Dos años hacía que despachábamos juntos en la misma oficina, mesa con
mesa, y aún no había yo podido averiguar gran cosa respecto al buen
Sedano, viejecillo flaco, temblón, de labio colgante, con los ojos
siempre turbios y húmedos, pero tan exacto, tan asiduo, tan formal, tan
complaciente hasta con el último meritorio —con el público no hay que
decir— que se le tenía por un infelizote de esos que provocan a risa.
Era el viejo, a no dudarlo, lo que yo llamaría un humillado y un
vencido; hombre que de plano y en conciencia se juzga inferior a los
demás, y pide con su actitud que se le conserve de limosna el último
puesto que ocupa en el indigesto y mezquino banquete de la vida.
Aficionado a los pobres de espíritu —que en compensación de la
servidumbre de aquí abajo poseerán el reino de allá arriba—, me declaré
amigote de Sedano. A la salida de la oficina le acompañaba hasta su
casa, le daba consejos, le regalaba cigarros y solía convidarle a una
taza de café y a una copita de licor de damas —curaçao, kumme o Marie
Brizard—. Estos obsequios me conquistaron una gratitud tan
desproporcionada a su importancia y valor, que, a la verdad, me
confundía y casi diré que me atosigaba; sí, me atosigaba, conmoviéndome
un poco..., pero el tósigo se sobreponía a la emoción dulce. ¿No es
cierto, lector, que existe en nosotros un pudor de alma que nos hace
pesado el excesivo agradecimiento? ¿No es verdad que la mansedumbre y la
modestia, en grado tan alto, nos cohíben y hasta nos abochornan?
—Sedano —le dije un día para desviar la conversación del terreno del
reconocimiento—, cuénteme usted su vida y milagros. ¿Es usted soltero,
casado, viudo? He oído que tiene usted una hija no sé dónde. Ea, a hacer
confesión general.
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