I
La Judería es, en esta noche, museo de alabastros. Cayó en ella la
nieve, y congelándose después; ha realizado el prodigio. Gracias a la
nieve parece el barrio miserable, iluminado por la luna, un capricho
arquitectónico de gnomos. Los cristales del hielo relumbran como piedras
preciosas.
Por encima de esos cristales resbala, con homicida cuchicheo, el
viento de la estepa. Refugiado en el quicio de un portalón, próximo a la
casa de Isaac, aúlla un perro la muerte.
La familia del anciano judío se agrupa en torno del hogar.
Previamente se mojaron los troncos para que ardiesen muy despacio;
las mujeres espolvorean con ceniza las ascuas, a fin de que duren más
tiempo. Apenas llamea la leña humedecida, y sus llamas son anémicas,
intermitentes. Cuando se desprenden del tronco y flotan por la chimenea,
parecen fuegos fatuos. El humo que asciende a la campana dibuja sobre
sus paredes frases jeroglíficas.
—Por todos se queja—murmura tristemente el viejo, oyendo a un leño
chasquear.¡Suerte cruel la de nuestra raza—prosigue— en esta Rusia,
donde Jehová dispuso que naciéramos!
Isaac deja ir contra el pecho su cabeza de blancas y despeinadas
barbas, de pelo que se eriza, a mechones, bajo un casquete renegrido;
sus labios se contraen, irónicos, contra unas encías desprovistas de
dientes; su gran nariz tiembla por las fosas y sus ojillos relampaguean
entre las arrugas de los párpados.
—¡El Padre!...— exclama, tras una pausa que nadie se atreve a
interrumpir.—Con tal nombre designan, designamos al zar sus súbditos.
¡Padre quien nos expolia, por mano de sus agentes administrativos, y por
mano de sus agentes policíacos, esgrime sobre nuestras carnes el
knout!...
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