En Busca del Bigote Perdido (tempus redivivus)
Joan Carlos Vinent
cuento
1 pág. / 1 minuto / 59 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
Mostrando 11 a 20 de 20 textos encontrados.
textos disponibles fecha: 08-05-2016
1 pág. / 1 minuto / 59 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
1 pág. / 1 minuto / 71 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
1 pág. / 1 minuto / 61 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
1 pág. / 1 minuto / 100 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
Mi hijo, ocho años transfigurados en treinta y dos kilos de buena carne española, ha traído hoy un muñeco de guiñol hecho en el colegio: una pelota de papel con gafas y melenas de algodón en torno a un tubo de cartón por donde se mete el índice.
Los ojos no están muy bien —me explica— pero por el pelo se nota que es del tiempo de las pelucas blancas. ¿Qué son polvos de arroz?
Mi hijo no confía en la maestra, que le ha explicado que con el arroz se hacían polvos para blanquear las pelucas. Paella, sí, y arroz a la cubana y con leche: todo eso entra dentro de la lógica, pero si cree lo de los polvos, el espíritu se debilita.
De lo negro de la cartera ha salido después un cucurucho de papel arrugado: es el presunto vestido:
—Se sacan los dedos por estos agujeros, ¿ves, papá? Y se mete el cuello por el centro... ¡Tatatáaa!
—Tatatáaa... —trompeteo también yo, porque soy hombre melómano.
—Si me ayudas a hacer el teatro y diez muñecos más, te daré una función. Pero rápido.
Mi hijo lo es también del siglo y, por algún resquicio de su infancia, se le cuelan la velocidad y las prisas de los mayores, eso de que vivir es una carrera contra reloj y las demás ideas que tendrían que ser pecado. Cuando tenga bigote será un poco menos mi hijo, sin duda, y también habrá descubierto que yo no soy un dios, y a mi me gusta ser dios por las tardes, cuando él regresa a casa.
Licencia limitada
7 págs. / 12 minutos / 132 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
El sol del mediodía brillaba sobre la ciudad, neutral, manteniéndose a distancia. Una nube de polvo blanco y rojo volaba sobre las azoteas y caía tan lentamente como el silencio que siguió a los formidables estruendos de la mañana.
El alcalde, tras levantarse del suelo de la plaza de la Constitución, había mirado, insensible, cómo las fuerzas vivas se sacudían sus trajes de los actos públicos. Cubiertos de menudas partículas y de asombro, se habían separado sin mediar palabra, sintiéndose cada uno responsable secreto de la tragedia y rezando para que su intervención en ella no llegara a saberse.
Bajo la nube blanca que se iba depositando, el alcalde Juan de Dios, pálido por dentro y por fuera, echó a andar hacia casa: ya no tenía despacho y su ordenanza, posiblemente, estuviera todavía corriendo. Se había visto al borde de la muerte por un momento, pero entonces ya se veía al de la destitución. El, que siempre había sido un hombre con la cabeza bien atornillada, sentía ahora los tornillos flojos y el corazón a tres dedos de la boca.
Don Anselmo, el viejo catedrático recientemente elevado al Olimpo de los Hijos Ilustres de la ciudad, conversaba con el octogenario don Juan. Ambos habían contemplado por Telecab, la televisión local por cable, los espantosos sucesos de la plaza de la Constitución, incluido el espectáculo de ver rodar por el suelo al pleno de las fuerzas vivas con su alcalde, Juan de Dios —nieto de don Juan— y el minipresidente Felipe Suárez a la cabeza.
Don Anselmo y don Juan contuvieron el aliento hasta que vieron ponerse en pie a los prohombres, sacudiéndose nerviosamente el polvo, tan pronto como terminaron las explosiones.
Licencia limitada
186 págs. / 5 horas, 26 minutos / 197 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.
1 pág. / 1 minuto / 189 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
1 pág. / 1 minuto / 150 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
1 pág. / 1 minuto / 113 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Juan Carlos Vinent Mercadal.
Cuando el director de mi periódico envió a buscarme, estaba yo poniendo en limpio un natalicio. Siempre —aunque no se lo crean— hay alguien que escribe eso de que "el hogar de la familia Rodríguez—López se ha visto alegrado con el feliz nacimiento de un hermoso varón que, en la pila bautismal..." etcétera. También comprenderán que quien hace estos trabajos no es precisamente el que firma los artículos de opinión, donde se pone el mundo patas arriba, se le despieza y se le reconstruye al gusto del consejo de administración.
Mi periódico es muy bueno. Hay gente que no vota sin leerlo antes y gente que antes de leerlo no entiende ni lo que le acaba de suceder. Lanzamos modas, verbos y expresiones de éxito como "hegemonizar una región", "apretada agenda altamente importante" y "obsolescencia institucional". Se dice, con razón, que ayudamos a gobernar y, en ocasiones, que el gobierno nos paga el favor.
Cuento esto por dos motivos: el primero es resaltar que pertenezco a una buena y famosa escudería, y el segundo es advertir que, a pesar de ello, no soy en absoluto responsable, porque para ser periodista de Opinión lo primero que se necesita es no ser periodista, vivir lejos de los teletipos y de la redacción, lo que equivale a ignorar la realidad. Ahí tienen, bien clara, la razón por la que no firmo estas cuartillas: cuando escribo pagado puedo ser una cosa u otra, o ambas si se tercia, pero cuando escribo gratis puedo permitirme el lujo de ser yo mientras prescinda de poner mi nombre debajo.
Decía al principio que el director me mandó aviso:
—Un pez gordo necesita un "negro". —me dijo.
Licencia limitada
7 págs. / 12 minutos / 85 visitas.
Publicado el 8 de mayo de 2016 por Edu Robsy.