I
Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral. En las
estrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad del
alba, que apenas, lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se
esparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento, sacando de
la penumbra la vulgar fachada del palacio del arzobispo y las dos torres
encaperuzadas de pizarra negra de la casa municipal, sombría
construcción de la época de Carlos V.
Gabriel paseó largo rato por la desierta plazuela, subiéndose hasta las
cejas el embozo de la capa, mientras tosía con estremecimientos
dolorosos. Sin dejar de andar, para defenderse del frío, contemplaba la
gran puerta llamada del Perdón, la única fachada de la iglesia que
ofrece un aspecto monumental. Recordaba otras catedrales famosas,
aisladas, en lugar preeminente, presentando libres todos sus costados,
con el orgullo de su belleza, y las comparaba con la de Toledo, la
iglesia-madre española, ahogada por el oleaje de apretados edificios que
la rodean y parecen caer sobre sus flancos, adhiriéndose a ellos, sin
dejarla mostrar sus galas exteriores más que en el reducido espacio de
las callejuelas que la oprimen. Gabriel, que conocía su hermosura
interior, pensaba en las viviendas engañosas de los pueblos orientales,
sórdidas y miserables por fuera, cubiertas de alabastros y filigranas
por dentro. No en balde habían vivido en Toledo, durante siglos, judíos
y moros. Su aversión a las suntuosidades exteriores parecía haber
inspirado la obra de la catedral, ahogada por el caserío que se empuja y
arremolina en torno de ella como si buscase su sombra.
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