I. JERMOLAI Y LA MOLINERA
Una tarde salimos, Jermolai y yo, para cazar en
"tiaga". Ignora el lector, probablemente, la significación de este
término, que le voy a explicar en pocas palabras.
Un cuarto de hora antes de ponerse el sol, durante
la primavera, se penetra en el bosque, sin el perro, el fusil a la
espalda. Después de andar algún tiempo, el cazador se detiene junto a un
claro, observa lo que alrededor ocurre y carga el arma. Rápidamente el
sol declina; pero mientras dura su retiro triunfal, deja una claridad
tal al bosque, los pájaros trinan con ganas y la atmósfera translúcida
hace brillar la lozana hierba con nuevos reflejos de esmeralda.
Hay que aguardar... El día concluye. Grandes
resplandores rojizos, que poco antes iluminaban el horizonte, vienen
blandamente a tocar ahora los troncos de los árboles; luego suben,
abarcan con sus fuegos el ramaje, los brotes vivaces, y al fin sólo
alcanzan la extremidad de las copas y envuelven con vago velo de púrpura
las últimas hojas.
Pero enseguida todo cambia, toma el cielo un color
celeste pálido y matices de azul reemplazan lo rojizo en el poniente. Se
impregna con el perfume de los bosques el aire más fresco, y algún
aroma tibio, acariciador, sale de entre las ramas.
Después de un último canto, los pájaros se duermen,
pero no todos a la vez, sino por especies: primero los pisones, después
las currucas, luego otros y otros. En el bosque aumenta la oscuridad.
Ya la forma de los árboles os parece indistinta y confusa.
Y en la bóveda azulada se ven apuntar sutiles chispitas; tímidamente se muestran así las estrellas.
Ahora, casi todos los pájaros están dormidos.
Información texto 'Relatos de un Cazador'