—Pórtense bien, chicos, mientras estoy fuera —dijo la señora Lee— y no hagan travesuras.
Porque los señores Lee iban a salir de casa, dejando solos a John, de diez años de edad, y Alice, de dos.
—Claro —contestó John.
Tan pronto como los Lee mayores se hubieron marchado, los jóvenes
Lee bajaron al sótano y comenzaron a revolver entre los trastos. La
pequeña Alice estaba apoyada en el muro, mirando a John. Mientras John
fabricaba un bote con duelas de barril, la chica lanzó un grito
penetrante y los ladrillos, a su espalda, cedieron. Él se precipitó
hacia ella y la sacó oyendo sus gritos. Tan pronto como sus chillidos se
apaciguaron, ella le dijo.
—La pared se ha caído.
John se acercó y descubrió que había un pasadizo. Le dijo a la niña.
—Voy a entrar y ver qué es esto.
—Bien —aceptó ella.
Entraron en el pasaje; cabían de pie, pero iba hasta más lejos de
lo que podían ver. John subió arriba, al aparador de la cocina, cogió
dos velas, algunos cerillos y luego regreso al túnel del sótano. Los dos
entraron de nuevo. Había yeso en las paredes y el techo raso, y en el
suelo no se veía nada, excepto una caja. Servía para sentarse y, aunque
la examinaron, no encontraron nada dentro. Siguieron adelante y, de
pronto, desapareció el enyesado y descubrieron que estaban en una cueva.
La pequeña Alice estaba espantada al principio, y solo las afirmaciones
de su hermano, acerca de que todo estaba bien, consiguieron calmar sus
temores.
Pronto se toparon con una pequeña caja, que John cogió y llevó consigo.
Información texto 'La Cueva Secreta'