«Ci-gît le bruit du vent». (Aquí yace el susurro del
viento). ¿No os parece elocuente este epitafio ideado por Antípater para
la tumba de Orfeo? Lo que pasa alzando apenas un rumor muy leve y se
extingue, cual si otro más recio soplo lo apagara; lo que sienten al
estremecerse las eréctiles hojas; lo que riza las ondas, cuando
tiemblan, cogidas de repentino calosfrío; el brillo efímero de la
luciérnaga azulina; el beso rápido de Psique, eso es lo semejante a
ciertos espíritus fugaces que sólo producen una vibración, un centelleo,
un estremecimiento, un calosfrío, y mueren como si se evaporaran.
¿Conocéis de Juventino Rosas algo más que unos cuantos valses
elegantes y melancólicos y bellos como la dama, ya herida de muerte, en
cuyas manos, casi diáfanas, puso la poesía un ramo de camelias
inmortales? Un schottisch… una polca… una danza… otro vals… ¡rumor del viento! Algunos tienen nombres tristes como presentimientos: Sobre las olas…, ahí flota, descolorido y coronado de ranúnculos, el cadáver de Ofelia; Morir soñando…
¡anhelo de los que han vivido padeciendo! Y observad que envuelve casi
toda esa música bailable cierta neblina tenue de tristeza. Parece
escrita para rondas de willis. Al compás de la mazurca danzan las mozas en un claro del bosque; están alegres y ríen y cantan, pero el músico está triste.
Ya se está el baile arreglando.
Y el gaitero, ¿dónde está?
—Está a su madre enterrando,
pero en seguida vendrá.
—¿Y vendrá? —Pues ¿qué ha de hacer?
Cumpliendo con su deber,
vedle con su gaita, pero
¡cómo traerá el corazón
el gaitero,
el gaitero de Gijón!
La niña más habladora
«¡aprisa!» le dice «¡aprisa!».
Y el gaitero sopla y llora,
poniendo cara de risa.
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