Dedicado a Louis Boulanger, pintor.
I. Primeras faltas
A principios del mes de abril del año 1813 hubo un domingo cuya
mañana prometía uno de aquellos hermosos días en los que los parisienses
ven por primera vez en el año sus pavimentos libres de barro y su cielo
sin nubes. Antes del mediodía, un cabriolé desembocaba en la calle de
Rivoli por la de Castiglione y se detuvo detrás de varios carruajes
estacionados junto a la verja recién abierta en medio de la terraza de
los Feuillants. El conductor de aquel rápido vehículo era un hombre de
aspecto enfermizo y preocupado; unos cabellos entrecanos cubrían apenas
su cráneo amarillento y lo envejecían prematuramente; echó las riendas
al lacayo que, montado a caballo, seguía a su cabriolé, y apeóse para
tomar en brazos a una joven cuya elegancia y hermosura llamó la atención
de los desocupados que paseaban en aquellos momentos por la terraza. La
joven se dejó coger complaciente por el talle cuando estuvo de pie al
borde del vehículo, y rodeó con sus brazos el cuello de su guía, el cual
la depositó encima de la acera sin haber arrugado la guarnición de su
vestido de reps verde. Un amante no habría desplegado tantos cuidados.
El desconocido debía ser el padre de aquella niña, la cual, sin darle
las gracias, lo cogió familiarmente del brazo y lo llevó bruscamente
hacia el jardín. El anciano padre observó las miradas asombradas de
algunos jóvenes, y la tristeza impresa en su semblante borróse por un
instante. Aunque hiciera tiempo que hubiera llegado a la edad en que los
hombres deben contentarse con las engañosas alegrías que confiere la
vanidad, esbozó una sonrisa.
—Se imaginan que eres mi mujer —dijo al oído de la joven,
irguiéndose y caminando con una lentitud que para ella resultaba
desesperante.
Información texto 'La Mujer de Treinta Años'