I
Muchas veces, oh madre excelente, he sentido impulsos para
consolarte, y muchas veces también me he contenido. Movíanme varias
cosas a atreverme: en primer lugar, me parecía que quedaría libre
de todos mis disgustos si lograba, ya que no secar tus lágrimas,
contenerlas al menos un instante: además no dudaba que tendría
autoridad para despertar tu alma, si sacudía mi letargo; y en
último lugar temía que, no venciendo a la fortuna, venciese ella a
alguno de los míos. Así es que quería con todas mis fuerzas,
poniendo la mano sobre mi herida, arrastrarme hasta la tuya para
cerrarla. Pero otras cosas venían a retrasar mi propósito. Sabía
que no se deben combatir de frente los dolores en la violencia de
su primer arrebato, porque el consuelo solo hubiese conseguido
irritarlo y aumentarlo; así como en todas las enfermedades nada hay
tan pernicioso como un remedio prematuro. Esperaba, pues, que tu
dolor agotase sus fuerzas por sí mismo, y que, preparado por la
dilación para soportar el medicamento, permitiese tocar y cuidar la
herida. Además, al leer de nuevo las lecciones que nos dejaron los
grandes genios acerca de los medios para contener y corregir la
tristeza, no encontraba el ejemplo de alguno que hubiese consolado
a los suyos, siendo él mismo causa de lágrimas para ellos. Con esta
nueva duda, vacilaba y temía desgarrar antes tu alma que
consolarla. ¿Acaso no necesitaba palabras nuevas, que nada tuviesen
de común con los ordinarios consuelos del vulgo, aquel que, para
consolar a los suyos, levantaba de la pira la cabeza? Y es muy
natural que la intensidad de un dolor que excede de la medida
común, prive de la elección de palabras cuando frecuentemente ahoga
también la voz. Voy a intentar de la manera que pueda ser tu
consolador, no porque confíe en mi ingenio, sino porque puedo ser
para ti la consolación más eficaz.
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