Primera parte
I
—Adiós, Marqués.
—Adiós, Rojas. Cinco, miraron. El «¡Caramba, un marqués!»— pensó Marqués que debieron pensar ellas.
Pero, además, sí fuesen ellas marquesas, debieron también preguntarse: —«Pues... ¿quién será este marqués?»
Nada..., vanidad en que ponía él la parte más pequeña. Para darse
ante la gente el lustre de tratar a «un título», a sus amigos les placía
llamarle por el segundo apellido, en lugar de Aurelio, o Luque, que
estaban antes.
Siguió escribiendo.
Las damas siguieron tomando su té, por las mesas inmediatas.
La sala era elegante, severa, con su escasa concurrencia que dejaba
en la puerta los coches. No parecía lo más propio venirse a escribir
cantatas, como a un café cualquiera, a este Ideal Room aristocrático. Sin embargo, su ambiente tibio, confortable, en estas tardes frías, principalmente, gustable a Aurelio.
«¡Bueno! ¡Debe de ser un marqués de provincias!» —pensaba ahora que
las damas pensarían. Y como una que insistía en mirarle era guapa,
rubia, con unos labios de amapola y una cara de granuja que quitaban el
sentido..., la miró. No mucho. Él debía de mantenerse en su desdeñoso
prestigio de «marqués».
No menos rubia su novia, ni menos linda.
Con la pluma en la mano y la vista en el papel, trataba de reanudar
la sarta de cosas bellas que ítala escribiendo. Le habían cortado el
hilo..., la inspiración, ¡qué diablo!
Aurelio meditaba sí él sería positivamente un estúpido. Cuando menos
el solo hecho de temerlo venía a probarle que no lo era sino en un
mínimo grado de «disculpable humanidad». La humanidad es estúpida. Se
paga de apariencias y mentiras. Mentira, acaso, este dorado oxígeno del
pelo de esta nena, y mentira el carmín de sus labios...
«Pero también que me confieses quiero
que es tanta la verdad...» Etcétera.
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