Descargar ePub «Cena de Ánimas», de Ramón María Tenreiro

Cuento


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12 págs. / 21 minutos / 106 KB.
31 de octubre de 2023.


Fragmento de Cena de Ánimas

El narrador hizo una larga pausa, que, aunque lleno de curiosidad, no me atreví a quebrantar con mis preguntas. Después siguió diciendo:

—Tenía yo diez años cuando perdí a mi pobre madre. Mi abuelo, por miedo a que me echara a perder con la limitada vida de pueblo pequeño, mandóme en seguida a un colegio de jesuítas y, acabado el bachillerato, a Deusto, a seguir la carrera de abogado. Ni por soñación se me ocurría ocuparme en cosas del gobierno de la casa en los dos meses largos que pasaba en Brigos cada verano. Todo era andar de romería en romería con otros muchachos. Pero la muerte de mi abuelo y el término de mi carrera ocurrieron casi al mismo tiempo. El consejo de familia habilitóme de mayor edad. —Tengo que ver cómo andan mis bienes —me dije.— Y, metido en el despacho de mi abuelo, satisfecho de emplear mi flamante sabiduría jurídica, examiné títulos de propiedad y contratos de arriendo, revisé los libros de la administración de mis rentas y, encantado con el juego de echármelas de propietario, compré una jaquita para ir a conocer mis fincas y hablar con mis caseros. —¿Cómo estará la casa de Graña? —ocurríóseme un día al ver en los libros que eran pasados muchos años sin que el administrador rindiera cuentas. Y sin pensarlo más, cerca ya de las cuatro de la tarde, mandé ensillar mi jaca y emprendí el costanero camino de Graña, siguiendo el Ambroy. Espoleábame, no tanto el burgués afán de ver mis bienes, como no sé qué punzante curiosidad por penetrar en la pecaminosa existencia de mis antepasados, buscando con complacencia el rastro de sus culpas en la guarida que los había cobijado. Además, ponía cierta satisfacción pueril en visitar aquellos lugares reputados de infames por mi madre y mi abuelo. Sentía el miedo y orgullo de la primer desobediencia; cabalgaba azotado por áspera ansiedad, como si fuera a cometer el primer pecado de mi carne. Poníase el sol cuando descubrí el fosco caserón de Graña, enrojecido por la luz de Poniente al otro lado del Ambroy. Asomóme al pretil del puente y contemplé un momento las vertiginosas espumas teñidas una noche por la sangre de mi abuelo. Allí... sobre aquella pulida roca de la orilla, habría estado horas enteras su cadáver, trágico y ridículo como un muñeco de trapos... Recé un Padrenuestro. Luego seguí adelante por una abandonada alameda, cuyas hojas secas crujían tristemente bajo los cascos de mi cabalgadura. Algo inhóspito, medroso y repulsivo flotaba en el ambiente; tanto, que tuve que hacer un verdadero esfuerzo para recorrer hasta el final la alameda y penetrar bajo el arco de sillería que daba ingreso al patio de la casa. Si me dejo llevar de mis sentimientos, vuelvo grupas sin acercarme a la puerta. En el patio, un hombretón gigantesco, en mangas de camisa, partía leña a hachazos. Lo recordé al momento. Volvióse bruscamente hacia mí al oír las pisadas del caballo sobre las losas del patio. —¿Qué se le ofrece? —preguntó clavándome una mirada tan penetrante e intranquilizadora como el filo de su hacha. —¿No me conoce? Soy el señorito Joaquín —le dije un poco cortado.— Y entonces él, esforzándose por sonreír, lo que daba a su rostro la más horrible expresión, se deshizo en falsas cortesías: —¡Ay, señorito! Gracias a Dios que se decide a venir a conocer lo suyo... Era como si nos tuvieran miedo... Estábamos aquí como si fuéramos gafos... Lo encontrará todo abandonadísimo. Porque yo, claro está, no era quién para disponer obras... A su abuelo, que en gloria esté, le mandaba recado tras recado... Que los tejados... que las ventanas... Como si nada. Ni sé cómo no se ha venido todo abajo.— Entramos en la cocina, en cuyo llar chisporroteaba alegremente un montón de leña, llenando de claros resplandores el negro recinto. —Aquí tenéis al señorito Joaquín —gritó mi acompañante al entrar.— Una moza, que estaba en cuclillas delante de la lumbre, alzóse prestamente, toda aturdida y amapolada, no sé si de la sorpresa o de la llama. Balbucía con blando acento: —¡Ay, el señorito Joaquín!... ¡Ay, el señorito Joaquín!...— Y trataba de cubrir sus morenos brazos gordezuelos con las arremangadas mangas. No sé si por el contraste de su tentadora frescura juvenil con la lúgubre tosquedad de la casa, quedáronseme presos los ojos en su carnosa figurilla, y apenas vi a la madre, semibaldada, que, para saludarme, luchaba por levantarse del asiento en que estaba derrumbada, toda envuelta en harapos, ni oí los hipócritas discursos con que mi administrador trataba de curarse en salud de las resultas de mi inesperada visita. Yo sólo pensaba:


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