San Martín

Silverio Lanza


Cuento


Archilla es un delicioso pueblecito de la provincia de Guadalajara. Es como un blanco cordero abandonado. Visto desde las cumbres de los montes parece cuatro blancos trapitos acabados de lavar en el río y puestos á secar sobre una loma. Por esto conoceréis el pueblo que describo. Figuráos un hermoso valle atravesado por el río Tajuña. A la derecha de la corriente, y en la falda del monte, una colina, á la que dan verde color muchos y frondosísimos nogales. A las aguas del río van á unirse las de tres fuentes distintas. Siguiendo cauce arriba se encuentran Romancos y luego Brihuega. Cauce abajo se halla Tomellosa y después Valfermoso. Archilla tiene ochenta casas, medía docena de calles, una diminuta plaza cuadrada, casa ayuntamiento, escuela, iglesia, dos ermitas, cementerio, carnicería, posada, un molino de grano y otro de aceite. Archilla constituye uno de mis grandes descubrimientos. Si algún poeta va allí le suplico que me dedique un recuerdo. Por lo demás, no os imaginéis serenatas, mozos gallardos que canten trovas, ni hermosas con ojos


azules como el cielo despejado,


y trenzas rubias como


las mazorcas en el granero.


Yo prescindí de todas estas cosas durante mi estancia en aquel pueblo. Nada tengo que decir respecto á los habitantes de Archilla, y esto probará su parecido con los demás habitantes del globo.

Pero si no hay nada de lo dicho, hay, en cambio, sombrías alamedas, una vega hermosísima, huertas llenas de árboles frutales, buena carne, buen vino, agua buena y buena leche. No son estas solas sus bondades. Yo hallé el mayor encanto en el carácter triste de aquella aldea, pero no la tristeza fúnebre del instante que obedece á una causa; nada de esto, sino la tristeza por temperamento. Allí no se llora, pero no se ríe. Figuráos gentes de este modo, viviendo bajo un cielo bellísimo y sobre una tierra más bella aún, y comprenderéis en seguida cuán encantadora debió serme mi residencia en Archilla. Dibujé todas las casas del pueblo, los nogales viejos y los frutales jóvenes; escribí un drama en tres actos, un libreto de zarzuela seria y muchos cuentos dramáticos, en los que figuraban como héroes y heroínas los vecinos del pueblo disfrazados de frailes, príncipes, mendigos ó bandoleros, según los antojos de mi imaginación. Pero esto llegó á aburrirme y decidí marchar á Brihuega; sin embargo, retrasé algunos días mi viaje para poder cumplir un deber de conciencia. Esto merece punto y aparte.

Una tarde, volviendo de mí paseo, me detuve en la bodega del tío Manazas; allí estaban reunidos con el dueño los principales personajes de Archilla. Se discutía un asunto interesante; y yo, después de contestar á los habituales cumplidos de aquellos aldeanos, me senté y escuché con la mayor atención. El cura del pueblo había sido trasladado á otro punto. La plaza se había provisto, y el designado era persona desconocida. Esto producía grave disgusto. El juez de paz hubiera deseado ver allí á un sobrino suyo que acababa de obtener las licencias. Tal contrariedad fué el origen de las murmuraciones. Se esperaba con prevención al nuevo cura; se decían de él cosas notablemente escandalosas, y todos proponían diversos medios para obtener pronto la vacante del cargo. Yo ví, callé, asentí á todo y me marché á mi casa. Tres días después, á la hora del alba, y hallándome en el campo, oí las campanas del pueblo que tocaban á misa. Atravesé el rio, subí la cuesta y entré en la iglesia. El santo sacrificio había empezado. EL sacerdote estaba de espaldas; era alto y me pareció grueso; poco después le ví de frente; su rostro era vulgar: una cara redonda con ojillos pardos, labios delgados, nariz roma y barba puntiaguda. Su cara era característica y distinta como las perillas de los alabarderos.

Concluyó la misa y aguardé á la puerta. Salió el padre de almas, me miró, le miré, nos saludamos y fuese como el majo.

—Vea V., me dije yo. Este no parece monseñor Bienvenido, ni el conquistador de Plasence, ni el del «último vuelo de un par de perdices», ni el padre Juan del Carrascal del Obispo; pero en cambio este es un cura. Y como á mí siempre me han sido antipáticas las vulgaridades con faldas, resolví no hacer amistad con aquel infeliz antes de mi resuelta partida. Pero esto no era posible porque un cura pasa por el ojo de una aguja, cosa difícil para el camello, y el padre Sanmartín pasó por mi indiferencia y llegó á mi simpatía. Dos días después le encontré arrodillado al lado del puente. Empezaba á anochecer y la campana de la iglesia cantaba el melancólico toque de la oración. En estos instantes el yo estúpido que ni adula, ni miente, ni roba, ni explota, ni es adúltero, ni es asesino, ni condena á pena capital, ese yo, característica constante de todo sér, se impone al yo culto, al yo variable, según el estado social del individuo. Oí aquel himno entonado por una boca de bronce, himno cuyos sonidos se difunden por el medio atmosférico en ondulaciones que parecen sensibles. Oí aquel canto serio y cariñoso como la tranquila voz con que me aconsejaba mi madre, lleno de notas agudas y vibrantes como las risas de los niños. Y volví la mirada á la iglesia, casi oculta por las sombras, y ví en su torre la cruz cristiana que yo distinguía sobre el pálido firmamento por encima de la silueta del monte. Entonces recordé que el cristianismo puebla la tierra, recorrí las víctimas de la fe, y pensé que aquellas dos lineas cruzadas son en todas partes un signo de civilización y de amor, el apoyo que se da al niño cuando nace y el consuelo que recibe el anciano cuando muere.

Cuando yo nací cantaron á un tiempo las alegres campanas. Cuando murió mi madre sólo oí dos que se respondían pausadamente; son las voces de las almas del muerto y del huérfano que se dan el eterno adiós.

El sonido, el lugar, el momento, mis reflexiones, todo se unió para impresionarme, y creí que debía saludar lo sublime de lo grande y de lo bello, y juzgué que un excéptico podía dignamente descubrir su cabeza aun delante de un cura católico. Pero la campana seguía tocando y orando el sacerdote, y calculé que aquel hombre, viéndome erguido, pensaría que yo era un monstruo, un sér sin afecciones, sin madre que llorar ó sin hijos que bendecir. Un desgraciado que á todo escupe porque nada le sirve ni á nadie aprovecha. Sospeché si aquel mártir que tenia delante rezaría por mi madre al verme presente, y entonces tuve gran remordimiento, intenso dolor é inconsolable amargura, y caí de rodillas, incliné mi cabeza y recé, si, recé, porque sé rezar, y en eso me distingo de las bestias no por mi inteligencia, pero sí por mi corazón, no porque sé sino porque amo.

Luégo el padre Sanmartín se me acercó, saludándome cariñosamente. Es preciso reconocer que la gente de sotana no desperdicia las ocasiones.

—Muy buenas tardes.

—Servidor de V.

—¿Está V. bueno?

—Muy bien; mil gracias, ¿y V.?

—Perfectamente. ¿Usted es el forastero de Madrid?

—Sí, señor.

—Tengo mucho gusto en conocer á V.

—Mil gracias. ¿Usted es el sacerdote que llegó hace días?

—El 25.

—Y ¿cómo le va ¿V.?

—Estoy contento. Este pueblo es muy pintoresco.

—¡Oh! Mucho.

—Y parece sano.

—Eso sobre todo.

—Pues es lo principal. En probando...

—¿Viene V. de lejos?

—¿Ahora?

—No, señor.

—¡Ah! ¡Vamos! Estaba en Morata.

—Y aquello, ¿qué tal?

—Mediano nada más.

—¿Pidió V. venir aquí?

—No, señor. Me trasladaron.

—Ya. No lo digo sin misterio.

—Usted se explicará.

—Pues bien; hablando francamente, creo que nuestro encuentro le puede á V. ser útil.

—Tendría un placer...

—Antes de que V. llegase, oí hablar á la gente del pueblo y no les era V. simpático.

—Pues si no me conocían.

—Pero querían que hubiese venido otro.

—¿Quién?

—Un sobrino del Juez.

—No sé quién sea.

—Usted ya habrá notado alguna cosa.

—Caramba; pues sí, señor, Pero yo creí que tenían cortedad y... sabe V. que ahora pienso muchas cosas. Por de pronto, mi antecesor me escribía diciéndome que dejada aquí algunos muebles de su uso si yo se los pagaba; me avine á ello y le envié un giro de 400 reales para que lo cobrase en Brihuega. He llegado y he encontrado solamente cuatro pucheros y cazuelas inservibles del todo, una mesa desvencijada, un taburete cojo y un catre. No se si acusar á D. Anselmo ó al sacristán, que ha estado encargado de la casa.

—Lo último me parece más justo.

—No sé.

—D. Anselmo es incapaz...

—Eso creo... Por otra parte se me ha dicho que no hay en el pueblo ninguna mujer que quiera servirme de criada. Yo aguardo á mi madre, que está en Torija, y entretanto no sé cómo lo voy á pasar.

—Eso al fin no es incomprensible.

—Permítame V. Hoy he podido conseguir que me vendiesen un pan por doce cuartos, pero estaba duro y mis dientes se han negado á comerlo. Me han asegurado que para comprar carne es necesario avisar al carnicero con algunos días de anticipación. Como usted ve, me sitian por hambre.

—Eso es indigno, pero yo buscaré arreglo.

—Se lo agradeceré á V. de todas veras. Tenia puesta en V. mi esperanza, y ayer supo que V. se marchaba.

—Sin embargo, antes de irme haré algo.

—Dios se lo pagará á V., y yo le quedaré reconocido.

—El carácter de esta gente es especial. Créame usted; el hombre que no se ríe no puede ser bueno.

—A pesar de eso V. viene todos los años.

—Si, señor; pero me aburro enseguida. Y si estoy aquí, es solamente porque he aguardado á que los marqueses de Tomellosa estuviesen en Brihuega.

—¡Ah! ¿Usted conoce á esos señores?

—Sí.

—Pues bien; sé que los marqueses tienen la costumbre de celebrar todos los años en este pueblo una función de iglesia.

—Efectivamente; es un voto por haberse curado aquí uno de sus hijos.

—Pero es el caso que el sacristán asegura que este año no hay función.

—No sé por qué.

—Eso digo yo... Y á V. le será fácil enterarse.

—Lo haré, seguramente. Y creo que la función se celebrará.

—En fin, es V. mi Providencia.

—Nada de eso.

Al llegar á este punto de la conversación nos encontrábamos frente á las primeras casas del pueblo. Nuestra entrevista iba á terminar, y yo no quería separarme del cura sin saber positivamente hasta dónde llegaban sus virtudes.

Rosita, hija del alcalde y heroína de mis dramas alcarreños, pasó en aquel instante á nuestro lado; nos saludó y le contestamos. Entonces yo miré á aquel cura, joven y buen mozo, y guiñando el ojo izquierdo, dije:

—Buena penitenta.

—¡Bah! —respondió Sanmartín—. De Brihuega para abajo ni chaqueta ni refajo.

El refrán nos hizo reir y nos despedimos cordialmente.

¡Hola, hola! decía yo para mis adentros. De todo hay en la viña del Señor. Por lo demás es el defecto menos malo que puede tener un cura.

El padre siguió comiendo pan duro, y dos días después hablé con el alcalde. Los vecinos estaban furiosos; las mujeres no iban á la iglesia porque Sanmartín las miraba con mucho descaro; se había prohibido á las chicas que besasen la mano del cura. El sacristán se había fingido enfermo y el sacrificio de la misa no se celebraba. Resolví no cuidarme de estos asuntos. Por fortuna, aquella misma tarde debían pasar los marqueses por el pueblo en dirección á Tomellosa Les hablaría, cumpliría mi encargo y me iría á Brihuega. Pero á la caída de la tarde el firmamento empezó á cubrirse de nubes; comprendimos que ya no vendrían los señores, y todos los que aguardábamos nos retiramos á nuestras casas antes de que empezase la tormenta. Á las nueve llovía de una manera espantosa, el trueno retumbaba en el valle y los relámpagos iluminaban los sitios más escondidos de los lejanos montes. Yo me acosté y me dormí tranquilamente.


* * *


Oí fuertes golpes en la puerta de la calle, me levanté y me asomé á la ventana.

—Señorito Silverio...

—¡Juan!

—Yo soy.

—¿Y tus amos?

—El señor, herido; la señora no sabemos dónde está.

—¡Cómo! Pues ¿qué ha pasado?

—Han querido robarnos en el camino.

—¿Es posible? ¿Y el marqués?

—En Romancos. Pero vienen detrás de mí. Vengo á buscar á V.

—Espera.

Mi patrona se despertó.

—¿Qué ocurre, señorito?

—Que han querido robar á los marqueses.

—¡Demonio!

—¡Dios mío! ¡Dios mío! —dijo la patrona—. ¿Va V. ¿tomar chocolate?

—No, señora; mil gracias. Pedro, hágame V. el favor de ensillar el caballo.

—Voy en seguida.

Cuando estuve vestido aseguré el revólver á mi cintura y salí á la calle; Pedro me aguardaba con el caballo dispuesto, monté y antes de partir dije á Juan que me contase rápidamente lo sucedido.

—A las ocho salimos de Romancos. Allí no se veía bien la tormenta. Pensábamos llegar á Tomellosa cuando empezase la noche, pero en el monte cayó el caballo que montaba la señora y se quedó cojo. Entonces el señor cogió al niño mayor y la señora montó en la caballería que llevaba al señorito. Esto nos hizo detenernos. Cuando volvíamos el monte ya vimos el cielo cubierto; dudamos qué hacer, pero se siguió adelante; á los pocos instantes empezaba la tormenta. El señor dijo que lo mejor era regresar á Romancos, pero el temporal no podía resistirse, se hizo noche y nos quedamos parados en medio del camino á las nueve y media vimos una luz. No sabíamos de dónde pudiera ser. El amo nos envió al arriero y á mí para ver qué era. La doncella se quedó con la señora y los niños. Aquello fué una traición, porque cuando ya estábamos lejos se apagó la luz y en seguida oímos tiros. Volvimos á oscuras, y soportando la lluvia, adonde los amos estaban. Al señor le habían herido. Una caballería había huido espantada llevando consigo á la señora; los ladrones huyeron con los baules, la doncella lloraba y los señoritos estaban escondidos detrás de unos árboles á las tres el señor me ha hecho montar en su caballo y me ha enviado aquí para buscarle á V.

—Entonces, espera. Vamos á casa del alcalde.

Efectivamente; pocos minutos después estaba en alarma el pueblo de Archilla. Nos disponíamos los hombres para salir juntos al campo, cuando la alcaldesa se acercó á su marido y le habló en voz baja. El alcalde me llamó aparte y me dijo:

—Mi mujer dice que le ha dicho una vecina que el cura salió á las diez, y que volvió á la una, y que traía consigo un bulto grande.

—Vamos enseguida á casa del cura.

Ya cerca de la puerta, nos adelantamos juntos y solos el alcalde y yo. Empezaba á anunciarse el alba. El cielo estaba del todo despejado, y el viento era frío y húmedo.

Abrimos la puerta, que estaba entornada. Dentro de la habitación había algo de luz producida por un candil colgado de la pared. En la salita un catre; en él estaba la marquesa, arropada con los manteos del cura, y éste, en paños menores, y en un taburete, tenía cogida una mano de la marquesa. Su cabeza descansaba en la orilla del catre y roncaba ruidosamente, La señora tenia los ojos abiertos y apenas nos vió dió un grito y se desmayó. Sanmartín no se despertó por eso. Entonces el alcalde le golpeó en el hombro, y dijo:

—Señor cura.

—Ahí son Vds.

—Sí, señor.

—Dios nos dé su gracia.

—¿Qué hace aquí esta señora?

—¡Ah! sí. Ya les diré á Vds. La he encontrado en el camino.

—¿Conque V. sale al camino en busca de señoras?

—No; si no es eso. Si yo...

—Calle V. Ya tendrá ocasión de hablar.

—Pero, señor alcalde...

—Calle V. he dicho.

—¡Don Silverio!

Yo me encogí de hombros y volví las espaldas á Sanmartín.

Este calló, y por orden del alcalde fué trasladado á la casa ayuntamiento, donde quedó bajo la custodia del alguacil. Todas las chismosas del pueblo, á las órdenes de la alcaldesa, rodearon el catre y comenzaron á rociar el rostro de la señora con agua y vinagre, acompañando sus cuidados con gritos, lamentaciones y abundantes lágrimas.

Los hombres atravesamos el río y emprendimos el camino de Romancos, á los diez minutos de marcha hallamos al marqués, sus hijos, la criada y algunos aldeanos. Venían á pie y buscaban á la marquesa, llamándola con fuertes voces. En el inmediato pueblo se sabía el suceso. La Guardia civil habla encontrado los baules, y perseguía á los ladrones.

Yo conté al marqués lo que habíamos visto en Archilla. Juzgaba que la marquesa no estaba gravemente enferma, pero era grande nuestra ansiedad por volver á su lado.

Antes de entrar en el pueblo el alcalde preguntó al señor:

—¿Qué hago con el cura?

—Eso es cosa del juez; yo formularé mi queja según corresponda.

El ardoroso curita había perdido hasta mis simpatías.

Llegamos: la marquesa había sido trasladada á casa del alcalde. Tenía una insignificante herida en el cuello y varios cardenales. Sentía fuerte dolor de cabeza, pero su pulso era normal. Recordó la escena del robo. La caballería se había espantado, y élla, asida á la albarda, se sostuvo algún rato, pero al fin cayó en el camino; entonces se desmayó. Cuando despertó de nuevo se vió en brazos del cura; éste le dijo quién era; la llevó á su casa y la acostó en el catre. La fiebre la dominó por completo; tuvo mucho frío y empezó á temblar; entonces Sanmartín la desnudó, la secó perfectamente y echó sus hábitos encima de ella; después se puso á rezar, observando amenudo la pulsación de la enferma. La señora durmió un momento; cuando despertó, el cura roncaba.

Esta relación nos emocionó á todos profundamente, pero sobre todo al marqués y á mi. Hicimos venir al sacerdote; llegó pálido, y vestido con un pantalón y una chaqueta prestada por el alguacil. El marqués y yo le tendimos nuestras manos; luego á instancias del señor, dijo que á las diez le había despertado uno desde la calle gritándole: «Señor cura, hace V. falta en el camino de Romancos.» Quien le dijo esto habla entrado en la casa inmediata. Él se vistió, salió á la calle y llamó al vecino, pero no le contestaron. Entonces emprendió el camino de Romancos. Allí encontró á la marquesa. El resto, que ya nos era conocido, lo repitió Sanmartín con una sencillez admirable. Nuestras investigaciones terminaron haciendo que se presentase el vecino aludido. Este, que no estaba enterado de la vindicación del cura, entró con desparpajo, y yo le pregunté:

—¿Fué V. quien llamó al Padre?

—Sí, señor.

—¿Por qué?

—Porque había ido al corral y oí tiros á lo lejos, y entonces le dije que fuese allí para que le tocase algo.

—Gracias, hijo mió —replicó Sanmartín.

Este recobró sus hábitos, celebró el Santo sacrificio y almorzó con nosotros. Después del almuerzo le dijo el marqués:

—Usted no estará á gusto en este pueblo.

—Vuecencia lo comprenderá.

—Pues bien; será V. el maestro de mis hijos. Seguramente no le faltará á V. qué hacer. Dentro de poco tendrá V. un discípulo más.

—¡Ah! ¿La señora está en cinta?

—Sí, señor,—dijo el marqués.

El párroco nada sabia.

¡Asombro grande para mí!

Una noche del invierno siguiente me hallaba en un palco del Real con la marquesa y el diplomático Rodero, Se acababa de contar el incidente referido, y la hermosa marquesa terminaba su relato, diciendo:

—Es un santo.

Yo, con la más maliciosa de mis sonrisas, repuse:

—Señora, á veces la santidad está muy cerca de la tontería.

Pero con visible enojo respondió;

—No lo volverá V. á decir, porque prohibiré á Sanmartín que vaya cerca de V.

—Pero, ¿es Sanmartín ó San Martín? —dijo Rodero á la marquesa.

—Las dos cosas.


Publicado el 31 de diciembre de 2021 por Edu Robsy.
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