El viejo Zeus, desde lo alto del Olimpo, miraba pensativo el universo
y recordaba con nostalgia aquellos viejos tiempos en los que era
llamado el padre-de-los-Dioses-y-los-Hombres... ¡Inútiles cosas cuando
sólo el dorado Olimpo prevalecía el caos! Y, además, Zeus se sentía
demasiado viejo para volver a empezar de nuevo; por eso una lagrimita
plateada se le descolgaba a intervalos de los pesados párpados y, por
los surcos de las mejillas, se le perdía en la venerable barba.
—El padre Zeus está triste —decía en el Olimpo—. ¿Qué le pasará al padre Zeus?
Él, que fue tan alegre y dicharachero; él, cuyas disputas con Hera
fueron el regocijo de todos; él, en fin, famoso mujeriego y renombrado
juerguista... El dios con más parentela (legítima) que recuerdan las
crónicas... ¡Pobre Zeus triste! ¡Pobre dios sumergido en sus angustias! Y
es que se encuentra sólo; es que está asistiendo al fracaso de toda su
obra, al hundimiento de la creación ésa donde había puesto sus mejores
ilusiones y sus mayores esperanzas.
El Olimpo entero se hace lenguas del tenebroso talante del padre Zeus:
—El padre Zeus está triste —dicen—. El padre Zeus llora.
Temen, quizá, por su salud. La cara agrietada se le oscurece y sus
barbas eternamente jóvenes son ahora canas. El padre Zeus es viejo, de
acuerdo, pero siempre lo ha sido y sin embargo nunca se dejó vencer por
el peso de la edad y el dolor del tiempo. Y es que el padre Zeus,
después de tanta lucha, saborea su fracaso y nota el sabor de la
desdicha sobre sus labios.
En esto llega hasta él Apolo, el guapo hijo que le nació de Leto hace
milenios. Apolo, como todos, ha perdido el encanto de la juventud. El
pelo, que fue rubio, pinta ya borrascosas nieves, y la esbelta línea de
su cintura se ha espesado y retorcido. También, a la nueva usanza del
Olimpo, gasta bigote caído y lacio que le marca el rostro con un
indefinible aire de pena.
Leer / Descargar texto 'Penúltima Historia'