Increíble me pareció que me dejase en paz aquella mujer, que ya
no intentase verme, que no me escribiese carta sobre carta, que no
apelase a todos los medios imaginables para acercarse a mí. Al
romper la cadena de su agobiador cariño, respiré cual si me hubiese
quitado de encima un odio jurado y mortal.
Quien no haya estudiado las complicaciones de nuestro espíritu,
tendrá por inverosímil que tanto deseemos desatar lazos que nadie
nos obligó a atar, y hasta deplorará que mientras las fieras y los
animales brutos agradecen a su modo el apego que se les demuestra,
el hombre, más duro e insensible, se irrite porque le halagan, y
aborrezca, a veces, a la mujer que le brinda amor. Mas no es culpa
nuestra si de este barro nos amasaron, si el sentimiento que no
compartimos nos molesta y acaso nos repugna, si las señales de la
pasión que no halla eco en nosotros nos incitan a la mofa y al
desprecio, y si nos gozamos en pisotear un corazón, por lo mismo
que sabemos que ha de verter sangre bajo nuestros crueles pies.
Lo cierto es que yo, cuando vi que por fin guardaba silencio
María, cuando transcurrió un mes sin recibir recados ni epístolas
delirantes y húmedas de lágrimas, me sentí tan bien, tan alegre,
que me lancé al mundo con el ímpetu de un colegial en vacaciones,
con ese deseo e instinto de renovación íntima que parece que da
nuevo y grato sabor a la existencia. Acudí a los paseos, frecuenté
los teatros, admití convites, concurrí a saraos y tertulias, y
hasta busqué diversiones de vuelo bajo, a manera de hambriento que
no distingue de comidas. En suma; me desaté, movido por un instinto
miserable, de humorística venganza, que se tradujo en el deseo de
regalar a cualquier mujer, a la primera que tropezase casualmente,
los momentos de fugaz embriaguez que negaba a María —a María,
triste y pálida; a María, medio loca por mi abandono; a María,
enferma, desesperada, herida en lo más íntimo por mi implacable
desdén.
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