En los últimos tiempos de su vida, cuando ya se
advertían en su rostro las huellas de la enfermedad que le llevó al
sepulcro, solíamos pasear algunas tardes por las cercanías de su hotel,
situado en la parte oriental de Madrid, cerca del barrio de la
Prosperidad. No es un paisaje riente ni variado el que por allí se
descubre; pero la vista se extiende sin obstáculo por la llanura, el
pecho se dilata, hay un derroche de luz y de aire que infunde alegría.
Allá a lo lejos se divisan las crestas azuladas del Guadarrama.
En una de estas tardes caminábamos silenciosos, el uno en pos del
otro, por el sendero que bordeaba un campo de trigo. Habíamos hablado
bastante, y este silencio forzado a que nos obligaba la angostura del
camino, nos servía de descanso. De pronto, al pasar cerca de un grupo de
casas, o, por mejor decir, chozas, donde se albergaban los que recogen
por las mañanas la basura de la capital, escuchamos desgarradores
lamentos. En el mismo instante, una criatura de seis o siete años salió
de la casa corriendo, y vino a abrazarse a mis rodillas gritando:
—¡Perdón, perdón!
Casi en el mismo instante que ella salió un hombre en su seguimiento
con un manojo de cuerdas en la mano. Rugía como un tigre hambriento, y
soltaba por la boca palabras más nauseabundas que la basura que apilaba
cerca de su vivienda. Al acercarse a nosotros la niña, presa de
indescriptible terror, y volviendo hacia él sus ojos extraviados,
gritaba:
—¡Perdón, padre, perdón! ¡Es que me he caído, padre! ¡Es que me he caído!
El bárbaro, sin aplacarse, trató de apoderarse de la criatura, que
seguía cogida a mis rodillas. Entonces Jiménez se interpuso, poniéndole
las manos sobre el pecho.
—¿Quién es usted—vociferó aquel salvaje—para impedir que castigue a mi hija?
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