Cómo Quisiera Morir

Silverio Lanza


Cuento


No os asustéis de que elija un asunto tan triste para escribir este articulo.

¡Hablar de morir un joven cuya cédula personal es una patente de dicha!

Y, sin embargo, la muerte es mí capricho constante, quizás porque es el único que espero conseguir.

Después de haber vivido sufriendo el hambre que no mata y que se llama estrechez; estudiando incesantemente para convencerme á la postre de que no sé nada; sin lograr nunca un miserable sueldo con que alegrar el cuerpo, ni una insignificante distinción con que halagar al espíritu, ¿qué esperanza me queda? solamente la muerte.

Dios es bueno y es justo. ¡Bendito seas, oh Dios!

Si los hombres me hubieran dejado sentar á la mesa del placer, quizás en aquel hermoso festín te hubiera olvidado, Dios omnipotente; pero si ves que en mi desgracia no te he negado nunca, ¿podrás dudar ¡oh Dios! de que yo te ame?

Teniendo fe en Dios, y no teniendo esperanza en los hombres, la muerte es un dulce consuelo.

Pero nadie se muere hasta que Dios quiere, y yo, después de haberme envenenado y haber sufrido enfermedades y agresiones aún no me he muerto. Confieso que tampoco me hubiera hecho gracia.

Es lógico; ya que en vida no he pasado de ser un sér vulgar, quisiera lograr una muerte característica.

Una vez la soñé, pero la soñé despierto, que es como sueño yo.

Oigan Vds. el sueño.

Son las nueve de la noche de un miércoles de Ceniza. Estoy en la Puerta del Sol; siento un golpecito en el brazo derecho y me encuentro...

—¡Hola, Manolita!

—¡Ay Silverio, muy preocupado vas!

—Ya sólo me quedan preocupaciones. El dinero se me acabó in initium.

—Sacristán. Siempre estás hablando en latín.

—Es la lengua favorita de los sabios que no saben castellano.

—Vamos, déjate de bromas y convídame.

—Querida Manolita. Dos puntos. Supla mi buen deseo á la falta de moneda.

—Convídame, que yo pago.

—¡Dulcísima prueba de cariño! ¡Con qué generosidad me has dirigido un insulto!

—¡Yo!

—Ea, Norma, arrójate en el fuego y deja de darme conversación.

—Mira, Silverio, contéstame á una pregunta.

—A una, sí.

—Pues, oye. Nos conocemos desde el pasado domingo, ¿te acuerdas?

—Perfectamente.

—Llegué al baile de la Zarzuela con tres compañeras, Yo no te conocía, pero me acerqué á ti y te pedí cuatro pesetas para pagar el guardarropa, ¿es verdad?

—Exacto.

—Y tú me las distes y te quedastes tan tranquilo. ¿Recuerdas la que se armó? Hubo bofetadas, navajazos, tiros; hasta hubo agentes de Orden público. ¿Te pasó á tí algo?

—No; a mí nada.

—Mis tres compañeras se marcharon, una con un diplomático, otra con un juez y la tercera con uno disfrazado de fraile.

Nosotros nos fuimos juntos, y juntos hemos estado basta ayer noche, que me distes esquinazo para ir á ver un fuego. ¿Eres bombero?

—¿Es esa tu pregunta?

—No. Yo pensaba lograr tu cariño, pero veo que es imposible. ¿Te parezco hermosa?

—Eres vulgar.

—No me irrito por tu respuesta. Eres franco. Pero ¿tú crees en algo?

—Sí; creo en Dios.

—¿No dudas de nada?

—No. Yo lo niego todo.

—¿Y qué afirmas?

—La idea de Dios.

—¿Nada más?

—Todo lo humano es mentira.

—¿No te ha chocado que adonde yo voy se produce el mal?

—No me ha chocado hasta ahora. ¿Quién eres?

—¿Te asustas?

—¿Yo? á nada tengo miedo.

—¿Ni á la muerte?

—Es lo que más amo y deseo.

—¿Quieres conocer la muerte?

—¿La enseñas tú?

—A tí te la enseñaré.

—¿Cuándo?

—Antes de una hora.

—¿Y cómo?

—Dame un beso.

—¡En plena Puerta del Sol!

—No importa.

—Ya sabes que es mi primer beso.

—Por eso lo deseo tanto.

—Ten.

Y besé su boca.

—¡Maldición! ¡Qué amargor más horrible!

—¿No he de ser amarga, si soy la Duda?

—¡Eres el mal de mi siglo!

—Ven, ven; mis compañeras me esperan. Son el mundo, el demonio y la carne. Ven, Hartas conquistas hemos hecho. Hoy tenemos baile en el otro mundo.

Y cogiéndome de la mano me llevó por todo Madrid á nuestro paso recogíamos máscaras tapadas cuidadosamente, que mi compañera hacía salir de lupanares, casos de préstamos, palacios, cuarteles, restaurants, sacristías y hasta del Ateneo.

Eramos doce los que nos precipitamos desde el viaducto á la calle de Segovia, y, como es natural, fuimos á parar al otro mundo.

¿Recordáis aquel castillo con siete torres de que habla el Dante al describir el Limbo? Pues allí tenía lugar el baile.

Los que veníamos de la tierra nos hallamos en una lujosísima antesala. Mis compañeras se despojaron de sus mantos.

Estaba en buena compañía. La Duda y sus tres compañeras de baile, y además, la Lujuria, la Avaricia, la Soberbia, la Ira, la Gula, la Pereza y la Envidia.

Todas eran hermosas; todas me mimaron con sus caricias; ninguna me conocía; solamente la Envidia, oculta en un rincón, no dijo nada.

—¿Por qué no te acercas?—le preguntó la Duda.

—Porque le conozco mucho.

—Estúpida—interrumpí—; de haber hecho amistad con alguna de vosotras hubiera sido soberbio, pero no envidioso.

—Te conozco, porque yo iba siempre con tus amigos.

—Eso es posible.

Por fin llegó la hora del baile. Cuánta magnificencia encerraba el salón no puede describirse sino cobrando el manuscrito por entregas. Seré breve.

Allí estaba todo lo del otro mundo. Allí estaba Dios, Dios en forma corpórea, perceptible para mis sentidos. Hay un hombre, escritor insigne, exministro y presidente de dos sociedades literarias, que refleja en su rostro tanta entereza y tanta bondad que tiene para mi la cara de Dios. No creáis que esto es una adulación embozada. ¿Por ventura seríais vosotros capaces de adular? Con el hombre á que me refiero no he cruzado nunca mi palabra; con el Dios de aquel baile sí hablé. Le pregunté qué era necesario para ser justo.

Y me contestó.

—Ser siempre juez y reo.

—Pero eso produciría siempre la clemencia.

—¿Pues acaso crees que hay otro castigo que el perdón?

—¿Y el que no perdona?

—Comete un delito.

—Y ese delito ¿cómo se castiga?

—Perdonándolo.

—Señor; conmigo han venido todos los vicios de la tierra y son seres muy hermosos. ¿Queréis enseñarme las virtudes?

—Hijo mío, ahora no puede ser. Las virtudes no van nunca al baile.

—Y vos, señor, ¿por qué estáis aquí?

—Porque mientras yo vigilo los vicios, descansan los hombres virtuosos.

—¡Luego la virtud existe en la tierra!

—¿No la has encontrado?

—Creo que no.

—Recuerda bien.

—¡Ah, si! ¡Mi madre!

—Ya lo ves.

—¿Y si fuese expósito?

—Entonces no negarías la existencia de la caridad.

—La caridad... Es cierto... La he oído nombrar... Señor, cuando yo muera, ¿gozaré la gloria eterna?

—Eso te lo dirá la muerte.

—¡La muerte!... Sí, sí. Yo he venido á eso... Yo quiero ver la muerte. ¿Dónde está?

—En el jardín. Allí la hallarás sola.

—Allá voy.

Pero no pude ir. Todos los pecados y todos los vicios me rodearon.

—Ven, ven. Baila con nosotros.

—Dejadme. Me dáis asco.

—¡Ah! Ya le conozco —dijo una vieja vestida de beata—. Debe ser de los míos. ¡Hipócrita!

—¡Hipócrita! ¡Hipócrita!

—Callad, canalla. Dejadme llegar al lado de la muerte.

—No, no á bailar.

—Oid. Cuando haya muerto, disputaos mi alma.

—Pero no morirás.

—Sí busco la muerte.

—Quizás no la encuentres.

—¿Dónde está?

—En un rincón del jardín, sola y silenciosa.

—Pues bien; dejadme libre, y antes de una hora id á buscarme. Si no muero seré vuestro amigo.

—¿Lo serás?

—Lo seré, porque vosotras alegráis la vida.

—Vete en paz.

Y por una ventana me arrojé al jardín. Llegué al suelo perfectamente. Llamaba á la muerte, pero la muerte no contestaba. Vi á lo lejos la luna reflejada en la tierra, llegué y encontré un extenso estanque de aguas bituminosas, El más absoluto silencio. Ni una nube en el cielo, ni un pájaro en el aire, ni una planta en la tierra. El mar Muerto pudiera imitar aquel estanque.

—¡Muerte! —grité—, ¿dónde estás?

Sentí helarse mi cuerpo súbitamente; la muerte estaba á mi lado.

Pedidle á Fidias el arte del contorno y robad á la naturaleza sus colores, y no haréis una figura tan bella como la de la Muerte. Eva, que fué hechura de Dios, no pudo ser tan hermosa.

—¡Ah, muerte! congelas mi sangre.

—¿Qué quieres?

—Logré amarte y después quise verte, y ahora quiero que me ames como yo te amo.

—Nadie me ama.

—Porque nadie te comprende. Eres como yo te había soñado. Vives con la soledad, que es también mi dulce compañera. Ahora te contemplo á la pálida luz de esa triste luna, y muchas veces, fijos mis ojos en ese astro, te he pedido que vinieras á buscarme. ¿Por qué no viniste?

—Creí que mentías.

—¡Mentir yo! ¡Mentir quien no ama la villa!

—¿Estás loco?

—¿Loco porque te amo? ¡Oh, Muerte! ¿tú no has amado nunca?

—Todos me huyen. Yo sólo tengo lo que me abandona la vida.

—¡Ah! para tí es el cadáver. Pues bien; héme aquí en el apogeo de mí existencia. Todavía la vida quiere burlarse de mí. Deja que te estrechen mis brazos. Ámame con todo tu sér, porque yo soy tu primer amor. Ámame como yo te amo. Deja que por primera vez bese unos labios donde otros labios no besaron.

—Si á mi cuerpo tocas ya no volverás ¿separarte.

Y con un movimiento súbito rodeé con mis brazos á aquel talle perfectísimo, oprimí con mi pecho aquel seno de nácar, y juntando mi boca á la de la Muerte cambiaron nuestros corazones un beso de inmenso amor.

Sentí que los vicios venían corriendo, pero llegaron tarde; mi cuerpo estaba en el fondo del estanque; mi alma la tenía Dios.


Aquí yace Silverio Lanza.
Murió de un beso.
R. I. P.


Publicado el 5 de enero de 2022 por Edu Robsy.
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