampoco se suenan las campanas; pero el sábado a las diez de la mañana, hora en que por lo común repican la gloria, salen multitud de hombres a caballo; y las mulas de los viejos simones alentadas con el descanso de dos días y con los cohetes y judas es el único día en que se les ve más animadas y que andan más aprisa. Las pulquerías se engalanan con flores, y al pulque le echan hojas de rosa. Todas las familias que no están invadidas por el beefsteak y el rosbeef almuerzan tortillas enchiladas y beben pulque de gloria; y desde las diez de la mañana hasta las doce es insoportable la barahúnda de cohetes, de carruajes, de caballos, de las mulas pulqueras que entran llenas de flores, de los matraqueros y de las rosquillas y un mamón que han disminuido de precio.

En el discurso del día la plebe y muchos de los artesanos que gastan el sábado de Gloria lo que han adquirido en la semana, permanecen en las pulquerías y tabernas, beben más de lo necesario para celebrar la resurrección de Jesucristo, y resulta que la policía y los jueces de turno tienen un poco de más que hacer.

Poco más o menos así pasa la Semana Santa todos los años. En éste ha variado un poco. El jueves santo llegó un convoy y los dos días han estado lluviosos y nublados; y ni el dinero abunda en los más, ni el humor en algunos. Apenas se ha echado de ver la Semana Santa.


Yo


Publicado el 19 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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