Era tímido como una liebre y paciente como una bestia de carga.
Cuando el Destino lo lanzó a nuestras negras filas, nos reímos como
locos: la equivocación era verdaderamente cómica. El, naturalmente, no
se reía. Lloraba. No he visto en mi vida un hombre tan provisto de
lágrimas: le fluían de los ojos, de las narices, de la boca. Parecía una
esponja empapada de agua. He conocido en nuestras filas hombres
lacrimosos; pero sus lágrimas eran como el fuego, que ahuyenta a las
fieras. Esas lágrimas viriles avejentan el rostro y rejuvenecen los
ojos: semejantes a la lava de un volcán, dejan imborrables huellas y
sepultan ciudades enteras de deseos mezquinos y de preocupaciones vanas.
No así las de aquel hombre, cuyo llanto lo único que hacía era
enrojecer su naricilla y mojar su pañuelo. Yo creo que luego lo ponía a
secar en una cuerda; pues, si no, hubiera necesitado tres o cuatro
docenas.
Visitaba casi diariamente a todas las autoridades, grandes y chicas,
de la ciudad donde estábamos deportados, se prosternaba ante ellas,
juraba que era inocente, suplicaba que se apiadasen de su
juventud,prometía no despegar los labios en lo que le restaba de vida
para nada que ni por asomo pudiera parecer subversivo. Las autoridades
se burlaban de él como nosotros, y le llamaban Marranillo:
—¡Eh, Marranillo!—le gritaban.
El acudía, dócil, creyendo que iban a notificarle su indulto; pero le
acogían siempre con una carcajada burlona. Aunque sabían, como
nosotros, que era inocente, le trataban a la baqueta, a fin de
inspiramos temor a los demás marranillos, que, en verdad, no
necesitábamos ver pelar las barbas del vecino para echar a remojar las
nuestras.
El pobre, huyendo de la soledad, iba a menudo a vernos; pero le
poníamos cara de pocos amigos. Y cuando, tratando de romper el hielo,
nos llamaba «queridos compañeros», le decíamos:
—¡Cuidado, que pueden oírte!
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