Siguiendo con mirada famélica el hervor del arroz en la paella, los
segadores de la masía, escuchaban al tío Correchola, un vejete huesudo
que enseñaba por la entreabierta camisa un matorral de pelos grises.
Las caras rojas, barnizadas por el sol, brillaban con el reflejo de
las llamas del hogar: los cuerpos rezumaban el sudor de la penosa
jornada, saturando de grosera vitalidad la atmósfera ardiente de la
cocina, y a través de la puerta de la masía, bajo un cielo de color
violeta en el que comenzaban a brillar las estrellas, veíanse los campos
pálidos e indecisos en la penumbra del crepúsculo, unos segados ya,
exhalando por las resquebrajaduras de su corteza el calor del día, otros
con ondulantes mantos de espigas,
estremeciéndose bajo los primeros soplos de la brisa nocturna.
El viejo se quejaba del dolor de sus huesos. ¡Cuánto costaba ganarse
el pan! ... Y este mal no tenía remedio: siempre existían pobres y
ricos, y el que nace para víctima tiene que resignarse. Ya lo decía su
abuela: la culpa era de Eva, de la primera mujer... ¿De qué no tendrán
culpa ellas?
Y al ver que sus compañeros de trabajo —muchos de los cuales lo
conocían poco tiempo— mostraban curiosidad por enterarse de la culpa de
Eva, el tío Correchola comenzó a contar, con pintoresco valenciano, la
mala partida jugada a los pobres por la primera mujer.
El suceso se remontaba nada menos que a algunos años después de haber
sido arrojado del Paraíso el rebelde matrimonio, con la sentencia de
ganarse el pan trabajando.
Adán se pasaba los días destripando terrones y temblando por sus
cosechas; Eva arreglaba, en la puerta de su masía, sus zagalejos de
hojas..., y cada año un chiquillo más formándose en tomo de ellos un
enjambre de bocas que sólo sabían pedir pan, poniendo en un apuro al
pobre padre.
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