Se sintió Frank mejor, y tomó la caja en que dormía su violin
crispado de frío. Desde la bohardilla se veía á través de un cristal
sucio, un pedazo de luna gualdosa, contándole á una nube las monotonías y
tristezas de su viaje.
El violinista Frank, con ademán cómico, le hizo un saludo:
—Hasta luego, señora!
Se detuvo fatigado al pie de la escalera, y se abrochó el gabán,
silbando un lindo vals de moda en otro tiempo. Los faroles le alumbraron
luego, bajo los árboles desnudos de la calle.
Un fuerte aguacero había concluido con las lloviznas de una semana.
El pavimento en las suaves ondulaciones de la madera, lucía como espejo,
y adquiría á la distancia, en la zona de los focos eléctricos,
refulgencias platíneas y doradas para desvanecerse bajo los ojos en el
gris negro lavado. Los coches reflejaban sobre él, capotas, ruedas,
caballos; con sombras y líneas que una mano invisible parecía construir,
romper y arrebatar, sobre el lienzo de una linterna mágica.
Frank sintió subir del fondo del alma, la marea de muchas cosas
fugitivas como esas imágenes. En el deslumbramiento vago de emociones no
precisas, se fijaron después; y el antiguo vigor, las empresas
olvidadas, sus visiones de gloria, resurgieron como despertando de un
sueño.
Aspiró el enfermo con voluptuosa delicia el olor de lluvia del
ambiente, que tenía mucho de la salud del cielo, y la esperanza
descendió á su tristeza con suave encanto. Su andar se hizo más ligero, y
con placer acariciaron sus ojos, los paisajes de las vidrieras.
Se detuvo entre dos plátanos. Una criatura tocaba su acordeón en el
ambiente de hielo, y la pieza alegre exhalaba un suspiro de dolor. Era
el extraño acorde de una risa y un martirio.
— Véte á casa —dijo Frank, y volcó el bolsillo.
— Sea siempre feliz — contestó el niño, con voz enternecida, alzando al piadoso sus cuencas de ciego.
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