Radioscopia

Norberto Torcal


Cuento


Gran triunfo, colosal victoria la del estudioso y sabio doctor don Juan Nepomuceno Aguaviva y Ruiz de los Peñascos, nombre que desde aquel fausto y dichosísimo día, de perdurable memoria, debía ir unido al de la más grande y portentosa conquista de cuantas el humano ingenio realizara en la larga sucesión de los siglos; nombre que las generaciones venideras pronunciarían con mezcla de pasmo y reconocimiento, descubriéndose la cabeza y postrándose reverentes ante el soberano genio que con el fiat de su voz creadora había hecho surgir la luz del fondo de las espantosas y densas tinieblas...

¡Atrás todos los cacareados inventores, todos los sabios antiguos y modernos, todos hombres de iniciativa, de inteligencia y genio que en el mundo le habían precedido!

¡Atrás todos los que hasta aquel punto y hora habíanse ufanado de triunfar de la Naturaleza, descifrando sus oscuros enigmas, descubriendo sus grandes secretos, arrancándole sus poderosas fuerzas para ponerlas á servicio y provecho del hombre!

Enanos y pigmeos resultaban, comparados con él, Newton y Keplero, reveladores de la gran mecánica celeste, Fulton y Papin, dominadores de la fuerza expansiva de los gases y vapores; Franklin y Daguerre, árbitros de la luz y de las tempestades; Volta y Galvany, soberanos del invisible fluido eléctrico; Edison y Boetgen con sus celebradas conquistas y descubrimientos, aprisionando el primero la palabra en un sutil alambre, y penetrando el segundo con sus famosos rayos en las interioridades de los cuerpos oscuros y opacos.

El doctor Aguaviva dejábalos á todos en mantillas.

Si Roetgen penetraba en los cuerpos, él penetraba en las almas. Si los rayos X iluminaban las tenebrosidades de la materia, los suyos, innominados todavía, alumbraban y hacían visibles las recónditas intimidades del espíritu, las ideas, los sentimientos, lo que en los profundos senos de la humana conciencia se fragua y esconde, lo que no se ve, lo que nadie percibe, lo que sólo á los ojos de Dios está claro, presente y luminoso.

Veinte años de incesante labor, de penosas vigilias, ensayos, esfuerzos y trabajo habíale costado tan prodigioso y nunca bien ponderado invento. ¡Veinte años de lucha, de agitación, de fiebre cerebral, de pasarse las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio, como aquel famoso hidalgo manchego que inmortalizó Cervantes, viviendo encerrado en su laboratorio como el gusano de seda en su capullo, andando y desandando el camino; mil veces creyéndose ya en posesión del anhelado secreto y otras tantas viéndose frustrado en sus ilusiones, combinando ácidos y sales, limando una aspereza aquí, corrigiendo un error allá, luchando unas veces con la excesiva velocidad y otras con la desesperante inercia; haciendo infinitas combinaciones y mezclas, entregándose á la desesperación y sintiéndose poco después nuevamente alentado por la esperanza. ¡Qué veinte años aquéllos!

Pero ahora todo lo daba por bien empleado. La satisfacción y alegría del éxito compensábanle con creces de todas las fatigas, tristezas y sacrificios pasados hasta llegar á ver perfeccionado aquel monísimo aparato, un verdadero juguete, que sobre la mesa de estudio de su despacho lucía la sorprendente complicación de sus mil ruedecillas habilísimamente dispuestas y engranadas.

Aquello era realmente la última palabra de la ciencia, la verdadera columna de Hércules, sobre la que con razón y toda propiedad podía grabarse el non plus ultra del humano progreso. Hasta allí se había llegado: de allí no pasaría nadie.

Bajo la suave presión de los dedos del mago Aguaviva, aquellas mil ruedecillas, brillantes, microscópicas, casi imperceptibles poníanse en rítmico y acompasado movimiento, de su fondo misterioso brotaba como un hilillo de luz, y el pensamiento de la persona que delante de la linda cajita se colocaba, aparecía claro, gráficamente dibujado, exteriorizado, hecho visible en la blanca lámina del maravilloso aparato. ¡Qué hermosura! Pero á la vez, ¡qué miedo!...

Aquellas rayitas tenues, ondulantes, ligeras, que en la lámina se dibujaban, blancas cuando los pensamientos eran inocentes y puros, rojizas si correspondían á ideas de venganza ó de cólera, sonrosadas cuando decían amor, negras si manifestaban egoísmo, y así sucesivamente variando de color y de matiz, según los diferentes afectos, impulsos é ideas que reproducían, eran verdaderamente para inspirar más miedo que regocijo, desconfianza que simpatía, repulsión que cariño.

La primera persona á quien el doctor Aguaviva sometió á análisis y examen fué su vieja doméstica, la cual, sin consideraciones, miramientos ni respetos á la encumbrada personalidad, sabiduría y grandeza del hombre, cuya gloria, andando los tiempos, llegaría tal vez á reflejar un poco de su luz inmortal sobre la zafia y vulgarísima sisona encargada de su despensa y de su cocina, más cuidaba de su propio medro que de la conservación, comodidad y regalo de su amo.

El sabio doctor sorprendió en las rayitas proyectadas por su nuevo aparato toda la ruindad, sordidez y bajeza de aquella alma servil, cuyo bolsillo engordaba diariamente en la misma proporción con que sus carnes enflaquecían.

El descubrimiento no causó, á decir verdad, sorpresa en el ánimo del sabio inventor, quien se limitó á sonreírse un poco á la vista de los bajos, interesados y mezquinos pensamientos de la doméstica. De seres ineducados é ignorantes, ¿qué otra cosa podía esperarse sino ambición, egoísmo y ruines propósitos?

En el mundo, afortunadamente, no todo son zafias y sisonas Bernabeas, que así se llamaba la vieja—pensó el doctor, por cuya mente cruzaron en aquel momento los nombres de sus amigos, de sus admiradores, de sus devotos, de todas aquellas almas de élite que con su aplauso, sus delicadezas y bondades habíanle sostenido en sus largos y penosos días de lucha.

Entre todos aquellos nombres, nombres sonoros, prestigiosos, mil veces repetidos todos los días en las columnas de los periódicos y por los labios de las gentes, uno acabó por absorber la atención y como sumir en dulce éxtasis el espíritu del doctor donjuán Nepomuceno: ¡Felicitas.

Felicitas era su Beatriz, la mujer ideal hecha carne y hueso, realidad y vida, cuyas miradas y sonrisas iban trazando entre los negros círculos de la vulgar y miserable existencia, el camino de luz que á las más encambradas esferas de la gloria conduce.

¡Allí, en las serenas y luminosas regiones de aquella alma virginal, enamorada y risueña, sí que sus ojos podrían recrearse sorprendiendo aquí y allá todas las bellísimas irisaciones, matices y esplendores del pensamiento noble, de la simpatía desinteresada y ardiente, del afecto generoso y sincero!

Por que es de advertir que, por rara y singular excepción, amor y ciencia, ó si queréis mejor, ciencia y amor no eran en modo alguno incompatibles, en el espíritu del famoso Aguaviva.

Lo mismo que en medio de la inmensidad de los brumosos mares surge á veces una islita solitaria, cubierta de flores y de verdor, á donde acuden á refugiarse las graciosas aves, así en el espíritu del célebre doctor las inmensas aguas de la ciencia, que como un océano cubrían las profundidades de su ser, dejaban descubierta la islita del corazón, en la que florecían todas las bellas ilusiones y había venido á colgar su nido aquella blanca y sonriente mujer que con el tiempo debía ser su esposa, la madre de sus hijos.

Y comenzó el desfile de los amigos más íntimos, de los admiradores más entusiastas, por el despacho de Aguaviva, el cual, dicho sea de paso, se guardó muy bien de manifestar á nadie la verdadera finalidad y objeto de su aparato, dando de él una explicación que distaba mucho de ser la verdadera.

Y los admiradores y amigos, ajenos completamente á toda sospecha y muy tranquilos fueron dejando en la blanca lámina grabados sus pensamientos más ocultos, pensamientos ruines, pensamientos de intrigas, maquinaciones y envidias contra aquel á quien tanto fingían admirar y querer.

¡Pobre Aguaviva! En un momento de desolación y desmayo, casi, casi, le pesó de su invento.

Quedábale, sin embargo, un supremo y hermoso desquite: el desquite de su Beatriz, de Felicitas, cuya grandeza y hermosura moral bastarían á borrar en él todas las otras impresiones dolorosas y amargas.

El corazón del sabio latió atropelladamente y como caballo de carrera se agitó en su pecho cuando Felicitas se sentó delante del monísimo aparato que no se causaba de tocar con sus manos y acariciar con sus miradas, ponderando la sorprendente habilidad del constructor con las más halagadoras expresiones de su ingenua y amenísima charla.

Las ruedecillas se pusieron en movimiento, brotó el hilillo de luz vivísima y penetrante, y las rayitas negras, ondulantes y caprichosas escribieron en la blanca lámina... ¡un nuevo y terrible desengaño para el pobre doctor!

Egoísmo, frivolidad, coquetería... ¡era lo que en los recónditos pliegues del pensamiento guardaba y escondía la hermosa Beatriz de sus ensueños y cariños!

—¿Qué te pasa?—preguntó Felicitas, observando la intensa palidez que súbitamente cubrió el rostro de Aguaviva.

—Nada, no es nada—respondió éste, parando al punto la maravillosa máquina. Sin duda se ha escapado del aparato alguna onda eléctrica, y me ha producido un ligero estremecimiento nervioso. Ya pasó... no es nada.

Desde entonces, Felicitas observó en el doctor una reserva y cierto malhumor á que no estaba acostumbrada. Muchas veces le rogó volviera á mostrarle el lindo aparatito, mas fueron inútiles sus ruegos. La negativa de Juan Nepomuceno era siempre categórica y terminante.

—Me ha defraudado, decía; los resultados son completamente contrarios á los que yo esperaba. Creí trabajar por mi felicidad al mismo tiempo que por la gloria de mi nombre, y sólo he conseguido matar mis ilusiones y hacerme desgraciado.

—Si así es—replicaba Felicitas—rompe ese aparato. Los más prodigiosos inventos no valen lo que vale una ilusión, lo que vale la alegría de la vida... Eómpelo... rómpelo...

Agua vi va clavó en los ojos de su Beatriz una larga mirada de ansiedad y de ternura, y quedóse meditando en silencio. Felicitas decía la verdad. Locura es la ciencia, si la ciencia no sirve para hacernos más dichosos, confiados y alegres.

Juan Nepomuceno no vaciló ya: tomó en sus manos la prodigiosa cajita, abrió la ventana que miraba al mar, y con toda su fuerza la arrojó lejos, muy lejos, al fondo del Océano para que fuera juguete de las olas.

Luego volvió á cerrar la ventana, y fue ó sentarse al lado de Felicitas que tenía abierto sobre las rodillas un libro titulado: Amor y dicha son ciegos.


Publicado el 31 de octubre de 2021 por Edu Robsy.
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