Isabel amaba a Alberto,
y jamás una pareja más feliz y encantadora había cruzado bajo el
brillante sol de la primavera, las floridas vegas que aprisionan el
canal de la Viga.
Isabel era la mariposa que roba sus colores a las brillantes y
gentiles rosas de las chinampas; era la tórtola que calma su sed en las
cristalinas aguas de la laguna de Chalco, y entona sus dolientes quejas
al crepúsculo de la tarde, entre el dulce murmullo de los sauces que
agita la brisa.
Isabel amaba a Alberto con el fuego del primer amor, y el porvenir
risueño le brindaba la corona de azahares de la esposa, perfumada y
radiante.
Un día el espíritu de la vanidad tocó a Isabel, y sus ojos se
fijaron en un hombre rico, muy rico. El ángel de los primeros amores se
estremeció, y emprendiendo lloroso su vuelo a la eternidad, Isabel oyó
el batir de sus alas y volvió en sí… ¡era tarde!… por mucho tiempo no
volvió a ver a Alberto.
Una noche Isabel había llorado; el recuerdo de
Alberto se alejaba un momento de su imaginación, para volver después,
semejante a esos parásitos color de fuego que revoloteaban alrededor de
un granado cubierto de flores.
La luna brillaba con todo su esplendor, y las aguas bebían ávidas
su luz melancólica; nada interrumpía el silencio de la noche, porque los
ecos de la ciudad morían antes de llegar a los balcones de Isabel.
El canal de la Viga estaba desierto. De repente, como naciendo de
la bruma, ligera y graciosa, se adelanta una canoa; el viento no repite
el rumor de las aguas heridas por el remo, y la superficie del canal
permanente serena como un espejo.
La barca se adelanta, Isabel la sigue con la mirada ansiosa, su corazón se agita, y, ¡Oh Dios!, ¡es Alberto!
Alberto, sereno, altivo, pero amoroso como en los días de felicidad.
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