Un Crimen
Soledad Acosta de Samper
Cuento
Non vedes las yerbas verdes y floridas,
que amanecen verdes y anochecen secas.
JUAN LORENZO
Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 214 visitas.
Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
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autor: Soledad Acosta de Samper fecha: 03-11-2020
Non vedes las yerbas verdes y floridas,
que amanecen verdes y anochecen secas.
JUAN LORENZO
Dominio público
13 págs. / 23 minutos / 214 visitas.
Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
I saw two beings in the hues of
youth
standing upon a gentle hill,
green and of mild declivity.
BYRON
… El camino serpenteaba por entre dos potreros, en cuyos verdes prados pacían las mansas vacas con sus terneros, emblema de la fecundidad campestre, y los hatos de estúpidas yeguas precedidas por asnos orgullosos y tiranos, imagen de muchos asnos humanos. De trecho en trecho el camino recibía la sombra de algunos árboles de guácimo, de caucho o de cámbulos, entonces vestidos de hermosas flores rojas, los cuales, como muchos ingenios, apenas dan flores sin perfume en su juventud, permaneciendo el resto de su vida erguidos pero estériles. La cerca que separaba el camino de los potreros, de piedra en partes y de guadua en otras, la cubrían espinosos cactus, y otros parásitos de tierra templada, los cuales so pretexto de apoyarla la deterioraban, según suele acontecer con las protecciones humanas.
Dos jóvenes, casi niños, paseaban a caballo por este camino que conducía al inmediato pueblo, cuyo campanario se alzaba, bien que no mucho, sobre la techumbre de las casas. Al llegar a una puerta de madera que impedía el paso, los dos estudiantes la abrieron ruidosamente y detuvieron sus cabalgaduras para mirar hacia una casa de teja que dominaba el camino a alguna distancia. Al ver salir al corredor que circundaba la casa a dos jóvenes que se recostaron sobre la baranda, los estudiantes se dijeron algo, continuaron su paseo despacio, y pasando por delante de ellas las saludaron.
—Tenías razón —dijo una de las señoritas—, son los paseantes de todas las tardes.
—¡Adiós señores! —exclamó la otra contestando el saludo. Era una niña de quince años, cuya fisonomía lánguida y dulce llamaba la atención por un no sé qué de romántico y sentimental.
Dominio público
10 págs. / 19 minutos / 108 visitas.
Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
«El infierno es un lugar en que no se ama.»
Santa Teresa de Jesús
La casa cural de la aldea de *** era la única habitación un tanto civilizada que se encontraba en aquellas comarcas. Después de la muerte de mi madre, mi hermana y yo fuimos a pasar algunos meses al lado del cura, que era nuestro tío.
Una noche se presentó un viajero suplicando que le diesen hospitalidad a él y a su señora que había enfermado repentinamente en el camino. Por supuesto nos apresuramos a abrirles la puerta de nuestra humilde habitación, ofreciendo nuestros servicios con el mayor gusto; no solamente excitadas por aquel espíritu de fraternidad que abunda en los campos, sino impelidas por la curiosidad latente que abriga todo él que vegeta en la soledad después de haber vivido en el seno de la sociedad.
El caballero no llegaría a los cuarenta años; alto un tanto robusto pero bien formado; sus modales cultos y su lenguaje cortés; pero en sus ojos de un azul pálido se notaba cierta rigidez y frialdad que imponía respeto a la par que aprehensión. Los ojos azules no son susceptibles de mucha expresión, pero cuando nos miran con suma dulzura son fríos, duros e inspiran súbitas antipatías.
La señora era más joven, pero estaba tan pálida y delgada y era tan débil y pequeña, que en el primer momento sólo vimos brillar un par de ojos negros y luminosos como dos estrellas en un cielo oscuro.
Dominio público
17 págs. / 30 minutos / 97 visitas.
Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.
Gran arte de vivir es el sufrimiento;
hondo cimiento de la virtud es la paciencia.
Juan Nuremberg
—¡Qué casualidad! —exclamó don Enrique—. Yo conocí en Neiva a la hermana de esa misma Mercedes, a Juanita Vargas.
—¿De veras? —preguntamos todos.
—No me queda la menor duda...; qué familia tan desgraciada —añadió—, pues ésta tuvo también mucho que sufrir.
—Cuéntenos usted lo que le sucedió —dijimos en coro.
—La historia sería muy larga de referir.
—¡Mejor! —exclamó don Felipe—, propongo que en cambio cada uno cuente alguna cosa: ¿no es justo, señor cura?
—Por mi parte, yo no me hallo con fuerzas para desempeñar mi...
—Eso no puede ser... un sacerdote es el que más dramas verdaderos ha presenciado... así pues, vaya preparándose.
—¿Veremos..., y usted?
—Yo cumpliré. Y no crean ustedes —añadió volviéndose a donde Matilde y a mí—, no crean que están exentas ustedes de la común obligación.
—Por supuesto —contesté—, pero mientras tanto don Enrique nada dice.
—¡Cómo no! siempre cumplo lo que ofrezco, aunque tal vez les pesará haberme nombrado orador, pues yo nunca lo he sido. Esta narración en boca de otro podría ser interesante; pero mucho me temo que desempeñándola yo resulte fría y monótona.
Dominio público
8 págs. / 14 minutos / 89 visitas.
Publicado el 3 de noviembre de 2020 por Edu Robsy.