Y vino el cometa: brilló con su núcleo de fuego, y amenazó con la cola. Lo
vieron desde el rico palacio y desde la pobre buhardilla; lo vio el gentío que
hormiguea en la calle, y el viajero que cruza llanos desiertos y solitarios; y a
cada uno inspiraba pensamientos distintos.
—¡Salgan a ver el signo del cielo! ¡Salgan a contemplar este bellísimo
espectáculo! —exclamaba la gente; y todo el mundo se apresuraba, afanoso de
verlo.
Pero en un cuartucho, una mujer trabajaba junto a su hijito. La vela de sebo
ardía mal, chisporroteando, y la mujer creyó ver una viruta en la bujía; el sebo
formaba una punta y se curvaba, y aquello, creía la mujer, significaba que su
hijito no tardaría en morir, pues la punta se volvía contra él.
Era una vieja superstición, pero la mujer la creía.
Y justamente aquel niño estaba destinado a vivir muchos años sobre la Tierra,
y a ver aquel mismo cometa cuando, sesenta años más tarde, volviera a aparecer.
El pequeño no vio la viruta de la vela, ni pensó en el astro que por primera
vez en su vida brillaba en el cielo. Tenía delante una cubeta con agua jabonosa,
en la que introducía el extremo de un tubito de arcilla y, aspirando con la boca
por el otro, soplaba burbujas de jabón, unas grandes, y otras pequeñas. Las
pompas temblaban y flotaban, presentando bellísimos y cambiantes colores, que
iban del amarillo al rojo, del lila al azul, adquiriendo luego un tono verde
como hoja del bosque cuando el sol brilla a su través.
—Dios te conceda tantos años en la Tierra como pompas de jabón has hecho
—murmuraba la madre.
—¿Tantos, tantos? —dijo el niño—. No terminaré nunca las pompas con toda esta
agua.
Y el niño sopla que sopla.
Leer / Descargar texto 'El Cometa'