I
Dios se lo pague todo, Hermana... Es V. la persona mejor que hay bajo la capa del cielo... es V. un ángel... es V. la mujer que más quiero en este mundo después de mi madre.
—Bueno, bueno, Juan; dé gracias á Dios porque le ha salvado, y de mí no vuelva á acordarse más en toda su vida como no sea para encomendarme á Dios en sus oraciones de cada día.
—¿Que no vuelva á acordarme yo de V.?... Vamos, Hermana, no diga V. disparates. Para eso es menester que antes me olvide de Dios y deje de pensar en mi madre y se me seque el corazón en el pecho como un pedazo de yesca, 3 de hombre me convierta en un bruto... ¡eso es!... porque¿de quién quiere V. que me acuerde sino me acuerdo de V.? A V. se lo debo todo; la vida, porque yo vine aquí, es decir, yo no vine, me trajeron al hospital casi muerto por efecto de la caída del andamio, y gracias á sus cuidados he recobrado la salud, y me encuentro al presente bueno y sano como si nada hubiese sucedido... y después, lo que vale más que la vida del cuerpo, la vida del alma, porque por V. he vuelto á creer en Dios, y he rezado por vez primera después de muchos años, muchos.. desde chico. Además..
—Sí, sí, cállese ya y acabe con todas esas letanías, ó á última hora va á echarlo todo á perder y vamos á dejar de ser amigos. Ni usted me debe á mí nada, ni hay para que decir lo que está diciendo... ¿entiende?
—Bueno, puesto que V. me lo manda, obedezco y callo. Pero conste que yo tengo derecho para publicar en todas partes y bendecirá todas horas su nombre, y para decir á la prole vieja, á mi madre que tantas lágrimas ha derramado por mí, que á V. le debo mi salvación... Con que, á lo dicho, Hermana; yo soy pobre, muy pobre, y no valgo ni sirvo para nada en este mundo como no sea para ejercitar la paciencia y la caridad de esos ángeles que se llaman sor Martas; pero mis fuerzas, mi sangre, mi vida, todo es de V. No tiene más que desplegar los labios, y me tiro de un tejado abajo si esa es su voluntad.
—A ser bueno y honrado, Juau, y que Dios le bendiga.
—Eso digo yo, que Dios eche sobre V. más bendiciones que pelos tengo en la cabeza, y lorme para V. sola más cielos que tejas tengo yo puestas por mi mano en toda mi vida.
Y esto diciendo, el pobre mozo, en cuyas mejillas había dejado la enfermedad las huellas de una palidez intensa, se enjugó con la punta de un pafiuelo azul, á cuadros, grande como una sábana, la lágrima que asomaba á sus ojos, y más despacio aún de lo que sus fuerzas débiles todavía se lo consintieran, descendió la escalera apoyado en el pasamanos de madera que brillaba de puro limpio, en tanto que sor Marta, ligera como un pájaro, se deslizaba á lo largo del corredor que daba paso á la sala de enfermos, murmurando entre dientes:
—Pobre Juan... ¡qué agradecido es!.. ¡Y qué alma tan grande y tan buena la suya... Dios le bendiga... Dios le bendiga...
II
Las campanas de la ciudad tocaban á rebato. De torre á torre y de campanario á campanario, las lenguas de bronce de cada iglesia, mandábanse en el viento la seüal de alarma, y al pasar por el aire toda aquella lluvia de voces y sonidos diferentes dejaban en pos de sí estremecíinientos de horror y gritos de angustia, congojas y temores alternando con voces de auxilio y llamadas de desesperada ansiedad.
Las gentes conocieron bien pronto lo que las campanas expresaban en su elocuente idioma, y por calles y ventanas sólo se oía la pregunta de
—¿Dónde es el fuego?
—En el Hospital de Santa Cruz, respondían todos corriendo en la dirección del benéfico establecimiento.
¡Horrible espectáculo el que á la vista se ofrecía desde la entrada de la plazoleta en donde el Hospital se levantaba!
El cuadraugular edificio de ladrillo rojo aparecía envuelto en una espesa nube de humo densísimo, que en largas columnas se elevaban al cielo ennegreciendo la atmósfera diáfana y pura de aquella ardorosa tarde de Julio, y por cada uno de sus huecos y ventanas salíau al exterior inmensas llamaradas que, cual monstruosas serpientes de fuego, deslizábanse rápidas á lo largo de muros y paredes hasta romperse en torbellinos de chispas que daban al conjunto el aspecto de una grandiosa función de fuegos de pirotecnia.
Pocas veces se había visto en la ciudad incendio tan voraz y destructor como aquel.
Los bomberos hacían desde el principio desesperados esfuerzos por aislar el fuego, auxiliados por fuerzas de la guarnición y por cuantos llevados de su arrojo y habilidad podían prestar algún servicio en tan terrible trance. Ante todo habíase puesto especial cuidado en salvar á los enfermos, y en poco ralo se había logrado trasladarlos á todos del mejor modo que fué posible á la calle, y luego á distintos establecimientos de caridad. Después se procuró hacer lo mismo con las Hermanas, que sorprendidas bruscamente por el voraz elemento, pero sobrepuestas á su primer espanto, habían puesto toda su solicitud en la salvación de sus queridos enfermos, sin que ni por un momento siquiera pensaran en salvarse á sí mismas ni salir de casa hasta ver salvos á lodos aquéllos.
El edificio comenzaba á cuartearse por todos lados; el tejado se hundía con estrépito, abriendo ancho cráter al volcán de llamas que en el interior ardían, y el desplome completo del Hospital parecía inminente. Vigas que cual grandes hachones de resina se venían abajo ardiendo; tabiques que se desmoronaban como si fueran de arena; muros enteros que cedían y se derrumbaban no de otro modo que si se tratara de los muros de esas casitas de cartón que sirven de juguete á los niños; y por todas partes el fuego, el inmenso torbellino de fuego, la tromba de llamas arrolladora y voraz siguiendo su obra de destrucción, sin que de detener sus estragos fueran capaces ni el agua, ni las piquetas, ni medio alguno.
¡Horrible espectáculo!
—¿Falla alguna Hermana que salvar? ¿preguntó á la superiora el jefe de los bomberos?
—Sí, sí, contestó aquélla con indecible expresión de sobresalto y angustia.
—Falla una, sor María... la pobre sor María...
La noticia cundió con rapidez de relámpago entre la compacta muchedumbre, que, á alguna distancia del Hospital y formando espesa barrera de carne humana, era á duras penas con tenida por la Guardia civil destinada á mantener el orden en medio de lanía confusión y espanto...
De pronto, surgiendo entre el torbellino de llamas como el genio dantesco de aquella escena aterradora y sublime en su misma desolación y grandeza, apareció en el hueco de una de las ventanas del segundo piso un hombre, un muchacho vigoroso y fuerte que entre sus brazos sostenía á sor Marta, pálida como la cera, el vestido en desorden y desmayada. Torrentes de llamas salpicaban de chispas, á modo de encendida espuma, sus pies, y oleadas de fuego pasaban también rozando sus cabezas y amenazando dejarles envueltos y sepultados entre aquellos dos abismos abrasadores.
Las miradas de todos los espectadores detuviéronse como hipnotizados en la aparición aquella, y un estremecimiento de terror ahogó todos los gritos y murmullos, conteniendo hasta la respiración en los labios. Hubo un momento solemne de sepulcral silencio. No se comprendía como aquel muchacho pudiera haber llegado hasta allí, y mucho menos aún como pudiera sostenerse en aquel sitio. Un momento más, y él y sor Marta desaparecerían para siempre en el abismo, aplastados, deshechos por los muros ardiendo.
—¡Una escala 1 gritó un voz.
Y cual rugido inmenso de cien mil pechos exhalado por una sola garganta, ¡Una escala! repitieron millares de voces.
Lo que siguió iué obra de un momento. Aceicóse una gran escala de madera; dos bomberos treparon por ella, y el muchacho de al i iba comenzó á descender poco á poco, pálido el rostro por la emoción, pero sonriente y tranquilo, sin dejar nunca su preciosa carga, en el instante mismo en que toda la techumbre del piso se desplomaba con horrible estruendo.
Abajo, en la agrisada heterogénea muchedumbre, un grito de aclamación y júbilo saludó al desconocido héroe, que de pie, jadeante, el labio convulso, con el cabello chamuscado, la blusa agujereada y casi hecha girones, y las manos llenas de heridas y quemaduras, parecía sonreír al sol, á la muchedumbre, al incendio... al universo entero con sonrisa de santo orgullo y felicidad sin límites...
III
Cuando, gracias al agua fresca mezclada con vinagre con que rociaron sus sienes, soi Marta volvió en sí del desmayo y fijó sus extraviados ojos en su salvador, toda su gratitud y todo su afecto lo expresó en esta sola palabra:
—¡Juan!
Y Juan, correspondiendo con sonrisa de inefable dulzura al cariño de la Hermana, se limitó á decir:
—¡Sor Marta!
Aquellos dos nombres valían por todo un poema.
Y al retirarse á su casa, sin hacer caso de las aclamaciones y aplausos del público, decía Juan á los que le rodeaban:
—No me aplaudan Vds., recontra, porque todavía no he pagado más que la mitad de la deuda que con sor Marta tengo pendiente... yo acabo de salvarle una vida, la del cuerpo, pero ella me salvó á mí dos vidas, la del cuerpo y la del alma.