—¡Martín!
—¡Ñoraa!…
—¿Habrá crecida?
—Habrála, que desnevó en la sierra y bajan las calceras triscando de agua, reventonas y desmelenadas como qué…
—¿Pasarán las vacas al bosque?
—Pasan tan «perenes».
—Pero ten cuidado a la vuelta, hijo, que el río es muy traidor.
—A mí no me la da el río, madre.
El muchacho acabó de soltar las reses y las arreó, bizarro, por una cambera pedregosa que bajaba la ribera.
Había madrugado el sol a encender su hoguera rutilante encima de la
nieve densa de los montes y deslumbraba la blancura del paisaje, lueñe y
fantástico, a la luz cegadora de la mañana. Ya la víspera quedó el
valle limpio de nieve, que, sólo guarecida en oquedades del quebrado
terreno, ponía algunas blancas pinceladas en los caminos.
El ganado, preso en la corte durante muchos días de recio
temporal, andaba diligente hacia el vado conocido, instigado por la
querencia del pasto tierno y fragante, mantillo lozano del «ansar»
ribereño.
Martín iba gozoso, ufanándose al lado de sus vacas, resnadas y
lucias, las más aparentes de la aldea; una, moteada de blanco, con
marchamo de raza extranjera, se retrasaba lenta, rezagada de las otras.
Llegando al pedriscal del río, unos pescadores comentaron ponderativos
la arrogancia del animal, mientras el muchacho, palmoteándola cariñoso,
repitió con orgullo:
—¡Arre, Pinta!
—¿Cuándo «geda», tú?—preguntaron ellos.
—Pronto; en llenando esta luna, porque ya está cumplida…
Las vacas se metieron en el vado, crecido y bullicioso, turbio por el
deshielo, y los pescadores le dijeron a Martín lo mismo que su madre le
había dicho:
—Cuidado al retorno, que la nieve de allá arriba va por la posta.
El niño sonrió jactancioso:
—Ya lo sé, ya.
Leer / Descargar texto 'El Rabión'