I
Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov jugaban a las
cartas. La larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara; se
sentaron a cenar pasadas las cuatro de la mañana. Los que habían ganado
comían con gran apetito; los demás permanecían sentados ante sus platos
vacíos con aire distraído. Pero apareció el champán, la conversación se
animó y todos tomaron parte en ella.
—¿Qué has hecho, Surin? —preguntó el amo de la casa.
—Perder, como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego
sin subir las apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de
quicio, ¡y de todos modos sigo perdiendo!
—¿Y alguna vez no te has dejado llevar por la tentación? ¿Ponerlo todo a una carta?… Me asombra tu firmeza…
—¡Pues ahí tenéis a Guermann! —dijo uno de los presentes señalando a
un joven oficial de ingenieros—. ¡Jamás en su vida ha tenido una carta
en las manos, nunca ha hecho ni un pároli, y, en cambio, se queda con
nosotros hasta las cinco a mirar cómo jugamos!
—Me atrae mucho el juego —dijo Guermann—, pero no estoy en
condiciones de sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir
sobrado.
—Guermann es alemán, cuenta su dinero, ¡eso es todo! —observó
Tomski—. Pero si hay alguien a quien no entiendo es a mi abuela, la
condesa Anna Fedótovna.
—¿Cómo?, ¿quién? —exclamaron los contertulios.
—¡No me entra en la cabeza —prosiguió Tomski—, cómo puede ser que mi abuela no juegue!
—¿Qué tiene de extraño que una vieja ochentona no juegue? —dijo Narúmov.
—¿Pero no sabéis nada de ella?
—¡No! ¡De verdad, nada!
—¿No? Pues, escuchad:
Información texto 'La Dama de Espadas'