Orígenes y Fuentes de Conocimiento

Silverio Lanza


Cuento


En el Retiro, y en una mañana de verano, se disponía á suicidarse míster Rake. Pero el inglés propone y el español dispone, y Pedro Yélamos dispuso que míster Rake no se suicidase.

—Usted perdonará, pero llevo un rato contemplándole, y se me figura que proyecta usted un desatino.

—¿Es usted agente de policía?

—No, señor; soy tipógrafo.

—Entonces, ¿qué le importa á usted?

—Pero, ¿es que sólo tienen corazón los polizontes?

—Esta no es cuestión de corazón.

—Me parece.

—Es cuestión de orden público.

—Y de caridad, porque yo no debo consentir que usted se mate.

—Pero, ¿á usted qué le importa?

—No lo sé con exactitud, pero no lo consiento.

—Ustedes no tienen libertad.

—En eso estamos conformes.

—Yo tengo derecho á matarme.

—No lo sé.

—Y usted no tiene derecho á interrumpirme.

—Tampoco lo sé.

—Pues, entonces...

—Interrumpo porque quiero; no conozco la ley, aunque la he compuesto, pero si no tengo derecho me lo tomo.

—Es una arbitrariedad.

—¿Lleva usted mucho tiempo en España?

—Tres meses.

—Se le conoce á usted, porque le extraña muchas cosas.

—Este pais me ha perdido.

—No lo crea usted; aquí las cosas cambian de dueño, pero nunca se pierden.

—Yo era rico.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Porque los pretéritos siempre son enojosos á los presentes.

—Y era feliz.

—Otro pretérito.

—Creía en el amor.

—Eso nos ha pasado á todos.

—Me parece que usted me interrumpe con frecuencia.

—Perdone usted; pero antes iba usted á interrumpirse más bruscamente.

—Y lo haré.

—O no, porque, según veo, no tiene usted motivos para matarse. Usted ha tenido dinero y ha creído en el amor, y, por consiguiente, ha sido usted lo más felizmente tonto que es posible serlo en la tierra. Ahora le toca á usted ser sabiamente desgraciado, y no deje de serlo, porque todas las situaciones tienen sus encantos.

—¿Usted es feliz?

—Me falta muy poco.

—¿Qué le falta?

—Seis reales para comer hoy.

—¿Usted pide limosna?

—La limosna no es lo que piden los pobres; la limosna es lo que dan los ricos.

—No entiendo.

—Pues no se suicide usted hasta que entienda estas cosas.

—No, si ya no me suicido. He visto que es posible ser feliz con seis reales, y los tengo.

—¿Tiene usted doce?

—Sí, señor.

—Pues seremos felices los dos.

—Por hoy solamente.

—Ea, si tuviésemos un capital que nos asegurase tres pesetas diarias...

—Yo lo tengo para asegurar dos duros.

—¿Y se llamaba usted pobre?

—He sido muy rico.

—¿Y creía usted en el amor teniendo tanto dinero?

—¿Por qué no?

—Porque en eso solamente puede creer el que no tiene qué dar.

—Usted es pesimista.

—No diga usted tonterías; yo soy un optimista de á seis reales.

—¿Usted cree posible una felicidad tan barata?.

—Sí, señor; la felicidad es como la ropa; la hay de muchos precios, y siempre es agradable cuando está hecha á la medida.

—Yo tuve la mía.

—Aquello no era felicidad, era un colchón puesto sobre el estómago; abrigaba desigualmente y pesaba mucho. Cuando se lo ha quitado usted de encima...

—Yo, no, señor; ella es quien se ha marchado con un chulo.

—¿Era inglesa?

—Española; la conocí en Burdeos.

—¡Valiente sinvergüenza!

—Ofende usted á una dama y á una compatriota.

—Está usted equivocado; ni las damas se van con los chulos, ni mi patria se entrega á los ingleses.

—¿Cómo se llama usted?

—Pedro Yélamos.

—Pues, bien, señor Yélamos, guarde usted este revólver, porque ya no me suicido.

—Si á usted le parece bien, lo empeñaremos.

—Guárdelo usted como recuerdo mío.

—Es igual, guardaré la papeleta.


Pedro Yélamos era un tipógrafo de cuerpo entero, pero no le convenía trabajar á jornal, ni haciendo remiendos, ni como corrector, ni como regente. Prefería ser cajista, pasar una década levantando letra con rapidez vertiginosa, y pasar después dos semanas filosofando á gusto.

Durante un año marchó la sociedad perfectamente. Con los restos de la fortuna del inglés se aseguraron ambos socios una renta de seis pesetas por individuo.

Yélamos filosofaba. Su consocio recordaba con indiferencia su esplendidez en los pasados tiempos, sus conquistas, sus carruajes y sus orgías. Pedro aseguraba que su filosofía era la gran panacea, porque era producto de la observación, y míster Rake aseguraba que la observación no es el único origen de conocimientos.

—Me encuentro bien, pero dudo si algún día intentaré suicidarme.

—¡Ah, mister!... jure usted que lo hará con su antiguo revólver.

—Lo juro.

—Pues entonces viva usted tranquilo, porque la papeleta no saldrá de mi poder.


Un día, los dos socios vieron en un bonito coche á la señorita Eloisa, la antigua amada de míster Rake. Esta joven volvía de Gibraltar con otro inglés, porque, en saliendo de España, se encuentran ingleses en el Norte y en el Mediodía.

Eloisa no conoció á su examante, ó fingió no conocerle. Yélamos se quedó admirado, y convino en que por una mujer así se deben perder todas las islas británicas. El inglés continuó impasible; quizá le halagase la idea de que Inglaterra no había perdido nada de sus dominios.

Pero desde entonces la sociedad Yélamos y compañía fué cambiando, porque Pedro se aficionó poco á poco á subir á los círculos de recreo en busca de nueves, y como éstos acudiesen con alguna frecuencia al llamamiento de Pedro, decidióse éste á cometer el acto patriótico de engañar á un inglés de Gibraltar ya que no le era posible apoderarse de aquella plaza fuerte. Pero convino al mismo tiempo en que no era decoroso burlar á míster Rake, y se separó de éste.

Empeñóse el inglés en que Yélamos debía llevarse la parte del capital social que le correspondía, pero cogió al español en día de nueves, y Pedro se negó terminantemente á aceptar ninguna cantidad.

—Siquiera como recuerdo mío.

—Ya tengo el revólver, cuya papeleta conservo.

—Dios le haga á usted feliz.


Todo lo dicho me lo contó mister Rake, y añadió:

—Ya ve usted como el pobre Pedro estaba equivocado; la observación no es el único origen de conocimientos.

—¿Por qué?

—Pues acabó por desempeñar el revólver y pegarse un tiro. Yo continúo tan tranquilo como siempre.

—Ya lo veo.

—Porque los orígenes y fuentes de conocimientos son la observación y la experiencia.


Publicado el 28 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.
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